domingo, 29 de enero de 2017

Isabel Allende - El amante japonés

Irina Bazili entró a trabajar en Lark House, en las afueras de Berkeley, en 2010, con veintitrés años cumplidos y pocas ilusiones, porque llevaba dando tumbos entre empleos, de una ciudad a otra, desde los quince. No podía imaginar que encontraría su acomodo perfecto en esa residencia de la tercera edad y que en los tres años siguientes llegaría a ser tan feliz como en su infancia, antes de que se le desordenara el destino. Lark House, fundada a mediados de 1900 para albergar dignamente a ancianos de bajos ingresos, atrajo desde el principio, por razones desconocidas, a intelectuales progresistas, esotéricos decididos y artistas de poco vuelo. Con el tiempo cambió en varios aspectos, pero seguía cobrando cuotas ajustadas a los ingresos de cada residente para fomentar, en teoría, cierta diversidad social y racial. En la práctica todos ellos resultaron ser blancos de clase media y la diversidad consistía en sutiles diferencias entre librepensadores, buscadores de caminos espirituales, activistas sociales y ecológicos, nihilistas y algunos de los pocos hippies que iban quedando vivos en el área de la bahía de San Francisco.

En la primera entrevista, el director de esa comunidad, Hans Voigt, le hizo ver a Irina que era demasiado joven para un puesto de tanta responsabilidad, pero como tenían que cubrir con urgencia una vacante en el departamento de administración y asistencia, ella podía ser suplente hasta que encontraran a la persona adecuada. Irina pensó que lo mismo que de ella se podía decir de él: parecía un chiquillo mofletudo con calvicie prematura a quien la tarea de dirigir ese establecimiento seguramente le quedaba grande. Con el tiempo la muchacha comprobaría que el aspecto de Voigt engañaba a cierta distancia y con mala luz, pues en realidad había cumplido cincuenta y cuatro años y había demostrado ser un excelente administrador. Irina le aseguró que su falta de estudios se compensaba con la experiencia en el trato con ancianos en Moldavia, su país natal.

La tímida sonrisa de la postulante ablandó al director, quien se olvidó de pedirle una carta de recomendación y pasó a enumerar las obligaciones del puesto; podían resumirse en pocas palabras: facilitar la vida a los huéspedes del segundo y tercer nivel. Los del primero no le incumbían, pues vivían de forma independiente, como inquilinos en un edificio de apartamentos, y tampoco los del cuarto, llamado apropiadamente Paraíso, porque estaban aguardando su tránsito al cielo, pasaban dormitando la mayor parte del tiempo y no requerían el tipo de servicio que ella debía ofrecer. A Irina le correspondería acompañar a los residentes a las consultas de médicos, abogados y contadores, ayudarlos con formularios sanitarios y de impuestos, llevarlos de compras y menesteres similares. Su única relación con los del Paraíso era organizar sus funerales, para lo que recibiría instrucciones detalladas según el caso, le dijo Hans Voigt, porque los deseos de los moribundos no siempre coincidían con los de sus familiares. Entre la gente de Lark House había diversas creencias y los funerales tendían a ser ceremonias ecuménicas algo complicadas.

Le explicó que sólo el personal doméstico, de cuidado y enfermería estaba obligado a llevar uniforme, pero existía un tácito código de vestimenta para el resto de los empleados; el respeto y el buen gusto eran los criterios en esa materia. Por ejemplo, la camiseta estampada con Malcolm X que lucía Irina resultaba inapropiada para la institución, dijo enfáticamente. En realidad la efigie no era de Malcolm X sino del Che Guevara, pero ella no se lo aclaró porque supuso que Hans Voigt no había oído hablar del guerrillero, quien medio siglo después de su epopeya seguía siendo venerado en Cuba y por un puñado de radicales de Berkeley, donde ella vivía. La camiseta le había costado dos dólares en una tienda de ropa usada y estaba casi nueva.

—Aquí está prohibido fumar —le advirtió el director.

—No fumo ni bebo, señor.

—¿Tiene buena salud? Eso es importante en el trato con ancianos.

—Sí.

—¿Hay alguna cuestión que yo deba saber?

—Soy adicta a videojuegos y novelas de fantasía. Ya sabe, Tolkien, Neil Gaiman, Philip Pullman. Además trabajo lavando perros, pero no me ocupa muchas horas.

—Lo que haga en su tiempo libre es cosa suya, señorita, pero en su trabajo no puede distraerse.

—Por supuesto. Mire, señor, si me da una oportunidad, verá que tengo muy buena mano con la gente mayor. No se arrepentirá —dijo la joven con fingido aplomo.

Una vez concluida la entrevista, el director le mostró las instalaciones, que albergaban a doscientas cincuenta personas con una edad media de ochenta y cinco años. Lark House había sido la magnífica propiedad de un magnate del chocolate, que la donó a la ciudad y dejó una generosa dotación para financiarla. Consistía en la mansión principal, un palacete pretencioso donde estaban las oficinas, así como las áreas comunes, biblioteca, comedor y talleres, y una serie de agradables edificios de tejuela de madera, que armonizaban con el parque, aparentemente salvaje, pero en realidad bien cuidado por una cuadrilla de jardineros. Los edificios de los apartamentos independientes y los que albergaban a los residentes de segundo y de tercer nivel se comunicaban entre sí por anchos corredores techados, para circular con sillas de ruedas a salvo de los rigores del clima, y con laterales de vidrio, para apreciar la naturaleza, el mejor bálsamo para las penas a cualquier edad. El Paraíso, una construcción de cemento aislada, habría desentonado con el resto si no hubiera estado cubierto por completo de hiedra trepadora. La biblioteca y sala de juegos estaban disponibles a todas horas; el salón de belleza tenía horario flexible y en los talleres ofrecían diversas clases, desde pintura hasta astrología, para aquellos que todavía anhelaban sorpresas del futuro. En la Tienda de Objetos Olvidados, como rezaba el letrero sobre la puerta, atendida por damas voluntarias, vendían ropa, muebles, joyas y otros tesoros descartados por los residentes o dejados atrás por los difuntos.

