domingo, 24 de abril de 2016

Anaïs Nin - Un viaje a Marruecos

[Fragmento de Los Diarios, 1934-39, volumen publicado en 1967. El pasaje corresponde a abril de 1937]

Un viaje a Marruecos. Corto pero intenso. Me enamoré de Fez. Paz, Dignidad. Humildad. Dejo el balcón donde estaba escuchando la oración del anochecer que sube desde la ciudad blanca. Una emoción religiosa que se despierta por la vida de los árabes, por su simplicidad, su belleza fundamental. Pisar el laberinto de sus calles, calles como intestinos, apenas dos yardas de ancho, hasta dentro del abismo de sus ojos oscuros, hasta dentro de la paz. Es el ritmo que afecta primero. Lento. Mucha gente por las calles. Los codos se rozan. Ellos se respiran en la cara pero con un silencio, una profundidad, un ensueño. Sólo los niños gritan, ríen y corren. Los árabes son silenciosos. El pequeño cuarto cuadrado abierto a la calle donde se sientan en el piso, en el lodo, con su mercancía alrededor. Están tejiendo, están cosiendo, horneando pan, cincelando joyas, arreglando cuchillos, fabricando pistolas para los beréberes en las montañas. Están tiñendo lana en amplios calderones, grandes calderones llenos de tinte verde esmeralda, violeta, azul oriente. Están haciendo alfarería de tierra de Siena, tejiendo tapetes, afeitando, lavan cabellos y escriben documentos ahí mismo, debajo de mis ojos. Un árabe está dormido sobre su bolsa de azafrán. Otro reza con cuentas y vende hierbas al mismo tiempo. Más lejos, un gran estruendo, la calle donde se trabaja el cobre. Los niños están martilleando charolas de cobre con pequeños martillos, martilleando un diseño, martilleando lámparas de cobre, lámparas de Aladino. Son los niños y los viejos quienes hacen el trabajo. Mantienen la bandeja entre sus piernas. Los hombres más jóvenes pasan por la calle con sus túnicas, camino a quien sabe dónde, algunos tan bellos que se piensa que son mujeres. Las mujeres llevan velo. Ellos probablemente van a la mezquita. A cierta hora, todos los negocios, todos los trabajos cesan y todo el mundo se dirige a la mezquita. Pero primero se lavan la cara en la fuente, los pies, los ojos irritados, la nariz leprosa, la piel picada de viruela. Se quitan las babuchas. Algunos de los viejos, hombres y mujeres, nunca se van de la mezquita. Ahí se quedan para siempre hasta que la muerte se los lleve. Las mujeres tienen su propia entrada. Besan la pared de la mezquita al pasar. Para dejar el paso a un asno cargado de leña, me meto en un portal oscuro. Un olor apestoso y sofocante me aplasta. Esta peste está por todos lados. Cuesta un día para acostumbrarse. Al principio da asco. Es un olor a excremento, a azafrán, a cuero que se está curtiendo, a sándalo, a aceite de olivo frito, a aceite de nuez en los cuerpos, a incienso, a ratón; al principio es tan fuerte que no se puede comer nada. Hay lodo en los vestidos blancos de los hombres, en las piernas árabes. Cabezas rapadas de niños, con sólo un mechón. Las mujeres de caras descubiertas y tatuadas son primitivas beréberes de las montañas, mujeres de guerreros, incivilizadas. Vi a las esposas de un árabe, eran cinco sobre un diván, como montañas de carne, enormes, con varios mentones y varios estómagos y diamantes en la frente.

Las calles y las casas están indescifrablemente entrelazadas por puentes que van de una casa a otra, pasillos cubiertos de celosías que crean sombras en el piso. Parece que se cruzan adentro de las casas; uno nunca sabe si está en la calle, en un patio, o en un pasillo, porque todas las casas dan a la calle, y uno se pierde de inmediato. Las mezquitas invaden la casa del comerciante, las tiendas las mezquitas, ahora estás bajo un techo emparrado cubierto de rosales trepadores, ahora te encuentras caminando en la oscuridad de un túnel, detrás de un asno esquelético que sangra por los golpes recibidos, y ahora atraviesas un puente construido por los portugueses. Admira ahora el enrejado de encaje hecho por los andaluces y observa la plaza junto a la mezquita donde los pobres pueden quedarse a dormir sobre esteras.

