jueves, 12 de enero de 2017

Katherine Mansfield - Dicha

Aunque Bertha Young tenia ya treinta años aún había mo­mentos como estos en los qué deseaba correr en vez de caminar, subir y bajar el cordón de la vereda con un paso de baile, hacer rodar un aro, arrojar algo al aire para reco­gerlo otra vez o quedarse quieta y reírse de… nada… simplemente de nada.

¿Qué se puede hacer si uno tiene treinta años y, al do­blar la esquina de la propia calle, se ve repentinamente invadido por una sensación de dicha… de dicha absolu­ta!… como si de pronto se hubiera tragado uno un bri­llante trozo de ese sol del crepúsculo y le estuviera que­mando el pecho, esparciendo una lluvia de chispas en cada partícula, en cada dedo de la mano y del pie?…

Oh, ¿acaso no hay modo de expresarlo sin que a uno lo acusen de estar “en estado de ebriedad o extrema agita­ción?”. ¡Qué estúpida es la civilización! ¿Para qué se nos da un cuerpo si hay que mantenerlo encerrado en un es­tuche como si fuera un violín único y valioso?

“No, eso del violín no es exactamente lo que quiero de­cir”, pensó ella mientras subía corriendo los peldaños y tanteaba en la cartera en busca de la llave, que como de costumbre se había olvidado, así que tuvo que llamar ha­ciendo repiquetear la tapa del buzón. “No es eso lo que quiero decir porque…”

–Gracias, Mary –dijo, entrando en el vestíbulo–. ¿Ha regresado la niñera?

–Sí, señora.

–¿Y han traído la fruta?

–Sí, señora. Han traído todo.

–Traiga la fruta al comedor, por favor. La acomodaré antes de subir.

El comedor estaba sombrío y bastante helado. Pero de todos modos Bertha se despojó del abrigo, no podía tolerar ni un momento más la sensación de sentirse oprimida, y el aire frío cayó sobre sus brazos.

Pero en su pecho subsistía aún ese lugar brillante y re­luciente, esa lluvia de chispas que emergía de su interior. Era casi intolerable. Apenas si se atrevía a respirar por temor de avivar el fuego, y sin embargo respiraba profunda, profundamente. Aceñas si se atrevía a mirarse en el frío espejo… pero sí miró, y el espejo le devolvió una mujer radiante, de labios sonrientes y temblorosos, ojos grandes y obscuros y un aire de estar a la escucha, a la escora de que sucediera algo… divino… algo que ella sabía que sucedería… infaliblemente.

Mary trajo la fruta en una bandeja, junto con un cuenco de cristal y un plato azul, muy hermoso, que tenía un re­flejo extraño, como si lo hubieran sumergido en leche.

–¿Enciendo la luz, señora? –No, gracias. Puedo ver muy bien. Había mandarinas y manzanas moteadas con el rosado de las fresas. Algunas peras amarillas, tersas como la seda, unas uvas blancas cubiertas por un reflejo plateado y un gran racimo de uvas rojas, casi púrpura, que había comprado para que hicieran juego con la nueva alfombra del comedor. Si, eso sonaba bastante absurdo y rebuscado, pero por eso las había comprado. En la frutería había pensado: “Debo comprar unas uvas púrpura para que la alfombra suba hasta la mesa”. Y en ese momento le había parecido absolutamente sensato.

Cuando terminó de acomodarlas y hubo hecho dos pirá­mides con las formas brillantes y redondeadas, se alejó de la mesa para contemplar el efecto… y era realmente cu­rioso. Pues la obscura mesa parecía diluirse en el aire en penumbras y el cuenco de cristal y el plato azul quedaban dotando en el aire. Por supuesto que esto, en su estado de ánimo actual, era tan increíblemente hermoso… empezó a reír.

–No, no. Me estoy poniendo histérica. Y recogió su cartera y corrió escaleras arriba al cuarto de su niña.

La niñera estaba sentada ante una mesa baja dándole la cena a la pequeña Bertha tras haberla bañado. La nena llevaba puesto un camisoncito de franela blanca y un saco de lana azul y su pelo obscuro y fino estaba peinado hacia atrás en un rizo muy cómico. Cuando vio a su madre em­pezó a saltar.

–Ahora, queridita, come como una niñita buena –dijo la niñera, apretando los labios de un modo que Bertha co­nocía muy bien, y que significaba que ella había elegido otra vez un mal momento para entrar al cuarto. –¿Ha sido buena, Nanny?