—Tenemos un excelente club de cine. Proyectamos películas tres veces por semana en la biblioteca —dijo Hans Voigt.

—¿Qué clase de películas? —le preguntó Irina, con la esperanza de que fueran de vampiros y ciencia ficción.

—Las selecciona un comité y dan preferencia a las de crímenes, les encantan las de Tarantino. Aquí hay cierta fascinación por la violencia, pero no se asuste, entienden que es ficción y que los actores reaparecerán en otras películas, sanos y buenos. Digamos que es una válvula de escape. Varios de nuestros huéspedes fantasean con asesinar a alguien, por lo general de su familia.

—Yo también —replicó Irina sin vacilar.

Creyendo que la joven bromeaba, Hans Voigt se rió complacido; apreciaba el sentido del humor casi tanto como la paciencia entre sus empleados.

En el parque de árboles antiguos correteaban confiadamente ardillas y un número poco usual de ciervos. Hans Voigt le explicó que las hembras llegaban a parir y criar allí a los cervatillos hasta que pudieran valerse por sí mismos, y que la propiedad también era un santuario de pájaros, especialmente alondras, de las que provenía el nombre: Lark House, casa de alondras. Había varias cámaras colocadas estratégicamente para espiar a los animales en la naturaleza y, de paso, a los ancianos que pudieran perderse o accidentarse, pero Lark House no contaba con medidas de seguridad. De día las puertas permanecían abiertas y sólo había un par de guardias desarmados que hacían ronda. Eran policías retirados de setenta y setenta y cuatro años respectivamente; no se requería más, porque ningún maleante iba a perder su tiempo asaltando a viejos sin ingresos. Se cruzaron con un par de mujeres en sillas de ruedas, con un grupo provisto de caballetes y cajas de pinturas para una clase al aire libre y con algunos huéspedes que paseaban a perros tan estropeados como ellos. La propiedad lindaba con la bahía y cuando subía la marea se podía salir en kayak, como hacían algunos de los residentes a quienes sus achaques no habían derrotado todavía. «Así me gustaría vivir», suspiró Irina, aspirando a bocanadas el dulce aroma de pinos y laureles y comparando esas agradables instalaciones con las guaridas insalubres por las que ella había deambulado desde los quince años.

—Por último, señorita Bazili, debo mencionarle los dos fantasmas, porque seguramente será lo primero que le advierta el personal haitiano.

—No creo en fantasmas, señor Voigt.

—La felicito. Yo tampoco. Los de Lark House son una mujer joven con un vestido de velos rosados y un niño de unos tres años. Es Emily, hija del magnate del chocolate. La pobre Emily se murió de pena cuando su hijo se ahogó en la piscina, a finales de los años cuarenta. Después de eso el magnate abandonó la casa y creó la fundación.

—¿El chico se ahogó en la piscina que me ha enseñado?

—La misma. Y nadie más ha muerto allí, que yo sepa.

Irina pronto iba a revisar su opinión sobre los fantasmas, porque descubriría que muchos de los ancianos estaban permanentemente acompañados por sus muertos; Emily y su hijo no eran los únicos espíritus residentes.

Al día siguiente a primera hora, Irina se presentó al empleo con sus mejores vaqueros y una camiseta discreta. Comprobó que el ambiente de Lark House era relajado sin caer en la negligencia; parecía un colegio universitario más que un asilo de ancianos. La comida equivalía a la de cualquier restaurante respetable de California: orgánica dentro de lo posible. El servicio era eficiente y el de cuidado y enfermería era todo lo amable que se puede esperar en estos casos. En pocos días se aprendió los nombres y manías de sus colegas y de los residentes a su cargo. Las frases en español y francés que pudo memorizar le sirvieron para ganarse el aprecio del personal, proveniente casi exclusivamente de México, Guatemala y Haití. El salario no era muy elevado para el duro trabajo que hacían, pero muy pocos ponían mala cara. «A las abuelitas hay que mimarlas, pero sin faltarles el respeto. Lo mismo a los abuelitos, pero a ellos no hay que darles mucha confianza, porque se portan malucos», le recomendó Lupita Farías, una chaparrita con cara de escultura olmeca, jefa del equipo de limpieza. Como llevaba treinta y dos años en Lark House y tenía acceso a las habitaciones, Lupita conocía íntimamente a cada ocupante, sabía cómo eran sus vidas, adivinaba sus malestares y los acompañaba en sus penas.

—Ojo con la depresión, Irina. Aquí es muy común. Si notas que alguien está aislado, anda muy triste, se queda en cama sin motivo o deja de comer, vienes corriendo a avisarme, ¿entendido?

—¿Y qué haces en ese caso, Lupita?

—Depende. Los acaricio, eso siempre lo agradecen, porque los viejos no tienen quien los toque, y los engancho con un serial de televisión; nadie quiere morirse antes de ver el final. Algunos se alivian rezando, pero aquí hay muchos ateos y ésos no rezan. Lo más importante es no dejarlos solos. Si yo no estoy a mano, avisas a Cathy; ella sabe qué hacer.

