viernes, 3 de febrero de 2017

Heinrich Böll - Los silencios del doctor Murke

Todas las mañanas, al entrar en la emisora, Murke realizaba un ejercicio gimnástico de tipo existencialista: saltaba al ascensor paternóster, pero no se quedaba en el segundo piso, donde estaba su despacho, sino que continuaba hacia arriba, pasando el tercer piso, y el cuarto y el quinto. Siempre se estremecía cuando la plataforma de la cabina rebasaba el descansillo del quinto piso y se introducía, rechinando, en el hueco donde las cadenas engrasadas de la quejumbrosa máquina, sostenidas por soportes embadurnados de sebo, cambiaban la dirección ascendente de la cabina y la situaban en la de descenso. Murke miraba angustiado las únicas paredes sin enlucir de todo el edificio y respiraba profundamente cuando la cabina se enderezaba después de pasar la compuerta y se alineaba de nuevo, descendiendo lentamente al quinto, al cuarto, al tercer piso. Murke sabía que su temor era totalmente injustificado. Naturalmente, nunca pasaría nada. No podía pasar nada y en el peor de los casos, podía ocurrir que el ascensor quedase detenido arriba y tuviera que pasarse una o dos horas encerrado dentro; pero hacía ya tres años que funcionaba la emisora y jamás había fallado el ascensor. Los días en que era revisado y Murke tenía que renunciar a sus cuatro segundos y medio de angustia, se sentía nervioso y disgustado, como una persona en ayunas. Necesitaba su angustia como otros su café, su papilla de avena o su zumo de frutas.

Al llegar al segundo piso, donde estaba la sección de Cultura, salía del ascensor con un aspecto plácido y sereno, como sólo puede presentarlo quien ama y está compenetrado con su trabajo. Abría la puerta de su despacho, se dirigía despacio a su sillón, se sentaba y encendía un cigarrillo: siempre llegaba el primero. Era joven, inteligente y simpático y la ligera petulancia que se advertía en él de cuando en cuando le era fácilmente perdonada, pues todo el mundo sabía que había cursado con gran brillantez su doctorado de psicología.

Pero, debido a especiales circunstancias, Murke había renunciado dos días a su desayuno de angustia: tenía que llegar a la emisora, correr a uno de los estudios y empezar a trabajar a las ocho en punto, pues el gerente le había encargado que, siguiendo las indicaciones del autor, corrigiera las dos conferencias del gran Bur-Malottke, que versaban sobre «La esencia del arte» y que habían sido tomadas en cinta magnetofónica.

Bur-Malottke, que se había convertido en el entusiasmo religioso del año 1945, se sentía de la noche a la mañana —como él decía— asaltado por dudas religiosas. Se acusaba a sí mismo de ser responsable del recargo religioso de la emisora y había decidido sustituir la palabra «Dios», que empleaba frecuentemente en su conferencia de hora y media sobre «La esencia del arte», por una expresión más conforme a su mentalidad anterior al año 1945.

Bur-Malottke había indicado al gerente que había que reemplazar la palabra «Dios» por la expresión «el ser supremo, que veneramos». Pero se negaba a repetir la grabación de las conferencias y rogaba que se recortase a Dios de la misma y que se empalmase la nueva expresión. Bur-Malottke y el gerente eran amigos, pero no fue esta amistad lo que hizo que el gerente accediera: era imposible contradecir a Bur-Malottke. Había escrito numerosos libros de ensayos filosóficos, religiosos, culturales e históricos; era redactor de tres revistas y dos periódicos y lector-jefe de la más importante editorial. Declaró que estaba dispuesto a pasar el miércoles un cuarto de hora en la emisora, repitiendo «el ser supremo, que veneramos» tantas veces como apareciera Dios en su conferencia. El resto lo confiaba al criterio técnico de los empleados de la emisora.

Había sido difícil para el gerente encontrar a alguien que hiciera este trabajo; inmediatamente pensó en Murke, pero la rapidez con que le vino a la memoria este nombre le hizo desconfiar —era un hombre lleno de vitalidad y salud—, y por eso reflexionó cinco minutos, recordó a Schwendling, a Humkoke, a la señorita Broldin, pero volvió a Murke otra vez. Al gerente no le gustaba Murke; a pesar de eso, lo contrató en cuanto se lo presentaron; lo hizo como el director de un parque zoológico, cuyo afecto pertenece a los gazapillos y cervatos, pero que adquiere naturalmente animales de presa, porque en un parque zoológico tiene que haberlos; pero el amor del gerente eran los gazapillos y los cervatos y Murke era para él una especie de fiera intelectual. Al fin venció su vitalidad y encargó a Murke que arreglara las conferencias de Bur-Malottke. Tenían que estar listas para los programas del jueves y del viernes y los remordimientos habían acosado a Bur-Malottke en la noche del domingo al lunes; hubiera sido lo mismo suicidarse que contradecir a Bur-Malottke y el gerente amaba demasiado la vida para pensar en suicidarse.

En el transcurso de la tarde del lunes y la mañana del martes, tuvo que escuchar Murke tres veces las dos conferencias, cada una de las cuales duraba media hora. Recortó a Dios y durante las pequeñas pausas que se producían, meditaba, fumando silenciosamente con el técnico, sobre la vitalidad del gerente y sobre el despreciable ser que veneraba, Bur-Malottke. Jamás había leído una línea suya, ni oído anteriormente ninguna de sus conferencias. En la noche del lunes al martes soñó que tenía que subir una escalera tan alta y empinada como la torre Eiffel. De repente se daba cuenta de que los escalones estaban embadurnados de jabón y que abajo estaba el gerente gritándole: «Adelante, Murke, adelante, muéstrenos usted de lo que es capaz… Adelante». El sueño de la noche del martes al miércoles fue muy parecido: se acercaba al tobogán de una feria, pagaba treinta peniques a un hombre que le pareció conocido y cuando empezaba a deslizarse se daba cuenta de que la pista tenía por lo menos diez kilómetros de longitud y que no había posibilidad de volverse atrás, y de que el hombre al que había dado los treinta peniques era el gerente. Después de estos sueños, no necesitó procurarse aquellas mañanas su innocuo desayuno de angustia en el hueco del paternóster.

