miércoles, 25 de enero de 2017

John Cheever - Las amarguras de la ginebra

7 de marzo de 2012

Era domingo por la tarde, y, desde su dormitorio, Amy oyó llegar a los Bearden, seguidos, poco después, por los Farquarson y los Parminter. Siguió leyendo Belleza negra hasta que el instinto le dijo que quizá estuviesen comiendo algo bueno. Entonces cerró el libro y bajó la escalera. La puerta del cuarto de estar se hallaba cerrada, pero a través de ella se oía ruido de risas y de gente hablando en voz muy alta. Debían de estar cotilleando o algo aún peor, porque se callaron todos cuando la niña entró en el cuarto.

—Hola, Amy —la saludó el señor Farquarson.

—Te están hablando, Amy —dijo su padre.

—¿Qué tal está, señor Farquarson? —dijo ella.

Permaneció apartada del grupo durante un minuto, hasta que reanudaron la conversación; se deslizó entonces junto a la señora Farquarson, y pudo abalanzarse sobre el plato de cacahuetes y coger un puñado.

—¡Amy! —la riñó el señor Lawton.

—Lo siento, papá —dijo ella, saliendo del círculo en dirección al piano.

—Deja esos cacahuetes —ordenó su padre.

—Los he manoseado, papá —respondió ella.

—Bueno, ofrece el plato a los demás, cariño —dijo su madre con voz dulce—. Quizá alguien más quiera cacahuetes.

Amy se llenó la boca con los que había cogido, volvió junto a la mesita del café y fue presentando el plato con los cacahuetes.

—Gracias, Amy —le dijeron las personas mayores, cogiendo uno o dos.

—¿Qué te parece tu nuevo colegio, Amy? —preguntó la señora Bearden.

—Me gusta —respondió ella—. Los colegios privados me gustan más que los institutos. No se parecen tanto a una fábrica.

—¿En qué curso estás? —preguntó la señora Bearden.

—En cuarto —contestó ella.

Su padre cogió el vaso del señor Parminter y el suyo propio, y se levantó para ir al comedor y volver a llenarlos. Amy se sentó en la silla que había dejado libre el señor Lawton.

—No ocupes el asiento de tu padre, Amy —dijo su madre, sin darse cuenta de que las piernas de la niña estaban cansadas de montar en bicicleta, mientras que su padre no había hecho otra cosa que permanecer sentado durante todo el día.

Al dirigirse hacia las puertas vidrieras que daban a la terraza, Amy oyó que su madre empezaba a hablar de la nueva cocinera. Era un buen ejemplo de los interesantes temas de conversación que encontraban.

—Será mejor que guardes la bicicleta en el garaje —dijo su padre al volver con los vasos llenos—. Parece que va a llover.

Amy salió a la terraza y examinó el cielo, pero no estaba muy nublado, no llovería, y el consejo del señor Lawton, como todos los suyos, era perfectamente superfluo. Siempre se estaban metiendo con ella: «Guarda la bicicleta»; «Ábrele la puerta a la abuelita, Amy»; «Da de comer al gato», «Haz los deberes»; «Ofrece el plato de los cacahuetes»; «Ayuda a la señora Bearden a llevar los paquetes»; «Amy, procura cuidar más tu aspecto»…

Todos los invitados se pusieron en pie, y su padre salió hasta la puerta de la terraza y la llamó.

—Nos vamos a cenar a casa de los Parminter —anunció—. La cocinera está aquí, de manera que no te vas a quedar sola. No dejes de acostarte a las ocho como una buena chica. Y ahora ven a darme un beso y las buenas noches.

Después de que se hubieron marchado los coches, Amy cruzó la cocina hasta llegar al dormitorio de la cocinera y llamó a la puerta.

—Pasa —dijo una voz, y cuando la niña entró, vio a la cocinera, que se llamaba Rosemary, con el albornoz puesto, leyendo la Biblia. Rosemary sonrió a Amy. Tenía una sonrisa dulce y sus viejos ojos eran azules—. ¿Tus papas se han vuelto a marchar? —preguntó.

Amy asintió con la cabeza, y la anciana la invitó a sentarse.

—Parece que lo pasan bien, ¿no es cierto? Durante los cuatro días que llevo aquí, todas las noches han salido o tenían invitados a cenar. —Puso la Biblia boca abajo sobre el regazo y sonrió, aunque no a Amy—. Claro está que lo que se bebe en esta casa queda justificado por razones sociales, y además, lo que hagan tus padres no es asunto mío, ¿verdad? Pero me preocupa la bebida más que a la mayoría de la gente debido a mi pobre hermana. Mi pobre hermana bebía demasiado. Durante diez años fui a verla los domingos por la tarde, y la mayor parte del tiempo estaba non compos mentís. A veces la encontraba acurrucada en el suelo con una o dos botellas de jerez vacías al lado. A veces podría haberle parecido serena a un extraño, pero yo me daba cuenta en un segundo por la manera que tenía de hablar de que estaba tan borracha que ya no era ella misma. Ahora mi pobre hermana se ha ido, y ya no tengo a nadie a quien visitar.

—¿Qué le pasó a tu hermana? —preguntó Amy.

—Era una persona encantadora, con la piel de melocotón y el pelo rubio —dijo Rosemary—. La ginebra pone contentas a algunas personas (les hace reír y llorar), pero a mi hermana sólo conseguía entristecerla y hacerla más reservada. Cuando bebía, se metía dentro de sí misma. La bebida la empujaba a llevar la contraria. Si yo hablaba del buen tiempo que hacía, ella respondía que me equivocaba. Si decía que estaba lloviendo, ella aseguraba que se aclaraba el cielo. Me corregía todo lo que decía, por insignificante que fuera. Murió un verano en el hospital Bellevue, mientras yo trabajaba en Maine. Ella era toda la familia que me quedaba.

La sinceridad con la que Rosemary le hablaba logró que Amy se sintiera como una persona mayor, y por una vez no le costó trabajo ser cortés.

—Debes de echar mucho de menos a tu hermana —dijo.

—Ahora mismo estaba pensando en ella. También se dedicaba al servicio doméstico, como yo, un trabajo en el que se está muy sola. Vives rodeada de una familia, y, sin embargo, nunca formas parte de ella. Con frecuencia hieren tu orgullo. La dueña de la casa resulta condescendiente y desconsiderada. No me estoy quejando de las señoras con las que he trabajado. Es la naturaleza misma de la relación. Piden ensalada de pollo, y tú te levantas antes de que amanezca para ganar tiempo, y nada más terminar la ensalada de pollo, cambian de idea y quieren sopa de marisco.

—Mi madre cambia de idea todo el tiempo —dijo Amy.

—A veces estás en un sitio en el campo donde no hay nadie que te ayude. Estás cansada, pero no tan cansada como para sentirte sola. Sales al porche de servicio cuando has terminado de fregar, con ánimo de disfrutar de la creación divina, y aunque la fachada de la casa quizá tenga una hermosa vista del lago o de las montañas, la vista desde atrás nunca es gran cosa. Pero está el cielo y los árboles y las estrellas y los pájaros cantando, y el placer de que los pies te descansen un poco. Pero entonces los oyes en la parte delantera, riendo y hablando con sus invitados y sus hijos e hijas. Y si eres nueva y los oyes cuchichear, puedes estar segura de que hablan de ti. Eso hace que desaparezca todo el placer.

—Oh —dijo Amy.

