viernes, 31 de marzo de 2017

Elizabeth Jolley - La ­última cosecha

En clase de labores domésticas tuve que deshilvanar las sisas porque Piernas Inquietas dijo que estaban mal, y luego chamusqué el cuello de mi vestido porque la plancha estaba demasiado caliente.

 —¡Y para colmo, por el derecho! —refunfuñaba Piernas Inquietas mientras se afanaba en la pila intentando sacar la mancha chamuscada.

 Después se rompió la aguja de la máquina de coser y no había otra de recambio, lo que realmente la enfureció, y, para acabar de empeorar todo, Peril Page destrozó sin querer su patrón al recortarlo equivocadamente.

 —¡No pienso volver nunca más ahí! —anuncié, mientras cogía un poco de pan y lo untaba de una espesa capa de mantequilla, una costumbre que a mi madre nunca le había importado demasiado, ni siquiera cuando estábamos escasos de provisiones. Mi madre estaba sentada a la mesa de la cocina cuando llegué a casa, pensando en qué haría de comer a mi hermano, y no hizo ningún comentario, por lo que yo repetí:
 —No quiero volver a ver ese sitio. No volveré más.

 De modo que tanto mi hermano como yo dejábamos la escuela antes de lo debido, y él ahora abandonaba los trabajos, uno tras otro, a veces sin esperar siquiera a que le pagasen.

 —Bueno, supongo que te hubieran dicho que te marchases antes del examen —se limitó a señalar, exactamente lo mismo que mi hermano le había dicho cierta vez, cuando ella casi lo mató por sostener que la escuela buscaba sacarse de encima a los que previsiblemente iban al fracaso—. ¿Qué le puedo comprar? —añadió.

 —¿Qué te parece unos menudillos de cordero con tocino? —le sugerí, y me preparé otra rebanada con mantequilla; dejar la escuela de aquella manera tan repentina me había dado hambre.

 Entonces se le iluminó la cara y, mientras se disponía a subir a la terraza para ir a la compra, me dijo:

 —Mañana puedes venir conmigo y ayudarme a acabar antes.

 Así que al día siguiente fui a South Heights con ella a limpiar aquellos apartamentos tan elegantes. Son tan lujosos que uno de ellos hasta tiene el lavabo tapizado de piel, aunque a mi madre no le gusta porque le atasca el aspirador.

 —Veamos cuánto pesamos —dije después de que mi madre echara un vistazo a la ropa sucia.

 —Mira qué desorden —dijo—. Hoy me tengo que dedicar sin falta a la cocina y a la nevera, que últimamente he dejado a un lado.

 Ella prefería que salieran a comer, lo que hacían casi siempre.

 —Es cuando traen a las chicas que lo ponen hecho un cisco —se quejó—. Pelos por todas partes, medias aquí y allá y grasa en la cocina. ¡No me explico por qué querrán cocinar!

 —Veamos cuánto pesamos —repetí, subiéndome a la pequeña báscula rosa.

 —Tengo que hacer de vientre —dijo mi madre.

 —Bueno, pues pésate antes y después.

 —¡Para qué!

 —Por pura curiosidad —contesté y, al bajar de la báscula, me di en la cabeza con el borde del armario recubierto de espejos del cuarto de baño.

 —La verdad es que en estos sitios tan caros —dijo mi madre mientras me frotaba la cabeza— todo son inconvenientes, ¡y ni siquiera tienen puerta trasera! Imagínate, si tuvieran puerta trasera pondrías un pie fuera y aparecerías muerta veinte pisos más abajo. Y otra cosa: las lavadoras desaguan en los baños. Con todo el dinero que cuestan estos apartamentos y uno huele a basura nada más entrar en el edificio, y todo el día se oye caer el agua de los retretes.

 Curiosamente, su peso no había variado una vez que hubo ido al lavabo. Trabajamos como locas, pues mi madre esperaba a unas personas que ocuparían el número once durante unas horas.

 —Quiero que lo encuentren bien agradable —me indicó, entregándome la llave para que yo me adelantara—. En cuanto acabe aquí, bajaré.

 Mientras me marchaba me gritó:

 —Pon sábanas en el congelador, las negras, revisa que el baño esté bien y coloca las revistas de fotos y el ambientador en la mesita de noche. —Estaba convencida de que la gente disfrutaba más con las sábanas frescas. —No hay nada peor que achicharrarse en la cama —concluyó.

 La idea se le había ocurrido a mi madre cuando estuvo en la cárcel por segunda vez, después de que tomara prestado el coche de la señora Lady para llevar a mi hermano de vacaciones por razones de salud. Fue en la prisión donde pensó en ello, me contó después. Le había impresionado mucho el hecho de que la gente llevara una vida terriblemente aburrida sin expectativas agradables y sin probar los placeres que, a su juicio, existían sobre la faz de la Tierra para ser disfrutados.

