sábado, 21 de enero de 2017

José Saramago - El evangelio según Jesucristo

Ahora sí le hace falta el dinero que le robaron aque­llos malvados, pues la vida en la ciudad no es como la holganza de andar silbando por los campos a ver lo que dejaron los labradores que cumplen las leyes del Señor, verbi gratia, Cuando procedas a la siega de tu campo y te olvides algún haz, no vuelvas atrás para llevártelo, cuando varees tus olivos, no vuelvas para recoger lo que quedó en las ramas, cuando vendi­mies tu viña, no la repases para llevarte los racimos que quedaron, todo esto lo deberás dejar para que lo recojan los extranjeros, el huérfano y la viuda, re­cuerda que has sido esclavo en tierras de Egipto. Pues bien, a esta gran ciudad, a pesar de que en ella Dios mandó edificar su morada terrestre, a Jerusalén no llegaron estos humanitarios reglamentos, ra­zón por la que, para quien no traiga dineros en la bolsa, ni treinta ni tres, el remedio será siempre pe­dir, con el riesgo probable de verse rechazado por importuno, o robar, con el ciertísimo peligro de aca­bar sufriendo castigo de flagelación y cárcel, si no punición peor. Robar, este muchacho no puede, pe­dir, este muchacho no quiere, va posando los ojos aguados en las pilas de panes, en las pirámides de frutas, en los alimentos cocinados expuestos en ten­deretes a lo largo de las calles y a punto está de des­mayarse, como si todas las insuficiencias nutritivas de estos tres días, descontando la mesa del samarita-no, se hubieran reunido en esta hora dolorosa, verdad es que su destino está en el Templo, pero el cuerpo, aunque defiendan lo contrario los partidarios del ayuno místico, recibirá mejor la palabra de Dios si el alimento ha fortalecido en él las facultades del entendimiento. Tuvo suerte, un fariseo que venía de paso dio con el desfallecido mozo y de él se apiadó, el injusto futuro se encargará de difundir la pésima reputación de esta gente, pero en el fondo eran bue­nas personas, como se probó en este caso, Quién eres, le preguntó, y Jesús respondió, Soy de Nazaret de Galilea, Tienes hambre, el muchacho bajó los ojos, no necesitaba hablar, se le leía en la cara, No tienes familia, Sí, pero he venido solo, Te has esca­pado de casa, No, y realmente no se había escapado, recordemos que la madre y los hermanos le despi­dieron, con mucho amor, a la puerta de la casa, el que no se hubiera vuelto ni una sola vez no era se­ñal de que huyera, así son nuestras palabras, decir un Sí o un No es, de todo, lo más simple y, en prin­cipio, lo más convincente, pero la pura verdad mandaría que se empezase dando una respuesta así medio dubitativa, Bueno, huir, huir, lo que se llama huir, no he huido.

FIN

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