miércoles, 1 de febrero de 2017

Henry Miller - Anaïs Nin y Henry Miller / Una pasión literaria

París, Viernes, 11 de marzo de 1932

Anaïs:

Antes de empezar -pedí diez minutos para esta nota- terriblemente vivo y afligido, siento rotundamente que te necesito. Me concedí el silencio deliberadamente, sintiendo una gran necesidad de abstraerme, de escribir, y de que ocurrieran miles de cosas.

Cambio de máquina, asustado; la máquina francesa… maldita sea, y yo ebrio de ganas de escribirte, escucha; te llamaré por la mañana: esta noche o te escribo o reviento. Pero tengo que verte. Te veo radiante y maravillosa, y al mismo tiempo he estado escribiendo a June y todo se hace trizas, pero tú lo entenderás: debes entenderlo.

Bajaré en el descanso y te haré una llamada. Anaïs permanece a mi lado.

No permitas que el silencio te preocupe: está muy cerca de mí como una radiante llama. Nada excepto puntos y comas pueden encontrar puntos o apóstrofos. Tampoco ninguna copia de esta: primorosa: ebrio::: ebrio de vida::: Anaïs ¡por Dios!: si sabes lo que siento ahora.

Escribí esta [nota] al llegar [a la oficina]. Ahora son las 3.20 a.m., estoy en la habitación de Fred y mi entusiasmo ha desaparecido y ha sido aniquilado por las imágenes. Fred está en la cama con Gaby, de la “chambre 48”. Está tendida como un cadáver. Lo siento por ella. Le digo que se duerma.

Ya he leído las páginas de Fred sobre mí -son buenas-. Creo que tú dirás eso también. (¿Sabes?, me gustaría que me devolvieses todos sus manuscritos; son para mí, y le molestaría que no los conservara). Quería telefonearte esta noche pero cuando pude salir eran ya las diez un poco pasadas y temía que estuvieses acostada. Me parece extraño no recibir correo tuyo, no escuchar tu voz. Tendré que pasar el sábado y el domingo sin rastro de ti. Ayer pasé todo el día en tratos con la policía y la compañía inmobiliaria. Nada es seguro todavía en relación a mi permiso de trabajo.

Hoy me negué obstinadamente a que nada estorbara mi escritura. Creí que podría continuar después del trabajo pero no, estaba completamente exhausto.

No me gusta escribirte notas garabateadas como ésta -necesito espacio y tiempo para ti-, pero esto es París y todo está apretujado como un “accordéon”. Tiene uno que abrirse paso a codazos incluso para conseguir tiempo.

Anaïs, estoy bebiendo el vino diluido; se acerca el final. Abrumado de nuevo. Esta mesa es tan espléndida, hay en ella todo lo imaginable: máquina de escribir, comida, acuarelas. El cinturón y el suéter de Gaby. Los manuscritos de Fred, la plancha, el medallón de Rona, la lámpara de alcohol, Goethe, expedientes, libros de bolsillo, pipas, etc., etc.

Tengo un sandwich en la mano. Gaby está dormida como un leño. Estoy sentado encima de su abrigo de pieles, Fred está de acuerdo.

Quiero tomarme más confianzas contigo. Te amo -te amé cuando viniste y te sentaste en la cama; aquella segunda tarde fue como una cálida bruma- y escucho de nuevo la forma en que pronuncias mi nombre, con ese curioso acento tuyo.

Despertaste en mí tal mezcla de sentimientos. No sé cómo abordarte.

Ven a mí, acércate más y más a mí.

Será hermoso, te lo prometo. Me gusta tanto tu franqueza, casi una humildad. Nunca me molestó eso.

Anoche se me ocurrió que debería casarme con una mujer como tú. O ¿es que el amor, al principio, inspira tales pensamientos? No tengo ningún miedo de que quieras hacerme daño.

Veo, también, que tienes una fuerza de una índole diferente, más evasiva.

No, no te romperás. Te dije muchas tonterías acerca de tu fragilidad.

Siempre me ha desconcertado un poco. Pero menos que la última vez. Desaparecerá completamente. Tienes un sentido del humor tan exquisito, adoro eso en ti. Quiero verte siempre riendo. Es propio de ti. He estado pensando en lugares adonde deberíamos ir juntos: lugares pequeños, oscuros, en cualquier parte de París. Poder decir simplemente: aquí estuve con Anaïs, aquí comimos, o bailamos, o nos emborrachamos juntos. ¡Ah, sería una delicia verte realmente borracha alguna vez! Casi me da miedo sugerírtelo, pero, Anaïs, cuando pienso en cómo te aprietas contra mí, cuán ávidamente abres las piernas y lo húmeda que estás, Dios mío, me vuelve loco el pensar cómo serás cuando todo desaparezca. Ayer, cuando fui a la policía, mientras esperaba en la cola, pensé en ti, en cómo aprietas tus piernas contra mí cuando estás de pie, en la ruinosa habitación, en cómo caí sobre ti en tinieblas sin distinguir nada. Y me estremecí y gemí. Quise huir y telefonearte, pero entonces llegó mi turno de avanzar hacia la ventanilla.

Estoy pensando que si tengo que pasar el fin de semana sin verte, será insoportable. Si esta carta te llega el sábado -si me levanto a tiempo- o puedo telefonearte, dime si puedo verte, y si es necesario que vaya a Louveciennes el domingo; cualquier cosa, pero debo verte, estar junto a ti.

“Pero actúa”, Anaïs, no temas tratarme fríamente. Será suficiente estar cerca de ti, contemplarte con admiración. No te arriesgues demasiado.

Sólo déjame estar allí; si es posible, arréglalo de manera que podamos ir juntos a París. ¡Oh!, no me importa, no arregles nada. No hagas nada que pueda perjudicarte, comprometerte. Te quiero, eso es todo.

Henry

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