lunes, 30 de noviembre de 2015

Woody Allen - Nadie rezará un kaddish por Weinstein

(Una fantasía que explora la transposición de temperamento)

Querido Theo:

¿Me tratará alguna vez la vida con decoro? ¡La desesperación me abruma! ¡ La cabeza me va a estallar! ¡La señora de Sol Schwimmer piensa demandarme porque le hice el puente tal como sentía y no a la medida de su ridícula boca! ¡No tetaría más! ¡Yo no puedo trabajar por encargo como un sin»-pie tendero! ¡Decidí que su puente tenía que ser enorme y ondulante, con dientes fieros, explosivos que refulgiesen en todas direcciones como llamaradas! ¡ Y ella alterada porque no le cabe en la boca! ¡Es tan burguesa y estúpida, quisiera destrozarla! ¡ Intenté encajar la prótesis como pude, pero le asomaba como una araña de cristal que se hubiese estrellado contra el suelo! A pesar de ello, me parece hermoso. ¡ Y ella se queja de que no puede masticar! ¡A mí qué me importa que pueda masticar o no! ¡Theo, no soportaré esto mucho tiempo! Le propuse a Cézanne que compartiese la consulta conmigo, pero está viejo y débil e incapaz de sostener el instrumental y hay que atárselo a las muñecas, pero le falta entonces precisión y en cuanto llega a la boca hace saltar más dientes de los que salva. ¿Qué puedo hacer?

Vincent

Querido Theo:

He sacado varias radiografías dentales está semana que parecen buenas. Degas las vio pero se mostró severo. Dijo que la composición era mala. Todas las caries se arracimaban en el ángulo inferior izquierdo. ¡ Le expliqué que así es cómo era la boca de la señora Slotkin, pero no quiso escucharme! Dijo que detestaba los marcos y que la caoba era un material excesivamente monolítico. ¡En cuanto se marchó, los hice trizas! Por si esto no fuera suficiente, intenté extirparle una raíz a la señora Wilma Zardis, pero a mitad del trabajo me abatió el desaliento. ¡Comprendí de pronto que extirpar raíces no era lo que yo quería hacer! ¡Me sentí enrojecer y me dio vueltas la cabeza! i Salí huyendo de la consulta para respirar aire libre! Estuve sin sentido durante varios días y desperté a orillas del mar. Cuando regresé, la paciente seguía aún en el sillón. Acabé el trabajo con su boca aun cuando nada me obligaba, pero no tuve ánimos para firmarlo.

Vincent

Querido Theo:

Una vez más me hallo falto de fondos. Ya sé que soy una gran carga para ti, pero ¿a quién puedo recurrir? ¡Necesito dinero para mis materiales! Estoy trabajando ahora casi exclusivamente con laca dental, improviso sobre la marcha, y los resultados son animadores. ¡Dios mío! ¡No me queda ni para comprar novocaína! ¡Hoy arranqué una muela y tuve que anestesiar al paciente leyéndole un trozo de Dreiser. Auxilio.

Vincent

Querido Theo:

He decidido compartir la consulta con Gauguin. Es un excelente dentista, cuya especialidad son los puentes, y parece simpatizar conmigo. Se mostró muy lisonjero sobre mi trabajo con el señor Jay Greenglass. Quizá lo recuerdes, le empasté el séptimo diente inferior, pero luego no me gustó y quise quitárselo. Greenglass se negó terminantemente y acabamos en los tribunales. Como la propiedad se podía discutir legalmente, por consejo del abogado, puse pleito exigiendo astutamente la dentadura completa y la sentencia me concedió el empaste. ¡Bueno, el caso es que alguien lo vio en un rincón de la consulta y quiere presentarlo en una exposición! ¡Y hablan ya de dedicarme una retrospectiva!

Vincent

Querido Theo:

Creo que tener consulta común con Gauguin ha sido un error. Es un perturbado. Bebe absenta en enormes cantidades. Al echárselo en cara, se puso furioso, y arrancó de la pared mi diploma de doctor en odontología. En un momento de mayor sosiego, le persuadí de que empastase dientes al aire libre y trabajamos en un prado donde dominaban verdes y amarillos. Él le puso fundas a la señorita Ángela Tonnato y yo le hice un empaste provisional al señor Louis Kaufman. ¡Allí estábamos, trabajando juntos al aire libre! ¡Filas de dientes cegadoramente blancos que brillaban a la luz del sol! Luego hubo un soplo de viento y el bisoñe del señor Kaufman fue a parar a unos matorrales. Al lanzarse en su busca, tiró al suelo el instrumental de Gauguin. Éste me echó a mí la culpa y trató de golpearme, pero empujó por error al señor Kaufman, haciéndole caer sentado encima del tomo. El señor Kaufman rebotó junto a mí como una exhalación, arrastrando con él de paso a la señorita Tonnato. La conclusión, Theo, es que Rifkin, Rifkin, Rifkin y Meltzer me han embargado el sueldo. Envíame todo lo que puedas.