Llegó el miércoles y aquella noche no había soñado nada referente a jabón, ni a toboganes ni a gerentes. Entró sonriendo en la emisora, se montó en el paternóster, se dejó conducir al sexto piso —cuatro segundos y medio de angustia, el chirrido de las cadenas, las paredes sin enlucir— y bajó al cuarto piso, salió del ascensor y se dirigió al estudio donde estaba citado con Bur-Malottke. Eran las diez menos dos minutos cuando se sentó en el sillón verde. Saludó con la mano al técnico y encendió un pitillo. Respiró tranquilo, sacó una nota de la cartera y miró al reloj: Bur-Malottke era muy puntual. Su puntualidad era al menos proverbial; y cuando el segundero terminó de recorrer el último segundo de la hora décima y el minutero y el horario giraron hasta llegar respectivamente al doce y al diez, se abrió la puerta y apareció Bur-Malottke. Murke se levantó, sonrió amablemente, se dirigió a Bur-Malottke y se presentó. Bur-Malottke le estrechó la mano, sonrió y dijo: —Bien, empecemos—. Murke cogió la nota de la mesa, se llevó el cigarrillo a los labios y dijo a Bur-Malottke, leyendo los datos de la nota: «En las dos conferencias se cita a Dios en total veintisiete veces —tengo que rogarle por tanto que repita veintisiete veces lo que tenemos que intercalar. Le agradeceríamos que hiciera el favor de decirlo treinta y cinco veces, pues queremos tener alguna de reserva por si la necesitamos al hacer la composición».

—De acuerdo —dijo Bur-Malottke sonriendo—, y se sentó.

—Por cierto, hay una dificultad —dijo Murke—, que es la siguiente; la palabra Dios no lleva artículo. Pero la nueva expresión «el ser supremo, que veneramos» cambia según los casos. Necesitamos en total —sonrió cariñosamente a Bur-Malottke— diez nominativos y cinco acusativos, así es que son quince «el ser supremo que veneramos» —siete genitivos «del ser supremo que veneramos»— cinco dativos «al ser supremo que veneramos». Después queda un vocativo, allí donde usted dice: «oh Dios». Me permito sugerirle que conserve ese vocativo y diga usted: «oh tú, ser supremo que veneramos».

Evidentemente, Bur-Malottke no había pensado en esta complicación; empezó a sudar, pues este desplazamiento de casos le desazonaba. Murke continuó:

—En total —dijo jovial y amistosamente—, necesitaremos un minuto y veinte segundos para las veintisiete nuevas expresiones, mientras que el decir «Dios» veintisiete veces sólo ocupaba veinte segundos. Por tanto, tenemos que acortar en medio minuto cada conferencia a causa de estas modificaciones.

Bur-Malottke sudó más copiosamente; se maldijo interiormente por sus repentinos escrúpulos y preguntó:

—¿Ya habrá hecho usted los cortes, verdad?

—Sí —dijo Murke, sacando del bolsillo una cajetilla de hojalata que contenía trozos cortos y negruzcos de cita magnetofónica. La abrió y se la ofreció a Bur-Malottke diciendo suavemente—: Veintisiete veces «Dios» dichas por usted, ¿las quiere?

—No, gracias —contestó Bur-Malottke furioso—. Hablaré con el gerente respecto a los dos medios minutos. ¿Qué emisiones van después de mis conferencias?

—Mañana —dijo Murke— después de su conferencia va el habitual espacio radiofónico que redacta el doctor Grehm.

—¡Maldición! —exclamó Bur-Malottke— Grehm no querrá ni oír hablar del asunto.

—Y pasado mañana —dijo Murke— después de su conferencia va la emisión «Balanceando la pierna danzarina».

—¡Huglieme! —rugió Bur-Malottke—. Jamás ha cedido la sección recreativa ni un cuarto de segundo a la de cultura.

—Nunca, efectivamente —dijo Murke—, por lo menos —y dio a su joven rostro una expresión de modestia intachable— desde que yo trabajo en esta casa.

—Bueno —dijo Bur-Malottke y miró al reloj—, dentro de diez minutos habremos terminado y después trataré con el gerente de ese minuto. Empecemos. ¿Me puede dejar su nota?

—Con mucho gusto —dijo Murke—, me sé de memoria esos números.

El técnico dejó el periódico cuando Murke entró en la pequeña cabina de cristal. El técnico sonrió. Murke y el técnico no habían cambiado ninguna impresión personal durante las seis horas que, entre el lunes y el martes, pasaron escuchando y cortando la conferencia; se limitaron a mirarse, ofreciendo la cajita de cigarrillos una vez el técnico a Murke y la otra Murke al técnico cuando se concedían una pausa; al ver ahora Murke la sonrisa del técnico, pensó: «Si existe la amistad en este mundo, este hombre es mi amigo». Dejó sobre la mesa la cajita de hojalata que contenía los cortes de la conferencia de Bur-Malottke y susurró:

—Esto empieza ya.

Conectó con el estudio y dijo por el micrófono:

—Podemos suprimir la prueba de voz, señor profesor. Es mejor que comencemos inmediatamente; me permito rogarle que empiece con los nominativos.

Bur-Malottke inclinó la cabeza asintiendo, Murke desconectó el micrófono y apretó el botón que hacía lucir la luz verde del estudio, y entonces se oyó la voz solemne y sonora de Bur-Malottke diciendo:

—El ser supremo que veneramos, el ser supremo que…

Los labios de Bur-Malottke se curvaban ante el micrófono como si quisiera besarlo, el sudor corría por su frente y Murke contemplaba fríamente a través de la mampara de cristal cómo sufría Bur-Malottke; de pronto quitó la conexión de Bur-Malottke, detuvo la cinta donde se grababan sus palabras y se regocijó viendo a Bur-Malottke mudo como un gordo y hermoso pez tras su pared de cristal. Conectó con el estudio y dijo tranquilamente:

—Lo siento mucho, pero la cinta estaba estropeada y tengo que rogarle que vuelva a empezar con los nominativos.