La doctora Catherine Hope, residente del segundo nivel, había sido la primera en darle la bienvenida a Irina en nombre de la comunidad. A los sesenta y ocho años, era la más joven de los residentes. Desde que estaba en silla de ruedas había optado por la asistencia y compañía que le ofrecía Lark House, donde llevaba un par de años. En ese tiempo se había convertido en el alma de la institución.

—La gente mayor es la más divertida del mundo. Ha vivido mucho, dice lo que le da la gana y le importa un bledo la opinión ajena. Nunca te vas a aburrir aquí —le dijo a Irina—. Nuestros residentes son personas educadas y si tienen buena salud, siguen aprendiendo y experimentando. En esta comunidad hay estímulo y se puede evitar el peor flagelo de la vejez: la soledad.

Irina estaba al tanto del espíritu progresista de la gente de Lark House, conocido porque en más de una ocasión había sido noticia. Existía una lista de espera de varios años para ingresar y habría sido más larga si muchos de los postulantes no hubieran fallecido antes de que les tocara el turno. Esos viejos eran prueba contundente de que la edad, con sus limitaciones, no impedía divertirse y participar en el ruido de la existencia. Varios de ellos, miembros activos del movimiento Ancianos por la Paz, destinaban los viernes por la mañana a protestar en la calle contra las aberraciones e injusticias del mundo, especialmente del imperio norteamericano, del cual se sentían responsables. Los activistas, entre quienes figuraba una dama de ciento un años, se daban cita en una esquina de la plaza del barrio frente al cuartelillo de policía, con sus bastones, andadores y sillas de ruedas, enarbolando carteles contra la guerra o el calentamiento global, mientras el público los apoyaba a bocinazos desde los coches o firmando las peticiones que los furibundos bisabuelos les ponían delante. En más de una ocasión, los revoltosos habían aparecido en televisión mientras la policía hacía el ridículo tratando de dispersarlos con amenazas de gas lacrimógeno, que jamás se concretaban. Emocionado, Hans Voigt le había mostrado a Irina una placa colocada en el parque en honor a un músico de noventa y siete años, que murió en 2006 con las botas puestas y a pleno sol, tras sufrir un ataque cerebral fulminante mientras protestaba contra la guerra de Irak.

Irina se había criado en una aldea de Moldavia habitada por viejos y niños. A todos les faltaban dientes, a los primeros porque los habían perdido con el uso y a los segundos porque estaban cambiando los de leche. Pensó en sus abuelos y, como tantas veces en los últimos años, se arrepintió de haberlos abandonado. En Lark House se le presentaba la oportunidad de darles a otros lo que no pudo darles a ellos y, con ese propósito en mente, se dispuso a atender a las personas a su cargo. Pronto se los ganó a todos y también a varios del primer nivel, los independientes.

Desde el comienzo le llamó la atención Alma Belasco. Se distinguía entre las otras mujeres por su porte aristocrático y por el campo magnético que la aislaba del resto de los mortales. Lupita Farías aseguraba que la Belasco no calzaba en Lark House, que iba a durar muy poco y que en cualquier momento vendría a buscarla el mismo chofer que la había traído en un Mercedes Benz. Pero fueron pasando los meses sin que eso ocurriera. Irina se limitaba a observar a Alma Belasco de lejos, porque Hans Voigt le había ordenado concentrarse en sus obligaciones con las personas del segundo y tercer nivel, sin distraerse con los independientes. Bastante ocupada estaba atendiendo a sus clientes —no se llamaban pacientes— y aprendiendo los pormenores de su nuevo empleo. Como parte de sus entrenamientos, debía estudiar los vídeos de los funerales recientes: una judía budista y un agnóstico arrepentido. Por su parte, Alma Belasco no se habría fijado en Irina si las circunstancias no la hubieran convertido brevemente en la persona más polémica de la comunidad.
El francés
En Lark House, donde había una deprimente mayoría de mujeres, Jacques Devine era considerado la estrella, el único galán entre los veintiocho varones del establecimiento. Le llamaban el francés, no porque hubiera nacido en Francia, sino por su exquisita urbanidad —dejaba pasar primero a las damas, les apartaba la silla y nunca andaba con la bragueta abierta—, y porque podía bailar, a pesar de su espalda apuntalada. Andaba derecho a los noventa años gracias a varillas, tornillos y tuercas en la columna; algo le quedaba de su cabello ensortijado y sabía jugar a las cartas, haciendo trampa con desenvoltura. Era sano de cuerpo, salvo por la artritis común, la presión alta y la sordera ineludible de los años invernales, y bastante lúcido, pero no tanto como para recordar si había almorzado; por eso estaba en el segundo nivel, donde disponía de la asistencia necesaria. Había llegado a Lark House con su tercera esposa, quien alcanzó a vivir sólo tres semanas antes de morir atropellada en la calle por un ciclista distraído. El día del francés comenzaba temprano: se duchaba, se vestía y afeitaba con ayuda de Jean Daniel, un cuidador haitiano, cruzaba el estacionamiento apoyado en su bastón, fijándose bien en los ciclistas, y se iba al Starbucks de la esquina a tomar la primera de sus cinco tazas cotidianas de café. Se había divorciado una vez, enviudado dos y jamás le habían faltado enamoradas a quienes seducía con trucos de ilusionista. Una vez, hacía poco, calculó que se había enamorado sesenta y siete veces; lo anotó en su libreta para que no se le olvidara el número, ya que los rostros y los nombres de esas afortunadas se le estaban borrando. Tenía varios hijos reconocidos y otro de un percance clandestino con una mujer cuyo nombre no recordaba, además de sobrinos, todos unos ingratos que contaban los días para verlo partir al otro mundo y heredarlo. Se rumoreaba que tenía una pequeña fortuna hecha con mucho atrevimiento y pocos escrúpulos. Él mismo confesaba, sin asomo de arrepentimiento, que había pasado un tiempo en prisión, de donde sacó tatuajes de filibustero en los brazos, que la flacidez, las manchas y las arrugas habían desdibujado, y ganó sumas considerables especulando con los ahorros de los guardias.