Vincent

Querido Theo:

Toulouse-Lautrec es el personaje más triste del mundo. Ansia más que nada ser un gran dentista, y tiene auténtico talento, pero es demasiado bajo como para alcanzar la boca de sus pacientes y demasiado orgulloso como para subirse encima de algo. Estirando los brazos sobre su cabeza, busca a ciegas los labios, y ayer, en vez de ponerle fundas a las muelas de la señora Fitelson, le enfundó la barbilla. Entretanto, mi viejo amigo Monet se niega a trabajar con bocas que no sean muy, muy grandes, y Seurat, que es muy puntilloso, ha perfeccionado un método para limpiar los dientes de uno en uno hasta conseguir lo que él llama «una boca completa, pura». Hay una solidez arquitectónica en ello, pero ¿se le puede llamar odontología?

Vincent

Querido Theo:

Estoy enamorado. Clara Memling vino la semana pasada para que le hiciera una profilaxis bucal. (Le envié^ una tarjeta para advertirle de que habían pasado seis meses desde la última limpieza, aunque sólo eran cuatro días.) ¡ Theo, me enloquece! ¡ El deseo me posee! ¡ Su mordedura! ¡ Nunca he visto una mordedura semejante! ¡Sus dientes encajan de un modo perfecto! ¡No como los de la señora Itkin, cuya mandíbula inferior sobresale tres centímetros con relación a la superior, lo cual la hace parecer un licántropo! ¡No! ¡Los dientes de Hará al cerrarse se engarzan! ¡ Y cuando esto sucede comprendes que hay un Dios! Y sin embargo no es demasiado perfecta. No es tan impecable que acaba por resultar sosa. Hay un vacío entre sus muelas inferiores novena y undécima. La décima la perdió durante la adolescencia. De repente y sin aviso previo se Je picó. Le fue extirpada con cierta facilidad (de hecho se le cayó mientras hablaba) y nunca se le puso otra postiza. «Nada puede reemplazar a una décima muela», me confió. «Era más que una muela, había sido toda mi vida hasta aquel momento.» Mientras se hacía mujer raras veces se volvió a mencionar la muela, y creo que estaba más que deseosa de hablar de ella conmigo porque tiene confianza en mí. Oh, Theo, la amo. Estaba hoy observando el interior de su boca y me sentía otra vez un nervioso e inmaduro estudiante de odontología, que maneja con torpeza espejos y compresas. Luego la rodeé con mis brazos, para enseñarle a cepillarse los dientes correctamente. La adorable tontuela estaba acostumbraba a sostener el cepillo inmóvil y menear la cabeza de un lado para otro. El próximo jueves le daré cloroformo y le pediré que se case conmigo.

Vincent

Querido Theo:

¡Gauguin y yo nos hemos peleado una vez más y se ha ido a Tahítí! Estaba llevando a cabo una extracción cuando le distraje. Su rodilla estaba apoyada en el pecho del señor Nat Feldman y tenía el molar superior derecho de éste cogido con los alicates. Mientras se producía el forcejeo habitual, tuve la desgracia de entrar para preguntarle a Gauguin si había visto mi sombrero de fieltro. Distraído, Gauguin perdió presa en el diente y Feldman aprovechó tal desliz para saltar del sillón y salir huyendo de la consulta. ¡Gauguin se puso frenético! Me tuvo con la cabeza metida durante diez minutos dentro de la máquina de hacer radiografías y transcurrieron varias horas hasta que conseguí parpadear de nuevo con los dos ojos a un tiempo. Ahora me siento solo.

Vincent

Querido Theo:

¡Todo se ha perdido! Al ser hoy el día en que pensaba pedirle a Clara que se casase con migo, me sentía un poco en vilo. Ella estaba espléndida con su vestido de organdí blanco, su sombrero de paja y sus encías regresivas. La tenia en el sillón, con el tomo dentro de su boca, y mi corazón palpitaba estruendosamente. Intenté crear un clima romántico. Tras amortiguar las luces, procuré dirigir la conversación hacia temas alegres. Los dos tomamos un poco de cloroformo. Cuando el momento me pareció ©1 adecuado, la miré derecho a los ojos y dije: «Por favor, enjuágate.» ¡Y ella se rió! ¡Sí, Theo! ¡Se rió de mí y luego se puso furiosa! Gritó: «i ¿Crees que voy a enjuagarme por un hombre como tú?! ¡Estás de guasa!». Y yo imploré: «Por favor, no me has entendido.» Ella replicó: o ¡Ya lo creo que te he entendido! ¡Nunca me enjuagaría con nadie que no fuera odontólogo ortodontista titulado! ¡Vaya, mira que creer que yo iba a enjuagarme aquí! ¡ Aléjate de mí!». Y salió corriendo entre lágrimas. ¡Theo! ¡ Quiero morir! i He visto mi cara en el espejo y voy a aplastarla! ¡Aplastarla! Espero que estés bien.

Vincent

Querido Theo:

Sí, es cierto. La oreja que venden en Fleishman y Hermanos es mía. Ya sé que he cometido una estupidez, pero quería regalarle algo a Clara por su cumpleaños el sábado último y estaba todo cerrado. Oh, en fin. Hay veces que quisiera haberle hecho caso a papá y ser pintor. No es que resulte muy emocionante, pero se lleva una vida metódica.

