jueves, 17 de diciembre de 2015

Stephen King - Ayana

Jamás pensé que terminaría contando esta historia. Mi mujer me pidió que no lo hiciera; dijo que nadie la creería y que solo conseguiría ponerme en ridículo. Lo que quería decir, por supuesto, era que la pondría en ridículo a ella.

—¿Y qué pasa con Ralph y Trudy? —le pregunté—. Ellos estaban allí. También lo vieron.

 —Trudy le dirá a Ralph que mantenga la boca cerrada —contestó Ruth—, y tu hermano no es de los que necesitan mucha persuasión.

Probablemente era cierto. Por aquella época, Ralph era superintendente de la Unidad Escolar Administrativa 43 de New Hampshire, y lo último que quiere un burócrata del departamento de educación de un estado pequeño es aparecer al final de las noticias del canal por cable en la sección dedicada al avistamiento de ovnis sobre la ciudad de Phoenix o a los coyotes que saben contar hasta diez. Además, no tiene sentido contar una historia de milagros sin que haya alguien que los haga, y Ayana ya no estaba.

Sin embargo, ahora mi mujer está muerta; sufrió un infarto mientras volaba a Colorado para echar una mano con nuestro primer nieto y murió casi al instante. (O eso dijo el personal de la compañía aérea, aunque hoy día no les puedes confiar ni el equipaje.) Mi hermano Ralph también está muerto —un derrame cerebral mientras participaba en un torneo de golf de la edad dorada—, y Trudy ha perdido la cabeza. Mi padre falleció hace mucho tiempo; si siguiera vivo sería centenario. Soy el último que queda, así que voy a contar la historia. Es increíble, en eso Ruth tenía razón, y de todas formas no significa nada; los milagros nunca significan nada, salvo para esos lunáticos afortunados que los ven por todas partes. Pero es interesante. Y es verdad. Todos nosotros lo vimos.

Mi padre estaba muriéndose de cáncer de páncreas. Creo que uno puede saber mucho de la gente escuchando cómo hablan de ese tipo de situación (y el hecho de que yo me refiera al cáncer como «ese tipo de situación» probablemente os diga algo acerca del narrador, que se ha pasado la vida enseñando inglés a chicos y chicas cuyos problemas de salud más graves eran el acné y las lesiones por deporte).

—Está a punto de terminar su viaje —dijo Ralph.

Mi cuñada, Trudy, dijo:

—El cáncer ha avanzado.

Al principio pensé que había dicho «El cáncer ha madurado», lo que me pareció desconcertantemente poético. Sabía que podía ser así, no porque ella lo dijera sino porque yo quería que fuese así.
Ruth dijo:

—La cuenta atrás ha terminado.

Yo no dije «A lo mejor lo supera», pero lo pensé. Porque lo veía sufrir. Esto fue hace veinticinco años —en 1982—, y sufrir aún se consideraba una parte aceptada del cáncer terminal. Recuerdo que diez o doce años más tarde leí que la mayoría de los enfermos de cáncer mueren en silencio porque están demasiado debilitados para gritar. Aquello me trajo recuerdos tan fuertes de la habitación de enfermo de mi padre que corrí al baño y me arrodillé frente al inodoro, convencido de que vomitaría.
Pero de hecho, mi padre murió cuatro años más tarde, en 1986. Por aquel entonces necesitaba atención domiciliaria, y después de todo no fue el cáncer de páncreas lo que lo mató. Se ahogó con un trozo de carne.

Don «Doc» Gentry y su esposa, Bernadette (mi padre y mi madre), se habían retirado a una casa de las afueras de Ford City, no muy lejos de Pittsburgh. Después de morir su esposa, Doc pensó en mudarse a Florida y, tras decidir que económicamente no podía afrontar el cambio, se quedó en Pennsylvania. Cuando le diagnosticaron el cáncer, pasó un breve período en el hospital, donde explicaba una y otra vez que su apodo le venía de los años en los que había sido médico de animales. Cuando ya se lo había contado a todo aquel que estuviera interesado, lo enviaron a morir a casa, y toda su familia, tal cual la había dejado —Ralph, Trudy, Ruth y yo—, se desplazó a Ford City a verlo expirar.

Recuerdo muy bien su antigua habitación. En la pared colgaba un cuadro de Cristo soportando que los niños se acercaran a él. En el suelo había una alfombra andrajosa hecha por mi madre de un tono verde nauseabundo; no era una de las mejores que había hecho. Al lado de la cama había un perchero metálico para el suero con una calcomanía de los Pittsburgh Pirates. Cada día me acercaba a esa habitación con más temor, y cada día las horas que pasaba dentro se estiraban más. Recordaba a Doc sentado en la mecedora del porche cuando éramos niños, en Derby, Connecticut; una lata de cerveza en una mano, un cigarro en la otra, las mangas de su camiseta blanca dobladas siempre dos veces para dejar a la vista la tersa curva de sus bíceps y el tatuaje rosa que tenía justo debajo del codo izquierdo. Pertenecía a una generación que no se sentía extraña llevando esos pantalones vaqueros de color azul sin desteñir que llamaban «petos». Se peinaba como Elvis y tenía un aspecto ligeramente peligroso, como un marinero con dos copas de más que baja a tierra firme para armar jaleo. Era un hombre alto que caminaba como un gato. Recuerdo aquel verano en Derby cuando mis padres detuvieron un espectáculo de baile en la calle bailando el jitterbug al son de «Rocket 88» de Ike Turner y los Reyes del Ritmo.