—He trabajado en toda clase de sitios: lugares donde había ocho o nueve personas de servicio y otros en los que esperaban que quemara yo misma la basura en las noches de invierno, y también que quitara la nieve con una pala. En una casa donde hay muchos criados suele haber algún demonio entre ellos (un viejo mayordomo o una doncella) que trata de hacerte la vida imposible desde el primer momento. «A la señora no le gustan las cosas así», o «A la señora no le gustan las cosas asá», o «Llevo veinte años con la señora», te dicen. Hace falta ser muy diplomático para entenderse con ellos. Luego están las habitaciones que te asignan, y todas las que he visto siempre son muy tristes. Si llevas una botella en la maleta, al principio tienes unas tentaciones terribles de echar un trago para animarte. Pero yo tengo un carácter muy fuerte. Con mi pobre hermana era distinto. Solía quejarse de nerviosismo, pero, mientras estaba aquí sentada pensando en ella esta noche, me preguntaba si realmente sufrió de nerviosismo. Me pregunto si no lo inventaría todo. Quizá era que no valía para el servicio doméstico. Hacia el final, sólo conseguía trabajo en el campo, en sitios adonde nadie quería ir, y nunca duraba mucho más de una semana o dos. Tomaba un poco de ginebra para que se le pasara el nerviosismo, luego otro poco para el cansancio, y cuando se había bebido su propia botella y todo lo que podía robar, se enteraban en el resto de la casa. Normalmente se producía un enfrentamiento, y a mi pobre hermana le gustaba tener siempre la última palabra. ¡Si estuviera en mi mano, habría una ley contra ello! No es asunto mío aconsejarte que le quites nada a tu padre, pero me sentiría orgullosa de ti si de vez en cuando le vaciaras la botella de ginebra en el fregadero. ¡No es más que una porquería! Pero me ha venido bien hablar contigo, corazón. Has conseguido que no eche tanto de menos a mi pobre hermana. Ahora voy a leer la Biblia un poco más, y luego te prepararé algo de cenar.

Los Lawton habían tenido un mal año con las cocineras: llevaban cinco hasta el momento. La llegada de Rosemary hizo que Marcia Lawton recordara una vaga teoría sobre compensaciones; había sufrido y ahora recibía el premio. Rosemary era limpia, trabajadora, y alegre, y su cocina —como decían los Lawton— comparable con la del mejor restaurante francés. El miércoles por la noche después de cenar, la cocinera cogió el tren de Nueva York, prometiendo regresar al día siguiente, a última hora de la tarde. El jueves por la mañana, Marcia entró en el cuarto de Rosemary. Era una precaución desagradable, pero convertida ya en habitual. La ausencia de objetos personales —un paquete de cigarrillos, una pluma estilográfica, un despertador, una radio, o cualquier otra cosa que pudiera ligar a la anciana con su habitación— hizo que la señora Lawton tuviera la desagradable sensación de estar siendo engañada, como le había sucedido en anteriores ocasiones con otras cocineras. Abrió la puerta del armario y vio un único uniforme colgado de una percha y, en el suelo, la vieja maleta de Rosemary y las playeras blancas que usaba en la cocina. La maleta estaba cerrada con llave, pero cuando Marcia la levantó, tuvo la impresión de que se encontraba casi vacía.

El señor Lawton y Amy fueron a la estación el jueves después de cenar, para esperar el tren de las ocho y dieciséis. El paseo en el coche descapotable, el aire tonificante, el resplandor de las estrellas, y la compañía de su padre hicieron que la niña se sintiera a gusto con el mundo. La estación de ferrocarril de Shady Hill se parecía a las de las viejas películas que había visto en la tele, donde alguien salía a esperar a detectives o a espías, a barbazules y a sus confiadas víctimas, para llevarlos en coche hasta remotas y aisladas fincas. A Amy le gustaba la estación, particularmente cuando se hacía de noche. Se imaginaba que quienes viajaban en los trenes de cercanías cumplían misiones mucho más urgentes y siniestras que volver a su casa después del trabajo. Excepto cuando caía una nevada o la niebla era espesa, el coche club en el que viajaba su padre parecía tener el brillo superficial y la monotonía del resto de su existencia. Los trenes de cercanías que circulaban a horas fuera de lo común pertenecían a un mundo de contrastes más violentos, en el que a Amy le gustaría vivir.

Llegaron unos minutos antes de la hora, y Amy se bajó del automóvil y se situó sobre el andén. Se preguntó para qué servirían los flecos de cuerda que colgaban sobre las vías en los dos extremos de la estación, pero también sabía por experiencia que era mejor no preguntárselo a su padre, porque no sería capaz de contestarle. Amy oyó el tren antes de verlo, y el ruido la animó y la hizo sentirse feliz. Mientras avanzaba por la estación hasta detenerse, la niña examinó las ventanillas iluminadas en busca de Rosemary, pero no la encontró. El señor Lawton se apeó del coche y se reunió con Amy en el andén. Vieron que el revisor se inclinaba sobre una persona sentada, y finalmente la cocinera se levantó, agarrándose al hombre mientras él la ayudaba a bajar al andén desde el vagón. Rosemary estaba llorando.

—Tenía piel de melocotón —Amy la oyó sollozar—. Era una persona encantadora de verdad.

El revisor le respondió amablemente pasándole un brazo alrededor de los hombros, sujetándola para bajar los peldaños. Luego el tren se marchó, y ella permaneció inmóvil, secándose las lágrimas.

—No diga una sola palabra, señor Lawton, y yo tampoco diré nada. —Extendió una bolsita de papel que llevaba en la mano—. Esto es un regalo para ti, mi niña.

—Gracias, Rosemary —respondió Amy. Miró dentro de la bolsa y vio que contenía varios paquetes de algas japonesas verdiazules.

Rosemary se dirigió hacia el automóvil con las precauciones de alguien que apenas ve por dónde anda debido a la falta de luz. Despedía un olor agrio. Su abrigo nuevo tenía manchas de barro y un desgarrón en la espalda. El señor Lawton le dijo a Amy que se sentara detrás, e hizo que la cocinera se colocara a su lado, en el asiento delantero. Luego cerró la portezuela con violencia, rodeó el vehículo para ocupar el sitio del conductor y emprendió el regreso a casa. Rosemary sacó del bolso una botella de Coca-Cola con un tapón de corcho y bebió un trago. Amy advirtió por el olor que la botella contenía ginebra.

—¡Rosemary! —exclamó el señor Lawton.

—Estoy muy sola —dijo la cocinera—. Estoy muy sola, tengo miedo, y esto es todo lo que me queda.

Él no dijo nada más hasta que entraron por el camino de grava y dio la vuelta a la casa hasta situarse frente a la puerta trasera.

—Recoja su maleta, Rosemary —le ordenó—. La espero en el coche.

Tan pronto como la cocinera cruzó el umbral tambaleándose, el señor Lawton le dijo a Amy que entrara en la casa por la puerta principal.

—Sube a tu cuarto y ponte el pijama.

Su madre la llamó desde el piso de arriba para preguntar si Rosemary había vuelto. La niña no contestó. Fue al bar, cogió una botella abierta de ginebra y la vació en el fregadero de la antecocina. Estaba casi llorando cuando se encontró con su madre en el cuarto de estar y le dijo que el señor Lawton se disponía a devolver a la cocinera a la estación.

Cuando Amy regresó del colegio al día siguiente, se encontró con una mujer corpulenta, de pelo negro, limpiando el cuarto de estar. El automóvil que el señor Lawton dejaba habitualmente en la estación se hallaba en el garaje para una revisión, y Amy fue con su madre a buscarlo en el otro coche. Mientras se dirigía hacia ellas cruzando el andén, la niña se dio cuenta, por la palidez del rostro de su padre, que había tenido un mal día. El señor Lawton besó a su mujer, dio una palmadita a Amy en la cabeza y se colocó detrás del volante.

—¿Sabes? —dijo la madre de la niña—, sucede algo terrible con la ducha del cuarto de huéspedes.

—¡Maldita sea, Marcia! —exclamó el señor Lawton—. ¡Preferiría que no me recibieras siempre con malas noticias!

Su voz irritada angustió a Amy, que empezó a jugar nerviosamente con el botón que servía para subir y bajar el cristal de la ventanilla.

—¡Estáte quieta, Amy! —gritó su padre.

—¡Bueno, la ducha no tiene importancia! —dijo su madre, e hizo un débil esfuerzo por sonreír.