–Se ha portado maravillosamente toda la tarde –susurró Nanny–. Fuimos al parque y yo me senté y la saqué del cochecito y vino un perro enorme que apoyó la cabeza en mis rodillas y ella le agarró las orejas y se las tironeó. ¡Oh, tendría que haberla visto!

Bertha quería preguntar si no era peligroso dejarla tiro­near las orejas de un perro. Pero no se atrevió. Se quedó mirándolas con las manos caídas, como si fuera una niñita pobre frente a la rica niñita que tiene la muñeca.

La nena levantó nuevamente la mirada y observó a su madre, y luego le sonrió de un modo tan encantador que Bertha no pudo evitar gritar:

–¡Oh, Nanny, déjeme terminar de darle la cena mientras usted ordena las cosas del baño!

–Bien, señora, la niña no debe cambiar de manes mientras está comiendo –dijo Nanny, aún susurrando– Eso la inquieta, se trastorna fácilmente.

Qué absurdo era todo. ¿Para qué tener un niño si hay que mantenerlo –no en un estuche como un violín único y valioso– en los brazos de otra mujer?

–¡Oh, quiero hacerlo!

Muy ofendida, Nanny le entregó la nena.

–Ahora bien, no la excite después de la cena. Usted sabe que siempre lo hace, señora. ¡Y después me da tanto trabajo!

¡Gracias a Dios! Nanny salió de la habitación con las toallas.

–Ahora sí que te tengo toda para mí, preciosa –dijo Bertha mientras la niña se apretaba contra ella.

Comía con deleite, tendiendo los labios hacia la cuchara y agitando después las manos. A veces no soltaba la cu­chara; y otras, en el momento en que Bertha la tenía llena, desparramaba el contenido a los cuatro vientos.

Cuando terminó la sopa Bertha se volvió hacia la chi­menea.

–¡Eres hermosa… hermosa! –le dijo, besándola–. Te quiero mucho. Me gustas.

Y sin duda amaba tanto a la pequeña Bertha… el cuello de la niña cuando se agachaba, los exquisitos dedos de sus pies que se hacían casi transparentes con el reflejo del fuego… que otra Vez sintió ese sentimiento de dicha, y otra vez fue Incapaz de expresarlo, otra vez se quedó sin saber qué hacer con él.

–La llaman por teléfono –dijo Nanny, regresando con aire de triunfo para alzar a su pequeña Bertha.

Voló abajo. Era Harry.

–¿Eres tú, Ber? Mira, llegaré tarde. Tomaré un taxi y estaré allí lo más pronto posible pero retrasa diez minutos la cena… ¿lo harás? ¿De acuerdo?

–Sí, perfectamente. ¡Oh, Harry!

–¿Sí?

¿Qué podía decirle? No tenía nada que decirle. Sólo que­ría estar un momento en contacto con él. No podía gritar absurdamente: “¿No ha sido un día divino?”

–¿Qué querías? –repitió la vocecita lejana.

–Nada. Entendu. –dijo Bertha y colgó el receptor, pen­sando que la civilización era más que estúpida.

Tenían gente a cenar. Los Norman Knight –una pareja muy sólida; él estaba por abrir un teatro y ella era extra­ordinariamente hábil como decoradora de interiores–, un hombre joven, Eddie Warren, que acababa de publicar un librito de poemas y al que todo el mundo estaba invitando a cenar, y un “hallazgo” de Bertha, una mujer llamada Pearl Fulton. Bertha no sabía que hacia la señorita Fulton. Se había encontrado en el club y Bertha se había enamo­rado de ella, como lo hacía siempre de las mujeres algo extrañas.

Lo más estimulante e intrigante era que, aunque se habían encontrado varias veces y habían hablado mucho, Bertha aún no podía desentrañarla. Hasta un cierto, punto la señorita Fulton era rara y maravillosamente franca, pero ese cierto punto estaba allí y Bertha no podía ir más allá?

¿Había algo más allá? Harry decía: “No”. Decía que era opaca y “iría como todas las rubias, con un toque, quizá, de anemia cerebral”. Pero Bertha no estaba de acuerdo con él, al menos, no todavía.

–No, Harry, ese modo de sentarse con la cabeza ligera­mente ladeada oculta algo, y debo averiguar qué es ese algo.