En todas partes los árabes se instalan y esperan. Donde sea. Un viejo árabe le enseña a un joven un canto religioso. Otro está defecando cuidadosamente, concienzudamente. Otro está pidiendo limosna y enseña todas sus heridas abiertas, al lado del panadero que hornea panes en hornos de tierra. 

La atmósfera es tan clara, tan blanca y azul que uno siente que puede ver el mundo entero tan claramente como ve Fez. Los pájaros no pían como lo hacen en París, cantan, gorjean con un fervor operístico y tropical. Los pobres se visten de harapos, los menos pobres de sábanas y toallas, las mujeres ricas de seda y muselina. Los judíos llevan un vestido negro. En las calles y en las casas de los pobres el suelo es de tierra batida. Las casas están construidas de tierra roja de Siena, a veces encaladas. El aceite de oliva también se exprime en la calle, bajo enormes ruedas de madera. 

Tenía cartas de presentación. Primero visité a Si Boubekertazi. Se sentó en su patio, sobre cojines. Una hermosa mujer negra, una concubina, trajo una bandeja de cobre cubierta de dulces. Té servido en minúsculas tazas sin asas. 

En casa de Driss Mokri Montasseb me dejaron visitar el harem. Siete mujeres de diferentes edades, pero todas gordas, se sentaron alrededor de una mesa baja a comer dulces y dátiles. Platicamos de esmalte de uñas. Querían el mío, nacarado. Me explicaron cómo se pintaban los ojos. Compran polvo de kohl en el mercado, y se llenan los ojos con él. Les pican los ojos, lloran y el kohl negro marca los bordes que da ese efecto tan profundo.

Pasha El Glaoui de Marrakech me ofreció una escolta militar para visitar la ciudad. Dijo que era absolutamente necesario. Le hizo una señal al soldado que guarda su puerta y a partir de ese momento nunca me dejó salvo cuando iba a dormir al cuarto de hotel. 

De Sidi Asan Benanai me recibió bajo unas columnatas finamente hiladas de oro. Apenas había empezado un periodo de cuarenta días de ayuno y oraciones, así que se sentó en silencio, pasando las cuentas de su plegaria; sirvieron el té en silencio, siguió rezando, a veces me sonreía e inclinaba la cabeza, hasta que me retiré. 

Desde afuera, las casas son uniformemente simples, de paredes altas cubiertas de flores. No se puede saber si uno está entrando a un domicilio lujoso. La puerta puede estar bellamente ornada con hierro. Quizás habrá dos, o cuatro, o seis guardas en la puerta. Pero adentro, las paredes son de azulejos o están pintadas, y el estuco trabajado como encaje, los plafones pintados de oro. Las almohadas son de seda. Las mujeres negras están vestidas de manera simple pero siempre hermosa. No se ven ni a los niños ni a las esposas.

El vestido blanco se llama jelabba.

Misterio y laberinto. Calles complejas. Paredes anónimas. Lujo secreto. El secreto de estas casas sin ventanas a la calle. Las ventanas y la puerta dan sobre el patio. El patio tiene una fuente y bonitas plantas. Hay un diseño de laberinto en el arreglo de los jardines. Unos arbustos forman un rompecabezas para que podamos perdernos. Adoran la impresión de perderse. Se interpretó como un deseo de reproducir el infinito. 

Fez. Tarde o temprano, uno se encuentra con una ciudad que es una imagen de sus ciudades interiores. Fez es una imagen de mi yo interior. Esto podría explicar mi fascinación por ella. Al llevar un velo, lleno e inagotable, laberíntico, tan rico y variado, yo misma me perdí. Pasión por el misterio, lo desconocido, por lo infinito y lo inexplorado. 

Con mi guía, visité el Quartier Réservé. Reposa entre paredes medievales, cada puerta es vigilada por un soldado francés. Las casas estaban llenas de prostitutas. Sólo los árabes pobres van allá porque los demás tienen suficientes esposas para satisfacer su necesidad de variedad. Calles oscuras, dramáticas, tortuosas. Sótanos vacíos que se han transformado en cafés. Árabes que entran y salen furtivamente. Negros. Limosneros. Música árabe que se escucha de vez en cuando. Paredes, plafones cubiertos de alfarería y tapetes desarrapados. Sirven Thé à menthe o cerveza. No se toma vino pero hay un gran tráfico de drogas. Cuartos como de sótano, vacíos. Puertas cubiertas de cortinas musulmanas o cortinas de cuentas. El cuarto de la entrada es un bar o un café donde se sientan los hombres y tocan los músicos. El cuarto de atrás es para las prostitutas. Se abrió la cortina musulmana y me encontré frente a Fátima, reina de las prostitutas. 