Vincent

Nadie rezará un kaddish por Weinstein

Weinstein yacía bajo las mantas, mirando al techo en un abatido sopor. Fuera, cortinas de aire húmedo se alzaban del pavimento en olas sofocantes. El estrépito del tráfico era ensordecedor a aquella hora, y además su cama estaba ardiendo. Fijaos en mí, pensó. Tengo cincuenta años. Medio siglo. El año próximo, cumpliré cincuenta y uno. Luego serán cincuenta y dos. Siguiendo este mismo razonamiento, consiguió calcular cuál sería su edad en los cinco años futuros. Tan poco tiempo por delante, pensó, y tantas cosas por hacer. Entre otras, quería aprender a conducir un automóvil. Aldeman, su amigo, con quien jugaba al dreidel en Rush Street, había estudiado conducción en la Sorbona. Sabía llevar un coche estupendamente y había conducido ya por muchos lugares sin ayuda. Los pocos intentos hechos por Weinstein de guiar el Chevrolet de su padre habían acabado siempre en lo alto de la acera.

Había sido un niño precoz. Un intelectual. A los doce años, había traducido los poemas de T. S. Eliot al inglés, después de que algunos vándalos asaltasen la biblioteca y los tradujeran al francés. Y como si su elevado C.I no le aislase ya bastante, padeció incontables injusticias y persecuciones a causa de su religión, la mayor parte de ellas a manos de sus padres. Cierto, el anciano pertenecía a la sinagoga, y también la madre, pero nunca pudieron aceptar el hecho de que su hijo fuese judío. «¿Cómo ha podido suceder?», preguntaba su padre, desconcertado. Mi cara parece semítica, pensaba Weinstein todas las mañanas al afeitarse. Le habían confundido varias veces con Robert Redford, pero en todas ellas el que le confundía era ciego. Luego se puso a pensar en Feinglass, su otro amigo de la infancia: un miembro de la Phi Beta Kappa. Un espía sindical, que denunciaba a los obreros. Luego se convirtió al marxismo. Se hizo agitador comunista. Al traicionarle el Partido, se fue a Hollywood y llegó a ser la voz de un popular ratón de los dibujos animados. Irónico.

También Weinstein había flirteado con los comunistas. Para impresionar a una chica en Rutgers, se fue a Moscú y se alistó en el Ejército Rojo. Cuando la llamó para volver a salir, ella andaba ya detrás de otro. No obstante, su grado de sargento en la infantería soviética iba a perjudicarle más tarde cuando necesitó un certificado de buena conducta para conseguir que le dieran un aperitivo gratis con la cena en el Longohamps. Asimismo, mientras estudiaba en la escuela, había hecho que unos cuantos cobayas de laboratorio se organizaran y les condujo a la huelga por unas mejores condiciones laborales. Pero, en realidad, no era la política sino la poesía de las teorías marxistas lo que le había fascinado. Estaba positivamente convencido de que la colectivización sería viable si todos se aprendieran la letra de «Polvo de estrellas». «El eclipse del estado» era una frase que no se le iba de la cabeza, desde que la nariz de su tío se había eclipsado un día en los almacenes Saks de la Quinta Avenida. ¿Qué se puede aprender, se preguntaba, sobre la verdadera esencia de la revolución social? Sólo que no debe intentarse jamás después de una comida mexicana.

La Depresión arruinó al tío de Weinstein, Meyer, que guardaba su fortuna debajo del colchón. Al quebrar el mercado de valores, el gobierno hizo militarizar todos los colchones, y Meyer se vio en la pobreza de la noche a la mañana. No le quedó más que tirarse por la ventana, pero al faltarle el valor se quedó sentado en un antepecho del Edificio Flatiron de 1930 a 1937.

- Esos chicos de hoy que presumen tanto de droga y de sexo, ¿saben lo que es estar sentado siete años en el antepecho de una ventana? -^solía exclamar con orgullo el tío Meyer-. ¡Eso sí que es ver la vida! Aunque todos parecen hormigas, claro. Pero cada año Tessie -que en paz descanse- preparaba el Seder ahí fuera en el saliente. La familia se reunía para celebrar la Pascua judía. ¡Ay, sobrino! ¿Qué va a ser del mundo ahora que ya tienen una bomba que puede matar más gente que una sola mirada a la hija de Max Rifkin?

Los supuestos amigos de Weinstein tuvieron todos que doblegarse ante el Comité de Actividades Antinorteamericanas. Blotnick fue delatado por su propia madre. Sharpstein lo fue por su contestador telefónico. Weinstein fue llamado ante el Comité y confesó haber hecho donativos para el Socorro de la Guerra de Rusia, añadiendo luego: «Oh, sí, le compré a Stalin un comedor». Se negó a facilitar nombres, pero dijo que, si el Comité seguía insistiendo, revelaría las tallas de las personas que conoció en diversas reuniones. Al final fue dominado por el pánico, y en vez de invocar la Quinta Enmienda, invocó la Tercera, que le daba derecho a comprar cerveza en Filadelfia todos los domingos.