–Lo más probable es que sea un buen estómago –dijo Harry.

Siempre le tomaba el peto a Bertha con respuestas de esa clase…” el hígado helado, querida”, o “pura flatulencia”, o “alguna enfermedad renal”… y así por et estilo. Por algún extraño motivo a Bertha le gustaban sus res­puestas, y casi lo admiraba por ellas.

Fue a la sala y encendió la chimenea, después recogió los almohadones uno por uno, los mismos que Mary había dis­puesto tan cuidadosamente, y los arrojó sobre las sillas y los divanes. Todo cambió, la habitación pareció cobrar vida Cuando estaba a punto de arrojar el último se sorprendió al encontrarse abrazándolo con pasión, con pasión. Pero no extinguió el fuego de su pecho. ¡Oh, no, por el contrario!
Las ventanas de la sala se abrían sobre un balcón que daba al jardín. En el otro extremo del jardín, junto a la tapia, había un peral alto y esbelto, en plena floración: se erguía perfecto y calmado, recortado contra el cielo verde jade. Aún a la distancia, Bertha podía sentir que no  tenía ni un capullo ni un pétalo marchito. Más abajo, en los canteros del jardín, los tulipanes rojos y amarillos, cargados de flores parecían recostarse sobre la penumbra. Un gato gris cruzó el jardín arrastrando la panza, y otro negro, su sombra, lo siguió. Al verlos tan rápidos y decididos, Bertha se estremeció.

–¡Qué animales tan sigilosos son los gatos! –tartamudeé y se alejó de la ventana y se puso a caminar por la habi­tación.

¡Cómo olían los junquillos en la cálida habitación! ¿De­masiado intenso? Oh, no. Y sin embargo, se arrojó sobre un diván cubriéndose los ojos con las manos, como si no pudiera resistirlo más.

–¡Soy demasiado feliz… demasiado feliz! –murmuró.

Y le parecía ver, flotando en sus pestañas, el adorable peral con sus enormes capullos como símbolo de su propia vida.

Realmente… realmente… lo tenía todo. Era joven. Ha­rry y ella estaban tan enamorados como siempre, y se lle­vaban espléndidamente y eran buenos camaradas. Tenía una niñita adorable. No tenían que preocuparse por el dinero. Tenían esta hermosa casa con jardín. Y amigos, amigos modernos e interesantes, escritores y pintores y poetas o gente de mundo… justo la clase de amigos que les gus­taba. Y además estaban los libros y la música, y había en­contrado una maravillosa modista, y este verano viajarían al extranjero, y la nueva cocinera hacia unas omelettes real­mente soberbias…

–¡Soy ridícula, ridícula!

Se levantó, pero se sentía como embriagada, mareada. Seguramente sería la primavera.

Sí, era la primavera. Ahora se sentía tan cansada que le costó trabajo subir a vestirse.

Un vestido blanco, una sarta de cuentas de jada, zapatos y medias verdes. La combinación no era casual. Ya había pensado en ella horas antes de quedarse en la ventana de la sala.

Su vestido crujió suavemente cuando fue al vestíbulo y besó a la señora Norman Knight, que estaba quitándose un abrigo tremendamente divertido, de color naranja y con toda una procesión de monos negros que formaban una franja en el ruedo y subían por el frente.

–…¡Por qué! ¡Por qué! ¡Por qué será tan obtusa la clase media, tan carente de sentido del humor! Querida mía, estoy aquí simplemente por casualidad… porque Norman ha sido mi protector. Pues mis queridos monos han trastornado tanto al tren que todo el mundo me comía con los ojos. No se reían… no les hacía gracia, eso me hubiera gustado. No, sólo me miraban fijo, y eso me aburrió tre­mendamente.

–Pero lo mejor de todo fue –dijo Norman, calzándose un monóculo con armazón de carey–… no te importa sí lo cuento, ¿verdad, Face? (En su casa y entre amigos se llamaban Face y Mug) Lo mejor de todo fue cuando ella, que ya estaba harta, se dirigió a la mujer que estaba a su lado y le dijo: “¿nunca antes ha visto un mono?”

–¡Oh, sí! –dijo la señora Norman Knight uniéndose a las carcajadas–. ¡Eso sí que fue lo mejor!

Y lo más divertido era que ahora que se había quitado el abrigo, la señora Knight parecía un mono inteligentísi­mo… que se había hecho su vestido amarillo con cáscaras de bananas. Y sus aretes de ámbar parecían dos pequeñas nueces colgantes.