 —No gozan de ningún placer —aseguraba—. Tal vez el cine, de vez en cuando, pero eso es sólo mirar las vidas de otra gente.

 Así que se propuso firmemente conseguir trabajo en algunas casas de South Heights y muy pronto empezó a limpiar varios de los apartamentos de lujo de aquel lugar.

 Tenía sus propias llaves e iba y venía según lo requiriese el trabajo y cuando le venía en gana.

 —Aquello es «súper» —dijo, utilizando una de mis expresiones para describir el sitio.

 Entonces, poco a poco, fue invitando a la gente de nuestra calle —y a otros más tarde, a medida que corría la noticia— para que probaran los placeres que forman parte de la vida normal de la gente rica. Me refiero a que, cuando los apartamentos estaban vacíos, o sea, cuando sus dueños estaban en la oficina o en la peluquería o en el club de golf o montando a caballo o en viajes de negocios y esas cosas que hacen los ricos, dejaba entrar a otras personas.

 El primero en hacerlo fue el anciano que vivía en la galería trasera del colmado de la esquina, y luego el propio tendero.

 —Han pasado muchas privaciones —decía mi madre.

 Los dejaba estar en el planta baja del señor Baker una hora a la semana mientras ella cepillaba y doblaba los atractivos atuendos de ese señor y le lavaba los platos. Lo admiraba, aunque nunca lo había visto, y apreciaba todas sus pertenencias. Una vez afirmó que no habría podido trabajar para personas a las que no quisiera.

 —¿Cómo puedes amar a alguien a quien no has visto nunca? —le pregunté.

 —Oh, conozco todo lo suyo, todo lo que necesito saber; incluso las tallas de sus camisas y los colores de sus calcetines me dicen muchísimo —respondió.

 Y luego añadió que amar significaba un montón de cosas, como observar en qué gastaba la gente su dinero y qué les interesaba en la vida: comprar pan y verduras o libros y discos. Todas estas cosas la conmovían, decía.

 —Hasta sus píldoras son interesantes —decía—. Puedes aprender muchas cosas sobre la gente sólo con mirar en el armario de su cuarto de baño.

 La primera vez que fui con ella, rompí un cenicero; me sentí terriblemente mal y no le enseñé los pedazos hasta la hora de marcharnos. Ella garabateó toda una cuartilla de South Heights —le encantaba utilizar su bolígrafo verde— para dejarle una nota al señor Baker:

 «Siento mucho lo del cenicero. Intentaré encontrar un sustituto adecuado», escribió, e hizo un honrado montoncito con los pedazos junto a la nota.

 —No te preocupes —me dijo—. La vieja Bola de Billar del ático tiene un armario lleno de cosas que nunca usa. Hasta tiene una vajilla de veinticuatro piezas, de esas que ya no se ven en estos tiempos. Allá encontraremos algo. Es fácil. Le debe cera al señor Baker y una hora de su secadora eléctrica, así que quedarán en paz.

 Siempre estaba tomando prestadas cosas de unos para dárselas a otros y devolviendo luego los favores, sin que los interesados tuvieran la más ligera idea.

 Como iba diciendo, los viejos venían una vez a la semana, se sentaban en el dormitorio, decorado con un empapelado lleno de brazos, piernas y cuerpos desnudos, y ella les servía café en una bandeja, con un chorrito de coñac francés. Se instalaban en esos sillones porque era desde donde mejor dominaban la piscina para ver a las chicas. Siempre había montones de chicas bonitas en South Heights sin otra cosa que hacer que estar tumbadas al sol.

 Uno de los problemas de mi madre era su gusto por las cosas caras, que no sabía de dónde le venía. A menudo se sentaba a la mesa de nuestra cocina con una servilleta blanca sobre la falda.

 —Recuérdalo siempre: son servilletas. Sólo la gente vulgar las llama «serviettes» —afirmaba, y luego me enseñaba a coger el cuchillo con la palma de la mano sobre el mango—. Es muy importante —decía.

 Como fuera, se sentaba a comer un aguacate, con su servilleta y todo, tras lo cual me ordenaba a veces que bajara a la calle a buscar patatas fritas.

 —Tan sólo espero que lo hayan pasado bien —me dijo mi madre aquella tarde mientras limpiábamos el número once—. Es terrible ser jóvenes y recién casados y estar obligados a vivir con la enorme familia de ella. Apostaría a que no tienen una cama para ellos en aquella casa, para no hablar de un dormitorio. ¡Toda esa familia a su alrededor todo el tiempo! Los matrimonios jóvenes tienen que estar solos. Aquí habrán tenido un poco de paz y tranquilidad —agregó, mirando con aprobación el confortable apartamento, alfombrado y recogido, que había dejado disfrutar a aquella joven pareja por una mañana—. Ahora los matrimonios jóvenes no tienen por qué tener hijos a menos que verdaderamente lo deseen, así que espero que hayan empleado su sentido común y los adelantos de la ciencia —continuó diciendo mi madre.