Ralph tenía dieciséis años, creo, y yo tenía once. Miramos a nuestros padres boquiabiertos, y por primera vez comprendí lo que hacían por la noche, sin ropa y sin pensar en nosotros.
A los ochenta, cuando le dieron el alta en el hospital, mi peligrosamente elegante padre se había convertido en otro esqueleto en pijama (con el emblema de los Pirates). Sus ojos acechaban bajo sus salvajes y alborotadas cejas. A pesar de los dos ventiladores, sudaba constantemente, y el olor que desprendía su piel mojada me recordaba al viejo papel pintado de una casa deshabitada. Su respiración era el perfume de la descomposición.

Ralph y yo distábamos mucho de ser ricos, pero cuando juntamos un poco de nuestro dinero con el resto de los ahorros de Doc, reunimos lo suficiente para contratar a una enfermera privada a tiempo parcial y a una sirvienta para que fuera a la casa cinco días a la semana. Se las arreglaron muy bien para mantener al viejo limpio y aseado, pero por aquella época mi cuñada ya decía que Doc había madurado (aún sigo prefiriendo pensar que eso fue lo que dijo), que la Batalla de los Olores casi había terminado. Esa mierda que lo llenaba de llagas les llevaba varias vueltas de ventaja a los recién llegados polvos para bebé Johnson's; pronto, pensaba yo, el arbitro detendría la pelea. Doc ya no era capaz de ir al baño (a lo que llamaba invariablemente «el bidón»), así que usaba pañales y calzoncillos para la incontinencia. Aún estaba lo bastante consciente para darse cuenta y, por tanto, para avergonzarse. A veces las lágrimas se derramaban por el rabillo de sus ojos, y los gritos a medio formar de desesperación y asqueamiento surgían de esa garganta que una vez había soltado al mundo un «¡Ey, guapa!».

El dolor se asentó en primer lugar en la zona central y luego se expandió hacia fuera, hasta que llegó a quejarse de que le dolían los párpados y las yemas de los dedos. Los analgésicos dejaron de hacerle efecto. La enfermera podía haber elevado la dosis, pero eso podría haberlo matado y ella se negó. Yo quería darle más aunque lo matara. Y podría haberlo hecho, con el apoyo de Ruth, pero mi esposa no era de las que secundan ese tipo de ideas.

—Se enterará —dijo Ruth, refiriéndose a la enfermera—, y entonces te habrás metido en un lío. —¡Es mi padre!

—Eso no la detendrá. —Ruth siempre veía la botella medio vacía. Y ello no se debía a cómo se había criado sino a cómo había nacido—. Dará cuenta de ello. Podrías ir a la cárcel.

Así que no lo maté. Ninguno de nosotros lo mató. Lo que hicimos fue dejar pasar el tiempo. Le leíamos cosas sin saber cuánto entendía. Le cambiábamos los pañales y manteníamos actualizado el gráfico de los medicamentos que había en la pared. Los días eran brutalmente calurosos; de vez en cuando cambiábamos los dos ventiladores de sitio esperando crear una corriente de aire. Veíamos los partidos de los Pirates en el pequeño televisor en color en el que el césped parecía púrpura, y le decíamos que los Pirates iban muy bien aquel año. Hablábamos entre nosotros por encima de su perfil afilado. Veíamos cómo sufría y esperábamos su muerte. Y un día, mientras dormía y roncaba, levanté la vista del Best American Poets of the Twentieth Century y vi en el umbral de la habitación a una mujer negra, alta y corpulenta, junto a una niña negra con gafas oscuras.

Esa niña… la recuerdo como si la hubiera visto esta mañana. Creo que podía tener siete años, aunque era sumamente pequeña para su edad. Diminuta, de verdad. Llevaba un vestido rosa que le llegaba por encima de sus huesudas rodillas. Pegada en una de sus igualmente huesudas espinillas llevaba una tirita con personajes de la Warner Bros.; recuerdo a Sam Bigotes, con su largo mostacho rojo y una pistola en cada mano. Las gafas oscuras parecían un premio de consolación comprado en un mercadillo. Eran demasiado grandes y se habían deslizado hasta el final del puente de la nariz, dejando a la vista unos ojos fijos, con los párpados pesados, y cubiertos por una película blanquiazul. Llevaba rastas en el pelo. Colgado de un brazo, un bolso de niña de plástico rosa roto por el lateral. 
Calzaba zapatillas de deporte sucias. En realidad, su piel no era del todo negra sino de un gris jabonoso. Estaba de pie, pero parecía casi tan enferma como mi padre.