Bur-Malottke maldijo, pero fueron unas maldiciones inaudibles para todos menos para él mismo, pues Murke había vuelto a desconectar. Conectó cuando Bur-Malottke empezó a decir «el ser supremo…». Murke era demasiado joven y se consideraba lo suficientemente culto para que la palabra odio le resultase grata. Pero, de pronto, allí, tras la mampara de cristal, mientras Bur-Malottke recitaba sus genitivos, supo lo que era el odio; odiaba a aquel hombre alto, gordo y guapo, cuya obra, editada hasta alcanzar el número de dos millones trescientos cincuenta mil copias se encontraba en todas las bibliotecas, estantes de libros, armarios de libros y librerías. Ni por un momento se le pasó por la cabeza el ahogar su odio. Murke volvió a conectar su micrófono, cuando Bur-Malottke había pronunciado dos genitivos y dijo serenamente:

—Perdone que le interrumpa: los nominativos son estupendos y el primer genitivo también, pero, por favor, vuelva a repetir el segundo genitivo; más bajo, más natural. Voy a ponerle la cinta para que la oiga. —E indicó con un gesto al técnico que lo hiciera, aunque Bur-Malottke sacudía enérgicamente la cabeza. Vieron cómo Bur-Malottke se estremecía, cómo le corría el sudor más copiosamente y cómo se tapaba los oídos hasta que se terminó la cinta. Habló algo, renegó, pero Murke y el técnico no le oían pues habían vuelto a desconectar. Con toda su sangre fría esperó Murke hasta que pudo leer en los labios de Bur-Malottke que ya había empezado con «el ser supremo». Conectó el micrófono y la cinta y Bur-Malottke llegó a los dativos; «al ser supremo que veneramos».

Cuando terminó con los dativos, estrujó la nota de Murke, se levantó furioso y bañado en sudor y quiso acercarse a la puerta; pero la voz suave, amable y juvenil de Murke le detuvo diciendo:

—Señor Profesor, ha olvidado el vocativo —Bur-Malottke le lanzó una mirada cargada de odio y pronunció ante el micrófono—: «Oh tú, ser supremo que veneramos».

Cuando intentó salir, volvió a detenerle la voz de Murke:

—Perdone, señor profesor, pero la frase, dicha de esa manera, es inservible.

—Por Dios —le dijo en voz baja el técnico— no se exceda usted.

Bur-Malottke se quedó quieto ante la puerta, como si la voz de Murke le hubiera clavado a la pared de cristal.

Estaba como jamás había estado en su vida; estaba desconcertado y aquella voz tan joven, tan amable y tan extraordinariamente inteligente le hería, como nada en su vida le había herido. Murke continuó:

—Puedo, naturalmente, ponerlo así en su conferencia, pero me permito advertirle, señor profesor, que no va a hacer buen efecto.

Bur-Malottke se volvió, se dirigió al micrófono y dijo con voz baja y solemne:

—«Oh tú, ser supremo que veneramos».

Salió del estudio sin mirar a Murke. Eran exactamente las diez y cuarto y en la puerta se tropezó con una mujer joven y guapa que llevaba unas partituras en la mano. La joven era pelirroja y exuberante. Se dirigió resueltamente al micrófono, lo volvió, y colocó la mesa de forma que le permitiera estar en pie holgadamente ante el micrófono.

Murke cambió impresiones con Huglieme, el redactor de la sección de recitales, en la cabina de cristal. Huglieme dijo, señalando la cajita de cigarrillos:

—¿Necesita usted aún esto? —Y Murke dijo:

—Sí, lo necesito.

Dentro cantaba la muchacha pelirroja: «Toma mis labios, tal como son y son muy bonitos». Huglieme conectó y dijo tranquilamente por el micrófono:

—Cierra el pico veinte segundos, aún no estoy listo. —La joven se rió, frunció los labios y dijo:

—¡So cargante camello!

Murke dijo al técnico:

—Así es que vendré a las once, lo cortaremos y lo intercalaremos.

—¿Tendremos que oírlo luego otra vez? —preguntó el técnico.

—No —dijo Murke— ni por un millón de marcos volvería yo a oír eso otra vez.

El técnico asintió, colocó la cinta para la cantante pelirroja y Murke se fue.

Se puso un cigarrillo en los labios, lo dejó sin encender y se dirigió a través del pasillo trasero al segundo paternóster, que estaba situado en el lado sur y conducía a la cantina.

Las alfombras, los suelos, los muebles y los cuadros, todo le ponía nervioso. Eran alfombras hermosas, suelos hermosos, muebles hermosos y cuadros de exquisito buen gusto, pero de pronto sintió el deseo de ver colgada en alguna pared la cursi estampita del Sagrado Corazón que le había mandado su madre. Se paró, miró a su alrededor, escuchó, sacó la estampita del bolsillo y la pegó en la pared, cerca de la puerta del ayudante de registro del departamento de escucha, entre el papel y el entrepaño. La estampita era de colores chillones y debajo de la imagen del Sagrado Corazón ponía: Recé por ti en Santiago.

Murke siguió andando, montó en el paternóster y descendió. En esta parte de la emisora se habían colocado ya los ceniceros que habían ganado el primer premio del concurso «el mejor cenicero». Estaban colgados al lado de los números rojos y luminosos que indicaban el piso: un cuatro rojo, un cenicero; un tres rojo, un cenicero; un dos rojo, un cenicero. Eran unos ceniceros magníficos, de cobre repujado y en forma de concha, cuyos soportes, también de cobre repujado, representaban una original planta marina: Algas nudosas, y cada cenicero había costado 285 marcos con 67 peniques. Eran tan preciosos que Murke jamás tuvo el valor de ensuciarlos con algo tan antiestético como una colilla. A los demás fumadores debía pasarles lo mismo, pues el suelo, bajo los estupendos ceniceros, estaba lleno de ceniza, cajetillas vacías y colillas. Nadie se decidió nunca a considerar a los ceniceros como tales y allí estaban, repujados, relucientes y siempre vacíos.