 Siempre hablaba mucho mientras trabajaba, y, según contaba, cuando yo no estaba con ella hacía muecas frente a los espejos y hablaba con su imagen la mayor parte del tiempo.

 —Bebés —dijo—. Ventosidades, pañales mojados, lloros para comer y luego vómitos por todos lados. Y apenas el bebé deja de serlo, todo son caprichos. Quiero esto y quiero lo otro, cortes de pelo y ropa y discos y zapatos y dinero y más dinero. Y después de un bebé, siempre viene otro con más pipis y más vómitos. ¡Nunca me digas que no te he avisado!

 Lavó las sábanas negras y las metió en la secadora.

 —Abre un poco las ventanas —me dijo—. Aquí huele a tostadas quemadas y a ingles perfumadas. A los jóvenes siempre se les queman las tostadas: se olvidan de ellas con tanto besuqueo. Vamos a ventilar bien toda la casa antes de que los Blacksons vuelvan, para que no se den cuenta de lo que ha pasado aquí.

 De camino a casa, mi madre estuvo pensando qué podría hacer de cenar a mi hermano, y en el supermercado se quedó de pie pensando y pensando y todo lo que se le ocurrió comprar fue unas barritas de pescado y un paquete de caramelos blandos.

 Por algún motivo, mi hermano parecía altísimo en la cocina.

 —¡Sabes que siempre he vomitado el pescado! —Estaba de un humor de perros—. Y hace años que no pruebo los caramelos.

 Encendió un pitillo y se marchó sin cenar.

 —Si comiera un poco… —suspiró mi madre.

 Se preocupaba demasiado por mi hermano, y el portazo que éste dio al marcharse la entristeció, de modo que dijo que no tenía hambre.

 —Si comiera, y encontrase un trabajo y viviese —dijo—. Es todo lo que pido.

 A veces, los fines de semana íbamos juntas a ver el valle del abuelo. Había un buen trecho en autobús. Teníamos que apearnos en la milla veintinueve, cruzar el riachuelo Medulla y subir una carretera comarcal con matorrales y arbustos a ambos lados hasta que llegábamos a unos acres de pasto que eran el comienzo del terreno del abuelo. Mi madre atravesaba con esfuerzo la cerca de alambre, llena de odio por el fango y el aire puro del campo. Maldecía en alta voz al viejo por aferrarse a la tierra y maldecía el dinero sepultado en los campos de malas hierbas, inmovilizado en los promontorios de granito en lo alto de las laderas, donde los árboles muertos alzaban sus escuálidos brazos, lastimeros, como suplicando algo al cielo. Maldecía el lugar porque ya nada podía crecer entre aquellas retorcidas raíces desnudas, después de que el agua se hubiera llevado la capa superior de tierra. Maldecía las pocilgas, sólidamente construidas con hierro acanalado años atrás, y las traviesas del antiguo ferrocarril, hechas de madera de eucalipto, ahora inservibles, pero tan indestructibles que era imposible sacarlas.

 No podía vender la tierra porque el abuelo todavía vivía en un asilo de ancianos y se empeñaba en conservar la granja aunque no pudiese hacer nada con ella. Hasta los corderos se morían en ese lugar: o se morían de hambre o perecían ahogados, según la época del año. Siempre era así: o sequía o inundaciones, nunca una situación más afortunada entre los dos extremos.

 Había allí una casa de maderas desgastadas por la intemperie, rodeada de un amplio pórtico elevado, que podría haber sido bonita y agradable.

 —¿Por qué no vivimos allí? —le pregunté una vez.

 —¿Cómo íbamos a ir al trabajo? —dijo mi madre—. Está muy alejado de todo.

 Y mi hermano comentó:

 —La única que tiene que ir a trabajar eres tú.

 Creí que mi madre lo mataría. Le dijo que era un patán holgazán que no servía para nada.

 —¡No eres más que un hijo de puta! —le chilló.

 Él hizo girar los ojos hasta que sólo se le vio el blanco.

 —Bueno, querida dama —dijo poniendo una voz gangosa y espesa como si hubiera estado bebiendo—. Querida dama —repitió— si yo soy un hijo de puta, entonces usted debe de ser una puta. —Y tenía una pinta tan idiota, ahí de pie, que tuvimos que ver el lado cómico de la situación y nos desternillamos de risa.

 La casa se caía a pedazos. Los colonos eran tan incompetentes que mi madre sospechaba que el hombre tenía otro trabajo. La joven esposa estaba cubierta de ronchas a fuerza de colocarse demasiado cerca de la estufa y los críos siempre llevaban los pañales mojados. Toda la familia tenía eccema. Cuando nacía una ternera, nunca llegaba a ponerse de pie; era esa clase de lugar.

 Cada vez que íbamos, mi madre casi lloraba por el ultraje que representaba aquella tierra, que no era suya, y caminaba fatigosamente junto a las cercas, llena de rencor por la maleza y las piedras que ganaban terreno.