A la mujer la recuerdo con menos claridad porque la niña atrajo toda mi atención. La mujer podía tener entre cuarenta y sesenta años. Tenía el pelo a lo afro, cortado muy corto, y aspecto sereno. Aparte de eso, no recuerdo nada más; ni siquiera el color de su vestido, si es que llevaba un vestido. 
Creo que sí, pero podría haber llevado pantalones.

—¿Quiénes sois? —pregunté. Sonó estúpido, como si acabara de despertarme de la siesta en lugar de haber dejado de leer…, aunque haya cierta similitud.

Trudy apareció detrás de ellas y dijo lo mismo. Parecía muy despierta. Y a su vez, detrás de Trudy, entró Ruth y dijo con voz de oh-Dios-santo:

—Hemos debido de dejar la puerta abierta, nunca echamos el cierre. Deben de haberse colado.

Ralph, de pie al lado de Trudy, miró por encima de su hombro.

—Ahora está cerrada. Deben de haberla cerrado al entrar.

Como si eso fuera un punto a su favor.

—No podéis estar aquí —dijo Trudy a la mujer—. Estamos muy ocupados. Aquí hay un enfermo. No sé qué queréis, pero tenéis que iros.

—No se puede entrar por las buenas en una casa, ¿sabéis? —añadió Ralph.

Los tres se habían apiñado junto a la puerta del cuarto del enfermo.

Ruth dio unos golpecitos en el hombro de la mujer, y no suavemente.

—Tenéis que iros, a no ser que queráis que llamemos a la policía. ¿Queréis que la llamemos?

La mujer no le hizo caso. Empujó a la niña y le dijo:

—Recto. Cuatro pasos. Hay como un poste, no vayas a tropezar. Quiero oírte contar.

La niña contó en voz alta.

—Uno…, dos…, tres…, cuatro.

Se detuvo al lado del perchero metálico del suero sin mirar hacia abajo; seguramente no podía ver nada a través de los cristales manchados de sus enormes gafas de mercadillo. No con esos ojos lechosos. Pasó lo bastante cerca de mí como para que la tela de su vestido me rozara el antebrazo como un pensamiento. Olía a sucia, a sudada y —como Doc— a enferma. Tenía marcas oscuras en los brazos, no eran cortes sino llagas.

—¡Detenla! —me dijo mi hermano, pero no lo hice. Todo sucedió muy rápido. La niña se inclinó hacia la mejilla con barba de varios días de mi padre y le dio un beso. No fue un besito, sino un besazo. Un beso sonoro.

Mientras ella se inclinaba, el bolsito de plástico se balanceó ligeramente contra el lado de la cara de mi padre, y abrió los ojos. Más tarde, tanto Trudy como Ruth dijeron que se despertó porque le había golpeado con el bolso. Ralph no estaba seguro, y yo no lo creía en absoluto. Cuando le golpeó no hizo ningún ruido, ni siquiera pequeño. Dentro del bolso no había nada, salvo tal vez Kleenex.

—¿Quién eres, pequeña? —preguntó mi padre con su voz áspera y lista para morir.

—Ayana —dijo la niña.

—Yo soy Doc.

La miró desde esas cavernas oscuras donde vivía, pero con más comprensión de la que le había visto en las dos semanas que llevábamos en Ford City. Había llegado a un punto en el que ni siquiera un home run al final de la novena entrada podía perturbarlo de su cada vez más profunda gelidez.

Trudy apartó a la mujer y empezó a apartarme a mí, con la intención de agarrar a la niña que de pronto se había introducido en la mirada moribunda de Doc. La cogí por la muñeca y la detuve.

—Espera.

—¿Cómo que espere? ¡Son unas intrusas!

—Estoy enferma, tengo que irme —dijo la niña. Luego lo besó otra vez y dio un paso atrás. Esa vez tropezó con el pie del perchero del suero, le faltó poco para tirarlo y caerse ella. Trudy atrapó el suero y yo a la niña. No era nada, solo piel envolviendo una compleja armadura de huesos. Las gafas cayeron en mi regazo y durante un momento esos ojos lechosos miraron los míos.

—Tú estás bien —dijo Ayana, y posó la diminuta palma de su mano sobre mi boca. Me quemó como una brasa, pero no me aparté—. Tú estás bien.

—Vamos, Ayana —dijo la mujer—. Tenemos que dejar a estos amigos. Dos pasos. Quiero oírte contar.

—Uno…, dos —dijo Ayana, poniéndose las gafas y ajustándolas en lo alto de su nariz, donde no durarían mucho.

La mujer la cogió de la mano.

—Que tengan un día bienaventurado, amigos —dijo, y me miró—. Lo siento por ti, pero los prodigios de esta niña han terminado.

Cruzaron el salón, la mujer agarrando la mano de la niña. Ralph las siguió como un perro pastor, probablemente para asegurarse de que ninguna de las dos robaba nada. Ruth y Trudy se inclinaron sobre Doc, que todavía tenía los ojos abiertos.