–Esto es triste, muy triste –dijo Mug, deteniéndose ante el cochecito de la pequeña Bertha–. Cuando hay un co­che de bebé en el vestíbulo… –y dejó su cita inconclusa.

Sonó el timbre. Era el delgado y (como siempre) pálido Eddie Warren, en un estado de aguda angustia.

–¡Es esta la casa, verdad? –rogó.

–Oh, eso creo… eso espero –dijo brillantemente Bertha.

–He tenido la más espantosa experiencia con un taxista, era verdaderamente siniestro. No podía hacer que se detuviera. Cuanto más golpeaba yo el cristal para avisarle, tanto más rápido iba él. A la luz de la luna era una figura gro­tesca con esa cabeza achatada inclinada sobre el volante…

Se estremeció, quitándose al mismo tiempo una inmensa bufanda de seda. Bertha advirtió que también sus medias eran blancas… un detalle encantador.

–¡Pero qué horrible! –gritó.

–Sí que lo fue –dijo Eddie, siguiéndola a la sala–. Ya me veía rodando hacia la Eternidad en un taxi sin marcador.

Ya conocía a los Norman Knight. En realidad, iba a es­cribir una obra de teatro para N. K. cuando se pusiera en marcha su teatro.

–Bien, Warren… ¿cómo anda la obra? –dijo Norman Knight dejando caer su monóculo y dándole a su ojo la oportunidad de salir a la superficie antes de volver a quedar atrapado detrás del cristal.

Y la señora Knight dijo:

–Oh, señor Warren, ¡qué feliz elección la de sus medias!

Estoy tan complacido de que le gusten –dijo Warren mirándose los pies–. Parecen haberse vuelto muchísimo más blancas desde que salió la luna. Y volvió hacia Bertha su rostro delgado y apenado: –Pues sabrá usted que hay luna.

–¡Estoy segura de que hay… a menudo… a menudo! –quería gritar ella.

Verdaderamente, Warren era un joven muy atractivo. Pero también Face lo era, encogida delante del fuego con sus cáscaras de banana, y también lo era Mug, que fumaba un cigarrillo y decía al sacudir la ceniza:

–¿Por qué se demora el novio?

–Ahí llega.

La puerta del frente se abrió y se cerró de golpe. Harry gritó:

–Hola a todos. Bajo en cinco minutos.

Y lo escucharon subir corriendo la escalera. Bertha no pudo evitar una sonrisa: sabia cuánto le gustaba a Harry hacer todas las cosas a gran velocidad, aunque, después de todo, ¿qué importaban cinco minutos más? Pero él fin­gía que importaban muchísimo. Y después se preocupaba mucho de entrar en la sala con iodo sosiego y delibera­ción.

Harry tenía un tremendo gusto por la vida. ¡Oh, cómo apreciaba Bertha esta característica! Y su pasión por la lucha… por buscar en todo lo que aparecía frente a él una prueba de su poder y su valor… también eso lo en­tendía Bertha. Aún cuando eso lo hiciera aparecer ocasio­nalmente ridículo ante cierta gente que no lo conocía bien… Porque había momentos en los que él presentaba batalla aunque no hubiera con quien… Ella habló y se rió y se olvidó verdaderamente hasta que él entró (tal como lo había imaginado) de que Pearl Fulton aún no había dado señales de vida.

–Me pregunto si la señorita Fulton no se habrá olvidado.

–No me extrañaría –dijo –Harry–, ¿tiene teléfono?

–¡Ah, ahí llega un taxi! –y Bertha sonrió con ese ligero aire de propiedad que asumía siempre que sus descubri­mientos femeninos eran nuevos y misteriosos–. Vive arriba de los taxis.

–Engordará mucho si lo hace –dijo Harry con frialdad, haciendo sonar la campanilla para que trajeran la cena–. Es un peligro que siempre corren las rubias.

–Harry, no sigas –advirtió Bertha, riéndose de él.

Otro momentito pasó, un momento de espera durante el cual ellos se rieron y charlaron, un poco demasiado a gusto, un poco demasiado naturalmente. Y después entró la se­ñorita Fulton, toda de plateado, con una redecilla plateada sujetando sus rubios cabellos, sonriendo y con la cabeza ligeramente ladeada.

–¿Llego tarde?