—Cuando volví de San Francisco la semana pasada —dijo él—, te faltó tiempo para decirme que necesitábamos un quemador nuevo para la calefacción.

—Ya tenemos una cocinera a media jornada. Eso es una buena noticia.

—¿Otra borracha? —preguntó el padre de Amy.

—No te pongas desagradable, cariño. Nos preparará algo de cenar, fregará los platos y se volverá a su casa en el autobús. Nos han invitado los Farquarson.

—Estoy demasiado cansado para ir a ningún sitio —repuso él.

—¿Quién se va a quedar conmigo? —preguntó Amy.

—Siempre lo pasas bien en casa de los Farquarson —dijo su madre.

—Bueno, pero no quiero quedarme hasta muy tarde —señaló el señor Lawton.

—¿Quién se va a quedar conmigo? —insistió Amy.

—La señora Henlein —dijo su madre.

Cuando llegaron a casa, Amy se sentó al piano.

Su padre se lavó las manos en el baño que daba al vestíbulo y luego se dirigió al bar. En seguida entró en el cuarto de estar blandiendo la botella vacía de ginebra.
—¿Cómo se llama? —preguntó.

—Ruby —respondió su mujer.

—Es excepcional. Casi se ha bebido un litro de ginebra el primer día.

—¡Cielo santo! —exclamó la madre de Amy—. Bueno, será mejor que no digamos nada ahora.

—¡Todo el mundo entra a saco en el bar! —gritó su padre—. ¡Y estoy más que harto!

—Hay toda la ginebra que quieras en el armario. Abre otra botella.

—Le pagamos tres dólares la hora a aquel jardinero, y todo lo que hizo fue venir aquí a escondidas y beberse mi whisky. La canguro que tuvimos antes de la señora Henlein le echaba agua al bourbon, y qué te voy a contar de Rosemary. La cocinera anterior no sólo se bebió lo que había en el mueble bar, sino también todo el ron, el kirsch, el jerez y el vino que había en la despensa para cocinar. Luego está la polaca que tuvimos el último verano. Incluso aquella lavandera vieja. Y los pintores. Creo que deben de haber hecho alguna marca en mi puerta. Y estoy convencido de que la agencia me tiene subrayado como víctima fácil.

—Bueno, vamos a cenar primero, y luego hablas con ella si quieres.

—¡Ni hablar! —replicó él—. No estoy dispuesto a animar a la gente a que me robe—. ¡Ruby! —Repitió el nombre a gritos varias veces, pero la cocinera no respondió. Luego apareció en la puerta del comedor, con el sombrero y el abrigo puestos.

—Me siento mal —dijo. Amy se dio cuenta de que estaba asustada.

—No me sorprende en absoluto —repuso el señor Lawton. —Me siento mal —murmuró la cocinera—; no consigo encontrar nada y me voy a mi casa.

—Estupendo —dijo él—. ¡Magnífico! Estoy harto de pagar a la gente para que venga aquí y se beba todo lo que tengo en el bar.

La cocinera se dirigió hacia la entrada y Marcia Lawton la siguió hasta el vestíbulo para darle algún dinero. Amy había contemplado la escena desde el taburete del piano, una posición que la aislaba y al mismo tiempo le permitía verlo todo perfectamente. Observó cómo su padre iba a buscar otra botella de ginebra y preparaba una coctelera de martinis. Parecía muy deprimido.

—Bueno —dijo su madre al volver—. La verdad es que no daba la impresión de estar borracha.

—Haz el favor de no discutir conmigo, Marcia —dijo su padre.

Sirvió dos cócteles, dijo «Salud», y bebió un poco.

—Podemos cenar en Orpheo’s —comentó.

—Imagino que sí —dijo su madre—. Voy a preparar algo para Amy. —Entró en la cocina, y Amy abrió su cuaderno de música por Reflets d’Automne. «cuenta —había escrito la profesora de música—. cuenta, y suavidad, mucha suavidad…» Amy empezó a tocar. Cada vez que se equivocaba, decía: «¡Maldita sea!», y empezaba de nuevo. A mitad de Reflets d’Automne, tomó conciencia de que había sido ella quien había vaciado la botella de ginebra. Se sintió tan perpleja que dejó de tocar, pero sus sentimientos no fueron más allá de la perplejidad, aunque le faltara la fortaleza para seguir tocando el piano. Su madre fue a socorrerla.

—Tienes la cena en la cocina, cariño —dijo—. Y para postre puedes sacar un helado del congelador, pero sólo uno.

Marcia Lawton tendió la copa vacía hacia su marido, que volvió a llenársela con lo que quedaba en la coctelera. Luego subió al piso de arriba. El señor Lawton se quedó en el cuarto de estar, y, al examinar a su padre con detenimiento, Amy notó que su expresión malhumorada empezaba a dulcificarse. Ya no parecía tan desgraciado, y al pasar junto a él, camino de la cocina, el señor Lawton le sonrió tiernamente, dándole unas palmaditas en la cabeza.

Cuando Amy terminó la cena, se comió el helado, hizo estallar la bolsa en la que venía, volvió a sentarse al piano y estuvo practicando ejercicios durante un rato. Su padre bajó la escalera vestido de etiqueta, dejó la copa sobre la repisa de la chimenea y se acercó a la puerta cristalera que daba a la terraza y al jardín. Amy notó que la transformación iniciada con la dulcificación de sus facciones se hallaba aún más avanzada. Su padre, finalmente, parecía contento. Amy se preguntó si estaría borracho, aunque su paso no era nada inseguro. Resultaba, por el contrario, aún más decidido.

Sus padres nunca lograban el tipo de andares bamboleantes que Amy veía todos los años encarnados en un equilibrista de la cuerda floja cuando la banda del circo atacaba «Muéstrame el camino de casa», y que a ella le gustaba imitar de vez en cuando. Le gustaba girar y girar y girar sobre el césped, hasta que, tambaleándose y un poco mareada, repetía: «¡Estoy borracha! ¡Soy una borracha!», haciendo eses sobre la hierba, enderezándose cuando estaba a punto de caer, y sin sentirse descontenta por haber perdido durante un segundo la capacidad de ver el mundo. Pero a sus padres no los había visto nunca así. Nunca los había visto abrazados a una farola, cantando y haciendo eses, pero sí los había visto caerse. Nunca resultaban indecorosos —parecían incluso más correctos y ceremoniosos cuanto más bebían—, aunque en ocasiones su padre, al levantarse para llenar las copas de todos, caminaba suficientemente erguido, pero daba la impresión de que los zapatos se le quedaban pegados a la alfombra. Y a veces, cuando se dirigía hacia la puerta del comedor, calculaba mal las distancias y se equivocaba casi en medio metro. En una ocasión, Amy lo había visto darse contra la pared con tanta fuerza que se derrumbó en el suelo y se le rompieron la mayoría de las copas que llevaba en la mano. Una o dos personas se echaron a reír, pero las risas no fueron ni generales ni vigorosas, y la mayoría de los presentes fingieron que la caída no se había producido. Cuando su padre se levantó, fue directamente al bar como si nada hubiera sucedido. Amy había visto una vez cómo la señora Farquarson se equivocaba al ir a sentarse en una silla y caía al suelo, pero nadie rió, y todos fingieron que no había pasado nada. Parecían actores en una obra de teatro. En las representaciones del colegio, cuando alguien tiraba un árbol de papel, lo correcto era enderezarlo sin que se notara lo que se estaba haciendo, para no echar a perder la ilusión de hallarse en un bosque muy espeso, y eso era lo que ellos hacían cuando alguien se caía al suelo.