—¿Quién era esa niña? —preguntó.

—No lo sé, papá —dijo Trudy—. No te preocupes por eso.

—Quiero que vuelva —dijo—. Quiero otro beso.

Ruth se volvió hacia mí con los labios apretados hacia dentro de la boca. Había perfeccionado esa expresión tan desagradable con el paso de los años.

—Le ha sacado la mitad de la aguja de la vía…, está sangrando…, y tú te quedas ahí sentado.

—Volveré a colocarla —dije, y pareció que alguien más estaba hablando. En mi interior había un hombre aguardando, callado y aturdido. Todavía podía sentir la cálida presión de la mano de Ayana en mi boca.

—¡Oh, no te molestes! Ya lo he hecho yo.

Ralph volvió.

—Se han ido —dijo—. Caminaron hasta la parada del autobús. —Se giró hacia mi esposa—. 
¿Quieres que llame a la policía, Ruth?

—No. Nos pasaríamos el día rellenando formularios y respondiendo preguntas. —Hizo una pausa—. 
Tal vez hasta nos hicieran testificar en un juicio.

—¿Testificar qué? —preguntó Ralph.

—No lo sé, ¿cómo voy a saberlo? ¿Alguno de vosotros puede acercarme el esparadrapo para que sujete correctamente la aguja? Creo que está en la encimera de la cocina.

—Quiero otro beso —dijo mi padre.

—Ya voy yo —dije, pero primero me dirigí a la puerta principal (Ralph había echado el seguro además de cerrarla) y miré afuera. La pequeña parada de autobús de plástico verde estaba solo una manzana más abajo, pero no había nadie esperando junto al poste ni debajo del techo de plástico. La acera estaba vacía. Ayana y la mujer (su madre o una acompañante) habían desaparecido. Lo único que me quedaba era el contacto de la mano de la niña sobre mi boca; aún cálido pero empezaba a desvanecerse.

Ahora viene la parte del milagro. No voy a escatimar detalles —si voy a contar esta historia, intentaré contarla bien— pero tampoco me explayaré. Las historias de milagros siempre son satisfactorias pero pocas veces son interesantes, porque todas son iguales.

Nos alojábamos en uno de los moteles de la calle principal de Ford City, un Ramada Inn con paredes delgadas. Mi esposa se enfadó con Ralph porque lo llamaba Ramerín.

—Si sigues llamándolo así, al final un día se te escapará delante de un extraño —dijo mi mujer—. Y entonces te pondrás colorado.

Las paredes eran tan delgadas que podíamos oír a Ralph y a Trudy discutir en la habitación de al lado sobre cuánto tiempo podían permitirse quedarse.

—Es mi padre —dijo Ralph.

A lo que Trudy replicó:

—Intenta decirles eso a los de Connecticut Light and Power cuando nos llegue la factura. O a tu jefe cuando se te agoten los días libres por enfermedad.

Era un poco más de las siete de una calurosa tarde de agosto. Ralph iría pronto a la casa de mi padre, donde la enfermera a tiempo parcial estaba de servicio hasta las ocho de la tarde. Di en la televisión con un partido de los Pirates y subí el volumen para amortiguar la deprimente y predecible discusión de la habitación de al lado. Ruth estaba doblando ropa y diciéndome que si volvía a comprarme ropa interior en las tiendas de saldos se divorciaría de mí. O me pegaría un tiro pensando que era un extraño. Sonó el teléfono. Era la Enfermera Chloe. (Así era como se llamaba a sí misma: «Tome un poco más de sopa, hágalo por la Enfermera Chloe».)

No perdió el tiempo en cortesías.

—Creo que deberíais venir ya mismo —dijo—. No solo Ralph para pasar la noche. Todos vosotros. —¿Se está muriendo? —pregunté.

Ruth dejó de doblar la ropa y se acercó. Me puso una mano en el hombro. Habíamos estado esperando ese momento —en realidad lo deseábamos— y de repente ahí estaba; era demasiado absurdo para que doliera. Doc me había enseñado a usar una raqueta de tenis cuando era un niño no mucho mayor que la pequeña intrusa ciega de aquel día. Me había pillado fumando detrás del viñedo y me había dicho —no enfadado, sino amable— que ese era un hábito estúpido y que haría muy bien si no permitía que me atrapara. Pensar que podría no estar vivo a la mañana siguiente, cuando pasara el repartidor de periódicos… Era absurdo.

—No lo creo —dijo la Enfermera Chloe—. Parece que está mejor. —Hizo una pausa—. Nunca en mi vida había visto nada parecido.

Estaba mejor. Cuando llegamos quince minutos más tarde, estaba sentado en el sofá del salón y miraba el partido de los Pirates en el televisor más grande de la casa; no era una maravilla tecnológica, pero al menos era a todo color. Se estaba tomando un batido de proteínas con una pajita. Tenía algo de color. Sus mejillas parecían más regordetas, quizá porque estaba recién afeitado. Se había recuperado. Eso fue lo que pensé en ese momento, y a medida que pasaba el tiempo esa impresión se intensificó. Y otra cosa más en la que todos estábamos de acuerdo (también la incrédula mujer con la que me había casado): el olor amarillento que flotaba alrededor de él como el éter había desaparecido.

