sábado, 2 de agosto de 2014

Evelio Rosero - Bajo la lluvia

Le preguntamos qué hacía ahí, flotando en la calle, bajo la lluvia, y él respondió que nada, que lo único que hizo fue saltar un poco, para evitar un charco, con la extraña suerte de que no volvió a caer. “Y aquí estoy, como pueden ver”, dijo. Tenía los ojos aguados, como alguien sorprendido por la emoción más inaudita, como alguien a punto de llorar silenciosamente. Su corbata colgaba ondulante, parecía lo único de él que pretendía continuar atándolo realmente a la tierra. Y, sin embargo, también él parecía aceptar su situación, porque reconoció, estupefacto: “Debo ser uno de los tantos casos raros que hoy existen en el mundo”. Nos contó que al principio fue agradable. “Esto es como los pájaros”, contó que había pensado, pero más tarde todo eso empezó a preocuparlo porque se elevó un metro y después dos más y de pronto comenzó a decirnos que sentía que otra vez iba a seguir elevándose, que lo ayudáramos. “¡Pronto, pronto!”, gritaba.

“Su situación es peligrosa”, reconoció alguien, “si sigue elevándose a ese ritmo un avión podría quitarle la vida”. “Sería lo mejor”, sonrieron dos mujeres, “a quién se le ocurre saltar un charco para no volver a caer”. “Esto hay que publicarlo”, pensaron otros, “de lo contrario nadie va a creerlo”.

“Qué podemos hacer”, le dijimos, “podríamos amarrarlo”.

“¡No, no!”, respondió él, esforzando la voz —porque ya se había elevado cuatro o cinco metros más, de un solo tirón—, “no quisiera hacer el ridículo, perdería mi puesto en el banco”. Se estuvo pensativo unos segundos.

“¿Entonces?”, le gritamos.

“Díganle a mi novia que hoy no pasaré por ella”, respondió él, más resignado que impaciente. 

Decir aquello fue como arrojar el último lastre de su vida. De un sacudón empezó a elevarse con la lentitud de un zepelín.

“Pero, dónde vive ella”, le preguntamos. Él nos gritaba una y otra vez, repitiendo la dirección. 

Distinguimos cómo gesticulaba, desesperado. Ninguno de nosotros alcanzó a escuchar dónde vivía su novia. Además, al verlo desaparecer, nos pareció que su destino tenía tal viso de sospechosa fantasía que ya a nadie realmente le importaba justificar su ausencia ante el mundo.

FIN

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