Weinstein acabó de afeitarse y se metió bajo la ducha. Se enjabonó, mientras el agua humeante caía por su voluminosa espalda. Aquí estoy en algún punto determinado del tiempo y del espacio, pensó, yo, Isaac Weinstein. Una de las criaturas de Dios. Y entonces, al pisar el jabón, resbaló sobre las baldosas y se dio de cabeza contra el toallero. La semana era aciaga. El día anterior le habían cortado mal el pelo, y aún le atormentaba la angustia que le causó este incidente. Al principio el barbero se lo había recortado con discernimiento, pero pronto se dio cuenta Weinstein de que había ido demasiado lejos.

- ¡ Vuélveme a poner un poco! -grito irracionalmente.

- No puedo -replicó el barbero-. Se le caerá

- ¡Bueno, devuélvemelo entonces. Dominio! ¡Quiero llevármelo!
- En cuanto cae al suelo de la peluquería es mío. señor Weinstein.

- ¡Y un cuerno! ¡Quiero mi cabello!

Tras proferir gritos y amenazas, finalmente se sintió avergonzado y decidió marcharse. Malditos gentiles, pensó. De una manera o de otra, siempre te la juegan.

Al cabo de un rato salió del hotel y echó a andar Octava Avenida arriba. Dos hombres estaban asaltando a una señora de edad. Dios mío, pensó Weinstein, en otros tiempos bastaba una sola persona para hacer ese trabajo. Bonita ciudad. Caos por doquier. Kant tenía razón: El entendimiento impone el orden. Permite determinar también la amplitud de la propina. ¡Qué maravilloso es tener conocimiento! Me pregunto qué hará la gente en Nueva Jersey.

Iba de camino a casa de Harriet para hablarle del pago de su asignación. Amaba aún a Harriet, a pesar de que, cuando estaban casados, ella había intentado el adulterio sistemático con todos los nombres empezados por R del listín telefónico de Manhattan. Él la perdonó. Pero tenía que haber sospechado algo cuando su mejor amigo y Harriet tomaron una casa y vivieron juntos tres años, sin decirle donde estaban. Él no quería verlo… eso era todo. Su vida sexual con Harriet no había durado mucho. Se acostó con ella una vez la noche que se conocieron, otra vez la tarde del primer aterrizaje del Apolo en la Luna, y otra para comprobar si su espalda estaba bien después de que se le dislocase un músculo. «No me lo paso bien contigo, Harriet», acostumbraba a quejarse. «Eres demasiado pura. Cada vez que siento deseo de ti, tengo que sublimarlo plantando un árbol en Israel. Me recuerdas a mi madre.» (Molly Weinstein, que Dios tenga en su gloria, que trabajó como una esclava por él y que hacía la mejor derma rellena de la ciudad… una receta secreta hasta que alguien descubrió que le ponía hashish)

Para hacer el amor, Weinstein necesitaba alguien de temperamento muy distinto. Como LuAnne, que convertía el sexo en un arte. Su único problema es que no podía contar hasta veinte sin quitarse los zapatos. Una vez le regaló un libro sobre existencialismo, pero ella lo aborreció. Desde el punto de vista sexual, Weinstein se sentía insuficiente. Entre otras cosas, se sentía bajo. Medía un metro sesenta y dos con calcetines, pero con los calcetines de otro podía llegar al metro sesenta y seis. El doctor Klein, su psicoanalista, le hizo ver que pegar saltos delante de un tren en marcha era un acto más hostil que auto-destructivo, pero que en cualquier caso le estropearía la raya de los pantalones. Klein era su tercer psicoanalista. El primero fue un discípulo de Jung, que le sugirió utilizase un tablero Guija. Antes de eso, hizo terapia de grupo, pero cuando le llegaba el turno de hablar sentía mareos y se ponía a recitar los nombres de todos los planetas. Su problema eran las mujeres, y lo sabía. Con cualquier mujer que hubiese acabado la universidad con notas superiores al cinco de promedio, era impotente. Se sentía más a gusto con diplomadas en mecanografía, pero si la mujer superaba las sesenta palabras por minuto, el pánico le invadía y era incapaz de cumplir.

Weinstein llamó al timbre del apartamento de Harriet, y de pronto allí estaba ella delante suyo. Elegante como una jirafa moteada, como siempre, pensó Weinstein. Era un chiste privado que ninguno de los dos entendía.

- Hola, Harriet -saludó.

- Oh, Ike -contestó ella-. No tienes por qué ser tan hipócrita.

Tenía razón. Qué falta de tacto en sus palabras. Se lo echó en cara amargamente.

- ¿Cómo están los niños, Harriet?

- Nunca hemos tenido niños, Ike.

- Es que yo creí que cuatrocientos dólares por semana eran para el mantenimiento de los niños.

Ella se mordió el labio, Weinstein se mordió el suyo. Luego mordió el de ella.

- Harriet -murmuró-. Estoy… estoy arruinado. Los huevos están bajando.

- Ya entiendo. ¿Y no te puede echar una mano tu shiksa?

- Para ti, cualquier chica que no sea judía es una shiksa.

- Dejémoslo estar.

La voz de Harriet sonaba ahogada por la recriminación. Weinstein sintió un repentino deseo de besarla, o si no a ella, a alguien.

- Harriet, ¿cuál ha sido nuestro error?

- Jamás nos enfrentamos con la realidad.

- No fue mía la culpa. Dijiste que estaba al norte.

- La realidad está al norte, Ike.