–No, en absoluto –dijo Bertha–. Adelante.

Y la tomó del brazo y todos pasaron al comedor.

¿Qué había en el roce de ese brazo frío que podía avi­var… avivar… hacer arder… arder… el fuego de esa dicha con la que Bertha no sabía bien qué hacer?

La señorita Fulton no la miró, pero casi nunca miraba directamente a las personas. Tenía entrecerrados los pe­sados párpados y sobre sus labios flotaba, iba y venía, esa extraña semisonrisa, como si viviera escuchando más que viendo. Pera Bertha sintió de repente, como si entre ellas hubieran cruzado la más íntima de las miradas, como si se hubieran dicho: “¿También tú?”, que Pearl Fulton, que revolvía la bella sopa roja en el plato gris, sentía exacta­mente lo mismo que ella estaba sintiendo.

¿Y los otros? Face y Mug, Harry y Eddie; sus cucharas subían y bajaban, se limpiaban la boca con las servilletas, partían el pan, manipulaban los tenedores y los cuchillos y hablaban.

–La conocía en el show Alpha… era una personita fan­tástica. No sólo se había cortado el pelo sino que parecía haberse quitado un trozo de piernas y brazos y cuello y también un poco de nariz.

–¿No es ella la que está muy liée con Michael Oat?

–¿El que escribió. “El amor con dentadura postiza”?

–Quiere escribir una obra cara mí. Un acto. Un hombre. Decide suicidarse. Expone todas las razones para hócenlo y para no hacerlo. Y justo cuando está a punto de decidir si lo hará o no… telón. No es mala idea.

–¿Cómo la llamará: “Dolor de estómago”?

Creo que he visto la misma idea en una revistita fran­cesa, casi desconocida en Inglaterra.

No, ninguno de ellos compartía sus sentimientos. Pero eran encantadores… encantadores… y a ella le encantaba tenerlos allí ante su mesa, y darles comidas y vinos deli­ciosos. En realidad, ansiaba poder decirles lo deliciosos que eran, qué grupo tan decorativo formaban, cómo parecía que cada uno de ellos destacaba al otro y de qué modo la hacían acordar a una obra de Chejov.

Harry estaba disfrutando de su cena. Era parte de su… bien, no de su naturaleza exactamente, ni tampoco de su pose, sino de su… algo… eso de hablar de la comida y de regodearse por su “desvergonzada pasión por la blanca carne de langosta” y por el verde de los helados de pistacho, verdes y fríos como los párpados de las danzarinas egipcias.”

Cuando él levantó la mirada y le dijo: “¡Bertha, este soufflé es admirable!”, a ella poco le faltó para echarse a llorar como una niña.

Oh, ¿por qué sentía tanta ternura ante todo el mundo esta noche? Todo era bueno… estaba bien. Todo lo que su­cedía parecía colmar otra vez la desbordante copa de su dicha.

Y aún subsistía, en lo profundo de su mente, la imagen del peral. Se vería plateado ahora, bañado por la luz de la luna del pobre Eddie, plateado como la señorita Fulton, sentada allí haciendo girar una mandarina entre sus dedos tan pálidos que parecían irradiar luz.

Lo que no podía imaginarse… lo más milagroso de todo, era de qué modo había podido adivinar, con tanta exactitud y tañía rapidez, el estado de ánimo de la señorita Fulton. Pues no tenía dudas de que lo había adivinado y… ¿ba­sándose en qué? En menos que nada.

“Creo que esto sucede muy, muy raramente entre muje­res. Nunca entre hombres”, pensó Bertha. “Pero tal vez mientras esté preparando el café en la sala ella “me dé una señal”.

No sabía qué quería decir con eso, y ni siquiera podía imaginar lo que sucedería después.

Mientras pensaba esto le oía charlar y reír. Tenía que hablar a causa de su tremendo deseo de reír.

“Debo reír o me moriré.”

Pero cuando advirtió que Face tenía el hábito de llevarse la mano al escote, como si almacenara allí una secreta provisión de nueces, Bertha tuvo que clavarse las uñas en la palma de la mano para no reírse demasiado.

Por fin la cena terminó.

–Vengan a ver mi cafetera nueva –dijo Bertha.

–Sólo tenemos cafetera nueva cada quince días –dijo Harry.

Esta, vez fue Face quien la tomó del brazo, la señorita Fulton agachó la cabeza y las siguió.

