sábado, 25 de marzo de 2017

Carlos Ruiz Zafon – La muerte de vapor

Nunca se lo confesé a nadie, pero conseguí el piso de puro milagro. Laura, que tenía besar de tango, trabajaba de secretaria para el administrador de fincas del primero segunda. La conocí una noche de julio en que el cielo ardía de vapor y desesperación. Yo dormía a la intemperie, en un banco de la plaza, cuando me despertó el roce de unos labios. «¿Necesitas un sitio para quedarte?» Laura me condujo hasta el portal. El edificio era uno de esos mausoleos verticales que embrujan la ciudad vieja, un laberinto de gárgolas y remiendos sobre cuyo atrio se leía 1866. La seguí escaleras arriba, casi a tientas. A nuestro paso, el edificio crujía como los barcos viejos. Laura no me preguntó por nóminas ni referencias. Mejor, porque en la cárcel no te dan ni unas ni otras. El ático era del tamaño de mi celda, una estancia suspendida en la tundra de tejados. «Me lo quedo», dije. A decir verdad, después de tres años en prisión, había perdido el sentido del olfato, y lo de las voces que transpiraban por los muros no era novedad. Laura subía casi todas las noches. Su piel fría y su aliento de niebla eran lo único que no quemaba de aquel verano infernal. Al amanecer, Laura se perdía escaleras abajo, en silencio. Durante el día yo aprovechaba para dormitar. Los vecinos de la escalera tenían esa amabilidad mansa que confiere la miseria. Conté seis familias, todas con niños y viejos que olían a hollín y a tierra removida. Mi favorito era don Florián, que vivía justo debajo y pintaba muñecas por encargo. Pasé semanas sin salir del edificio. Las arañas trazaban arabescos en mi puerta. Doña Luisa, la del tercero, siempre me subía algo de comer. Don Florián me prestaba revistas viejas y me retaba a partidas de dominó. Los críos de la escalera me invitaban a jugar al escondite. Por pri-mera vez en mi vida me sentía bienvenido, casi querido. A medianoche, Laura traía sus diecinueve años envueltos en seda blanca y se dejaba hacer como si fuera la última vez. La amaba hasta el alba, saciándome en su cuerpo de cuanto la vida me había robado. Luego yo soñaba en blanco y negro, como los perros y los malditos. Incluso a los despojos de la vida como yo se les concede un asomo de felicidad en este mundo. Aquel verano fue el mío. Cuando llegaron los del ayuntamiento a finales de agosto los tomé por policías. El ingeniero de derribos me dijo que él no tenía nada contra los okupas, pero que, sintiéndolo mucho, iban a dinamitar el edificio. «Debe de haber un error», dije. Todos los capítulos de mi vida empiezan con esa frase. Corrí escaleras abajo hasta el despacho del administrador de fincas para buscar a Laura.

Cuanto había era una percha y medio palmo de polvo. Subí a casa de don Florián. Cincuenta muñecas sin ojos se pudrían en las tinieblas. Recorrí el edificio en busca de algún vecino. Pasillos de silencio se apilaban debajo de escombros. «Esta finca está clausurada desde 1939, joven —me informó el ingeniero—. La bomba que mató a los ocupantes dañó la estructura sin reme-dio.» Tuvimos unas palabras. Creo que lo empujé escaleras abajo. Esta vez, el juez se despachó a gusto. Los antiguos compañeros me habían guardado la litera: «Total, siempre vuelves.» Hernán, el de la biblioteca, me encontró el recorte con la noticia del bombardeo. En la foto, los cuerpos están alineados en cajas de pino, desfigurados por la metralla pero reconocibles. Un sudario de sangre se esparce sobre los adoquines. Laura viste de blanco, las manos sobre el pecho abierto. Han pasado ya dos años, pero en la cárcel se vive o se muere de recuerdos. Los guardias de la prisión se creen muy listos, pero ella sabe burlar los controles. A medianoche, sus labios me despiertan. Me trae recuerdos de don Florián y los demás. «Me querrás siempre, ¿verdad?», pregunta mi Laura. Y yo le digo que sí.

FIN

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Dong Yongjian – Pintor Chino

Dong Yongjian – Nació en 1957. Lamentablemente, no se ha hallado en la web más información sobre su biografía ni sobre su trabajo artístico.




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Simon Gudgeon - Escultor Británico

Simon Gudgeon - Nació en North Yorkshire, en 1958, es un escultor especializado en grandes piezas para exhibición pública, generalmente en bronce, pero también a veces de vidrio o acero inoxidable. Opera su propio parque de esculturas de 26 acres cerca de Tincleton, Dorchester, Inglaterra, "Escultura por los Lagos". [3]

Varias de sus obras se encuentran en colecciones públicas, entre ellas Isis, presentadas en Hyde Park en Londres, reveladas el 7 de septiembre de 2009. 1.000 placas alrededor de la base fueron vendidas a donantes para inscripciones personalizadas por £ 1.000 cada uno, como una forma de financiación El parque del Centro de Educación Isis para la introducción de los jóvenes al estudio de la naturaleza. La obra fue donada al parque por la Halcyon Gallery.

Otros moldes de Isis están en la casa del príncipe Charles Highgrove en Gloucestershire y en el museo nacional de los Estados Unidos de arte de la fauna





































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René Burri – Fotógrafo, Realizador cinematográfico Suizo

René Burri – Nació en Zúrich, 9 de abril de 1933 / Zúrich, 20 de octubre de 2014. Estudió en la «Escuela de Artes Decorativas de Zúrich» desde 1950 a 1953, donde aprendió a componer con la luz y a considerar a esta en relación con las sombras. De esas clases, que forman su mirada, nace el «toque Burri»: la elegancia depurada de una composición, el juego sutil, abierto y significativo de las líneas sólidas de una imagen.

Se adscribe a la «fotografía humanista» dominante en el París de los años cincuenta y allí fotografía momentos especiales y delicados, al estilo de Izis y Doisneau. Sin embargo, tomando luego como modelo a Cartier-Bresson, inicia la búsqueda de fotografías documentales más densas que el reflejo de simples anécdotas. Asistente de cámara de Ernest Hininger, empezó a rodar también pequeños documentales.

En 1955 ingresó en la Agencia Magnum y empezó a viajar por todo el mundo, realizando tanto retratos como paisajes, reportajes políticos y sociales, fotografía de arquitectura e industria, etc. En 1982 abrió en París la Galería Magnum, junto con Bruno Barbey. Desde 1988 era director artístico de la revista Schweizer Illustrierten. Entre sus fotografías más famosas destacan una foto de la ciudad de São Paulo, Brasil y una foto de Che Guevara.






































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