Murke vio cómo llegaba hasta él el quinto cenicero correspondiente al cero rojo y luminoso. El aire se volvió más cálido y olía a comida. Murke saltó del paternóster y entró tambaleándose en la cantina. En la mesa del rincón estaban sentados tres colaboradores independientes. Sobre la mesa había hueveras, platos de pan y cafeteras. Los tres hombres habían compuesto juntos una serie de emisiones «Los pulmones, órgano humano», habían cobrado juntos, desayunado juntos, bebían ahora juntos una copa y murmuraban de los impuestos. Murke conocía a uno de ellos, a Wendrich; pero Wendrich gritó en aquel momento fuertemente:

—¡Arte! ¡Arte! —volvió a gritar:

—¡Arte, arte! —y Murke se estremeció aterrado como la rana de la que se sirvió Galvani para descubrir la electricidad. Murke había oído la palabra arte demasiadas veces en los dos últimos días de labios de Bur-Malottke; se repetía exactamente 134 veces en las dos conferencias; y él había escuchado la conferencia tres veces, por tanto había oído 402 veces la palabra arte. Demasiadas, para poder soportar una charla sobre el tema. Se escurrió por el mostrador hasta un emparrado que había en el otro extremo de la cantina y respiró aliviado cuando vio que el emparrado estaba libre. Se sentó en el sillón amarillo, encendió el pitillo y cuando vino Wulla, la camarera, dijo: «Sidra, por favor», y se alegró de que Wulla desapareciera inmediatamente. Cerró los ojos, pero oía sin querer la conversión de los colaboradores libres que estaban en el rincón y que por lo visto, discutían apasionadamente sobre arte; cada vez que alguno gritaba: «Arte», Murke se estremecía. «Parece que le azotan a uno», pensó.

Wulla le miró preocupada cuando le trajo la sidra. Era alta y fuerte, pero no gorda. Tenía una cara saludable y alegre y mientras escanciaba la sidra de la jarra a un vaso, dijo:

—Debería tomarse unas vacaciones, señor doctor y dejar de fumar.

Antes se llamaba Wilfriede-Ulla, pero después, para simplificar, redujo el nombre a Wulla. Sentía un respeto especial por la gente de la sección de cultura.

—Déjeme en paz —dijo Murke— por favor, déjeme.

—Y debería irse al cine con una chica sencilla y simpática —dijo Wulla.

—Esta noche lo haré —dijo Murke—, se lo prometo.

—No hace falta que sea una «fulana» —dijo Wulla— sino una chica sencilla, simpática, tranquila y sentimental. Las hay aún.

—Ya lo sé —dijo Murke—, las hay e incluso conozco una.

«Menos mal», pensó Wulla y se acercó a los colaboradores libres, uno de los cuales había pedido tres copas y tres cafés. «Pobres señores», pensó, «el arte los va a volver completamente locos». Se preocupaba cordialmente de ellos y procuraba convencerles de que ahorrasen. «En cuanto tienen dinero lo tiran por la ventana», pensó, y se dirigió sacudiendo la cabeza al mostrador y pidió al barman las tres copas y los tres cafés.

Murke bebió un trago de sidra, aplastó el cigarrillo en el cenicero y pensó angustiado en las horas de once a una, durante las cuales tenía que separar las frases de Bur-Malottke y empalmarlas en las conferencias, cada una en su sitio. El gerente quería que se las pasaran a las dos en su estudio. Murke se acordó del jabón, de escaleras empinadas y toboganes, pensó en Bur-Malottke y se sobresaltó cuando vio entrar en la cantina a Schwendling.

Schwendling llevaba una camisa a grandes cuadros rojos y negros y se dirigió directamente al emparrado donde se ocultaba Murke. Schwendling tarareaba la canción de moda: «Toma mis labios tal como son y son muy bonitos…», vaciló al ver a Murke y dijo:

—¿Eres tú? Pensaba que estabas arreglando el tostón de Bur-Malottke.

—A las once —dijo Murke— empezaré otra vez.

—¡Wulla, cerveza! —rugió Schwendling mirando el mostrador— medio litro. Vaya, tendrían que darte por esto un permiso especial. Tiene que ser horrible. El viejo me ha contado de lo que se trata.

Murke guardó silencio y Schwendling dijo:

—¿Sabes la última novedad de Murckwitz?

Murke negó con la cabeza sin mostrar ningún interés, pero luego preguntó cortésmente:

—¿Qué le pasa?

Wulla trajo la cerveza, Schwendling tomó un sorbo que le produjo una ligera flatulencia y dijo lentamente:

—Murckwitz protagoniza la taiga.

Murke rió y preguntó:

—¿Qué hace Fenn?

—Ese —dijo Schwendling— protagoniza la tundra.

—¿Y Weggucht?

—Weggucht hace un papel de protagonista representándome y después hago yo otro representándole, según el proverbio: Si tú me protagonizas, yo te protagonizaré…

Uno de los colaboradores libres se levantó violentamente y exclamó con énfasis para que le oyeran todos los que estaban en la cantina:

—El arte, el arte es lo único que importa.

Murke se contrajo como el soldado que oye que tiran una granada desde la trinchera enemiga. Bebió otro trago de sidra y volvió a estremecerse cuando oyó decir por el altavoz: «Doctor Murke, le esperan en el estudio 13; doctor Murke, le esperan en el estudio 13». Miró la hora y aún eran las diez y media, pero la voz continuaba diciendo implacablemente: «Doctor Murke, le esperan en el estudio 13». El altavoz estaba colgado sobre el mostrador, exactamente debajo de la sentencia que el gerente había mandado pintar en la pared: «Con disciplina se consigue todo».

—Bueno —dijo Schwendling—, es inútil, vete.

—Sí —dijo Murke—, es inútil.