Nos saludó a cada uno por nuestro nombre y nos dijo que Willie Stargell acababa de conseguir un home run para los Buckos. Ralph y yo nos miramos como para confirmar que estábamos allí. Trudy se sentó en el sofá, al lado de Doc, aunque fue más un dejarse caer. Ruth fue a la cocina y cogió una cerveza. Un milagro.

—No me importaría tomarme una de esas, Ruthiedu —dijo mi padre, y después, seguramente malinterpretando como una señal de desaprobación la atónita y tensa expresión de mi rostro—: Me siento mejor. Las tripas apenas me duelen.

—Creo que no debería tomar cerveza —dijo la Enfermera Chloe. Estaba sentada en una silla en el otro lado de la habitación y no parecía haber recogido sus cosas, un ritual que normalmente comenzaba veinte minutos antes del final de su turno. Su molesta autoridad de hazlo-por-mamá parecía haberse vuelto muy frágil.

—¿Cuándo ha empezado esto? —pregunté, sin estar muy seguro de a qué me refería con «esto» porque la mejoría parecía general. Pero si tenía algo concreto en mente supongo que era la desaparición del olor.

—Cuando nos fuimos esta tarde estaba mejor —dijo Trudy—. Pero no lo creí.

—Bolcheviques —dijo Ruth. Esa era la mayor palabrota que se permitía.

Trudy no le hizo caso.

—Fue esa niña —dijo.

—¡Bolcheviques! —gritó Ruth.

—¿Qué niña? —preguntó mi padre.

El partido estaba en la media parte. En la televisión, un tipo sin pelo, dientes grandes y ojos de loco nos explicaba que las alfombras de Juker's eran tan baratas que casi eran gratis. Y, Dios santo, la financiación era sin intereses. Antes de que ninguno pudiéramos responder a Ruth, Doc le preguntó a la Enfermera Chloe si podía tomarse media cerveza. Ella dijo que no. Pero en aquella casa los días de autoridad de la Enfermera Chloe estaban a punto de terminar, y durante los cuatro años siguientes —antes de que un trozo de carne a medio masticar se detuviera para siempre en su garganta— mi padre se bebió muchas cervezas. Espero que disfrutara de cada una de ellas. La cerveza es un milagro en sí mismo.

Fue esa noche, cuando yacíamos insomnes sobre el duro colchón del Ramerín y oíamos el traqueteo del aire acondicionado, cuando Ruth me dijo que mantuviera la boca cerrada en cuanto a la niña ciega, a la que no llamó Ayana sino «la niña negra mágica», pronunciándolo con un feo sarcasmo que no era propio de ella.

—Además —dijo—, no será definitivo. A veces una bombilla brilla más fuerte justo antes de fundirse. Estoy segura de que eso también les pasa a las personas.

Quizá, pero lo de Doc Gentry era un milagro. A finales de semana paseaba por el patio trasero conmigo o con Ralph como apoyo. Después de eso, todos volvimos a casa. Y la primera noche recibí una llamada de la Enfermera Chloe.

—No vamos a ir, me da igual lo enfermo que esté —dijo Ruth medio histérica—. Díselo.

Pero la Enfermera Chloe solo quería comunicarnos que había visto a Doc saliendo de la Ford City Veterinary Clinic, adonde había ido para hacerle una consulta al joven jefe de la clínica acerca de un caballo con modorra. Llevaba el bastón, dijo, pero no lo usaba. La Enfermera Chloe dijo que nunca había visto a un hombre «de su edad» con un aspecto más saludable.

—Tenía los ojos brillantes y muy despiertos —dijo—. Aún no lo creo.

Un mes más tarde caminaba (sin bastón) alrededor de la manzana, y durante el invierno nadaba diariamente en la piscina municipal. Parecía un hombre de sesenta y cinco años. Todo el mundo lo decía.

A raíz de su recuperación, hablé con todo el equipo médico de mi padre. Lo hice porque lo que le había ocurrido me recordaba a los mal llamados dramas milagrosos que se representaban en las ciudades europeas en la época medieval. Me dije que si cambiaba el nombre de mi padre (o quizá si simplemente lo llamaba señor G.) podría hacer un interesante artículo para un periódico u otra publicación. Podía haber sido verdad —en cierto modo—, pero no llegué a escribir ese artículo.

El primero en levantar la bandera roja fue Stan Sloan, el médico de cabecera de Doc. Había enviado a Doc a la University of Pittsburg Cáncer Institute y pudo achacar así el incuestionable error de diagnóstico a los doctores Retif y Zamachowski, los oncólogos de mi padre. Ellos desviaron la responsabilidad a los radiólogos por sus chapuceras radiografías. Retif dijo que el jefe de radiología era un incompetente que no sabía distinguir un páncreas de un hígado. Pidió que no se le citara, pero después de veinticinco años doy por hecho que tales limitaciones han caducado.