El fuego de la sala se había convertido en ascuas rojas que –parecían un titilante “nido de pichones de ave Fénix”, como dijo Face.

–No enciendas la luz todavía. Es tan hermoso –dijo Face.

Y volvió a agacharse ante el fuego. Siempre tenía frío… “Sin su chaqueta de franela roja, por supuesto”, pensó Bertha.

Y en ese momento la señorita Fulton le “dio la señal”.

–¿Tiene usted jardín? –preguntó la voz fría y somnolienta.

Esto fue tan exquisito de su parte que Bertha sólo pudo obedecer. Cruzó la habitación, abrió las cortinas de un tirón y abrió los ventanales.

–¡Aquí está! – suspiró.

Y las dos mujeres permanecieron una al lado de la otra, contemplando el esbelto árbol en flor. Aunque todo estaba en calma, el árbol parecía extenderse y temblar en el aire brillante como la llama de una vela, creciendo a medida que lo contemplaban hasta casi tocar el borde de la luna redonda y plateada.

¿Cuánto tiempo permanecieron allí? Fue como si ambas estuvieran aprisionadas en ese círculo de luz sobrenatural, comprendiéndose mutuamente a la perfección, ambas cria­turas de otro mundo que se preguntaban qué hacían en éste con ese tesoro de dicha que ardía en sus pechos y que se derramaba en flores de plata de su pelo y de su manos.

¿Fue eterno o fue sólo un momento? ¿Y la señorita Fulton murmuró de veras: “Sí, Eso es”, o Bertha simplemente lo soñó?

Después la luz se encendió de repente y Face hizo el café y Harry dijo:

–Mi querida señora Knight, no me pregunte por mi hija. Jamás la veo. No sentiré el más mínimo interés por ella hasta que no tenga novio.

Y, Mug dejó su ojo al aire y volvió a ocultarlo detrás del monóculo y Eddie Warren tomó su café y dejó la taza con una expresión de angustia tan intensa como si al beber hubiera visto una araña.

–Lo que quiero es darle una oportunidad a los jóvenes. Creo que Londres está repleta de obras de primera sin escribir. Lo que quiero decirles a los jóvenes es: “Aquí tienen un teatro. Adelante.”

–Sabes, querida, voy a decorarles un cuarto a los Jacob Nathan. Oh, estoy tan tentada de hacer un proyecto de pes­cado frito, con los respaldos de las sillas en forma de sartén y unas adorables patatas fritas bordadas en las cortinas…

–El problema de ustedes, los escritores jóvenes, es que son aún demasiado románticos. No se puede salir al mar sin marearse y sin necesitar una palangana. Bien, ¿por qué no tienen el coraje de decirlo?

–Un horrible poema acerca de una muchacha violada por un mendigo sin nariz en un bosquecito…

La señorita Fulton se hundió en la silla más baja y más profunda y Harry ofreció cigarrillos.

Por el modo en que se paró frente a la señorita Fulton sacudiendo la caja plateada y diciendo abruptamente: “¿Egipcios? ¿Turcos? ¿De Virginia? Están todos mezclados, Bertha se dio cuenta de que no sólo lo aburría, en realidad, te mujer no le gustaba. Y por el modo en que ella le con­testó: “No, gracias, no deseo fumar”, Bertha advirtió que también ella se había dado cuenta y se sentía herida.

“Oh, Harry, no te sientas disgustado con ella. Estás equi­vocado. Es maravillosa, maravillosa. Y además, ¿Cómo pue­des sentir algo así por alguien que significa tanto para mí? Esta noche, cuando estemos en la cama, trataré de contarte lo que ha ocurrido entre nosotras, lo que hemos com­partido.”

Y con estas últimas palabras, algo extraño y casi ate­rrador cruzó por la mente de Bertha. Y ese algo ciego y sonriente le murmuró: “Pronto se irá la gente. La casa quedará silenciosa… silenciosa. Se apagarán las luces. Y tú y él estarán solos en el cuarto a obscuras… en el lecho cálido….”

Bertha se levantó de un salto y corrió hacia el piano.

–¡Qué lástima que nadie sepa tocar! –gritó–. ¡Qué lás­tima que nadie sepa tocar!

Por primera vez en su vida, Bertha Young deseaba a su marido.