Se levantó, dejó el importe de la sidra sobre la mesa, se inclinó al pasar ante la mesa de los colaboradores libres, y, fuera ya, montó en el paternóster y al subir volvió a pasar ante los cinco ceniceros. Vio que todavía estaba pegada su estampita del Sagrado Corazón en el entrepaño, cerca de la puerta del ayudante de registro y pensó:

«Gracias a Dios, ahora hay al menos un cuadro cursi en la emisora».

Abrió la puerta de la cabina del estudio, vio al técnico solo y tranquilamente sentado ante cuatro cajas de cartón y preguntó cansado:

—¿Qué pasa?

—Han terminado antes de lo que pensaban y hemos ganado media hora —dijo el técnico— y he pensado que quizá le interesaría aprovechar esa media hora.

—Claro que me interesa —dijo Murke—, a la una tengo una cita. Empecemos pues. ¿Qué pintan esas cajas aquí?

—Tengo —dijo el técnico— una caja para cada caso: los acusativos están en la primera, en la segunda los genitivos, en la tercera los dativos y en aquélla —y señaló la última de la derecha, una caja pequeña que llevaba escrito CHOCOLATE PURO— están los dos vocativos, el bueno a la derecha y el malo a la izquierda.

—Esto es estupendo —dijo Murke—, de modo que ya ha cortado en pedazos esa porquería.

—Sí —dijo el técnico— y si tiene usted anotado el orden en que deben ser colocados los casos, terminaremos, como mucho, en una hora. ¿Lo tiene usted anotado?

—Lo tengo —dijo Murke—. Sacó un papel del bolsillo, donde iban escritas las cifras de 1 a 27; detrás de cada número iba apuntado un caso.

Murke se sentó y ofreció al técnico la caja de cigarrillos; fumaron, mientras el técnico colocaba en el rollo los trozos de cinta de la conferencia de Bur-Malottke.

—En el primer corte —dijo Murke— tenemos que pegar un acusativo.

El técnico metió la mano en la primera caja, cogió un trocito de cinta y lo colocó en el primer hueco.

—En el segundo —dijo Murke— un dativo.

Trabajaban muy de prisa y Murke se sintió aliviado al ver que iba todo tan rápido.

—Ahora —dijo— viene el vocativo. Naturalmente, pondremos el malo.

El técnico se rió e intercaló el vocativo malo de Bur-Malottke en la cinta:

—Adelante —dijo—, adelante.

—Genitivo —dijo Murke.

El gerente leía atentamente todas las cartas que le dirigían los oyentes. La que estaba leyendo en aquel momento, decía lo siguiente:

Querida emisora: Seguro que no tienes una oyente más constante que yo. Soy una anciana, una abuelita de setenta y siete años y te escucho diariamente desde hace treinta. Nunca he sido parca en alabanzas contigo. Quizá te acuerdes de mi carta sobre la emisión: «Las siete almas de la vaca Kaweeida». Era una emisión magnífica, pero ahora tengo que enfadarme contigo.

La postergación a que está sometida el alma del perro en la emisora, es cada vez más indignante. A eso llamas tú humanismo. Hitler tenía naturalmente muchas cosas malas: si se ha de creer todo lo que se dice de él, era un hombre repugnante, pero algo bueno tenía: sensibilidad para con los perros e hizo mucho por ellos. ¿Cuándo volverá el perro a ser reconocidos sus derechos en la radio alemana? Desde luego, lo que no se puede hacer es lo que has intentado en la emisión. «Como el perro y el gato»: era una ofensa para cualquier alma canina. ¡Ya te lo diría mi pequeño Lohengrin si pudiera hablar! Ladraba el pobrecito durante tu desgraciada emisión, ladraba de forma que rompía el corazón de vergüenza. Yo pago todos los meses mi dos marcos como todos los demás oyentes y hago uso de mis derechos y pregunto: ¿Cuándo volverá a ver reconocidos sus derechos el alma del perro en la radio?

Afectuosamente, a pesar de estar muy enfadada contigo:

Jadwiga Herchen, sin profesión.

P. S. En el caso de que ninguno de los cínicos sujetos que eliges como colaboradores, sea capaz de apreciar el alma del perro de manera aceptable, puede hacer uso de mis modestos ensayos, que adjunto. Yo renunciaría a mis honorarios. Podrías transferirlos a la Sociedad Protectora de Animales.

Adjunto: 35 manuscritos.

J. H.

El gerente suspiró. Buscó los manuscritos, pero por lo visto su secretaria los había hecho desaparecer. Cargó una pipa, la encendió, se pasó la lengua por sus vitales labios, cogió el teléfono y pidió comunicación con Krochy. Krochy tenía un cuarto diminuto, con un escritorio diminuto, pero de un gusto exquisito, arriba, en la sección de cultura y llevaba un negociado que era tan pequeño como su escritorio: «El animal en la cultura».

—Krochy —dijo el gerente cuando éste contestó humildemente— ¿cuándo hemos transmitido algo sobre perros por última vez?

—¿Sobre perros? —dijo Krochy—. Señor gerente, nunca, al menos nunca desde que yo estoy aquí.

—¿Y cuánto tiempo hace que está usted aquí, Krochy? —Y éste tembló allí arriba, en su cuarto, porque la voz del gerente se había tomado tan suave; él sabía que no presagiaba nada bueno el que esa voz se tornase suave.

—Llevo diez años aquí, señor gerente —dijo Krochy.

—Es una cochinada —dijo el gerente— que usted no haya tratado jamás de perros y al fin y al cabo ese asunto corresponde a su departamento. ¿Qué título tenía su última emisión?

—Mi última emisión se llamaba… —tartamudeó Krochy.

—No tiene que repetir la frase —dijo el gerente— no estamos en un cuartel.

—«Lechuzas en los muros» —dijo Krochy tímidamente.

—Dentro de las próximas tres semanas —dijo el gerente, suavemente otra vez— quisiera oír una emisión sobre el alma del perro.

—Sí —dijo Krochy. Oyó el ruido del auricular al ser colgado por el gerente, suspiró profundamente y dijo: «¡Dios mío!».