Fátima tenía una hermosa cara, una nariz griega, unos enormes ojos negros de terciopelo, una piel morena suave, llena pero firme, y los atributos árabes de siempre, varios pliegues de estomago, varios mentones. Sólo podía moverse con dificultad sobre sus piernas enormes. Era a la vez regia y magnífica, opulenta y voluptuosa. Llevaba puesto un vestido de novia, un vestido de gasa rosa bordado de lentejuelas doradas colocadas sobre varias capas de fondos de gasa. Un cinturón de oro pesado, pulseras, anillos, una cinta dorada sobre la frente, enormes pendientes de oro. Sobre su cabello brillante, un turbante de seda coloreada en la parte posterior de su cabeza descubría sus rizos negros. Tenía cuatro dientes de oro, algo que las mujeres árabes consideran hermoso. El delineado negro carbón exageraba el tamaño de sus ojos como en las pinturas egipcias. 

Se sentó en medio de cojines en un cuarto largo y estrecho como muchos cuartos en Fez. En cada extremo del cuarto había una cama de latón, signo de lujo y de éxito. No se usan como camas, son sólo un símbolo de riqueza. Entre las dos camas de latón se colocan todos los cojines, tapetes y sofás bajos (en las casas ricas se azulejan los suelos pero también lucen las camas de latón). Fátima no sólo coleccionaba camas de latón sino también relojes de cuco suizos. Cubrían una pared, cada uno dando una hora diferente. Las otras paredes estaban cubiertas de cretona floreada. El ambiente se cargaba de perfume, encerrado y voluptuoso, el vientre mismo. Una joven entró con un vaporizador y levantó mi falda para vaporizar ligeramente mi ropa interior con agua de rosa. Entró otra vez para esparcir pétalos de rosa alrededor de mis pies. Regresó con una bandeja que llevaba vasos de cristal con asas de cobre para el té. Nos sentamos con las piernas cruzadas sobre inmensos cojines, Fátima en el centro. Nunca hizo un gesto vulgar. Invitaron a pasar a dos músicos ciegos y encorvados que tocaron con monotonía, pero con tal ritmo que mi excitación creció como si hubiera tomado vino. Fátima empezó a preparar el té en la bandeja. Luego nos pasó una botella de agua de rosas y nos perfumamos las manos. Luego encendió un brasero de sándalo y lo colocó a mis pies. Me estaba perfumando generosamente como se debía y el aire se hizo más pesado. El soldado árabe se recostó sobre las almohadas. El guapo guardaespaldas con su túnica blanca, su turbante blanco y su uniforme militar azul empezó a conversar con Fátima que no hablaba francés. Tradujo mis cumplidos sobre su belleza. Ella le pidió que tradujera una pregunta sobre mi esmalte de uñas. Le prometí mandárselo. Mientras estábamos sentados allí soñando entre cada frase, afuera estalló una pelea. Un joven árabe entró corriendo, la cara ensangrentada. Gritaba, "Aii, Aii, Aiii". Fátima envió a su criada a ver qué podía hacerse por el joven árabe. Nunca perdió la calma. Los músicos tocaron más fuerte y más rápido para que yo no me diera cuenta de la agitación y para que mi placer no fuera interrumpido. Permanecí dos horas con Fátima, pues aquí es incorrecto apresurarse. Es un insulto mortal irse demasiado rápido o mostrar prisa. Se ofenden profundamente. La amistad no depende tanto de una conversación o de un intercambio, sino de la creación de un ambiente favorable, soñador, meditativo, contemplativo, un modo de ser. Finalmente, cuando estuve lista, mi escolta pronunció unas palabras de despedida. 

Era pasada la medianoche. La ciudad, tan llena de gente e intransitable durante el día, estaba silenciosa y vacía. El vigilante nocturno duerme en el umbral. Hay puertas entre los diferentes barrios. Nos abrieron seis puertas con unas llaves enormes. No está permitido circular de noche salvo con permiso especial y con un pase que el soldado debió enseñar a cada vigilante. 