Ahora su padre andaba de aquella manera rígida y extraña, tan diferente de su descuidada forma de recorrer el andén por las mañanas, y Amy se dio cuenta de que buscaba algo: su copa, concretamente. Estaba encima de la repisa de la chimenea, pero no miró en aquella dirección. Recorrió con la vista todas las mesas del cuarto de estar. Luego salió a la terraza y miró allí, y después de nuevo en las mesas del cuarto de estar, examinando tres veces el mismo sitio, aunque siempre le decía a Amy que buscara inteligentemente cuando la niña perdía las playeras o el impermeable. «Búscalo, Amy —decía siempre—. Trata de recordar dónde lo dejaste. No puedo comprarte un impermeable nuevo cada vez que llueve.» Finalmente, el señor Lawton renunció a su búsqueda y se sirvió un cóctel en otra copa.

—Voy a buscar a la señora Henlein —le dijo a su hija como si estuviera dándole una noticia importante.

Amy no sentía más que indiferencia hacia la señora Henlein, y cuando su padre regresó con la canguro, Amy pensó en las noches, enlazadas hasta formar semanas —años casi—, que había pasado encerrada con la señora Henlein, una mujer muy educada que siempre le estaba diciendo cómo debía comportarse una señorita. La señora Henlein también quería saber dónde iban los padres de Amy y de qué clase de fiesta se trataba, aunque no era asunto de su incumbencia. Siempre se instalaba en el sofá como si fuera la dueña de la casa, hablaba de personas que nunca le habían sido presentadas, y le pedía a Amy que le llevara el periódico, aunque carecía en absoluto de autoridad para hacerlo.

Cuando Marcia Lawton bajó la escalera, la señora Henlein le dio las buenas noches.
—Que se diviertan —dijo mientras los Lawton cruzaban el umbral. Luego se volvió hacia Amy—: ¿Adonde van tus papás, cariño? Seguro que lo sabes, corazón. Haz un esfuerzo y trata de recordarlo. ¿Van al club?

—No.

—Quizá vayan a casa de los Trencher —sugirió la señora Henlein—. He visto que estaba muy iluminada mientras veníamos hacia aquí.

—No van a casa de los Trencher —dijo Amy—. No les son nada simpáticos.

—Muy bien, cariño, ¿adonde van, entonces?

—A casa de los Farquarson.

—Eso es todo lo que quería saber, corazón —dijo la señora Henlein—. Ahora tráeme el periódico y dámelo cortésmente. Cortésmente —añadió mientras la niña se acercaba con el periódico—. No sirve de nada hacer cosas para las personas mayores si no se hacen cortésmente. —Se puso las gafas y empezó a leer.
Amy subió a su cuarto. Sobre la mesa, en un vaso, estaban las algas japonesas que Rosemary le había traído, floreciendo mustiamente en una agua que los tintes habían vuelto de color rosa. Luego bajó por la escalera de atrás y llegó al comedor atravesando la cocina. Los utensilios que su padre utilizaba para preparar los cócteles estaban aún sobre el bar. Amy vació la botella de ginebra en el fregadero de la antecocina y luego volvió a dejarla donde estaba. Era demasiado tarde para montar en bicicleta y demasiado pronto para irse a la cama, y sabía de sobra que en el caso de que hubiera algo interesante en la televisión, una serie de asesinatos, por ejemplo, la señora Henlein la obligaría a apagarla. Finalmente recordó que su padre le había traído un libro sobre caballos de su viaje al oeste, y subió alegremente la escalera de atrás para ponerse a leerlo.

Eran más de las dos cuando regresaron los Lawton. La señora Henlein, que dormía en el sofá del cuarto de estar soñando con un desván polvoriento, despertó al oír sus voces en el vestíbulo. Marcia Lawton le pagó, le dio las gracias, preguntó si había telefoneado alguien, y luego subió al piso de arriba. El señor Lawton estaba en el comedor, haciendo ruido con las botellas. La señora Henlein, deseosa de meterse en su propia cama y de seguir durmiendo, rezó para que no se sirviera otra copa, como solían hacer todos a menudo noche tras noche, y la señora Henlein era devuelta a su casa por caballeros borrachos. De pronto, el señor Lawton apareció en la puerta del comedor con una botella vacía en la mano.

—Debe de apestar usted a ginebra, señora Henlein —dijo.

—¿Hummm? —respondió ella. No había captado el sentido de la frase.

—Se ha bebido casi un litro de ginebra —declaró el señor Lawton.

La desvaída anciana, a medias entre la vigilia y el sueño, se irguió, llevándose una mano a los cabellos entrecanos. Lo suyo era dar cobijo a gatos sin dueño, llenar hasta el techo el cuarto de baño con interesantes y valiosos periódicos, darse colorete, hablar sola, dormir sin quitarse la ropa interior en previsión de un posible incendio, discutir sobre el precio de los huesos para hacer caldo, y difundir por el barrio la noticia de que, cuando finalmente se muriera en el polvoriento montón de cachivaches viejos que era su casa, el colchón estaría lleno de libretas de ahorro y la almohada repleta de billetes de cien dólares. La señora Henlein era una mujer que había resistido muchas tentaciones para parecer una dama, y ahora la recompensaban llamándola vulgar ladrona. Acto seguido, empezó a chillarle al dueño de la casa.

—¡Retírelo inmediatamente, señor Lawton! ¡Retire todas y cada una de las palabras que ha dicho! No he robado nada en toda mi vida, ni nadie de mi familia lo ha hecho nunca, y no tengo por qué soportar los insultos de un borracho. En cuanto a beber, no he bebido lo suficiente para llenar un dedal en veinticinco años. Mi marido me llevó a un bar hace veinticinco años, y bebí dos cócteles me sentaron tan mal y me marcaron tanto que aborrecí las bebidas alcohólicas desde entonces. ¡Cómo se atreve usted a hablarme así! ¡A llamarme ladrona y borracha! Me repugnan usted y su ignorancia de todas las dificultades con las que he tenido que enfrentarme. ¿Sabe en qué consistió mi comida de Navidad el año pasado? En un sandwich de bacon. ¡Hijo de perra! —Empezó a llorar—. ¡Me alegro de haberlo dicho —gritó—. Es la primera vez que uso una palabrota en toda mi vida y me alegro de haberlo hecho. ¡Hijo de perra! —Un sentimiento de libertad, como si se encontrara en la proa de un barco, se apoderó de ella—. He vivido en este barrio toda mi vida. Aún me acuerdo de cuando estaba lleno de buenas gentes dedicadas a la agricultura, y había peces en los ríos. Mi padre poseía una hectárea y media de excelente tierra de pastos y era un hombre conocido en todas partes, y por el lado de mi madre desciendo de terratenientes de la nobleza holandesa. Mi madre era la viva imagen de la reina Guillermina. Cree usted que me puede insultar impunemente, pero está usted muy equivocado, pero que muy equivocado. —Fue hasta el teléfono y, cogiendo el auricular, gritó—: ¡Policía! ¡Policía! Soy la señora Henlein, y estoy en casa de los Lawton. ¡El dueño de la casa está borracho y me ha insultado! ¡Quiero que vengan a detenerlo!

Su voz despertó a Amy, que, tumbada en la cama, advirtió de manera imprecisa la lastimosa corrupción del mundo de los adultos; lo vio áspero y quebradizo como un gastado trozo de arpillera recosido con errores y estupideces, feo e inútil. Y, sin embargo, las personas mayores nunca advertían su falta de valor, y si se les señalaba montaban en cólera. Pero al notar que los gritos iban en aumento y oír la palabra «¡Policía!», la niña se asustó. No le parecía que pudieran detenerla, aunque, por otra parte, quizá encontraran sus huellas en la botella vacía, pero no era el peligro que corriera ella misma lo que la asustaba, sino la ruina de la casa paterna en mitad de la noche. Todo lo que pasaba era obra suya, y cuando oyó a su padre hablando por el teléfono de la biblioteca, el sentimiento de culpabilidad la dominó por completo. Su padre trataba de mostrarse bondadoso y amable, y, al recordar el lujoso libro con ilustraciones que le había traído de su viaje, Amy tuvo que apretar los dientes para contener las lágrimas. Se tapó la cabeza con la almohada y comprendió, sintiéndose muy desgraciada, que tendría que marcharse. No le faltaban amigos de los años en que habían vivido en Nueva York; o, si no, pasaría la noche en el parque o se escondería en un museo. Pero no le quedaba más remedio que marcharse de casa.