Oh, lo había amado… se había enamorado de él, por supuesto, en todos los otros aspectos, pero no en éste. E igualmente, por supuesto, había comprendido que él era diferente. Lo habían charlado tantas veces. Al principio se había preocupado muchísimo por ser tan fría, pero al cabo de un tiempo el hecho parecía haber perdido importancia. Eran tan sinceros entre ellos, tan buenos camaradas. Eso era lo mejor de ser tan modernos.

Pero ahora lo deseaba… ¡ardientemente, ardientemente! La palabra le dolía en todo su cuerpo ardiente. ¿En esto concluiría ese sentimiento de dicha? Pero entonces…

–Mi querida –dijo la señora Norman Knight–, sabes que por desgracia somos víctimas de trenes y horarios. Vi­vimos en Hampshire. Ha sido todo muy agradable.

–Los acompañaré hasta la puerta –dijo Bertha–. Me ha encantado que vinieran, pero no deben perder el último tren. Es espantoso, ¿verdad?

–Knight, ¿no tomará un whisky antes de irse? –gritó Harry.

–No, gracias, viejo.

Agradecida por esto, Bertha le dio un pellizco al estre­charle la mano.

–Buenas noches, buenas noches –gritó desde el último escalón, sintiendo que su viejo yo se despedía de ellos para siempre.

Cuando regresó a la sala todos los demás estaban a pun­to de partir.

–…Entonces usted puede venir parte del camino con­migo, en mi taxi.

–Me agradará tanto no tener que enfrentarme con otro viaje solo después de mi horrible experiencia…

–Pueden conseguir un taxi en la parada que está al fi­nal de la calle. Sólo tienen que caminar unos metros.

–Eso sí que es cómodo. Iré a ponerme el abrigo.

La señorita Fulton se dirigía si vestíbulo y Bertha ya la seguía cuando Harry casi la empujó a un lado y se adelantó:

–Permítame ayudaría.

Bertha supo que se arrepentía de su rudeza anterior, así que no lo detuvo. En algunos aspectos era como un niño… tao impulsivo, tan… simple.

Y Eddie y ella se quedaron junto al fuego.

–Me pregunto si ha visto usted el nuevo poema de Bilks, llamado Table d’Hóte –dijo con suavidad Eddie–. Es fan maravilloso. Está en la última antología. ¿Tiene un ejem­plar? Me gustaría tanto mostrárselo. Empieza con una línea increíblemente hermosa: “¿Por qué será siempre sopa de tomate?”

–Sí –dijo Bertha. Y se movió silenciosamente hacia una mesa enfrentada con la puerta de la sala y Eddie se deslizó silenciosamente tras ella. Ella recogió un librito y se lo entregó; ninguno había hecho el menor ruido.

Mientras él buscaba el poema ella miró hacia el vestí­bulo. Y vio… a Harry con el abrigo de la señorita Fulton en las manos y a la señorita Fulton de espaldas hacia el y con la cabeza gacha. El arrojó lejos el abrigo, puso sus manos sobre los hombros de ella y la hizo girar con vio­lencia. “Te adoro”, dijeron sus labios, y la señorita Fulton apoyó sus dedos como rayos de luna en las mejillas de él y sonrió con su sonrisa somnolienta. Harry respiraba con esfuerzo sus labios se curvaron en una horrible mueca cuando murmuró: “¿Mañana?”, y la señorita Fulton contestó con un parpadeo: “Sí”.

–Aquí está –dijo Eddie–, “¿Por qué será siempre sopa de tomate?” Es tan profundamente cierto, ¿no cree? La sopa de tomate es tan espantosamente eterna.

–Si lo prefieren –dijo la voz de Harry muy fuerte desde el vestíbulo–, puedo llamar un taxi por teléfono.

–Oh, no, no es necesario –dijo la señorita Fulton, acer­cándose a Bertha y entregándote sus esbeltos dedos.

–Adiós. Muchísimas gracias.

–Adiós –dijo Bertha.

La señorita Fulton retuvo un momento su mano.

–¡Su adorable peral! –murmuró.

Y después se fue, con Eddie detrás de ella, como el gato negro que seguía al gato gris.

–Bien, cerraré el negocio –dijo Harry, extravagantemente frío y compuesto.

“¡Su adorable peral… peral… ¡peral!”

Bertha corrió hacia el ventanal.

–¡Oh! ¿Qué va a pasar ahora? –gimió.


Pero el peral estaba tan adorable y tan colmado de flo­res y tan quieto como siempre.

FIN

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