A pesar de las atenciones de varias señoras de Lark House, que le dejaban poco campo para maniobras amorosas, Jacques Devine se prendó de Irina Bazili desde el primer momento en que la vio deambulando con su tablilla de anotar y su trasero respingón. La muchacha no tenía ni una gota de sangre caribeña, por lo que ese trasero de mulata era un prodigio de la naturaleza, aseguraba el hombre después de tomarse el primer martini, extrañado de que nadie más lo percibiera. Había pasado sus mejores años haciendo negocios entre Puerto Rico y Venezuela, donde se aficionó a apreciar a las mujeres por detrás. Esas posaderas épicas se le habían fijado para siempre en las retinas; soñaba con ellas, las veía por todas partes, incluso en un sitio tan poco propicio como Lark House y en una mujer tan flaca como Irina. Su vida de anciano, sin proyectos ni ambiciones, se llenó de súbito con ese amor tardío y totalitario, alterando la paz de sus rutinas. A poco de conocerla, le demostró su entusiasmo con un escarabajo de topacio y brillantes, una de las pocas joyas de sus difuntas esposas que salvó de la rapiña de sus descendientes. Irina no quiso aceptarlo, pero su rechazo mandó la presión arterial del enamorado a las nubes y ella misma tuvo que acompañarlo la noche entera en el servicio de urgencias. Conectado a una bolsa de suero en la vena, Jacques Devine, entre suspiros y reproches, le declaró su sentimiento desinteresado y platónico. Sólo deseaba su compañía, recrear la vista con su juventud y belleza, escuchar su voz diáfana, imaginar que ella también lo quería, aunque fuera como una hija. También podía quererlo como a un bisabuelo.

Al día siguiente en la tarde, de vuelta en Lark House, mientras Jacques Devine disfrutaba de su martini ritual, Irina, con los ojos enrojecidos y ojeras azules por la noche en blanco, le confesó el lío a Lupita Farías.

—Eso no es ninguna novedad, chamaca. A cada rato sorprendemos a los residentes en camas ajenas, no sólo a los abuelitos, también a las señoras. A falta de hombres, las pobres tienen que conformarse con lo que hay. Todo el mundo necesita compañía.

—En el caso del señor Devine se trata de amor platónico, Lupita.

—No sé lo que será eso, pero si es lo que me imagino, no le creas. El francés tiene un implante en el pito, una salchicha de plástico que se infla con una bombilla disimulada en las bolas.

—¡Qué dices, Lupita! —se rió Irina.

—Lo que oyes. Te lo juro. Yo no lo he visto, pero el francés le hizo una demostración a Jean Daniel. Impresionante.

La buena mujer agregó, para beneficio de Irina, lo que había observado en muchos años de trabajar en Lark House: que la edad, por sí sola, no hace a nadie mejor ni más sabio, sólo acentúa lo que cada uno ha sido siempre.

—El que es un miserable no se vuelve generoso con los años, Irina, se vuelve más miserable. Seguramente Devine fue siempre un calavera y por eso ahora es un viejo verde —concluyó.

En vista de que no pudo devolverle el broche de escarabajo a su pretendiente, Irina se lo llevó a Hans Voigt, quien le informó sobre la prohibición absoluta de aceptar propinas y regalos. La regla no se aplicaba a los bienes que recibía Lark House de los moribundos, ni a las donaciones hechas bajo la mesa para colocar a un familiar a la cabeza de la lista de postulantes para ingresar, pero de eso no hablaron. El director recibió el horrendo bicho de topacio para devolvérselo a su legítimo dueño, como dijo, y entretanto lo metió en un cajón de la mesa de su despacho.

Una semana más tarde Jacques Devine le pasó a Irina ciento sesenta dólares en billetes de a veinte y esta vez ella se dirigió directamente a Lupita Farías, quien era partidaria de las soluciones simples: los devolvió a la caja de cigarros donde el galán guardaba su dinero en efectivo, segura de que él no recordaría haberlo sacado ni cuánto tenía. Así resolvió Irina el problema de las propinas, pero no el de las apasionadas misivas de Jacques Devine, sus invitaciones a cenar en restaurantes caros, su rosario de pretextos para llamarla a su habitación y contarle los éxitos exagerados que nunca le ocurrieron, y finalmente su propuesta matrimonial. El francés, tan diestro en el vicio de la seducción, había revertido a la adolescencia, con su dolorosa carga de timidez, y en vez de declararse en persona, le pasó una carta perfectamente legible, porque la escribió en su computadora. El sobre contenía dos páginas plagadas de rodeos, metáforas y repeticiones, que podían resumirse en pocos puntos: Irina había renovado su energía y su deseo de vivir, podía ofrecerle gran bienestar, por ejemplo en Florida, donde siempre calentaba el sol, y cuando enviudara estaría económicamente asegurada. Mirara por donde mirase su proposición, ella saldría ganando, escribió, ya que la diferencia de edad constituía una ventaja a su favor. La firma era un garabato de mosquitos. La joven se abstuvo de informar al director, temiendo verse en la calle, y dejó la carta sin respuesta con la esperanza de que al novio se le eclipsara de la mente, pero por una vez a Jacques Devine le funcionó la memoria reciente. Rejuvenecido por la pasión, siguió mandándole misivas cada vez más urgentes, mientras ella procuraba evitarlo, rezándole a santa Parescheva para que el anciano desviara su atención hacia la docena de damas octogenarias que lo perseguían.