—Buenos días —dijo su padre al sentarse a desayunar—. ¡Dispuesto a empezar un excelente día!

Animado por la creciente luminosidad del cielo, y por el recuerdo de cómo había calmado a la señora Henlein, evitando la irrupción de la policía, bien dormido, y ante la agradable perspectiva de jugar al golf, el señor Lawton hablaba con convicción, pero a Amy sus palabras le parecieron ofensivas y fatuas; le quitaron el apetito y le hicieron inclinar la cabeza sobre el bol de cereales que removía con una cuchara.

—Siéntate bien, Amy —dijo su padre. Entonces la niña se acordó de la noche anterior, de los gritos, y de su decisión de marcharse. El buen humor de su padre le refrescó la memoria. No podía volverse atrás. Tenía clase de ballet a las diez, y almorzaría con Lillian Towele. Después se escaparía.

Los niños se enfrentan a un viaje por mar con un cepillo de dientes y un osito de peluche; para dar la vuelta al mundo ponen en la maleta un par de calcetines desparejados, una caracola y un termómetro; libros y piedras, y plumas de faisán, barritas de chocolate, pelotas de tenis, pañuelos sucios y trozos viejos de cordel les parecen los objetos más necesarios para un viaje, y Amy, aquella tarde, hizo el equipaje con la misma falta de premeditación que todos sus iguales. Volvió tarde a casa después del almuerzo y tuvo que retrasar la huida, pero no le importó. Tomaría uno de los trenes que circulaban a última hora de la tarde; uno de los trenes que utilizaban las cocineras. Su padre estaba jugando al golf y su madre había salido. Una asistenta limpiaba el cuarto de estar. Cuando Amy terminó de hacer el equipaje, fue al dormitorio de sus padres y tiró de la cadena del cuarto de baño. Mientras corría el agua cogió un billete de veinte dólares del tocador de su madre. Luego bajó la escalera, salió de la casa y fue andando por Blenhollow Circle y Alewives Lane hasta llegar a la estación. No se sentía pesarosa ni con ganas de decir adiós a nadie. Repasó los nombres de las amigas que tenía en Nueva York, por si acaso decidiera no pasar la noche en un museo. Cuando abrió la puerta de la sala de espera, el señor Flanagan, el jefe de estación, hurgaba en el fuego de carbón de la chimenea.

—Quiero un billete para Nueva York —dijo Amy.

—¿Un solo trayecto o ida y vuelta?

—De ida sólo, por favor.

El señor Flanagan entró en el despacho de billetes y alzó el cristal de la ventanilla.

—Mucho me temo que no tengo medios billetes, Amy —dijo—. Te lo extenderé por escrito.

—No importa —respondió ella. Dejó el billete de veinte dólares sobre el mostrador.

—Para darte la vuelta, tengo que cruzar al otro lado —dijo el señor Flanagan—. Está llegando el tren de las cuatro y treinta y dos, pero podrás coger el de las cinco y diez.

Amy no protestó, y fue a sentarse junto a su maleta de cartón, que tenía impresos nombres de ciudades y de hoteles europeos. Después de dar salida al tren de las cuatro y treinta y dos, el señor Flanagan cerró la ventanilla, cruzó por el puente para peatones al otro andén y telefoneó a los Lawton. El padre de Amy acababa de llegar del campo de golf y se estaba preparando un cóctel.

—Creo que su hija tiene intención de hacer un viaje —le comunicó el señor Flanagan.

Había oscurecido ya cuando el señor Lawton llegó a la estación. Vio a su hija a través de una ventana. La niña sentada en el banco, los sugestivos nombres en su maleta de cartón lo conmovieron como Amy sólo era capaz de conmoverlo cuando le parecía desvalida o estaba muy enferma. El señor Lawton sintió un escalofrío. Se estremeció de nostalgia, sintió que se le ponía la carne de gallina como cuando, al volver en coche a casa tarde y solo, la luz de los faros iluminaba súbitamente una lluvia de hojas arrastradas por el viento, liberándolo por un segundo de los símbolos más prosaicos de su vida: las camisas sin botones, los comprobantes y los movimientos bancarios, las hojas de pedido y las copas vacías. Dio la impresión de quedarse escuchando…, Dios sabe qué. Ordenes, un redoble de tambores, el crepitar de las hogueras, la música de un carillón —qué agradable su sonido en el aire de los Alpes— que canta en una taberna del desfiladero, los graznidos de los gansos silvestres; le pareció notar el olor salobre de las iglesias de Venecia. Luego, como le sucedía con las hojas arrastradas por el viento, la capacidad perturbadora de la silueta de su hija desapareció; dejó de tener la carne de gallina. Ya era otra vez él mismo. ¿Por qué quería escaparse Amy? Los viajes —y nadie lo sabía mejor que un hombre que se pasaba en la carretera tres días de cada quince— eran un mundo de cabinas de avión donde hacía demasiado calor y de revistas monótonas, donde hasta el café, donde incluso el champán sabía a plástico. ¿Cómo podría enseñarle a su hija que el hogar, el dulce hogar, era el mejor de todos los sitios posibles?

¡Adiós, juventud! ¡Adiós, belleza!

Al final de casi todas las largas y multitudinarias fiestas de los sábados por la noche en el barrio residencial de Shady Hill, cuando prácticamente todos los que iban a jugar al golf o al tenis a la mañana siguiente se habían marchado ya a sus casas y los diez o doce supervivientes parecían incapaces de poner término a la velada a pesar de que la ginebra y el whisky se estuviesen acabando, y aquí y allá las mujeres que aguantaban por acompañar a sus maridos hubiesen empezado a beber leche; cuando todo el mundo había perdido por completo la noción del tiempo, y los canguros que aguardaban en sus distintos hogares a aquellos recalcitrantes se habían tumbado hacía ya mucho en el sofá y dormían a pierna suelta, soñando con ganar concursos de cocina, con viajes transoceánicos y aventuras románticas; cuando el borracho belicoso, el aficionado a los dados, el pianista y la mujer enfrentada con la extinción de sus esperanzas habían hecho ya sus manifestaciones públicas; cuando todas las propuestas —desayunar en casa de los Farquarson, ir a nadar, despertar a los Townsend, hacer esto o lo de más allá— morían nada más sugerirlas, llegaba el momento de que Trace Bearden empezara a meterse con Cash Bentley porque se hacía viejo y se le estaba cayendo el pelo. Aquel ataque era el paso previo para cambiar de sitio muebles del cuarto de estar. Trace y Cash levantaban las mesas y las sillas, los sofás y la pantalla de la chimenea, el cajón de la leña y el taburete para poner los pies, y cuando terminaban, nadie hubiese reconocido la habitación. Luego, si el anfitrión tenía un revólver, se le pedía que fuera a buscarlo.

Cash se quitaba los zapatos y se agazapaba detrás de un sofá. Trace disparaba el arma por una ventana abierta, y si uno era nuevo en la zona y no había entendido el significado de los preparativos, no tardaba en darse cuenta de que estaba presenciando una carrera de obstáculos. Cash saltaba sobre el sofá, sobre las mesas, sobre la pantalla de la chimenea y el cajón de la leña. No era exactamente una carrera, puesto que Cash carecía de rivales, pero resultaba extraordinario ver a aquel hombre de cuarenta años superar todos aquellos obstáculos con tanta elegancia. No había un solo mueble en todo Shady Hill que Cash no pudiera saltar sin esfuerzo. La carrera terminaba con vítores, y aquello marcaba el final de la fiesta.