- No, Harriet. Los sueños están al norte. La realidad está al oeste. Las falsas esperanzas, al este, y creo que Luisiana está al sur.

Harriet poseía aún la facultad de excitarle sexual-mente. Intentó tocarla, pero ella se apartó, y la mano de Weinstein fue a reposar sobre un plato de crema agria.

-¿Es por eso que te acostaste con tu psicoanalista? -barbotó por fin.

Su rostro estaba contraído por el furor. Se sentía a punto de desmayarse, pero no se acordaba de cómo caerse al suelo.

- Eso fue terapia -repuso ella fríamente-. Según Freud, el sexo es el camino real al inconsciente

- Freud dijo que los sueños eran el camino al inconsciente.

- Sexo, sueños… ¿te las vas a dar de purista conmigo?

- Adiós, Harriet.

Era inútil. Rien á diré, ríen á faire. Weinstein salió, y se encaminó hacia Union Square. Se le saltaron de pronto las lágrimas, como si se hubiera roto un embalse. Lágrimas cálidas, saladas, contenidas durante años corrían ahora impetuosamente en un impúdico acceso de emoción. El problema era que le brotaban de las orejas. Fijaos en esto, pensó; ni siquiera puedo llorar como es debido. Se tapó las orejas con klee-nex y emprendió el regreso a casa.

Tiempos felices: Una relación oral

Les ofrecemos a continuación unos fragmentos de las memorias de Flo Guinness, de próxima publicación. Sin duda el más pintoresco personaje de entre todos los propietarios de tabernas clandestinas durante la Prohibición, Flo la Grande, como la llamaron sus amigos (muchos de sus enemigos la llamaron también así, principalmente por comodidad), aparece en estas entrevistas grabadas con ella como una mujer llena de un sano apetito por la vida, así como una artista frustrada que debió renunciar a la ambición, acariciada durante toda su vida, de llegar a ser una violinista clásica, al descubrir que esto implicaba estudiar violín. Aquí, por primera vez. Flo la Grande se expresa a su manera.

En un principio, yo bailaba en el Club Jewel de Chicago, que tenía Ned Small. Ned era un astuto comerciante que amasó toda su fortuna a base de lo que hoy llamaríamos «robar». En aquellos días era muy distinto, desde luego. Sí, señor, Ned tenía mucho encanto… de esta clase que ya no se encuentra hoy. Tenía fama de partirte las dos piernas si no estabas de acuerdo con él. Y de veras que lo hacía, chicos. ¡Partía más piernas que nadie! Yo diría que quince o dieciséis piernas por semana era su promedio. Pero Ned era un sol conmigo, porque siempre le dije en la cara lo que pensaba de él. «Ned», le dije una vez mientras cenábamos, «eres un tahúr zalamero con la moral de un gato de tapia». Se hecho a reír, pero más tarde, por la noche, le vi buscando la palabra «zalamero» en un diccionario. El caso es que, como decía, yo bailaba en el Club Jewel de Ned Small. Yo era su mejor bailarina, chicos… una bailarina-actriz. Las otras chicas se meneaban, pero yo, bailando, contaba una pequeña historia. Como Venus que sale del baño, sólo que en la calle 42 con Broadway, y va a clubs nocturnos y baila hasta el amanecer hasta que le da una coronaria imponente y pierde el control de los músculos del lado derecho de la cara. Una cosa triste, chicos. Por eso se me respetaba.

Un día, Ned Small me llama a su despacho y me dice: «Flo». (Siempre me llamaba Flo, menos cuando se ponía realmente furioso conmigo. Entonces me llamaba Albert Schneiderman… nunca supe el porqué. Digamos que el corazón sigue extraños caminos.) Así que Ned va y me suelta: «Flo, quiero que te cases conmigo». Bueno, me podían haber tirado al suelo de un soplido. Me eché a llorar como una cría. «Lo digo de veras. Flo», insistió Ned. «Te amo profundamente. No es fácil para mí decir estas cosas, pero quiero que seas la madre de mis hijos. Y si dices que no, te partiré las dos piernas.» Dos días después, ni un minuto más, Ned Small y yo nos dimos el sí. Tres días después, Ned fue ametrallado por la banda de Al Capone por arrojar uvas al sombrero de su jefe.

Después de esto, naturalmente, me convertí en una mujer rica. Lo primero que hice fue comprarles a mi madre y a mi padre la granja de que siempre habían hablado. Me dijeron que jamás habían hablado de ninguna granja y que lo que realmente querían era un auto y unas cuantas pieles, pero que probarían. Les gustó la vida de campo, mucho, aunque a papá le cayó un rayo encima en la norte cuarenta y en los seis años que siguieron, cuando le preguntaban su nombre, sólo podía contestar la palabra «Klee-nex». En cuanto a mí. tres meses más tarde ya no tenía ni un centavo. Inversiones ruinosas. Financié una expedición ballenera a Cincinnati, por consejo de amigos.