La situación fue subiendo de tono y habría llegado a ser imposible de disimular si un acontecimiento inesperado no hubiera puesto fin a Jacques Devine y, de paso, al dilema de Irina. Esa semana el francés había salido un par de veces en taxi sin dar explicaciones, algo inusual en su caso, porque se extraviaba en la calle. Entre los deberes de Irina estaba acompañarlo, pero él salió a hurtadillas, sin decir palabra de sus intenciones. El segundo viaje debió de poner a prueba su resistencia, porque regresó a Lark House tan perdido y frágil, que el chofer tuvo que bajarlo del taxi prácticamente en brazos y entregárselo como un bulto a la recepcionista.

—¿Qué le ha pasado, señor Devine? —le preguntó la mujer.

—No sé, yo no estaba allí —le contestó.

Después de examinarlo y comprobar que la presión arterial era normal, el médico de turno consideró que no valía la pena enviarlo de nuevo al hospital y le ordenó descansar en cama por un par de días, pero también notificó a Hans Voigt que Jacques Devine ya no estaba en condiciones mentales de seguir en el segundo nivel, había llegado la hora de transferirlo al tercero, donde dispondría de asistencia continua. Al día siguiente el director se dispuso a comunicar el cambio a Devine, tarea que siempre le dejaba un sabor a cobre en la lengua, porque nadie ignoraba que el tercer nivel era la antesala del Paraíso, el piso sin retorno, pero fue interrumpido por Jean Daniel, el empleado haitiano, que llegó demudado con la noticia de que había encontrado a Jacques Devine tieso y frío cuando fue a ayudarlo a vestirse. El médico propuso una autopsia, ya que al examinarlo el día anterior no había notado nada que justificara esa desagradable sorpresa, pero Hans Voigt se opuso; para qué sembrar sospechas sobre algo tan previsible como el fallecimiento de una persona de noventa años. Una autopsia podría manchar la impecable respetabilidad de Lark House. Al saber lo ocurrido, Irina lloró un buen rato, porque muy a pesar suyo le había tomado cariño a ese patético Romeo, pero no pudo evitar cierto alivio por verse libre de él y vergüenza por sentirse aliviada.

El fallecimiento del francés unió al club de sus admiradoras en un solo duelo de viuda, pero les faltó el consuelo de organizar una ceremonia porque los parientes del difunto optaron por el recurso expeditivo de incinerar sus restos a toda prisa.

El hombre habría sido olvidado pronto, incluso por sus enamoradas, si su familia no hubiera desencadenado una tormenta. Poco después de que sus cenizas fueran esparcidas sin aspavientos emocionales, los presuntos herederos comprobaron que todas las posesiones del anciano habían sido legadas a una tal Irina Bazili. Según la breve nota adjunta al testamento, Irina le había dado ternura en la última etapa de su larga vida y por eso merecía heredarlo. El abogado de Jacques Devine explicó que su cliente le había indicado por teléfono los cambios en el testamento y después se presentó dos veces en su oficina, primero para revisar los papeles y después para firmarlos ante notario, y que se había manifestado seguro de lo que quería. Los descendientes acusaron a la administración de Lark House de negligencia ante el estado mental del anciano y a esa Irina Bazili de robarle con alevosía. Anunciaron su decisión de impugnar el testamento, denunciar al abogado por incapaz, al notario por cómplice y a Lark House por daños y perjuicios. Hans Voigt recibió al tropel de parientes frustrados con la calma y cortesía adquiridas a lo largo de muchos años de dirigir la institución, mientras hervía de rabia por dentro. No esperaba semejante truhanería de Irina Bazili, a quien creía incapaz de matar a una mosca, pero uno nunca acaba de aprender, no se puede confiar en nadie. En un aparte le preguntó al abogado de cuánto dinero se trataba y resultó que eran unas tierras secas en Nuevo México y acciones de varias compañías, cuyo valor estaba por verse. La suma en dinero efectivo era insignificante.

El director pidió veinticuatro horas para negociar una salida menos costosa que querellarse y convocó perentoriamente a Irina. Pensaba manejar el embrollo con guantes de seda. No le convenía enemistarse con esa zorra, pero al verse frente a ella perdió los estribos.

—¡Quisiera saber cómo diablos lograste engatusar al viejo! —la increpó.

—¿De quién me está hablando, señor Voigt?

—¡De quién va a ser! ¡Del francés, claro! ¿Cómo pudo suceder esto ante mis propias narices?

—Perdone, no se lo dije para no preocuparlo, pensé que el asunto se iba a resolver solo.

—¡Y muy bien que se ha resuelto! ¿Qué explicación le voy a dar a su familia?

—No tienen para qué saberlo, señor Voigt. Los ancianos se enamoran, usted lo sabe, pero a la gente de fuera eso le choca.

—¿Te acostaste con Devine?