Cash era, naturalmente, una vieja gloria del atletismo, pero nunca se ponía pesado acerca de su brillante historial. La universidad donde pasó sus años juveniles le había ofrecido un empleo remunerado en el consejo de antiguos alumnos, pero él no aceptó, pues se dio cuenta de que aquella parte de su vida había terminado. Cash y su mujer, Louise, tenían dos hijos, y vivían en Alewives Lane en una especie de rancho no demasiado caro. Pertenecían al club de campo aunque no podían permitírselo, pero en el caso de los Bentley, nadie lo mencionaba nunca, y Cash era uno de los hombres que gozaba de más simpatías en Shady Hill. Seguía estando delgado —procuraba no descuidarse con el peso—, e iba andando a coger el tren todas las mañanas con unas zancadas vigorosas y elásticas que lo señalaban como atleta. Le clareaba el pelo y había mañanas en las que parecía tener los ojos inyectados en sangre, pero esto apenas suponía un obstáculo para su atractivo de hombre pertinazmente juvenil.

En los negocios, Cash había sufrido muchos reveses y desilusiones, y de ordinario los Bentley pasaban graves dificultades económicas. Siempre pagaban con retraso los impuestos y la hipoteca de la casa, y el cajón de la mesa del vestíbulo estaba lleno de facturas sin pagar; la situación de los Bentley en el banco se hallaba siempre pendiente de un hilo. Louise resultaba bonita los sábados por la noche, pero lo cierto era que su vida resultaba pesada y monótona. En los bolsillos de sus trajes, abrigos, y vestidos había trozos de papel en los que se leía: «Margarina, espinacas congeladas, kleenex, galletas de perro, carne picada, pimienta, manteca de cerdo…» Por la mañana, cuando sólo estaba despierta a medias, había puesto ya a calentar el agua del café mientras diluía el zumo congelado de naranja. Luego eran los niños los que la necesitaban. Tenía que ponerse a cuatro patas debajo de la cómoda para encontrar un calcetín de Toby. O tumbarse boca abajo y meterse culebreando debajo de la cama (con lo que le entraba polvo por la nariz) en busca de uno de los zapatos de Rachel. Luego estaba la limpieza de la casa, el lavado de la ropa, y preparar las comidas, además de las exigencias de los niños. Nunca parecían faltar zapatos que poner o que quitar, cremalleras de anoraks que cerrar y abrir, traseros que limpiar, lágrimas que secar, y cuando se ponía el sol (Louise lo veía ocultarse a través de la ventana de la cocina), había que darles de cenar, bañarlos, contarles un cuento al acostarse y rezar juntos el padrenuestro. Con las sonoras palabras de la oración dominical en el cuarto a oscuras terminaba la jornada de los niños, pero a Louise Bentley aún le quedaba mucho día por delante. Estaban los zurcidos y los remiendos y algunas cosas que planchar, y después de dieciséis años de tareas domésticas, Louise no parecía capaz de escapar a sus quehaceres ni siquiera mientras dormía. Anoraks, zapatos, baños y artículos de ultramarinos parecían haberle invadido el subconsciente. De vez en cuando hablaba en sueños; tan fuerte que despertaba a su marido. «No me llega el presupuesto para chuletas de ternera», dijo una noche. Después suspiró intranquila y volvió a guardar silencio.

Según los criterios de Shady Hill, los Bentley eran un matrimonio feliz, pero tenían sus altibajos. En ocasiones, Cash se volvía muy susceptible. Cuando regresaba a casa después de un mal día en la oficina y se encontraba con que Louise, por algún motivo perfectamente válido, no había empezado a hacer la cena, se enfadaba mucho.

—¡Por el amor de Dios! —decía, y entraba en la cocina a calentar algún alimento congelado.

Durante aquella penosa experiencia bebía whisky para tranquilizarse, pero nunca parecía lograr su propósito, porque de ordinario quemaba el fondo de una cacerola, y cuando se sentaban a cenar, el sitio donde comían estaba lleno de humo. Ya era sólo cuestión de tiempo que se enzarzaran en una encarnizada pelea. Louise subía corriendo la escalera, se desplomaba sobre la cama y sollozaba. Cash cogía la botella de whisky y se recetaba una buena dosis. Aquellas confrontaciones, a pesar del entusiasmo con que Cash y Louise se lanzaban a ellas, les resultaban muy dolorosas a los dos. Cash dormía en el sofá del cuarto de estar, pero el sueño nunca arreglaba las cosas una vez iniciado el mal, y si se encontraban por la mañana, volvían a pelearse inmediatamente. Luego Cash se marchaba a trabajar y, tan pronto como el autobús recogía a los niños para llevárselos a la guardería, Louise se ponía el abrigo y cruzaba el césped camino de la casa de los Bearden. Se echaba a llorar sobre una taza de café recalentado y le contaba sus problemas a Lucy Bearden. ¿Qué sentido tenía el matrimonio? ¿Significaba algo el amor? Lucy siempre le sugería que se buscara un empleo, porque el trabajo le daría independencia emocional y económica, y eso, decía Lucy, era lo que necesitaba.

La noche de ese día las cosas empeoraban. Cash no aparecía por casa para cenar, pero se presentaba dando tumbos a eso de las once, y el mismo sórdido altercado volvía a producirse, con Louise yendo a acostarse en el dormitorio hecha un mar de lágrimas y Cash tumbándose en el sofá del cuarto de estar. Al cabo de unos cuantos días y noches, Louise decidía que no podía más, y que tenía que irse a pasar una temporada con su hermana casada que vivía en Mamaroneck. Normalmente elegía un sábado, cuando Cash estaba en casa, para marcharse. Hacía la maleta y sacaba sus cupones de guerra del escritorio. Luego se daba un baño y se ponía la mejor combinación que tenía. Cash, al pasar ante la puerta de la alcoba, la veía. La combinación era transparente, y de pronto Cash era todo arrepentimiento, ternura, delicadeza, sabiduría y amor. «¡Corazón!», gemía él, y cuando bajaban la escalera cosa de una hora después para comer algo, no hacían más que suspirar y ponerse ojos tiernos el uno al otro; eran la pareja más feliz de todo el este de Estados Unidos. Habitualmente era en un momento así cuando Lucy Bearden se presentaba con la buena noticia de que había encontrado un empleo para Louise. Lucy llamaba a la puerta, y Cash, envuelto en un albornoz, salía a abrirle. Después de intercambiar muy pocas palabras con Cash, como es lógico, Lucy se dirigía corriendo al comedor para dar la buena noticia a la pobre Louise.

—Bueno, te agradezco mucho que te hayas tomado la molestia —decía Louise lánguidamente—, pero me parece que ya no quiero tener un empleo. No creo que a Cash le gustara que yo trabajase, ¿verdad, cariño?

Luego miraba a Cash con sus grandes ojos oscuros, y la corriente de deseo resultaba casi palpable. Lucy se ausentaba lo más de prisa que podía de aquella escena de corrupción, pero no lo hacía nunca enfadada, porque llevaba diecinueve años casada, y sabía que toda unión tiene sus altibajos. Tampoco parecía llegar nunca a ninguna conclusión; la siguiente vez que los Bentley se peleaban, Lucy se esforzaba tanto como de costumbre por conseguirle un empleo a Louise. Pero aquellas peleas y reconciliaciones, al igual que la carrera de obstáculos, no parecían perder interés a causa de la repetición.

Un sábado por la noche, durante la primavera, los Farquarson dieron una fiesta de aniversario a los Bentley. Llevaban diecisiete años casados. En la tarde del mismo día, Louise procedió a prepararse poniendo casi el mismo empeño que si se tratara de la colada de los lunes. Descansó durante una hora, reloj en mano, con los pies en alto, la barbilla sujeta con una cinta ancha y los ojos humedecidos con una solución astringente. La mascarilla, la faja demasiado apretada, la depilación, los rizos y el maquillaje que vinieron después iban todos encaminados a lograr un rejuvenecimiento. Sintiendo al final que el éxito no había sido completo, se colocó un velito que le cubriera los ojos; pero era una mujer encantadora, y todos los cosméticos con los que había estado forcejeando parecían, como el velo, extenderse con absoluta transparencia sobre un rostro donde la belleza en toda su madurez y la capacidad para el ingenio y el apasionamientoresultaban imposibles de ocultar. La fiesta de los Farquarson resultó un éxito, y los Bentley lo pasaron muy bien. La única persona que bebió demasiado fue Trace Bearden. Avanzada la fiesta, empezó a pinchar a Cash acerca del poco pelo que le quedaba, y Cash, de muy buen humor, se puso a cambiar los muebles de sitio. Harry Farquarson tenía una pistola, y Trace salió a la terraza para dispararla hacia el cielo. Cash saltó por encima del sofá, por encima de la mesita auxiliar, sobre los brazos del sillón de orejas y sobre la pantalla de la chimenea. Fue un relieve de un arcón lo que lo hizo caer, y Cash se precipitó hacia el suelo como una tonelada de ladrillos.