Las ranas croaban en los estanques de los jardines tras de las paredes, los grillos anunciaban el calor del día siguiente. El olor a rosas ganó la batalla de los olores. De pronto una ventana se abrió, una vieja se asomó en lo alto y, maldiciendo, aventó una rata enorme que acababa de atrapar. Cayó a mis pies. 

Fez es una droga. Enreda. La vida de los sentidos, de la poesía (hasta los pobres que van a ver a una prostituta se encuentran con una mujer vestida de novia como una virgen), la vida de la ilusión y de los sueños. Me volví apasionada, sólo por estar sentada ahí en los cojines, con la música, los pájaros, las fuentes, la infinita belleza del diseño de los azulejos, el canto de la tetera, las numerosas y brillantes bandejas de cobre, las doce botellas de perfume de rosa y el sándalo humeando en el incensario, los relojes de cuco que suenan a destiempo, cuando quieren. 

Las capas de la ciudad de Fez son como las capas y los secretos de la vida interior. Uno necesita un guía. 

Adoré la nobleza intrínseca de los árabes, la soberbia, el gusto por los dulces en vez del alcohol, la suavidad, la paz, la hospitalidad, la reserva, el orgullo, el amor a los colores turquesa y coral, el porte digno, sus silencios. Adoro como los hombres se abrazan en la calle con soberbia y nobleza. Adoro la expresión de sus ojos, pensativa o ardiente pero profunda. 

El río bajo el puente estaba asqueroso. Los hombres se tomaban de la mano mientras conversaban en la calle. Condujeron a un árabe muerto en una camilla, iba envuelto en vendas estrechas y blancas como una momia egipcia. Habían echado una estera roja sobre sus pies. Silencio y quietud. Contemplación y letanías. Música. Té servido de un samovar sobre una bandeja de cobre. Los bordes de los vasos son coloridos. En otra bandeja, una gran caja de plata llena de generosos trozos de azúcar candi. Bandejas de botellas de perfume. Bandejas de pasteles de almendras cubiertos con un pañuelo de seda o con tapas de cobre pintadas. 

Me encontré con las mujeres árabes que se dirigían al baño. Siempre iban en grupos y llevaban un cambio de ropa en una canasta sobre la cabeza. Caminaban con sus velos y se reían, enseñaban solamente sus ojos y las extremidades de sus manos, decoradas con hena, sostenían sus velos. Parecían pesadas y llenas por sus faldas inmaculadas y sus cinturones cargados de bordados, como las almohadas en las que les gustaban sentarse. Eran carnes pesadas que se movían en telas blancas, nutridas de dulces y de inercia, de miradas pasivas detrás de las ventanas con reja. Era uno de sus pocos momentos de libertad, una de las pocas veces en que aparecían en la calle. Caminaban en grupos con sus sirvientas, sus hijos y sus bultos de ropa limpia, se reían y platicaban y arrastraban sus pies en babuchas bordadas.

Las seguí. Cuando entraron en el edificio cubierto de azulejos junto a la mezquita, entré con ellas. El primer cuarto era amplio, cuadrado, todo de piedra, con bancas de piedra y tapetes en el suelo. Aquí las mujeres dejaron sus bultos y empezaron a desvestirse. Era una ceremonia larga por tantas faldas y camisas, cinturones que parecían vendas, tanto percal blanco, lino, algodón que desenrollar, desplegar y plegar otra vez en la banca. Luego había que quitarse las pulseras, los aretes, las ajorcas de tobillo y luego desenrollar el largo cabello negro de las cintas trenzadas en el pelo. Tanto algodón blanco caído en el suelo, un campo de pétalos blancos, hojas, cintas que se habían quitado estas mujeres carnales, y mientras las estaba viendo sentí que nunca podrían estar realmente desnudas, que todo lo que llevaban puesto tenía que adherirse a ellas para siempre, crecer con sus cuerpos. Yo ya me había desvestido y esperaba de pie, porque no deseaba sentarme desnuda en la banca de piedra. Ellas aguardaban a que las criadas africanas luego de desvestir a los niños hicieran lo mismo.