—¡No! ¿Cómo se le ocurre?

—Entonces no entiendo nada. ¿Por qué te nombró su heredera universal?

—¿Cómo dice?

Abismado, Hans Voigt comprendió que Irina Bazili no sospechaba las intenciones del hombre y que era la más sorprendida con el testamento. Iba a advertirle que le costaría mucho cobrar algo, porque los herederos legítimos pelearían hasta el último centavo, pero ella le anunció a bocajarro que no quería nada, porque sería dinero mal habido y le traería desgracia. Jacques Devine estaba deschavetado, dijo, como cualquiera en Lark House podía atestiguar; lo mejor sería arreglar las cosas sin bulla. Bastaría un diagnóstico de demencia senil por parte del médico. Irina debió repetirlo para que el desconcertado director entendiera.

De poco sirvieron las precauciones para mantener la situación en secreto. Todo el mundo lo supo y de la noche a la mañana Irina Bazili pasó a ser la persona más polémica de la comunidad, admirada por los residentes y criticada por los latinos y haitianos del servicio, para quienes rechazar dinero era un pecado. «No escupas al cielo, que te cae en la cara», sentenció Lupita Farías e Irina no encontró traducción al rumano para ese críptico proverbio. El director, impresionado por el desprendimiento de esa modesta inmigrante de un país difícil de situar en el mapa, la hizo fija, con cuarenta horas a la semana y un sueldo superior al de su antecesora; además convenció a los descendientes de Jacques Devine de que le dieran dos mil dólares a Irina como prueba de agradecimiento. Irina no llegó a recibir la suma prometida, pero como era incapaz de imaginarla, pronto se la quitó de la cabeza.
Alma Belasco
La fantástica herencia de Jacques Devine logró que Alma Belasco se fijara en Irina y una vez que se calmó la tempestad de habladurías, la llamó. La recibió en su espartana vivienda, envarada con dignidad imperial en un pequeño sillón color albaricoque, con Neko, su gato atigrado, en la falda.

—Necesito una secretaria. Quiero que trabajes para mí —le planteó.

No era una propuesta, era una orden. Como Alma escasamente le devolvía el saludo si se cruzaban en un pasillo, a Irina la pilló por sorpresa. Además, como la mitad de los residentes de la comunidad vivían modestamente de su pensión, que a veces complementaban con ayuda de sus familiares, muchos debían ceñirse estrictamente a los servicios disponibles, porque incluso una comida extra podía desbaratarles el exiguo presupuesto; nadie podía darse el lujo de contratar una asistente personal. El espectro de la pobreza, como el de la soledad, rondaba siempre a los viejos. Irina le explicó que disponía de poco tiempo, porque después de su horario en Lark House trabajaba en una cafetería y además bañaba perros a domicilio.

—¿Cómo es eso de los perros? —le preguntó Alma.

—Tengo un socio que se llama Tim y es mi vecino en Berkeley. Tim tiene una ranchera en la que ha instalado dos bañeras y una manguera larga; vamos a las casas de los perros, quiero decir, de los dueños de los perros, enchufamos la manguera y bañamos a los clientes, o sea, los perros, en el patio o en la calle. También les limpiamos las orejas y les cortamos las uñas.

—¿A los perros? —preguntó Alma, disimulando la sonrisa.

—Sí.

—¿Cuánto ganas por hora?

—Veinticinco dólares por perro, pero lo divido con Tim, o sea, me tocan doce cincuenta.

—Te tomaré a prueba, trece dólares la hora, por tres meses. Si estoy conforme con tu trabajo, te subiré a quince. Trabajarás conmigo por las tardes, cuando termines en Lark House, dos horas diarias para comenzar. El horario puede ser flexible, dependiendo de mis necesidades y tu disponibilidad. ¿Estamos?

—Podría dejar la cafetería, señora Belasco, pero no puedo dejar a los perros, que ya me conocen y me esperan.

En eso quedaron y así comenzó una asociación que al poco tiempo iba a convertirse en amistad.

En las primeras semanas en su nuevo empleo, Irina andaba de puntillas y medio perdida, porque Alma Belasco demostró ser autoritaria en el trato, exigente en los detalles y vaga en sus instrucciones, pero pronto le perdió el miedo y se le hizo indispensable, como había llegado a serlo en Lark House. Irina observaba a Alma con fascinación de zoólogo, como a una salamandra inmortal. La mujer no se parecía a nadie que ella hubiera conocido y ciertamente a ninguno de los ancianos del segundo y tercer nivel. Era celosa de su independencia, carecía de sentimentalismo y apego a lo material, parecía liberada en sus afectos, con excepción de su nieto Seth, y se sentía tan segura de sí misma, que no buscaba apoyo en Dios ni en la azucarada beatitud de algunos huéspedes de Lark House, que se proclamaban espirituales y andaban pregonando métodos para alcanzar un estado superior de consciencia. Alma tenía los pies bien firmes en el suelo. Irina supuso que su altivez era una defensa contra la curiosidad ajena y su sencillez, una forma de elegancia que pocas mujeres podían imitar sin parecer descuidadas. Llevaba el cabello, blanco y duro, cortado en mechas desparejas, que peinaba con los dedos. Como únicas concesiones a la vanidad se pintaba los labios de rojo y usaba una fragancia masculina de bergamota y naranja; a su paso ese aroma fresco anulaba el vago olor a desinfectante, vejez y ocasionalmente a marihuana de Lark House. Era de nariz fuerte, boca orgullosa, huesos largos y manos sufridas de jornalero; tenía ojos castaños, gruesas cejas oscuras y ojeras violáceas, que le daban un aire insomne y que sus lentes de montura negra no ocultaban. Su aura enigmática imponía distancia; ninguno de los empleados se dirigía a ella en el tono paternalista que solían usar con los otros residentes y nadie podía jactarse de conocerla, hasta que Irina Bazili logró penetrar en la fortaleza de su intimidad.

