viernes, 17 de febrero de 2017

Gonzalo Torrente Ballester - La saga / fuga de J. B.

Ese día, o más bien esa noche, me encontré con que yo ya no era quien solía, sino yo mismo. Bueno. Dicho así, de repente, puede parecer raro, fantástico, e incluso ofensivo, sobre todo para los que no dejan de ser quien son durante un año entero, día tras día, al levantarse de la cama, al salir de casa, al entrar en la iglesia, al comer y al dormir. ¡Principalmente al dormir, que es el mejor momento para hacer trampas al principio de identidad, para lanzarse alocadamente a la carrera de los desdoblamientos o las multiplicaciones, cualquier cosa que destruya la tautología siniestra con que cada mañana nos insulta el espejo! Pero yo carecí de esa suerte, al menos durante cierto tiempo, ese en que al encontrarme con que yo no era el mismo, fui otro y otro más, fui no sé cuántos otros, aunque entre ellos y yo hubiera ciertas afinidades que, con exageración, pudieran conceptuarse de trámites para la equiparación final, para la integración total, y que el itinerario que recorrí mientras duró la aventura, pudiera a la postre —y bien pensado— resultar un viaje por dentro de mí mismo, secretos e ignorados vericuetos de mi yo, o al menos por el interior de algo o de alguien que, sin ser yo enteramente, lo fuera en cierto modo. Esto resulta confuso, lo comprendo, pero no puedo contar, y menos explicar con claridad suficiente, lo que para mí permanece todavía oscuro, lo que me sigue bombardeando con preguntas para las que no hay respuesta, lo que me solicita resplandores que no me aclaran nada. No sé decir, por ejemplo, si se trató de un súbito y prolongado ensimismamiento, o de una inesperada, casi mortal, o al menos arriesgada enajenación. Desde que soy niño he deseado no ser yo mismo aunque sin dejar de serlo. Como no presumo de original, quiero suponer que algo parecido le sucederá a cada quisque. Lo deseé con vehemencia desde el instante mismo en que comprendí quién era aquel niño torcido y feo que me miraba desde el otro lado del espejo. En general, todos los niños quieren alguna vez ser el papa, el cura, el gato, el águila y el triángulo isósceles, y con cierta frecuencia lo consiguen, hasta que un día olvidan todo y se conforman —o se resignan— a ser los mismos de una vez para siempre y con la esperanza de no cambiar demasiado, porque no es respetable llegar a los cuarenta siendo distinto que a los veinte. El principio de identidad es la columna vertebral de la persona, y cuanto más sencilla es la columna, mejor. Pero yo, a pesar de mi apasionada voluntad de cambiarme en lo que fuera —en general, quería ser cualquier cosa o persona que me pareciese bella, o gallarda, o imponente, por ejemplo, el Sargento de la Guardia Civil del cuartelillo de mi pueblo—, no lo conseguí jamás, y por eso llegué a mayorcito sin perder la costumbre, soñando siempre con imposibles pero satisfactorias transformaciones. Ahora pienso que a causa de cualquier predisposición congénita, perfeccionada por ese hábito, me fue más fácil, cuando llegó el momento, dejar de ser quien era incluso antes de llegar a ser el otro. Miren: no pertenece al orden de lo que se entiende, sino al de lo que se siente, como cuando le dan a uno una buena bofetada. De repente observé que me apartaba de una cosa como si me desprendiera, y me pareció que la operación se desarrollaba más o menos como cuando se arranca de algo sólido y recio una tira adherente, de tafetán o esparadrapo. Llegué a ver cómo las minúsculas briznas de pegamento se estiraban como hilillos elásticos que hicieran, además, un ruido muy sutil que casi no se oía. Y conforme sentía, vi cómo me desprendía; vi, oí, sentí cómo me alejaba indiferente, y que lo que aquí quedaba no era nada. Aquí quedaba lo de fuera, entre cielo y tierra fluctuante, y allí iba yo marchando, más lejos cada vez, sin sentir ese dolor que debe de sentirse cuando uno se desprende de lo que es y deja entonces de serlo.

FIN

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