 Cuando visitábamos al abuelo, éste quería saber cosas de la granja —así la llamaba—, y mi madre trataba de inventar algo que pudiera complacerlo. No le contaba que las estacas de la cerca se estaban desmoronando y que las matas de ricino habían invadido el patio de tal forma que no se podía llegar al granero.

 Había un viejo albaricoquero en medio del prado, tan grande como una casa, y era una pesada carga para nosotros pues teníamos que recoger la fruta en el momento adecuado.

 —¡No cojas esa rama! —gritaba mi madre—. La quiero para los Atkinsons.

 El abuelo debía algo de dinero a esta gente y mi madre se sentía mejor si les regalaba unos albaricoques. También le gustaba llevar fruta al hospital para halagar un poco el orgullo y la dignidad del abuelo.

 Me ataba un delantal a la cintura, con unos bolsillos bien hondos para meter la fruta, y, a pleno sol del mediodía, tenía que subir a coger los albaricoques. Cuando suponía que mi madre no me miraba, arrancaba la fruta verde, incluso ramas enteras si podía, para no tener que cogerlas más adelante.

 —¡Aquéllas no! —gritaba mi madre desde el suelo—. Ésas no están a punto todavía. Tendremos que volver mañana por ellas.

 Esa vez perdí los estribos, así que me arranqué el delantal y lo lancé al suelo, pero quedó enganchado en una maldita rama, cargado de frutas y fuera de nuestro alcance, tanto desde el árbol donde yo me hallaba como desde el suelo.

 —¡Espera! ¡Espera a que te agarre y verás! —exclamaba mi madre furiosa trotando alrededor del árbol.

 No bajé hasta que se calmó, y para entonces habíamos perdido el autobús y tuvimos que esperar a que parase algún coche, lo que ya no es tan fácil como era antes. Con la pequeña localidad a un costado, la carretera parecía muy larga y desolada y daba la impresión de no llevar a ningún lado. Cuando oscureció, todos los perros comenzaron a ladrar como si se hubieran vuelto locos, y me invadió una terrible sensación de soledad.

 —Ojalá estuviéramos en casa —dije, mientras pasaban los coches sin detenerse.

 —Espera un minuto —dijo mi madre, y en la oscuridad robó una ramita de romero del seto de alguien—. Esto tiene un perfume fantástico —comentó, estrujándolo entre sus toscos dedos y dándomelo a oler—. Ya verás cómo enseguida nos recogerá alguien —me consoló.

 Otro día, un domingo por la mañana en que hacía mucho frío, mi madre decidió que teníamos que ir de todas formas. Yo estaba muy resfriada, pero ella dijo:

 —El aire del campo te irá bien —y luego añadió—: si antes no te mata.

 El cucú cantaba y cantaba.

 —¡Escucha! —me dijo—. Ese pájaro canta realmente toda la escala. —E intentaba silbar como el cucú, pero no dejaba de reírse y, claro, uno no puede silbar mientras se ríe.

 Luego pasamos al lado de unos corderos, acurrucados en un redil natural de aulagas y hierbas largas y marchitas, cubiertas de brillante escarcha, donde el tronco renegrido de un árbol quemado y caído hacía las veces de entrada para los animales.

 —Rápido —dijo mi madre—. Agarremos un cordero y cojamos un poquito de lana para el abuelo.

 —Pero no son nuestros.

 —¡Qué más da!

 Y antes de que pudiera detenerla ya había saltado el tronco y se hallaba en medio de las ovejas. Se produjo una algarabía terrible. En medio de aquel jaleo, consiguió hacerse con un poquito de lana.

 —Está horriblemente sucia y gastada —se lamentó, estirando los jirones con sus fríos dedos—. Creo que en mi vida había visto una lana tan miserable —agregó.

 Aquella noche estuvo ocupada con la lana. Primero la colocó en la mesa de la cocina.

 —¿Qué peinado querrá la señora esta semana? —dijo dirigiéndose a la lana.

 Se puso a lavarla y peinarla para intentar mejorar su aspecto. Luego la volvió a poner sobre la mesa y estuvo paseándose alrededor de ella, hablándole y mirándola desde todos los ángulos. ¡Menuda risa! Yo me desternillaba; me reí hasta tener dolor de estómago.

 —La enrollaré en tus tenacillas de pelo —dijo por fin.

 Pero aun después de haber estado toda la noche en una tenacilla, aquello no tenía aspecto de nada.

 —Me siento avergonzada de esta lana —dijo mi madre.

 —Pero no es nuestra.

 —Ya lo sé, pero me avergüenzo igualmente —respondió.