Alma vivía con su gato en un apartamento con un mínimo de muebles y objetos personales, y se trasladaba en el automóvil más pequeño del mercado, sin respeto alguno por las leyes del tránsito, que consideraba optativas (entre los deberes de Irina estaba pagar las multas). Era cortés por hábito de buenos modales, pero los únicos amigos que había hecho en Lark House eran Víctor, el jardinero, con quien pasaba ratos largos trabajando en los cajones alzados donde plantaban vegetales y flores, y la doctora Catherine Hope, ante quien simplemente no pudo resistirse. Tenía alquilado un estudio en un galpón dividido por tabiques de madera, que compartía con otros artesanos. Pintaba en seda, como había hecho durante sesenta años, pero ahora no lo hacía por inspiración artística, sino para no morirse de aburrimiento antes de tiempo. Pasaba varias horas a la semana en su taller acompañada por Kirsten, su ayudante, a quien el síndrome de Down no impedía cumplir con sus tareas. Kirsten conocía las combinaciones de colores y los útiles que Alma empleaba, preparaba las telas, mantenía en orden el taller y limpiaba los pinceles. Ambas mujeres trabajaban en armonía sin necesidad de palabras, adivinándose las intenciones. Cuando a Alma comenzaron a temblarle las manos y fallarle el pulso, contrató a un par de estudiantes para que copiaran en seda los dibujos que ella hacía en papel, mientras su fiel asistente los vigilaba con suspicacia de carcelero. Kirsten era la única persona que se permitía saludar a Alma con abrazos o interrumpirla con besos y lengüetazos en la cara cuando sentía el impulso de la ternura.

Sin proponérselo en serio, Alma había obtenido fama con sus quimonos, túnicas, pañuelos y echarpes de diseños originales y colores atrevidos. Ella misma no los usaba, se vestía con pantalones amplios y blusas de lino en negro, blanco y gris, trapos de indigente, según Lupita Farías, quien no sospechaba el precio de aquellos trapos. Sus telas pintadas se vendían en galerías de arte a precios exorbitantes, que destinaba a la Fundación Belasco. Sus colecciones estaban inspiradas en sus viajes por el mundo —animales del Serengueti, cerámica otomana, escritura etíope, jeroglíficos incas, bajorrelieves griegos— y las renovaba en cuanto eran imitadas por sus competidores. Se había negado a vender su marca o colaborar con diseñadores de moda; cada original suyo se reproducía en número limitado, bajo su severa supervisión, y cada pieza salía firmada por ella. En su apogeo llegó a tener medio centenar de personas trabajando para ella y había manejado una producción considerable en un gran espacio industrial al sur de la calle Market en San Francisco. Nunca había hecho publicidad, porque no había tenido necesidad de vender algo para ganarse la vida, pero su nombre se había convertido en garantía de exclusividad y excelencia. Al cumplir los setenta años decidió reducir su producción, con grave detrimento para la Fundación Belasco, que contaba con esos ingresos.

Creada en 1955 por su suegro, el mítico Isaac Belasco, la fundación se dedicaba a crear zonas verdes en barrios conflictivos. Esa iniciativa, cuya finalidad había sido más que nada estética, ecológica y de recreación, produjo imprevistos beneficios sociales. Donde aparecía un jardín, un parque o una plaza, disminuía la delincuencia, porque los mismos pandilleros y adictos, que antes estaban dispuestos a matarse unos a otros por una papelina de heroína o treinta centímetros cuadrados de territorio, se juntaban para cuidar ese rincón de la ciudad que les pertenecía. En algunos habían pintado murales, en otros habían levantado esculturas y juegos infantiles, en todos se reunían artistas y músicos para entretener al público. La Fundación Belasco había sido dirigida en cada generación por el primer descendiente masculino de la familia, una regla tácita que la liberación femenina no cambió, porque ninguna de las hijas se tomó la molestia de cuestionarla; un día le tocaría a Seth, el bisnieto del fundador. Él no deseaba ese honor en absoluto, pero constituía parte de su legado.

Alma Belasco estaba tan acostumbrada a mandar y mantener distancias e Irina tan acostumbrada a recibir órdenes y ser discreta que nunca habrían llegado a estimarse sin la presencia de Seth Belasco, el nieto preferido de Alma, quien se propuso derribar las barreras entre ellas. Seth conoció a Irina Bazili al poco tiempo de que su abuela se instalara en Lark House y la joven lo atrapó de inmediato, aunque no habría podido decir por qué. A pesar de su nombre, no se parecía a esas bellezas de Europa del Este que en la última década habían tomado por asalto los clubes masculinos y agencias de modelos: nada de huesos de jirafa, pómulos de mongol ni languidez de odalisca; a Irina podían confundirla desde lejos con un chiquillo desaliñado. Era tan transparente y tal su tendencia a la invisibilidad, que se requería mucha atención para notarla. Su ropa holgada y su gorro de lana metido hasta las cejas no contribuían a destacarla. A Seth lo sedujo el misterio de su inteligencia, su rostro de duende en forma de corazón, con un hoyuelo profundo en la barbilla, sus ojos verdosos asustadizos, su cuello delgado, que acentuaba su aire de vulnerabilidad y su piel tan blanca, que refulgía en la oscuridad. Incluso sus manos infantiles de uñas mordidas lo conmovían. Sentía un deseo desconocido de protegerla y colmarla de atenciones, un sentimiento nuevo e inquietante. Irina usaba tantas capas sobrepuestas de ropa, que resultaba imposible juzgar el resto de su persona, pero meses más tarde, cuando el verano la obligó a desprenderse de los chalecos que la ocultaban, resultó ser bien proporcionada y atractiva, dentro de su estilo desaliñado. El gorro de lana fue reemplazado por pañuelos de gitana, que no le cubrían el pelo por completo, por lo que algunas mechas crespas de un rubio casi albino le enmarcaban la cara.