El gerente cogió la siguiente carta del oyente.

En aquel momento entró Bur-Malottke. Podía tomarse la libertad de entrar sin hacerse anunciar, y se tomaba frecuentemente esta libertad. Todavía sudaba. Estaba cansado y se sentó en una silla frente al gerente y dijo:

—Ante todo, buenos días.

—Buenos días —contestó el gerente y apartó la carta del oyente—. ¿En qué le puedo servir?

—Por favor —dijo Bur-Malottke— concédame un minuto.

—Bur-Malottke —dijo el gerente haciendo un gesto grandilocuente y vital—, no necesita pedirme un minuto. Tiene a su disposición horas, días.

—No —dijo Bur-Malottke—, no se trata de un minuto de tiempo corriente, sino de un minuto de emisión. Mi conferencia se ha alargado un minuto a causa de los cambios.

El gerente se puso serio como un sátrapa distribuyendo provincias.

—Espero —dijo ásperamente— que no sea un minuto político.

—No —dijo Bur-Malottke—, medio minuto local y medio minuto recreativo.

—Gracias a Dios —dijo el gerente— tengo disponible para la emisión recreativa setenta y nueve segundos y para la local ochenta y uno. Con mucho gusto doy a un Bur-Malottke un minuto.

—Me abruma usted —dijo Bur-Malottke.

—¿Puedo hacer algo más por usted?

—Le quedaría muy agradecido —dijo Bur-Malottke— si tuviéramos alguna vez la oportunidad de corregir todas las cintas que he grabado desde el año 1945. Algún día —dijo, y se pasó la mano por la frente, mirando melancólicamente el auténtico Brüller colgado sobre la mesa del gerente—, algún día yo… —vaciló, pues lo que tenía que comunicar al gerente iba a ser demasiado doloroso para la posteridad—, algún día yo, yo moriré —y volvió a hacer una pausa para dar al gerente la oportunidad de parecer desconcertado y hacer ademanes de rechazar semejante idea— y me es insoportable el pensar que después de mi muerte existan grabaciones donde digo cosas que ya no siento. Sobre todo, en el momento de fanatismo del año cuarenta y cinco me vi impulsado a hacer algunas declaraciones que ahora me preocupan y que sólo se pueden justificar por la inexperiencia juvenil que entonces caracterizaba mi obra. Ya está en marcha la corrección de mi obra escrita, y yo quisiera pedirle que me diera la oportunidad de poder corregir también mi obra hablada.

El gerente no dijo nada. Unicamente emitió una ligera tosecilla y en su frente aparecieron unas pequeñísimas y transparentes gotas de sudor: se acordó de que a partir del año 1945, Bur-Malottke había hablado por lo menos una hora al mes y calculó rápidamente, mientras Bur-Malottke continuaba hablando: 12 por 100 resultaban ciento veinte horas de Bur-Malottke hablado.

—La meticulosidad —dijo Bur-Malottke— es considerada por los espíritus mezquinos como indigna del genio. Pero nosotros ya sabemos —y el gerente se sintió adulado al verse incluido por el nosotros entre los espíritus generosos— que los auténticos, los grandes genios eran meticulosos. Himmelsheim hizo imprimir de nuevo a su costa una edición completa de su Seelon, porque tres o cuatro frases, incluidas en la mitad de la obra, ya no le parecían convenientes. La idea de que cuando haya entregado el alma a Dios, puedan ser emitidas conferencias mías, con las cuales ya no estoy de acuerdo, me resulta insoportable. ¿Qué solución propone usted?

Las gotas de sudor de la frente del gerente se hicieron más grandes.

—Habría primero que hacer una lista exacta de todas las transmisiones en las que usted ha intervenido —dijo en voz baja— y después tendríamos que ver si están aún en el archivo todas las cintas magnetofónicas correspondientes.

—Espero —dijo Bur-Malottke— que no se habrá borrado ninguna de mis cintas sin darme cuenta de ello. No se me ha dado cuenta, por tanto no se ha borrado ninguna cinta.

—Me ocuparé de ello —dijo el gerente.

—Se lo ruego —dijo Bur-Malottke incisivamente y se levantó—. Buenos días.

—Buenos días —y acompañó a Bur-Malottke hasta la puerta.

Los colaboradores libres habían decidido encargar una comida en la cantina. Habían tomado más copas. Seguían hablando de arte, y su conversación tenía un tono más tranquilo, aunque no menos apasionante. Todos se levantaron asustados cuando Wanderburn entró inesperadamente en la cantina. Wanderburn era un poeta alto y melancólico, de pelo oscuro y cara simpática, ligeramente marcada por la huella de la celebridad. No se había afeitado y a causa de ello su aspecto era aún más atrayente. Se acercó a la mesa de los tres colaboradores libres, se dejó caer rendido en una silla y dijo:

—Chicos, dadme algo de beber. En esta casa tengo siempre la sensación de estar sediento.

Le dieron una copa que había allí y el resto de una botella de soda. Wanderburn bebió, dejó el vaso sobre la mesa, miró uno tras otro a los tres hombres y dijo:

—Tengan ustedes cuidado con la emisora. De esta mierda, de esta suficiente, relamida y taimada mierda. Tengan cuidado. Nos hace polvo a todos.

Su consejo era sincero e impresionó a los tres jóvenes; pero los tres jóvenes no sabían que Wanderburn venía de la caja, donde había cobrado mucho dinero por una sencilla adaptación del libro Hiob.

—Nos parten en pedazos —dijo Wanderburn—, nos extraen la médula y nos vuelven a pegar. Eso no podremos soportarlo nadie.

Terminó de beber la soda, dejó el vaso sobre la mesa y se dirigió a la puerta, agitando tras sí melancólicamente el abrigo.

A las doce en punto terminó Murke de componer las cintas. Después de pegar el último trocito, que era un dativo, Murke se levantó. Ya tenía puesta la mano en el picaporte cuando el técnico dijo:

—También me gustaría a mí tener una conciencia tan escrupulosa y cara. ¿Qué hacemos con la cajita? —manifestó señalando la de cigarrillos que estaba en el estante, entre las cajas de cartón que contenían las cintas nuevas.