 Así que, cuando fue a casa del señor Baker, cortó un pedazo diminuto de la suave y sedosa alfombra blanca del cuarto de baño, de una parte en que no se notaría, la envolvió con mucho cuidado en un trozo de papel de estaño y a última hora de la tarde fuimos a visitar al abuelo. Lo encontramos sentado, con una manta a cuadros sobre sus pobres piernas paralizadas y el tablero de damas a su lado. Solía jugar a las damas —siempre con las negras—, pero los otros ancianos de la habitación se habían quedado dormidos y no tenía con quién disputar una partida.

 —Aquí tiene un poquito de lana de la esquila, papá —dijo mi madre, inclinándose y dándole un beso.

 Al abuelo se le iluminó la cara.

 —Qué detalle traérmelo, todo un detalle —dijo, mientras sacaba el recorte de alfombra de nailon de su envoltorio—. Es muy bueno, espeso y suave —continuó, palpando la sedosa tersura, y sonrió a mi madre mientras ella trataba de adivinar en su rostro un posible rasgo de desaprobación o desencanto.

 —Hoy en día hacen cosas maravillosas con las ovejas, papá —dijo ella.

 —Desde luego —respondió él sin dejar de acariciar el trocito de alfombra.

 —¿Le gusta, papá? —le preguntó con ansiedad—. Le gusta, ¿verdad?

 —Oh, sí, me gusta —la tranquilizó él.

 Me pareció ver un destello de desilusión en sus ojos, pero la verdad es que los ojos de los ancianos parecen estar siempre llenos de lágrimas.

 Mi madre estaba muy cansada, tanto que se adormilaba junto a la cama, pero jugó tres partidas de damas y se dejó ganar en todas, mientras yo miraba la tele en el pequeño comedor con la enfermera de noche. Y luego nos tuvimos que marchar porque mi madre tenía por delante todo un día de trabajo en South Heights. El trabajo que le esperaba no era mucho, pero tenía que organizar un montón de cosas y, durante el regreso a casa, comentó que necesitaría todo su ingenio.
 Por las escaleras tropecé y me caí encima de ella.

 —¡Ay! ¡Me he clavado tus huesos! —Estaba realmente tan flaca que te hacías daño si te golpeabas con ella.

 —Bueno, ¿qué esperabas que fuese?, ¿una maravilla sin huesos? ¡Cómo iba a caminar si no tuviera huesos que me sostuviesen!

 La situación era en verdad terrible. Mi madre llevaba una vida muy dura. En primer lugar, era una gran trabajadora y no sabía decir que no a la gente, de modo que siempre tenía mucho trabajo pendiente, además de las otras cosas que hacía. Y nuestra vivienda era muy fea, estrecha y sucia. A ella le hubiera encantado tener una casa bonita y elegante y hubiera deseado, más que nada en el mundo, que mi hermano se sacara de encima lo que ella denominaba su profunda infelicidad. Mi madre no sabía de dónde le venía ésta, pero consideraba que era el motivo de todos sus gruñidos y su aversión por la buena comida. También deseaba que él tuviera alguna ambición, algún objetivo en su vida: siempre me estaba hablando de eso.

 ¿Por qué no querría el viejo vender sus tierras? No le servía para nada conservarlas. La terquedad del abuelo forzó a mi madre a desear que muriese. Nunca me lo dijo, pero yo podía imaginar lo que ella debía de estar sintiendo, porque me di cuenta de que yo misma deseaba su muerte, ¡todas las noches lo deseaba! ¡Imagínate, desear realmente la muerte de alguien!

 La razón de ello es que nos habría solucionado un poco la vida.

 Al día siguiente tuvimos que madrugar mucho porque, aunque sólo tenía que limpiar un apartamento, había organizado en el ático una recepción de boda encargando la comida. La dueña del ático, Bola de Billar —como la llamaba mi madre—, se había ido tres meses de viaje y durante aquel tiempo ella había aprovechado al máximo la vivienda.

 —Es un conjunto de habitaciones espléndido —decía mi madre cada vez que íbamos allá.

 Cierta vez se probó una de las pelucas de Bola de Billar, una de ésas de color gris azulado y muy encrespadas, que le quedaba feísima, y estuvo haciendo muecas en el espejo.

 —Parezco un águila peluda con esto —dijo.

 Y cuando se puso un gorro de baño, ¿sabes?, uno de esos que figuran pétalos de flor…, ¡estaba tan divertida que casi me muero de risa!

 Bola de Billar era tan rica que había hecho instalar un ascensor especial en el flanco del edificio para que construyeran una piscina, una vez terminado aquél. Allá, en lo alto, tenía su propia piscina.

 —Aquí me entran vértigos —comentó mi madre—. Dime, ¿voy bien peinada por detrás?

 Le dije que sí. Siempre estaba preguntando si iba bien peinada por detrás; la verdad es que estaba muy mal, pero nunca se lo confesé porque para qué habría servido: no tenía tiempo para ocuparse de su cabello.

 —Un día escribiré un libro —dijo mi madre.