Yo bailaba para Ed Wheeler, que fabricaba un whisky casero tan fuerte que sólo se podía beber con máscara antigás. Ed' me pagaba trescientos dólares semanales por diez actuaciones, lo que en aquellos días era una pasta. Demonios, incluyendo propinas yo ganaba más que el Presidente Hoover. Y él tenía que hacer doce actuaciones. Yo salía a las nueve y a las once, y él a las diez y a las dos. Hoover era un buen Presidente, pero se estaba siempre en el camerino tarareando. Eso me sacaba de quicio. Entonces un día el propietario del Club Apex vio mi número y me ofreció quinientos dólares semanales por bailar allí. Se lo solté sin más a Ed Wheeler:

- Ed, Bill Hallorhan me ha ofrecido quinientos pavos por bailar en el Club Apex.

Me contestó:

- Flo, si puedes sacar quinientos pavos por semana, no me interpondré en tu camino.

Nos dimos la mano y fui a contarle a Bill Hallorhan las buenas noticias, pero unos cuantos amigos de Ed habían llegado primero, de modo que, cuando vi a Bill Hallorhan, su apariencia física había sufrido un cambio, porque ahora no era más que una voz chillona que salía del interior de una caja de cigarros. Me dijo que había decidido retirarse del negocio del espectáculo, irse de Chicago y establecerse en algún sitio más cercano al ecuador. Así que continué bailando para Ed Wheeler hasta que la banda de Capone le compró el local. He dicho «le compró el local», chicos, pero lo cierto es que Scarface Al le ofreció una suma regular y Wheeler dijo no. Aquel mismo día, más tarde, estaba almorzando en un restaurante cuando la cabeza le estalló en llamas. Nadie supo el porqué.

Compré el Tres Doses con el dinero que había ahorrado, y en un abrir y cerrar de ojos se convirtió en el local de moda en la ciudad. Venían todos… Babe Ruth, Jack Dempsey, Jolson, Campeador. Campeador estaba allí todas las noches. ¡ Dios mío, lo que llegó a beber aquel caballo! Recuerdo que una vez a Babe Ruth le dio muy fuerte por una corista que se llamaba Kelly Swain. Estaba tan loco por ella que se había olvidado del béisbol y dos veces se embadurnó todo el cuerpo con grasa, creyéndose que era un nadador famoso que atravesaba canales.

- Flo -me dijo-. Estoy chiflado por esa pelirroja, Kelly Swain. Pero detesta los deportes. Mentí y le dije que estaba haciendo un curso sobre Wittgenstein, pero creo que se huele algo.

- ¿No te puedes pasar sin ella, Babe? -le pregunté.

- No, Flo. Y estoy perdiendo la concentración. Ayer marqué cuatro tantos y conseguí dos bases, pero estamos en enero y no había partido. Lo hice en mi cuarto del hotel. ¿Puedes echarme una roano?

Le prometí que hablaría con Kelly, y al día siguiente me dejé caer por el Golden Abattoir, donde ella bailaba. Le dije:

- Kelly, el Bambino está loco por ti. Sabe que te gusta la cultura, y dice que, si sales con él, dejará el béisbol y se apuntará en la compañía de Martha Grabara.

Kelly me miró limpiamente a los ojos, y me contestó:

- Dile a ese mentecato que yo no he venido de Chippewa Falls para acabar enredándome con un beisbolista pretencioso. Tengo planes mejores.

Dos años más tarde, se casó con Lord' Osgood Wellington Tuttle y se convirtió en Lady Tuttle. Su esposo renunció a una embajada para jugar de defensa con los Tigers. Joe Tuttle el Saltarín, le llamaron. Consiguió el récord de ser el jugador batido más veces en el primer juego.

¿El juego? Chicos, yo estaba presente cuando Nick el Griego se ganó el apodo. Había un jugador de poca monta al que llamaban Jake el Griego, y Nick me llamó y me dijo:

- Flo, me gustaría ser el Griego.

- Lo siento, Nick, tú no eres griego. Y según las leyes de juego del Estado de Nueva York está prohibido -le contesté.

- Ya lo sé. Flo, pero mis padres siempre quisieron que me llamase el Griego. ¿No podrías organizar un almuerzo con Jake?

- Claro, pero si se entera de para qué, no se dejará ver.

Y Nick me rogó: -Inténtalo, Flo. Significa mucho para mí.

Así que los dos se encontraron en la parrilla del restaurante Monty. No se permitía la entrada a las mujeres, pero a mí sí, porque Monty era un gran amigo mío y no me consideraba ni varón ni hembra sino, según sus propias palabras, un «protoplasma indefinido». Pedimos la especialidad de la casa, costillas, que Monty sabe preparar de modo que parecen dedos humanos. Finalmente, Nick declaró:

- Jake, me gustaría que me llamaran el Griego.

Jake se puso pálido y masculló:

- .Mira, Nick, si es para eso que me has traído aquí…

Bueno, chicos, la cosa empezó a ponerse fea. Los dos se midieron con la mirada. Hasta que Nick habló:

- Te diré lo que voy a hacer. Cortaré la baraja. La carta más alta dirá quién es el Griego.

- Pero, ¿y si yo gano? -repuso Jake-. Yo me llamo ya el Griego.

- Si tú ganas, Jake, puedes coger el listín de teléfonos y elegir el nombre que más te guste. Con mis respetos. -¿Sin trucos?

- Flo es testigo.