—Déjala ahí —contestó Murke.

—¿Para qué?

—Quizá la necesitemos aún.

—¿Le parece probable que vuelva a sentir remordimientos?

—No es imposible —dijo Murke—; más vale que esperemos. Adiós.

Se dirigió al primer paternóster, bajó al segundo piso y entró en su despacho por primera vez en todo el día. La secretaria se había ido a comer y el jefe de Murke, Humkoke, estaba sentado ante el teléfono leyendo un libro. Sonrió a Murke, se levantó y dijo:

—Vaya, aún está vivo. ¿Es suyo este libro? ¿Lo ha dejado usted sobre la mesa? —Mostró el título a Murke y éste contestó:

—Sí, es mío.

El libro tenía un forro verde, gris y anaranjado y se llamaba Batley’s Lyrik-Kanal; trataba de un joven poeta inglés, que hacía cien años había hecho una recopilación del slangs londinense.

—Es un libro estupendo —dijo Murke.

—Sí —asintió Humkoke—, es estupendo, pero hay algo que no aprenderá usted nunca.

Murke le miró interrogativamente.

—No aprenderá usted nunca que no hay que dejar libros estupendos sobre la mesa cuando se espera a Wanderburn. Y a Wanderburn hay que esperarlo siempre. Naturalmente, lo ha fisgoneado en seguida, lo ha abierto, lo ha ojeado cinco minutos y ¿cuál va a ser el resultado?

Murke calló.

—El resultado —continuó Humkoke— van a ser dos emisiones de una hora cada una sobre Batley’s Lyrik-Kanal. Ese muchacho nos presentará algún día a su propia abuela protagonizando algo, y lo más grave del caso es que una de sus abuelas lo fue mía también. Por favor Murke, tome usted nota: No hay que dejar nunca libros estupendos sobre la mesa cuando se espera a Wanderburn y, repito, a Wanderburn hay que esperarlo siempre. Bueno, y ahora váyase. Tiene usted la tarde libre y me doy cuenta que se ha merecido el tener libre la tarde. ¿Está listo ese lío? ¿Lo ha vuelto a oír de nuevo?

—Está listo —dijo Murke— pero no puedo volver a oír las conferencias.

—No puedo es una expresión muy infantil —dijo Humkoke.

—Si tengo que volver a oír hoy la palabra arte, me pondré histérico —dijo Murke.

—Ya lo está usted —dijo Humkoke— e incluso reconozco que tiene motivo para estarlo. Tres horas de Bur-Malottke, ya está bien. Eso puede vencer la resistencia del hombre más fuerte y usted no es siquiera un hombre fuerte —tiró el libro sobre la mesa, se acercó más a Murke y dijo—. Cuando yo tenía su edad, tuve que seleccionar tres minutos de un discurso de Hitler que duraba cuatro horas. Tuve que escuchar el discurso tres veces para sentirme capaz de juzgar qué tres minutos había que entresacar. Cuando empecé a oír la cinta por primera vez, yo era nazi. Pero cuando terminé de oír el discurso por tercera vez, ya no era nazi; fue una cura dura y terrible, pero muy eficaz.

—Se olvida usted —dijo Murke suavemente—, que yo ya estaba curado de Bur-Malottke antes de oír sus conferencias.

—Es usted un animal —dijo riendo Humkoke—. Váyase. El gerente las oirá de nuevo a las dos. Limítese a estar en un sitio asequible, por si pasa algo.

—Estaré en mi casa de dos a tres —contestó Murke.

—Otra cosa —dijo Humkoke y cogió una lata de galletas amarilla de una estantería colocada cerca de la mesa de Murke—, ¿qué son estos trocitos de cinta que tiene usted en esta lata?

Murke se ruborizó.

—Son… —dijo—. Es que colecciono un tipo especial de recortes.

—¿Qué tipo de recortes? —preguntó Humkoke.

—Silencios —dijo Murke—, colecciono silencios.

Humkoke le miró interrogativamente y Murke continuó:

—Cuando tengo que cortar trozos de las cintas, donde los oradores han hecho una pausa —también suspiros, inspiraciones o silencios absolutos—, no los tiro al cesto de los papeles; me los guardo. Ciertamente, las cintas de Bur-Malottke no proporcionan ni un segundo de silencio.

Humkoke se rió:

—Desde luego, ése no se calla. ¿Y qué hace usted con los recortes?

—Los uno, y me paso la cinta en casa por la noche. No es mucho; todavía no tengo más que tres minutos, pero es que la gente calla poco.

—Tengo que advertirle que está prohibido llevarse a casa trozos de cintas.
—¿También silencios? —preguntó Murke.

Humkoke se rió y dijo:

—Bueno, márchese. —Y Murke se fue.

Cuando el gerente entró en su estudio, minutos después de las dos, acababa de empezar la audición de la conferencia de Bur-Malottke;

«… y donde siempre, como siempre, por qué siempre cuándo siempre que comencemos a considerar la esencia del arte, tenemos que dirigir nuestra mirada en primer lugar al ser supremo que veneramos. Tenemos que inclinarnos con respeto ante el ser supremo que veneramos y tenemos que recibir el arte con agradecimiento, como un don del ser supremo que veneramos. El arte…».

«No», pensó el gerente, «no puedo obligar a nadie a escuchar ciento veinte horas a Bur-Malottke. No», pensó, «hay cosas que decididamente no se pueden hacer, ni siquiera a Murke». Volvió a su despacho, conectó el altavoz justamente cuando Bur-Malottke decía: «Oh tú ser supremo que veneramos». «No pensó el gerente, no y no».

Murke estaba en su casa, fumando tumbado en un sofá. A su lado, en una silla, había una taza de café y Murke miraba el techo blanco de la habitación. Ante el escritorio estaba sentada una chica rubia preciosa, que miraba fijamente la calle a través de la ventana. Entre Murke y la chica, colocado sobre una mesa auxiliar, había un magnetófono conectado y girando como tomando una grabación. No se pronunciaba ni una sola palabra ni se producía ningún sonido La muchacha estaba tan guapa y tan silenciosa que parecía la modelo de un fotógrafo.