 Estábamos colocando cuidadosamente los vasos y cubiertos de plata en la mesa que habíamos apoyado contra la ventana. A lo lejos se veían el río azul y la carretera principal con coches que parecían pequeños escarabajos de colores, traqueteando sin rumbo, de arriba abajo.

 —Sí, voy a escribir este libro —dijo—. Quiero que se publique como librillo de bolso.
 —Querrás decir como libro de bolsillo.

 —Sí, lo que digo: librillo de bolso; con una foto en la tapa de una chica con el vestido desgarrado, atada a un poste en medio del desierto. Y en todas las historias habría vinos caros y ciudades europeas y nombres de cuadros y edificios famosos y gente rica con ropa cara y joyas preciosas, muy elegantes, ¿sabes?, pero haciendo y diciendo cosas horribles. El público me lo sacaría de las manos. Pondría escenas de gente comiendo y haciendo el amor al mismo tiempo. A lo mejor querrían hacer una película porque es lo que le gusta a la gente. Se llama oferta y demanda.

 —Es un buen título.

 Se quedó un momento pensativa.

 —No había pensado en el título.

 Tuvo que interrumpir su sueño porque llegó el de la casa de recepciones con sus bandejas de madera llenas de huevos al curry y albóndigas, y los invitados, que habían abandonado aprisa la ceremonia, estaban empezando a llegar. Mi madre distribuyó por todas las habitaciones de la casa flores de plástico y, tan pronto como llegaron los novios y su séquito, comenzamos a servir.

 —En estas ocasiones, la gente de veras come bien —murmuró mi madre. Le encantaba verlos disfrutar—. ¿En qué otro sitio podrían tener una recepción tan bonita por este precio?

 Incluso había sacado las gruesas toallas de Bola de Billar e hizo correr discretamente la voz de que el invitado que quisiera hacer uso de las instalaciones, podía darse una ducha. Se los invitaba a disfrutar del cuarto de baño, con agua caliente sin límites.

 —Enséñales cómo funcionan esos grifos tan elegantes —me susurró—. Con seguridad no habrán visto un cuarto de baño como éste en su vida.

 Y, repartiendo sonrisas a diestro y siniestro —era una anfitriona estupenda, todo el mundo lo dijo—, continuó sirviendo bebidas y comida a los felices invitados.

 En medio de todo aquello, mi madre me dijo al oído:

 —El poder vivir una ocasión como ésta arranca toda la vulgaridad de sus vidas, y sin hacer daño a nadie. Incluso las cosas sórdidas están bien si están en el entorno adecuado y no hacen daño a nadie…

 En ese preciso instante el timbre de la puerta empezó a sonar sin cesar.
 —¡Oh, Dios mío!

 Ése era el único temor de mi madre: el miedo a ser descubierta y cogida.

 —¡Abre el balcón! —me ordenó, empujándome hacia las puertas dobles—. Por aquí, a ver la preciosa vista —dijo alzando la voz por encima del murmullo, las risas y la comida—. Salgan afuera con sus helados y vean el mundo —agregó, levantando los brazos hacia el cielo. Consiguió que se amontonaran fuera, en el estrecho espacio que rodeaba la piscina.

 —Prohibido bañarse —bromeó—. Por lo menos, vestidos.

 Me dejó con los desconcertados invitados y salió disparada hacia la puerta. Yo intentaba oír algo y aparentar tranquilidad, pero estaba muy nerviosa. Quizá Bola de Billar había vuelto antes de lo previsto y ¿qué explicación íbamos a darle cuando viera a toda aquella gente en su ático? No podía oír nada y me latía el corazón tan fuerte que pensé que me iba a caer muerta delante de todo el mundo.

 Pero, transcurridos unos instantes, mi madre estaba de regreso.

 —¡Un invitado sorpresa trae suerte a la pareja! —anunció, haciendo entrar de nuevo a la gente para servir el champán.

 La invitada sorpresa lo pasó de maravilla. Mi madre se había olvidado de que había dicho a la anciana señora Myer, que vivía en el extremo de nuestra calle, que podía ir cuando quisiera a poner en remojo los pies o a hacer su colada en el ático, y ella había elegido aquel día para hacer ambas cosas. Un par de invitados también lavaron algo de ropa para probar las máquinas.

 —No hay nada tan bonito como la ropa limpia —dijo mi madre. Y luego propuso un brindis especial—: ¡Por el amigo ausente!

 Estaba pensando con cariño en Bola de Billar, me explicó.

 —¡Por el amigo ausente!

 Al poco rato se acabó el champán.

 —¿Tengo la nariz roja? —me musitó preocupada mientras pronunciaban los discursos.

 Siempre tenía la nariz roja, y aún más cuando bebía cualquier tipo de alcohol o cuando gritaba a mi hermano. Iba detrás de él y le preguntaba si tenía la nariz roja, como si a él le importase. Nunca entendimos por qué le preocupaba tanto.

 —No —le dije.

 —¡Oh! ¡Menos mal! —suspiró.