Al principio su abuela fue el único vínculo que Seth pudo establecer con la muchacha, ya que no le sirvió ninguno de sus métodos habituales, pero después descubrió el poder irresistible de la escritura. Le contó que con ayuda de su abuela estaba recreando un siglo y medio de la historia de los Belasco y de San Francisco, desde su fundación hasta el presente. Había tenido ese novelón en la mente desde los quince años, un ruidoso torrente de imágenes, anécdotas, ideas, palabras y más palabras que si no lograba volcar en el papel, lo ahogaría. La descripción era exagerada; el torrente era apenas un arroyo anémico, pero captó la imaginación de Irina de tal manera que a Seth no le quedó otra alternativa que ponerse a escribir. Aparte de visitar a su abuela, quien contribuía con la tradición oral, empezó a documentarse en libros y en internet, así como a coleccionar fotografías y cartas escritas en diferentes épocas. Se ganó la admiración de Irina, pero no la de Alma, quien lo acusaba de ser grandioso en ideas y desordenado en hábitos, combinación fatal para un escritor. Si Seth se hubiera dado tiempo para reflexionar, habría admitido que su abuela y la novela eran pretextos para ver a Irina, esa criatura arrancada de un cuento nórdico y aparecida donde menos se podía esperar: en una residencia geriátrica; pero por mucho que hubiera reflexionado, no habría logrado explicar la llamada irresistible que ella ejercía sobre él, con sus huesitos de huérfana y su palidez de tísica, lo opuesto a su ideal femenino. Le gustaban las chicas saludables, alegres, bronceadas y sin complicaciones, de esas que abundaban en California y en su pasado. Irina no parecía notar el efecto que ejercía sobre él y lo trataba con la simpatía distraída que normalmente se reserva para las mascotas ajenas. Esa gentil indiferencia de Irina, que en otros tiempos hubiera interpretado como un desafío, lo paralizaba en una condición de timidez perpetua.

La abuela se dedicó a escarbar entre sus reminiscencias para ayudar al nieto con el libro que, según su propia confesión, llevaba una década comenzando y abandonando. Era un proyecto ambicioso y nadie mejor cualificado para ayudarlo que Alma, quien disponía de tiempo y todavía no experimentaba síntomas de demencia senil. Alma iba con Irina a la residencia de los Belasco en Sea Cliff a revisar sus cajas, que nadie había tocado desde su partida. Su antigua habitación permanecía cerrada, sólo entraban en ella para limpiar. Alma había distribuido casi todas sus posesiones: a su nuera y a su nieta, las joyas, menos una pulsera de brillantes que tenía reservada para la futura esposa de Seth; a hospitales y escuelas, los libros; a obras de caridad, la ropa y las pieles, que nadie se atrevía a usar en California por temor a los defensores de los animales, los cuales en un arrebato podían atacar a cuchilladas; otras cosas se las dio a quienes las quisieran, pero se reservó lo único que le importaba: cartas, diarios de vida, recortes de prensa, documentos y fotografías. «Debo organizar este material, Irina, no quiero que cuando sea anciana alguien meta mano en mi intimidad.» Al principio trató de hacerlo sola, pero a medida que le tomó confianza a Irina, empezó a delegar en ella. La muchacha acabó haciéndose cargo de todo menos de las cartas en sobres amarillos que llegaban de vez en cuando y que Alma hacía desaparecer de inmediato. Tenía instrucciones de no tocarlas.


A su nieto le entregaba sus recuerdos uno a uno, con avaricia, para mantenerlo enganchado el mayor tiempo posible, porque temía que si se aburría de revolotear en torno a Irina, el tan mentado manuscrito volvería a un cajón olvidado y ella vería al joven mucho menos. La presencia de Irina era indispensable en las reuniones con Seth, porque, si no, él se distraía esperándola. Alma se reía entre dientes al pensar en la reacción de la familia si Seth, el delfín de los Belasco, se emparejara con una inmigrante que sobrevivía cuidando viejos y bañando perros. A ella esa posibilidad no le parecía mal, porque Irina era más lista que la mayoría de las atléticas novias temporales de Seth; pero era una gema en bruto, faltaba pulirla. Se propuso proporcionarle un barniz de cultura, llevarla a conciertos y museos, darle a leer libros para adultos en vez de esos novelones absurdos de mundos fantásticos y criaturas sobrenaturales que tanto le gustaban, y enseñarle modales, como el uso apropiado de los cubiertos en la mesa. Cosas que Irina no había recibido de sus rústicos abuelos en Moldavia ni de su madre alcohólica en Texas, pero era avispada y agradecida. Iba a ser fácil refinarla y sería una forma sutil de pagarle por atraer a Seth a Lark House.

FIN

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