Bueno, la tensión en el local se podía cortar con un cuchillo. Alguien trajo un mazo de naipes y cortaron. Nick sacó una reina, y la mano de Jake temblaba. ¡Entonces Jake sacó un as! Todos le vitorearon, y Jake cogió el listín telefónico y eligió el nombre de Grover Lembeck. Todos se sentían contentos, y desde aquel día se permitió la entrada de mujeres en el restaurante Monty, con la condición de que supieran descifrar jeroglíficos.

Recuerdo que había una gran revista musical en el Winter Garden, Sabandija cuajada de estrellas. Jolson era el protagonista, pero se marchó porque querían que cantase una canción titulada «Kasha para dos», y la aborreció. Tenía un verso que decía: «Del amor soy esclavo, como caballo en el establo». El caso es que acabó por cantarla un joven desconocido, llamado Félix Brompton, que más tarde fue detenido en la habitación de un hotel con una silueta de cartón recortado de Helen Morgan. Salió en todos los periódicos. Bueno, Jolson fue una noche al Tres Doses con Eddie Cantor, y me dijo:

- Flo, me han dicho que George Raft estuvo aquí la semana pasada y bailó claque.

Y yo le contesté:

- No, Al. George nunca ha estado aquí.

Y Al dijo:

- Si le dejas bailar claque, a mí me gustaría cantar.

Y yo insistí:

- Al, no ha estado aquí nunca.

Y Al continuó:

- ¿Le acompañó alguien al piano?

Y yo le amenacé:

- Al, si cantas una sola nota, te echaré de aquí yo misma.

Y Al puso la rodilla en el suelo y arrancó con «Pies borrachos». Mientras cantaba, yo vendí el local, y para cuando Al terminó se había convertido en la Lavandería Wing Ho. Jolson nunca se repuso ni me perdonó. Cuando salía, tropezó con una pila de camisas

Las expresiones populares

¿Os habéis preguntado alguna vez de dónde provienen ciertas expresiones y giros? ¿Como «ponerse las botas» o «pegarse el piro»? Yo tampoco. Sin embargo, para aquellos interesados en esta clase de cosas, he preparado una breve guía de algunos de sus orígenes más interesantes.

El tiempo no me ha permitido, infortunadamente, consultar ninguna de las obras clásicas sobre la materia, por lo que me he visto obligado a buscar mis fuentes de información en amigos o a llenar ciertos huecos empleando mi propio sentido común.

Consideremos, por ejemplo, la expresión «comerse el sombrero». Durante el reinado de Luis el Craso, las artes culinarias florecieron en Francia hasta un extremo no igualado en ninguna otra parte del mundo. Tan obeso era el monarca francés que tenía que ser bajado a su trono con una polea y luego embutido en el asiento con la ayuda de una gigantesca espátula. Una cena corriente (según DeRochet) consistía en un aperitivo de finas crepés, un buey y natillas. La comida se convirtió en la obsesión de la corte, y no se podía hablar de otro tema bajo pena de muerte. Algunos miembros de esta aristocracia decadente consumían banquetes increíbles y llegaban hasta a vestirse de manjares. DeRochet nos cuenta que Monsieur Monsant se presentó en una coronación vestido de tournedos á la béarnaise y Etienne Tisserand se benefició de una dispensa papal para casarse con su bacalao favorito. Los postres se hicieron cada vez más elaborados y los pasteles eran cada vez más grandes y numerosos, hasta el punto de establecerse una dura competencia por quién se comería el último. En cierta ocasión un ministro de justicia se ahogó al tragarse el último pastel que sobraba en la mesa, y que pasaba de los dos metros de largo. Fue denominado entonces el sobrero por el embajador de España, y con el tiempo «comerse el sobrero» se hizo sinónimo de todo tipo de actos humillantes. Cuando los marinos noruegos oyeron la palabra «sobrero», la pronunciaron «sombrero», aunque muchos no dijeron nada y prefirieron sonreír simplemente.

Ahora bien, mientras «comerse el sombrero» procede del francés, «pegarse el piro» es de origen inglés. Años atrás, en Inglaterra, el «pirado» era un juego que se practicaba con dados y un tubo grande de ungüento. Cada jugador echaba tres dados por turno y brincaba por la habitación hasta que sufría una hemorragia. Cuando un jugador sacaba siete o menos, tenía la obligación de pronunciar la palabra «quipu» y retorcerse frenéticamente. Si sacaba más de siete, tenía Ja obligación de pegarse en la cara una pluma del chambergo de cada jugador, y se le administraba un buen «pirado» o correctivo. A los tres «pirados», el jugador era declarado «pumba» o en quiebra moral. Gradualmente todos los juegos en los que intervenían plumas pasaron a llamarse «pirados» y las plumas se convirtieron en «piros». «Pegarse el piro» significaba, pues, ser emplumado, y más tarde escaparse, aunque la transición no está del todo clara.

Incidentalmente, si dos de los jugadores tenían una desavenencia a propósito de las reglas, podemos decir que «se buscaban la lengua». El origen de este modismo se remonta al Renacimiento, cuando el hombre cortejaba a la mujer pasándole la lengua a lo largo de una mejilla. Si la mujer se apartaba, significaba que aceptaría el compromiso. Si. en cambio, se pegaba a él y hacía que con la lengua le lamiera el rostro entero y toda la cabeza, significaba que se casaría con él. La lengua era conservada por la familia, que la utilizaba como aderezo en las grandes ocasiones. Si, en cambio, el esposo tomaba otra amante, la esposa disolvía el matrimonio corriendo con la lengua por la plaza de la villa y gritando: «¡Esta lengua que tú me diste a mí, te la arrojo ahora yo a ti! ¡ Arú! ¡ Arú!». Si una pareja «se sacaba la

la lengua», significaba pues que una disputa era inminente.