El doctor Zamachowski dijo que era un simple caso de órgano malformado.

—Nunca me quedé tranquilo con el diagnóstico original —me confió.

Hablé con Retif por teléfono; en persona con Zamachowski. Llevaba una bata blanca con una camiseta roja debajo en la que parecía que ponía PREFIERO JUGAR AL GOLF.

—Siempre pensé que se trataba del síndrome de Von Hippel-Lindau.

—¿Eso también lo habría matado? —pregunté.

Zamachowski esbozó la misteriosa sonrisa que los médicos reservan a los fontaneros ignorantes, las amas de casa y los profesores de inglés. Después dijo que llegaba tarde a una reunión.

Cuando hablé con el jefe de radiología, extendió las manos.

—Aquí somos responsables de las radiografías, no de su interpretación —dijo—. Dentro de diez años emplearemos unos equipos con los que será prácticamente imposible cometer errores de este tipo. Pero mientras tanto, ¿por qué no se limita a alegrarse de que su padre esté vivo? Disfrute de él.

En ese aspecto hice todo lo que pude. Y durante mis breves indagaciones, a las que por supuesto yo llamaba investigaciones, aprendí una cosa interesante: la definición médica de «milagro» es «error de diagnóstico».

1983 fue mi año sabático. Tenía un contrato con una editorial académica para escribir un libro titulado Enseñando lo inenseñable: estrategias para la escritura creativa, pero, al igual que el artículo sobre los milagros, jamás llegué a terminarlo. En julio, mientras Ruth y yo hacíamos planes para un viaje de acampada, de repente mi orina se volvió rosa. Después vino el dolor, primero en el interior de la nalga izquierda, y luego se intensificó y se extendió hasta la ingle. Para entonces ya había empezado a orinar sangre —creo que eso fue cuatro días después de las primeras punzadas, cuando todavía estaba jugando al famoso juego conocido en todo el mundo de Quizá Se Cure Solo— y el dolor había pasado del ámbito de lo serio al reino de lo insoportable.

—Estoy segura de que no es cáncer —dijo Ruth, de lo que se desprendía que estaba segura de que sí lo era. La mirada de sus ojos era incluso más alarmante. Lo negaría hasta en el lecho de muerte (el sentido práctico era su orgullo) pero estoy seguro de que lo que se le pasó por la cabeza era que el cáncer que había abandonado a mi padre me había golpeado a mí.

No era cáncer. Eran cálculos renales. Mi milagro se llamaba litotricia extracorpórea por ondas de choque, lo cual —junto con un tratamiento diurético— disolvería las piedras del riñon. Le dije a mi médico que jamás en la vida había sentido un dolor tan intenso.

—Creo que no volverás a sentirlo aunque sufras un infarto —dijo—. Las mujeres que han tenido piedras en el riñon comparan ese dolor con un parto. Con un parto difícil.

Todavía estaba considerablemente dolorido pero pude leer una revista mientras esperaba en la consulta del médico para la siguiente visita, lo que consideré un gran paso adelante. Alguien se sentó a mi lado y dijo:

—Vamos, es la hora.

Levanté la vista. No era la mujer que había entrado en la habitación de mi padre cuando estaba enfermo; era un hombre con un traje marrón absolutamente corriente. No obstante, sabía por qué estaba allí. Nunca lo puse en duda. También sentí que si no le acompañaba, ninguna litotricia del mundo podría ayudarme.

Nos marchamos. La recepcionista no estaba en su escritorio, así que no tuve que explicar mi repentina huida. De todas formas, no sé qué le hubiera dicho. ¿Que la ingle me había dejado de arder de repente? Eso era absurdo además de falso.

El hombre del traje parecía tener unos treinta y cinco años y estar en forma; tal vez fuera un ex marine incapaz de poner fin a los cortes de pelo a cepillo. No dijo una palabra. Atravesamos el centro médico donde mi doctor seguía haciendo su ronda, y luego cruzamos la arboleda del patio del Healing Hospital, yo ligeramente inclinado hacia delante a causa del dolor, que ya no gruñía pero ardía.

Entramos en pediatría y recorrimos un pasillo que tenía las paredes llenas de murales de Disney y la canción «It's a Small World» sonaba por los altavoces del techo. El ex marine caminaba rápidamente, con la cabeza erguida, como si perteneciera a aquel lugar. Yo no pertenecía a aquel lugar, y lo sabía. Nunca me había sentido tan lejos de casa y de la vida tal como yo la concebía. Si hubiera flotado hasta el techo como el globo de MEJÓRATE PRONTO de un niño, no me habría sorprendido.

Al llegar al puesto de enfermería, el ex marine me agarró del brazo y me retuvo hasta que los dos enfermeros —un hombre y una mujer— estuvieron ocupados de nuevo. Después, cruzamos hasta otro pasillo donde una niña sin pelo nos miraba con ojos famélicos desde una silla de ruedas. La niña extendió una mano.