Louise soltó un grito y corrió hacia donde había quedado tumbado su marido. Tenía un corte en la frente, y alguien improvisó un vendaje para cortar la hemorragia. Al tratar de levantarse, Cash tropezó y cayó de nuevo, y su rostro adquirió un terrible color verde. Harry telefoneó al doctor Parminter, al doctor Hopewell, al doctor Altman, y al doctor Barnstable, pero eran las dos de la mañana y ninguno contestó al teléfono. Finalmente, un tal doctor Yerkes —un perfecto desconocido— accedió a ir. Yerkes era un hombre joven —no parecía suficientemente viejo para ser médico— y contempló la habitación en desorden y los rostros ansiosos de los presentes como si hubiera algo muy raro en aquella escena. Y, en cuanto a Cash, no pudo empezar con peor pie.

—¿Qué es lo que le pasa, veterano? —preguntó.

Cash tenía una pierna rota. El doctor Yerkes se la entablilló, y Harry y Trace llevaron al herido hasta el coche del médico. Louise los siguió en su propio coche hasta el hospital, donde ingresaron a su marido en una de las salas. El médico le suministró un calmante, y Louise le dio un beso e inició la vuelta a casa cuando amanecía ya.

Cash permaneció dos semanas en el hospital, y cuando volvió a su hogar caminaba con una muleta y tenía la pierna escayolada. Tuvieron que pasar otros diez días antes de que pudiera ir cojeando a la estación para tomar el tren matutino.

—Ya no podré hacer más la carrera de obstáculos, cariño —le dijo a Louise, lleno de tristeza.

Su mujer le respondió que no tenía importancia, pero aunque a ella le diese igual, a Cash sí que le importaba. Había perdido peso en el hospital. Estaba muy decaído y parecía descontento. No entendía lo sucedido. Él, o todo lo que lo rodeaba, daba la impresión de haber cambiado imperceptiblemente para empeorar. Incluso sus sentidos parecían empeñados en echar a perder el mundo inocente del que había disfrutado durante muchos años. Una noche entró tarde en la cocina para prepararse un sandwich, y cuando abrió el frigorífico notó un olor desagradable. Tiró la carne estropeada al cubo de la basura, pero se le quedó pegado el olor a las ventanas de la nariz. Pocos días después, se hallaba en el desván, buscando su camiseta de la universidad. El cuarto no tenía ventanas y la linterna daba muy poca luz. Arrodillado en el suelo para abrir un baúl, rompió una telaraña con los labios. El tenue entramado le cubrió la boca como si se tratara de una mano. Se la limpió molesto, pero tuvo la sensación de que le habían puesto una mordaza. Unas cuantas noches después, en Nueva York, andando por una bocacalle mientras llovía, vio a una puta vieja en un portal. Estaba tan sucia y era tan fea que parecía una caricatura de la muerte, pero antes de que pudiera examinarla con detenimiento —en el momento en que sus ojos recibieron la primera impresión de su figura encorvada—, se le hincharon los labios, su respiración se aceleró, y Cash experimentó todos los otros síntomas de la excitación erótica. Pocos días más tarde, cuando leía la revista Time en el cuarto de estar, advirtió que las rosas marchitas que Louise había traído del jardín olían más a tierra que a ninguna otra cosa. Era un olor a podrido, y muy intenso. Tiró las rosas en una papelera, pero no logró evitar que le recordaran la carne estropeada, la prostituta y la tela de araña.

Cash había empezado a asistir de nuevo a fiestas, pero sin la carrera de obstáculos las reuniones de sus amigos y vecinos le resultaban interminables y carentes de todo interés. Oía sus chistes verdes con una irritación que le costaba mucho trabajo ocultar. Incluso sus semblantes lo deprimían, y, hundido en un sillón, examinaba con detenimiento su cutis y sus dientes, como si él fuera un hombre mucho más joven.

El peso de su irritabilidad caía sobre Louise, quien tenía la impresión de que su marido, al perder la carrera de obstáculos, había perdido la clave de su equilibrio. Se mostraba antipático con sus amigos cuando aparecían por la casa a tomar una copa. También se mostraba descortés y lleno de melancolía si Louise y él salían por la noche. Cuando su mujer preguntaba qué le sucedía, él se limitaba a murmurar: «Nada, nada, nada», y a servirse un poco de bourbon. Transcurrieron mayo y junio, y luego la primera mitad de julio sin que Cash mejorara en absoluto.


Después llega una noche de verano, una hermosa noche de verano. Los pasajeros del tren de las ocho y quince ven Shady Hill —si es que se fijan— bañado por una tranquila luz dorada. La espesa vegetación ahoga el ruido del tren, y las alargadas ventanillas parecen una hilera de grandes peceras iluminadas antes de perderse de vista instantes después. En lo alto de la colina, las señoras se dicen unas a otras: «¡Fíjate cómo huele la hierba! ¡Y los árboles!» Los Farquarson dan otra fiesta, Harry ha colgado un cartel en la rosaleda, barranco del whisky, y se ha puesto un gorro de cocinero y un delantal. Sus invitados todavía están bebiendo cócteles, y el humo del fuego para asar la carne se alza, en esta noche sin viento, directamente hacia los árboles.

En el club, el primer baile de etiqueta para la gente joven empieza a eso de las nueve. En Alewives Lane, los aspersores siguen girando después del crepúsculo. El aire parece tan fragante como oscuro —es un delicioso elemento para avanzar a través de él—, y la mayoría de las ventanas están abiertas. Al pasar por delante de su casa, se puede ver al señor y la señora Bearden mirando la televisión. Joe Lockwood, el joven abogado que vive en la esquina, ensaya su discurso al jurado delante de su mujer.

—Trato de mostrarles —dice— que un hombre recto, un hombre cuya reputación por su honestidad e integridad… —Mueve los brazos mientras habla. Su mujer hace punto.

La señora Carver —la suegra de Harry Farquarson— mira al cielo y pregunta:

—¿De dónde han salido todas las estrellas?

Es una vieja un poco tonta, pero tiene razón: las estrellas de la noche anterior parecen haber atraído a una nueva formación de galaxias, y el cielo nocturno no resulta oscuro en absoluto, excepto donde hay una rasgadura en la membrana luminosa. En las parcelas aún sin vender junto a la vía del tren canta un tordo.

Los Bentley están en casa. El pobre Cash se ha mostrado últimamente tan antipático y melancólico que los Farquarson no lo han invitado a la fiesta. Permanece sentado en el sofá junto a Louise, que pone gomas nuevas a la ropa interior de los niños. A través de la ventana abierta llegan los agradables ruidos de la noche de verano. En el jardín de los Rogers, detrás del de los Bentley, hay otra fiesta. La música de baile se derrama colina abajo. La orquesta es muy pobre —saxofón, batería y piano—, y todas las piezas son de hace veinte años. Tocan Valencia, y Cash mira tiernamente a Louise, pero esta noche su mujer presenta una figura descorazonadora. La luz de la lámpara destaca sus cabellos grises. Su delantal está manchado. Su cara parece pálida y ojerosa. De pronto, Cash empieza a marcar frenéticamente el ritmo de la música con los pies. Canta unas sílabas ininteligibles —«Jabajabajabajaba»— para acompañar al lejano saxofón. Luego suspira y se dirige a la cocina.