Otra costumbre marital inspira esta elocuente y pintoresca expresión de desdén: «Dar con la puerta en las narices». En Persia se consideraba signo de gran belleza entre los hombres tener la nariz larga. De hecho, cuanto más larga fuera la nariz., más atractivo resultaba el hombre, hasta un cierto límite. Más allá de ese límite, lo que resultaba era cómico. Cuando un hombre tenía que declararse a una hermosa mujer, aguardaba su decisión rodilla en tierra, mientras ella le «daba con la puerta en las narices». Si el hombre sólo movía convulsivamente las ventanas de la nariz, era aceptado pero, si caía de espaldas al suelo y tenían que darle puntos, eso significaba que la mujer prefería a otro.

En la actualidad es de todos sabidos que cuando alguien va vestido con particular refinamiento, se dice de él que está hecho un «galán». Esta palabra debe su origen a Don Rodrigo Fernández y González Galán, el más notorio lechuguino de la España; del Siglo de Oro. Heredero de una fortuna incalculable. Galán dilapidó sus millones en toda clase de sofisticadas prendas. Se dice que en cierta época poseía pañuelos suficientes como para que todos los hombres, mujeres y niños de Asia se sonasen durante siete años ininterrumpidamente. Las innovaciones de Galán en materia de vestuario masculino eran legendarias, y fue el primer hombre que llevó guantes en la cabeza. A causa de lo ultrasensible de su piel, la í ropa interior de Galán tenía que estar hecha con el más fino salmón de Nueva Escocia, cuidadosamente cortado por un sastre experto. Sus actitudes libertinas le envolvieron en varios escándalos muy sonados, y llegó a formular una querella contra la Inquisición por el derecho de llevar orejeras cuando se acaricia a un enano. Cuando Galán murió al fin, completamente arruinado, su fortuna se reducía a unas rodilleras y un sombrero.

Parecer un «galán», por lo tanto, es todo un cumplido, y el que se viste como tal se halla en condiciones de «romper la marcha», un modismo de principios de siglo que se deriva de la costumbre de atacar con porras a todas las bandas de música cuyo director se permitiera sonreír durante la ejecución de una marcha de Elgar. «Romper la marcha» se convirtió pronto en un festejo nocturno muy popular, al que la gente asistía con sus mejores galas y bien provista de garrotes y piedras. Esta práctica empezó a abandonarse a raíz de una audición de «Barras y estrellas» en Nueva York, en la que la sección de cuerda dejó repentinamente de tocar para intercambiar disparos con las diez primeras filas de espectadores. La policía puso término al tumulto, no sin que antes un pariente de J. P. Morgan resultase herido en el paladar. Después de este incidente, al menos por algún tiempo, la gente dejó de vestirse para «romper la marcha».

Si consideráis discutibles algunas de las derivaciones arriba definidas, podéis llevaros las manos a la cabeza y exclamar: «¡Burradas!». Esta maravillosa interjección se originó en Austria hace muchos años. Cuando un banquero anunciaba su próximo enlace con una mujer barbuda, era costumbre que sus amigos le regalasen un fuelle y frutas de cera suficientes para tres años. La leyenda afirma que al hacer públicos León Rothschild sus esponsales, recibió por error un estuche que contenía la cola y cinco dientes de un burro. Al abrirlo, y descubrir que no se trataba del tradicional regalo, Rothschild exclamó:

«¿Qué es esto? ¿Dónde están mi fuelle y mis frutas? ¿Eh? ¡ Lo único que me regalan son burradas!». El término «burradas», de la noche a la mañana, se hizo popular en las tabernas entre las clases bajas, que aborrecían a León Rothschild porque no se quitaba el peine del cabello después de peinarse. Con el tiempo, «burradas» pasó a designar todo acto de estupidez.

Bueno, confío en que estos orígenes del lenguaje popular os hayan divertido y sean un estímulo a que investiguéis algunos de ellos por vuestra propia cuenta. Y en el caso de que os intrigara el giro que sirvió para iniciar este estudio, «ponerse las botas», diré que se remonta a un viejo número de varietés de Chase y Rowe, los dos chiflados profesores alemanes. Vestido con un frac que le venía grande, Bill Rowe robaba un enorme frasco de anticongestivo nasal en una farmacia. Dave Chase, que le sacaba mucho partido a su gran especialidad, la «dureza de oído», le preguntaba:

Chase. - Ach, Herr Profesor. ¿Qué es esa cosa tan grande que lleva en el bolsillo?

Rowe. - ¿Eso? Nada, es que foy a ponerme las gotas.

Chase. - ¿Que fa a ponerse las botas? ¿Ut mein Gott?

El público se partía de risa con esta salida y sólo una muerte prematura por estrangulamiento impidió que la pareja llegase a la fama.

FIN

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