—No —dijo el ex marine, y tiró de mí. Pero me dio tiempo a echar otra mirada a esos ojos brillantes y moribundos.

Me llevó a una habitación donde un niño de unos tres años estaba jugando a las construcciones dentro de una tienda de campaña de plástico transparente que cubría toda la cama. El niño nos miró con alegre interés. Parecía mucho más sano que la niña de la silla de ruedas —tenía una buena mata de rizos pelirrojos— pero su piel era de color plomizo, y cuando el ex marine me empujó y se replegó en posición de descanso, me di cuenta de que en realidad el niño estaba muy enfermo. Cuando descorrí la cremallera de la tienda, sin prestar atención al cartel de la pared en el que ponía ZONA ESTERILIZADA, pensé que el tiempo que le quedaba de vida podría medirse en días en lugar de en semanas.

Me acerqué a él y percibí el olor a enfermo de mi padre. Era un poco más suave pero esencialmente el mismo. El niño alzó los brazos sin reparos. Cuando lo besé en la comisura de la boca, me devolvió el beso con un anhelo que indicaba que hacía tiempo que nadie lo tocaba. Al menos nadie que no le hiciera daño.

Nadie vino a preguntarnos qué estábamos haciendo, ni nos amenazó con llamar a la policía, como había hecho Ruth aquel día en el dormitorio de mi padre. Volví a cerrar la cremallera de la tienda. En la puerta me giré para mirar otra vez al niño y lo vi sentado dentro de la tienda de plástico transparente con una pieza de construcción en las manos. La soltó y me dijo adiós con la mano; el adiós de un niño, con los dedos abriéndose y cerrándose dos veces. Me despedí del mismo modo. 

Parecía que ya estaba mejor.

Al llegar al puesto de enfermería, el ex marine volvió a agarrarme del brazo, pero en esa ocasión el enfermero —un hombre con ese tipo de sonrisa desaprobadora que el jefe de mi departamento de inglés había elevado a un nivel artístico— se percató de nuestra presencia. Nos preguntó qué estábamos haciendo allí.

—Lo siento, compañero, nos hemos equivocado de planta —respondió el ex marine.

Unos minutos más tarde, en la escalera del hospital, dijo:

—Encontrarás el camino de vuelta, ¿verdad?

—Claro —dije—, pero primero tendré que pedir otra cita con mi médico.

—Sí, supongo que sí.

—¿Volveremos a vernos?

—Sí —dijo, y se alejó caminando hacia el aparcamiento del hospital.

No miró atrás.

Regresó en 1987, mientras Ruth estaba en el supermercado y yo cortaba el césped con la esperanza de que ese zumbido enfermizo de la parte de atrás de la cabeza no fuera el principio de una migraña, aunque sabía que lo era. Desde que vi a ese niño en el Healing Hospital, era propenso a padecerlas. Pero no pensaba en el niño mientras permanecía acostado en la oscuridad con un trapo húmedo sobre los ojos. Pensaba en la niña.

Esta vez fuimos a ver a una mujer al St. Jude's. Cuando la besé, me cogió la mano y la puso sobre su pecho izquierdo. Era el único que le quedaba; los médicos ya le habían extirpado el otro.

—Le quiero, señor —dijo llorando.

No supe qué decir. El ex marine estaba en la entrada, con las piernas separadas, las manos detrás de la espalda. En posición de descanso.

Pasaron los años antes de que volviera: a mediados de diciembre de 1997. Fue la última vez. Por entonces mi problema era la artritis, y todavía lo es. El pelo en punta del ladrillo que el ex marine tenía por cabeza había encanecido en su mayor parte, y sus arrugas eran tan profundas como las comisuras de la boca del muñeco de un ventrílocuo. Accedimos a la autopista I-95 del norte de la ciudad, donde había habido un accidente. Una camioneta había colisionado con un Ford Escort. El Escort había quedado para desguace. Los paramédicos habían asegurado con correas a una camilla al conductor, un hombre de mediana edad. La policía interrogaba al uniformado conductor de la camioneta, que parecía abatido pero ileso.

Los paramédicos cerraron las puertas de la ambulancia, y el ex marine dijo:

—Ahora. Mueve el culo.

Moví mi anciano culo hasta la parte trasera de la ambulancia. El ex marine fue hacia la parte delantera señalando algo con el dedo.

—¡Eh! ¡Eh! ¿Eso no es una pulsera médica de identificación?

Los paramédicos se giraron para mirar; uno de ellos y uno de los policías que había estado hablando con el conductor de la camioneta fueron hacia donde el ex marine señalaba. Abrí la puerta de atrás de la ambulancia y me arrastré hasta la cabeza del conductor del Escort. Al mismo tiempo saqué el reloj de bolsillo de mi padre; lo había llevado desde que me lo dio como regalo de bodas. Su delicada cadena de oro iba atada a una de las presillas de mi pantalón. No había tiempo para ser cuidadoso, así que lo arranqué.