—No puedo más —dijo la chica de pronto—, no puedo más. Lo que tú pretendes es inhumano. Hay hombres que pretenden cosas indecorosas de una chica, pero estoy a punto de creer que lo que tú exiges de mí es casi más indecoroso que lo que piden otros hombres.

Murke suspiró.

—¡Dios mío! —dijo—, mi querida Rina, tengo que volver a cortar todo esto. Sé razonable, sé buena. Silénciame al menos cinco minutos más de cinta.

—Silenciar —dijo la muchacha de una forma que treinta años atrás se hubiera calificado de descortés—, silenciar, vaya invento que has hecho. Grabaría una cinta con mucho gusto, pero esto de silenciarla…

Murke se levantó y desconectó el aparato.

—¡Ay, Rina! —dijo—, si supieras cómo agradezco tu silencio. Por la noche, cuando vengo cansado y me tengo que quedar sentado aquí, dejo correr tu silencio. Por favor, sé simpática y dame otros tres minutos de silencio y evítame el tener que hacer otro corte; tú ya sabes lo que supone para mí el tener que hacer cortes.

—Está bien —dijo la chica—, pero dame al menos un cigarrillo.

Murke sonrió, le dio un cigarrillo y dijo:

—Esto es estupendo, así te tengo en silencio en la realidad y en la cinta.

Volvió a conectar el aparato y los dos continuaron callados, sentados uno frente a otro, hasta que empezó a sonar el teléfono. Murke se levantó, se encogió de hombros con un gesto de impotencia y cogió el auricular.

—Bueno —dijo Humkoke—, las audiciones han terminado sin complicaciones y el jefe no ha puesto ninguna pega… Se puede ir al cine. Y piense en la nieve.

—¿En qué nieve? —preguntó Murke y miró la calle bañada por el deslumbrante sol del verano.

—¡Por Dios! —dijo Humkoke—, ya sabe que tenemos que empezar a pensar en los programas de invierno. Necesito canciones y cuentos cuyo tema sea la nieve. No podemos limitamos constantemente a Schubert y Stifter. Nadie parece darse cuenta de la necesidad que tenemos de canciones y cuentos que traten de la nieve. Imagínese que tenemos un invierno duro y largo, con mucho frío y mucha nieve: ¿de dónde sacaremos entonces nuestras emisiones sobre la nieve? A ver si se le ocurre algo.

—Sí —repuso Murke—, ya se me ocurrirá algo.

Humkoke colgó el teléfono.

—Anda —dijo a la muchacha—, ya podemos irnos al cine.

—¿Ya puedo hablar? —dijo la chica.

—Sí —dijo Murke—, habla.

A esa misma hora, el ayudante de dirección de la sección radio-teatro escuchaba de nuevo la obra que se iba a transmitir por la noche. Le parecía buena, pero el final no le convencía. Estaba sentado en la cabina de cristal del estudio 13. Mordisqueaba el extremo de una cerilla y repasaba el manuscrito.

(Efectos acústicos de una gran iglesia vacía).

ATEO.—(Con voz sonora y clara). ¿Quién se acordará aún de mí, cuando me convierta en presa de los gusanos?

(Silencio).

ATEO.—(En un tono más alto). ¿Quién se acordará de mí, cuando me convierta otra vez en polvo?

(Silencio).

ATEO.—(Más alto todavía). ¿Y quién se acordará de mí, cuando me haya convertido de nuevo en hojarasca?

(Silencio).

Había doce de estas frases, gritadas por el ateo dentro de la iglesia y después de cada una de ellas ponía: silencio.

El ayudante de dirección se sacó de la boca la cerilla mordisqueada, se metió una nueva y miró interrogativamente al técnico.

—Sí —dijo el técnico—, si quiere saber mi opinión: encuentro que hay un pequeño exceso de silencio.

—Eso me parece a mí también —repuso el ayudante de dirección—. El autor también opina lo mismo y me ha rogado que lo cambie. Debería sonar una voz diciendo «Dios», pero tendría que ser una voz que se oyera sin los efectos sonoros de la iglesia y que pareciera salir de otro sitio. Pero, dígame, ¿de dónde saco ahora esa voz?

El técnico sonrió y cogió una cajita de cigarrillos que aún estaba en el estante.

—De aquí —dijo—. Aquí hay una voz diciendo «Dios» en un espacio sin efectos sonoros.

Con la sorpresa, el ayudante de dirección se tragó la cerilla. Le dio una arcada y le volvió a la boca.

—Es, sencillamente —dijo el técnico sonriendo—, que la hemos tenido que cortar veintisiete veces de una conferencia.

—No necesito más que doce —dijo el ayudante de dirección.

—Es muy fácil —añadió el técnico—, quitar el silencio y empalmar doce veces «Dios», si usted se hace responsable de ello.

—Usted es un ángel —repuso el ayudante de dirección—, y yo acepto esta responsabilidad. Vamos a empezar. Contempló feliz los trocitos de cinta, pequeños y mates, de la cajita de cigarrillos de Murke. Es usted realmente un ángel —repitió—. Manos a la obra.

El técnico sonreía, pues le alegraba mucho poder regalar tantos recortes de silencio a Murke: era mucho silencio, casi un minuto; nunca había podido dar tanto silencio a Murke y él sentía por el muchacho un gran afecto.

—Bien —dijo sonriendo—, empecemos.

El ayudante de dirección metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó su cajetilla de pitillos; pero al mismo tiempo cogió un papel arrugado. Lo estiró y se lo enseñó al técnico:

—¿No le parece raro que se puedan encontrar en la emisora estas cosas tan cursis? Esto estaba en mi puerta.

El técnico cogió la estampa, la miró y dijo:

—Sí, es raro —y leyó en voz alta lo que estaba allí abajo escrito:

Recé por ti en Santiago.

FIN

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