Allí, en la oscuridad, sigue presente un débil olor rancio a comida. Desde la ventana de la cocina, Cash ve las luces y las figuras de la fiesta de los Rogers. Es un guateque para gente joven. La hija de la familia ha invitado a algunos amigos a cenar antes de la fiesta, y parece que se están yendo ahora. Hay automóviles que se ponen en marcha.

—Voy llena de manchas de hierba —se lamenta una chica.

—Espero que el viejo se haya acordado de comprar gasolina —dice un muchacho, y su acompañante se echa a reír.

No tienen otra cosa en la cabeza que las fugaces noches de verano. Los impuestos y las gomas de la ropa interior —todas las desagradables realidades de la vida que amenazan con cortarle la respiración a Cash— no han tocado ni a una sola de las figuras del jardín vecino. Luego los celos se apoderan de él: unos celos tan salvajes y tan amargos que se siente enfermo.

No entiende lo que lo separa de esos chicos que están en el jardín de al lado. También él ha sido joven. Y héroe. Lo han adorado, ha sido feliz y se ha sentido lleno de energía, y ahora se encuentra inmóvil en una cocina a oscuras, privado de sus proezas atléticas, de su impetuosidad, de su buena presencia: de todo lo que significa algo para él. Siente que las figuras del jardín cercano son los espectros de alguna fiesta del pasado a la que están ligados todos sus gustos y deseos, y de la que se ha visto cruelmente apartado. Se siente como un fantasma en la noche veraniega, enfermo de añoranza. Luego oye voces en la parte delantera de la casa. Louise enciende la luz de la cocina.

—Ah, estás aquí —dice su mujer—. Los Bearden han pasado un momento a vernos. Creo que les gustaría tomar una copa.

Cash volvió a la sala de estar para recibir a los Bearden, que querían acercarse al club, para bailar por lo menos una vez. En seguida se dieron cuenta de que Cash estaba muy inquieto, e insistieron en que los Bentley fueran con ellos. Louise localizó a alguien para que se quedara con los niños y ellos dos subieron a cambiarse.

Cuando llegaron al club encontraron a unos pocos amigos de su edad reunidos en el bar, pero Cash no se quedó allí. Parecía intranquilo, y quizá borracho. Tropezó con una mesa al cruzar el salón camino de la pista de baile. Sustituyó a la pareja de una chica muy joven. La abrazó con demasiada vehemencia y se lanzó a dar unos pasos de baile completamente anticuados. La muchacha hizo claras señas a un chico del grupo de hombres solos solicitando auxilio, y Cash se vio a su vez rápidamente sustituido. Se alejó muy enfadado de la pista de baile camino de la terraza. Algunas parejas de jóvenes que estaban abrazados se separaron al abrir él la puerta de tela metálica. Cash se dirigió hacia el fondo de la terraza, donde esperaba encontrarse solo, pero también sorprendió a otra joven pareja, que se levantó del césped, donde al parecer habían estado tumbados, y se alejaron hacia la piscina a oscuras.

Louise se quedó en el bar con los Bearden.

—El pobre Cash está algo achispado —explicó. Y luego—: Por la tarde me dijo que iba a pintar las contraventanas. Después mezcló la pintura, lavó las brochas, se puso un mono viejo y bajó al sótano. A eso de las cinco lo llamaron por teléfono, y cuando fui a decírselo, ¿sabéis qué hacía? Estaba allí, sentado a oscuras, con la coctelera. No había tocado las contraventanas. No hacía más que permanecer allí sentado a oscuras, bebiendo martinis.

—Pobre Cash —lamentó Trace.

—Tendrías que buscarte un empleo —le dijo Lucy—. Eso te daría independencia emocional y económica. —Mientras hablaba, todos oyeron el ruido que hacía alguien cambiando los muebles de sitio en el salón.

—¡Cielo santo! —exclamó Louise—. Quiere hacer la carrera de obstáculos. ¡Detenlo, Trace, detenlo! Se hará daño. ¡Se matará!

Todos se dirigieron hacia la puerta del salón. Louise volvió a pedirle a Trace que interviniera, pero notó en el rostro de su marido que sería inútil hacerle objeciones. Unas cuantas parejas abandonaron la pista de baile y se quedaron contemplando los preparativos. Trace no intentó detener a Cash: lo ayudó. Como no había pistola, golpeó entre sí un par de libros para dar la salida.

Cash voló por encima del sofá, de la mesa de café, del velador, de la pantalla de la chimenea y del puf. Parecía haber recobrado toda su antigua elegancia y toda su fuerza. Superó también el gran sofá situado al fondo de la habitación, y en lugar de pararse allí, se dio la vuelta y empezó otra vez la carrera. Tenía el rostro contraído y la boca abierta. Se le marcaban terriblemente los tendones del cuello. Pasó por encima del puf, de la pantalla de la chimenea, del velador y de la mesa de café. La gente contuvo la respiración mientras se acercaba al último sofá, pero también lo superó y cayó de pie al otro lado. Se oyeron algunos aplausos. Luego Cash dejó escapar un gemido y se derrumbó. Louise corrió a su lado. Tenía la ropa empapada en sudor y respiraba entrecortadamente. Su mujer se arrodilló, puso la cabeza de Cash en su regazo y le acarició los escasos cabellos.

Cash tenía una resaca terrible el domingo, y Louise lo dejó dormir hasta casi la hora de salir para los servicios religiosos. Toda la familia se presentó junto a la iglesia de Cristo a las once, como hacían siempre. Cash cantó, rezó y se puso de rodillas, pero lo único que sentía en la iglesia era que se hallaba fuera del reino de la infinita misericordia de Dios, y, a decir verdad, no creía ya en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo más de lo que cree mi bullterrier. A la una volvieron a casa para comerse la carne demasiado hecha y las pétreas patatas que componían habitualmente su almuerzo dominical. A eso de las cinco llamaron los Parmiter y los invitaron a tomar una copa. Louise dijo que no, y Cash acudió solo. (¡Ah, esas noches de domingo en los barrios residenciales, esas melancolías de domingo por la noche! ¡Esos huéspedes del fin de semana a punto de irse, esos cócteles que ya no saben a nada, esas flores medio muertas, esos viajes a Harmon para coger el Century, esos análisis a posteriori y esas cenas a base de sobras!) Hacía bochorno y el cielo estaba cubierto. Empezaban los días de mucho calor. Cash bebió ginebra con los Parminter durante una hora o dos, y luego fue a tomarse una copa con los Townsend. Los Farquarson llamaron a los Townsend y les pidieron que fueran a su casa y llevaran a Cash con ellos, y allí bebieron algunas copas más y comieron las sobras de la fiesta. Los Farquarson se alegraron de ver que Cash parecía otra vez el mismo de siempre. Eran las diez y media o las once cuando volvió a casa. Louise estaba en el piso de arriba, recortando del último número de Life las escenas de pandemónium, desastre y muerte violenta que, en su opinión, podían corromper a sus hijos. Era una costumbre suya. Cash subió a hablar con ella y luego bajó de nuevo. Al cabo de un rato, Louise lo oyó cambiar de sitio los muebles del cuarto de estar. Luego la llamó, y al bajar ella se lo encontró al pie de la escalera, descalzo, y ofreciéndole la pistola. Louise no había disparado nunca, y las instrucciones que le dio su marido no sirvieron de mucho.

—Date prisa —dijo él—. No voy a pasarme toda la noche esperando.

Había olvidado mencionar que el revólver tenía el seguro puesto, y cuando ella apretó el gatillo no pasó nada.

—Es esa palanquita —indicó él—. Aprieta esa palanquita. —Luego, llevado por la impaciencia, saltó de todas formas por encima del sofá.

La pistola se disparó, y Louise lo alcanzó en el aire. Cash murió en el acto.

FIN

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