El hombre de la camilla me miró desde la penumbra, el cuello roto creaba un abultamiento en la nuca, como el pomo de una puerta cubierto de piel brillante.

—No puedo mover los malditos dedos —dijo.

Le besé en la comisura de la boca (supongo que era mi lugar especial), y cuando me estaba incorporando, el paramédico me agarró.

—¿Qué diablos está haciendo? —preguntó.

Señalé el reloj, que ahora yacía en un lado de la camilla.

—Estaba en la hierba. Pensé que lo querría.

Cuando el conductor del Escort fuera capaz de decirle a alguien que ese reloj no era suyo y que las iniciales grabadas en el interior de la tapa no significaban nada para él, nosotros ya habríamos desaparecido.

—¿Recuperaron su pulsera médica de identificación?

El paramédico parecía asqueado.

—Solo era una pieza de cromo —dijo—. Largo de aquí.

Luego, no tan brusco, dijo:

—Gracias. Podía habérselo quedado.

Era verdad. Me encantaba ese reloj. Pero… no había tenido tiempo para pensar. Era todo lo que tenía.

—Tienes sangre en el dorso de la mano —dijo el ex marine mientras volvíamos a mi casa. íbamos en su coche, un indescriptible sedán Chevrolet. En el asiento de atrás había una correa de perro y del espejo retrovisor colgaba una medalla de san Cristóbal en una cadena de plata—. Deberías limpiártela cuando llegues a casa.

Le dije que lo haría.

—No volverás a verme —dijo.

Recordé lo que la mujer negra le había dicho a Ayana. No había pensado en ello desde hacía años.

—¿Mis prodigios han terminado? —pregunté.

El parecía desconcertado, finalmente se encogió de hombros.

—Como trabajo sí —dijo—. Yo no sé nada de prodigios.

Le hice tres preguntas más antes de que me dejara en casa por última vez y desapareciera de mi vida. No esperaba que respondiera, pero lo hizo.

—Toda esa gente a la que he besado… ¿podrán hacer lo mismo con otras personas? ¿Podrán besarles las heridas y hacerlas desaparecer?

—Algunos sí —dijo—. Así es como funciona. Otros no pueden. —Se encogió de hombros—. Ni podrán. —Volvió a encogerse de hombros—. Es igual.

—¿Conoces a una niña llamada Ayana? Aunque supongo que ahora será mayor.

—Está muerta.

Mi corazón se hundió, pero no a mucha profundidad. Supongo que siempre lo supe. Volví a pensar en la niña de la silla de ruedas.

—Ella besó a mi padre —dije—. A mí solo me tocó. ¿Por qué fui el elegido?

—Porque lo eras —dijo, y enfiló el camino de entrada de mi casa—. Hemos llegado.
Se me ocurrió algo. Me pareció una buena idea, solo Dios sabe por qué.

—Ven por Navidad —dije—. Ven a cenar por Navidad. Somos muchos. Le diré a Ruth que eres un primo de Nuevo México. —No le había dicho nada del ex marine. Sabía que nombrar a mi padre sería suficiente para ella. En realidad sería demasiado.

El ex marine sonrió. Quizá no era la primera vez que lo veía sonreír, pero es la única vez que recuerdo.

—Creo que me lo perderé, compañero, aunque te lo agradezco. Yo no celebro la Navidad. Soy ateo.

Y eso es todo, creo…, excepto lo del beso a Trudy. Ya os dije que había perdido la cabeza, ¿recordáis? Tenía Alzheimer. Ralph había hecho buenas inversiones, y cuando murió la dejó bien situada, y los niños la vieron marcharse a un lugar agradable cuando ya no podía vivir dignamente en casa. Ruth y yo íbamos juntos a verla, hasta que ella sufrió un ataque al corazón mientras el avión se aproximaba al International de Denver. Fui a ver a Trudy no mucho después de aquello, porque estaba solo y deprimido y quería recuperar alguna conexión con los viejos tiempos. Pero ver a Trudy convertida en aquello, mirando por la ventana en lugar de mirarme a mí, haciendo ruido con el labio inferior mientras la saliva se le escurría por las comisuras de la boca, solo consiguió que me sintiera peor. Era como volver a tu ciudad natal para ver la casa en la que te criaste y encontrar un solar vacío.

La besé en la comisura de la boca antes de marcharme, pero por supuesto no ocurrió nada. No hay milagro sin alguien que lo obre, y mis días de milagros han quedado atrás. Salvo a altas horas de la noche, cuando no puedo dormir. Entonces bajo la escalera y puedo ver la película que quiera. Hasta películas eróticas. Tengo una antena parabólica, ya sabéis, y algo llamado Global Movies. Si hubiera contratado el paquete MLB podría pillar hasta los Pirates. Pero hoy día vivo con unos ingresos fijos y, aunque no me falta de nada, tengo que controlar mis discretos gastos. Puedo leer sobre los Pirates en internet. Todas esas películas son milagros suficientes para mí.

FIN

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