 Tardamos una eternidad en poner las cosas en orden. Mi madre estaba terriblemente cansada, pero muy contenta con el éxito del día. Parecía volar por el apartamento cantando y hablando.

 —Arregla eso —me dijo—. Un ser humano no puede obligar a otro a hacer nada. Pero si eres madre, es tu deber hacerlo. Los bebés comen, vomitan y se hacen pipí, se sientan y gatean y caminan y hablan, pero después de todo eso lo único que tienes que procurar es obligarlos a hacer las cosas que deben hacer en este mundo. Por eso siempre estoy vociferando de esta manera y, créeme, ¡es realmente duro!

 —Sí —le dije, y luego, no sé por qué, me puse a llorar. La verdad es que sollozaba muy alto. Sé que aquellos hipidos sonaban horribles, pero no podía evitarlo.

 —¡Oh, te he hecho trabajar demasiado!

 Mi madre era muy buena; me hizo sentar en el sofá, puso la tele y preparó una taza de chocolate caliente para las dos antes de irnos a casa.

 Aunque el abuelo era un anciano y su muerte era de esperar, en realidad nos cogió por sorpresa y, claro, todo cambió de repente. La muerte es así. Mi madre dijo que había sido como si en cinco minutos, de golpe, tuviera ochenta y siete acres para vender, además de la casa. Ella tenía un montón de cosas que hacer pero no quería dejar en la estacada a la gente de South Heights, así que fue a trabajar como de costumbre y limpiamos los apartamentos a toda velocidad.

 Como era invierno, el viejo Fred y el dueño del colmado no tenían nada que mirar en la piscina, de modo que mi madre les puso el tocadiscos del señor Baker y les dio los auriculares. Por suerte había dos, y ya sabes lo que pasa cuando te los pones: te da la sensación de que estás cantando con la música; es como si tuvieras la cabeza en maravillosos cojines de voces y sientes la música en pleno cerebro.

 —¡Ven y escucha a este par de viejos cascarrabias! —me dijo mi madre haciéndome señas, y casi nos morimos de risa oyéndolos dar balidos y lamentos, en la creencia de que estaban metidos en aquellas canciones. Parecían dos viejas ovejas descarriadas.

 —¡Qué bien lo están pasando, escucha!

 Creí que mi madre iba a estallar en llanto de tanto que se reía detrás de la puerta de la sala.

 —Me alegro tanto de haber pensado en ello —dijo—. ¡Hagas lo que hagas, no dejes que te vean riendo de esta manera!

 Mi madre decidió que se ocuparía de vender ella misma el terreno, porque no quería que ningún agente pusiera sus sucias manos en un porcentaje de la tierra. Había un hombre interesado en comprarla, al que mi madre había tenido en reserva durante años. Creo que era un cirujano oculista, Oscar Harvey, aunque según ella habría debido tener una banda de música con aquel nombre. Bueno, pues el doctor Harvey quería el valle —lo había dicho hacía siglos— y mi madre había tenido que rehusarse.

 Aquel fin de semana fuimos los tres, mi madre, yo y mi hermano, a poner un poco de orden y asegurarnos de que los colonos no se marchaban llevándose cosas que habían pertenecido al abuelo y que ahora eran de mi madre.

 Creo que nunca el campo me había parecido tan bonito. Siempre me quejaba y quería volver a casa nada más llegar allí, pero aquella vez era diferente. Los pájaros armaban un gran jolgorio.

 —Es como si fuera música —dijo mi madre.

 Las urracas parecían acariciar la mañana con sus cantos mientras subíamos lentamente por el húmedo prado.

 —Se llama tierra de verano —nos explicó mi madre.

 De repente oímos un extraño ruido a nuestras espaldas. Era mi hermano, que corría y corría ladera arriba, ¡corría como si se hubiera vuelto loco! Y gritaba, y ése era el ruido que habíamos oído. No reconocimos su voz; era como la voz de un hombre, una voz que llenaba el valle con sus gritos. Tampoco lo habíamos visto nunca correr de aquella manera. Sus delgados brazos y piernas volaban en todas direcciones y su voz se elevaba en el viento.

 —Creo que está riéndose —dijo mi madre, inmóvil en el barro, sin darse cuenta de que se hundía. De golpe, mientras lo contemplaba, se le saltaron las lágrimas—. ¡Creo que está feliz! —agregó—. ¡Es feliz!

 No podía creerlo, y yo pensé que nunca la había visto tan feliz en toda su vida.

 Continuamos caminando hasta la casa. El colono estaba junto al cobertizo y acababa de poner en marcha el tractor; lo había desplazado muy despacio hasta la puerta, como si fuera un animal enfermo, y allá se había detenido, parecía que para abrir un cortafuegos antes de que se concretara la venta.

 No veíamos a mi hermano por ningún lado, hasta que distinguí sus delgados dedos blancos tanteando las matas de ricino del patio.