Nos esperaba una vieja, totalmente arrugada y con un solo ojo. Sus senos eran dos calabazas vacías que colgaban hasta la mitad de abdomen. Llevaba una arpillera alrededor de la cintura. Me dio un golpecito de aprobación en el hombro y sonrió. Señaló mis uñas y dijo algo que no entendí. Sonreí. 

Abrió la puerta del vapor, otro cuarto cuadrado, amplio, todo de piedra gris. Pero allí no había bancas. Todas las mujeres estaban sentadas en el suelo. La vieja llenó varias cubetas de agua en una de las fuentes y a veces vertía una sobre las que se habían enjabonado. El cuarto se llenó de vapor. Las mujeres se sentaron en el piso, tomaron a sus hijos entre sus rodillas y los tallaron. Luego la vieja echó una cubeta de agua sobre ellos. Esa agua corría por todos lados a nuestro alrededor, y era sucia. Estábamos sentadas sobre arroyos de agua sucia, jabonosa. Las mujeres no tenían prisa. Usaron el jabón, luego un pedazo de piedra pómez, y luego utilizaron cera depilatoria con mucho cuidado y concentración. Todas eran enormes. La carne se ondulaba, se doblaba, se plegaba en unas tremendas y pesadas olas. Parecían sentadas en almohadas de carne de todos los colores, desde la pálida piel de los árabes del norte hasta la piel africana. Yo estaba asombrada de ver que podían levantar esos brazos tan pesados para peinar sus largos cabellos. Vine a verlas porque la belleza de sus rostros era legendaria y en nada exagerada. Tenían rostros realmente hermosos, enormes, ojos como joyas, narices rectas, nobles, un espacio amplio entre los ojos, bocas llenas y voluptuosas, piel perfecta y un porte siempre majestuoso. Sus rostros asemejaban a una estatua mas que a una pintura, por sus líneas tan claras y puras. Me senté a admirar sus rostros, y de pronto me di cuenta de que me miraban. Se sentaron en grupo, me observaron y sonrieron. Me explicaron con mímica que debía lavar mi cara y mi pelo. Era difícil explicarles que deseaba apresurar el ritual porque no me agradaba estar sentada sobre aguas sucias. Me ofrecieron la piedra pómez después de haberla usado largamente sobre sus cuerpos voluminosos. Lo intenté pero me irritó la cara. La piel de las mujeres árabes era más dura. Las mujeres platicaban en círculos mientras se lavaban y lavaban a sus hijos. No pude lavarme la cara con el jabón que todas habían usado para sus pies y axilas. Se burlaron de una mujer europea que desconoce las reglas de la limpieza.

También quisieron quitarme vellos superfluos de las cejas, las axilas, y rasurar mi pubis. Al final logré escaparme al siguiente cuarto donde me rociaron cubetas de agua fresca. 

Quería ver a las mujeres árabes vestidas otra vez, escondidas en metros de algodón blanco. Cabezas tan preciosas habían emergido de esas montañas de carne, cabezas de una perfección increíble, ojos deslumbrantes, fuertemente orlados, rasgos sensuales. A veces unos ojos verde musgo en una piel oscura de Siena, a veces unos ojos negro carbón en una piel pálida como claro de luna, y siempre el largo y pesado cabello negro, las trenzas onduladas. Pero esas cabezas emergían de masas de carne amorfa, flotando como plantas en el mar, hinchadas, oscilantes, los senos cayendo como anémonas, los estómagos boyantes de mujeres siempre embarazadas, las piernas como almohadas, las espaldas como cojines, las caderas estriadas como un colchón. 

Todas me veían e inclinaban la cabeza de manera amigable al comentar mi figura. Contaban con los dedos y preguntaban si yo era adolescente. Yo no tenía grasa. Tenía que ser una niña. Se acercaron y comparamos los colores de piel. Parecían asombradas por mi cintura. La podían encerrar entre sus manos. Querían lavar mi pelo. Enjabonaron mi cara con ternura. Me tocaban y cotorreaban. La vieja llegó con dos cubetas y las volcó sobre mí. Estaba lista para irme pero las mujeres árabes me enviaron todo tipo de mensajes con sus ojos, sonrisas, pláticas. La vieja me llevó al tercer cuarto que era más fresco, me roció agua fría y luego me condujo de regreso al tocador. 

FIN

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