 —¡Socorro! —Y sus dedos estrujaban las hojas y el aire y volvían a desaparecer— ¡Socorro! ¡Socorro!

 —¡Está atrapado! —dijo mi madre riendo.

 Se abrió paso por el patio invadido de hierbajos, mientras mi hermano aparecía y desaparecía, fingiendo que estaba realmente atrapado. Ella quiso cogerlo, perdió el equilibrio y se cayó, y los dos se rieron como idiotas. Es curioso, ¿sabes?: era tan gracioso que por una vez no sentí frío en ese lugar.

 Mi madre y yo empezamos a barrer y limpiar la casa de inmediato. Habían hecho algunas reparaciones y, en conjunto, no estaba tan mal como esperábamos. La casa constaba de tres habitaciones un poco pequeñas y una cocina bastante grande. En realidad, el abuelo nunca había vivido allí; hasta muy entrado en años no había podido comprar la tierra y luego había ido los fines de semana. Siempre había añorado el campo.

 —Siempre hablaba de tener una granja —contaba mi madre.

 Y me explicaba cuánto había deseado vivir allá y cómo había ido instalando todo poco a poco hasta que tuvo el ataque. Después de eso, claro, no pudo ir más porque se necesitaban tres personas para moverlo y qué iba a hacer allá afuera paralizado como estaba, y entonces vinieron todos aquellos años tan tristes en el hospital.

 —No está mal esto —continuó—. ¡Adondequiera que mires por estas ventanas es bonito y este pórtico alrededor es una gran cosa! Más tarde, cuando acabemos, nos sentaremos ahí.

 Entró mi hermano, que venía realmente entusiasmado con la idea de poner estacas nuevas y alambre y pintura, y no dejaba de preguntarle:

 —¿Qué te parece si pinto la casa?

 —Oh, ya lo hará el nuevo propietario —dijo mi madre, con la cabeza en la cocina de leña, intentando descubrir el tiro y la manera de limpiarlo.

 —Bueno, ¿y si pintara los cobertizos?

 Parecía interesado de verdad. Como ella estaba ocupada no le hizo caso, así que él salió afuera otra vez.

 En seguida oímos el motor del tractor y cómo arañaba las rocas a medida que iba ladera arriba en dirección a la parte de maleza que había que limpiar para ajustarse a la normativa. Mi madre salió al pórtico a sacudir los colchones.

 —Ven y mira —me llamó.

 Y allá estaba mi hermano, sentado al volante del tractor y con expresión orgullosa, como si supiera con exactitud qué era lo que tenía que hacer.

 —¡Parece un príncipe, subido a esa máquina!

 Mi madre estaba encantada. Como era de esperar, él hizo un poco el payaso cuando giró, fingiendo que se caía. Después se paró y se bajó como si tuviera que empujar aquella mole. Dio contra las rocas con un gran estruendo y el colono se quedó mirándolo.

 —Hace años que el tractor no subía allí —le dijo a mi madre.

 Lo cierto es que pasamos un día estupendo y, en el autobús de vuelta a casa, mi hermano se durmió, pues no estaba acostumbrado al aire puro. Tenía la nariz y las orejas de un vivo color rojo y mi madre no dejaba de mirarlo en silencio, pensando y pensando.

 Al día siguiente mi hermano se fue para allá solo, para intentar terminar todos los cortafuegos, porque el contrato no podía firmarse hasta que tanto éstos como las cercas estuvieran hechos. Antes de marcharse le dijo a mi madre qué tenía que encargar y hacer enviar. De repente parecía estar al corriente de todo. El cambio producido en él parecía un milagro; incluso estuvo amable conmigo.

 Además de ocuparnos de la venta, había que organizar el funeral del abuelo. M madre quería que tuviera una lápida, así que se presentó en el marmolista con una inscripción: «En vano es que os levantéis tan temprano y vayáis tras el pan de las preocupaciones; porque Él da Descanso a sus Amados».

 —No sabía que supieras la Biblia.

 —No —dijo mi madre—. Estaba en el periódico de esta mañana en ese pequeño recuadro «texto para hoy» o algo así, y creo que es muy bonito y muy adecuado. No me importaría que me lo pusieran a mí; pero, como yo estoy todavía tras el pan de las preocupaciones y de momento no soy la «Amada», se lo pondré al abuelo.

 El precio del terreno no planteó problema alguno: ese doctor Harvey realmente deseaba tenerlo. Se había interesado por el valle hacía años, cierta vez que estábamos allá y él detuvo su coche demasiado tarde para evitar quedarse enfangado al final del camino. Mi madre tuvo que decirle que no estaba a la venta, aunque le aseguró que hubiera dado su brazo derecho con tal de poder venderlo, pero le prometió que si algún día lo ponía a la venta se lo haría saber de inmediato. Luego nos tuvimos que marchar para no perder el autobús, así que no pudimos ayudarlo a sacar el coche del fango. Como el fin de semana siguiente ya no estaba, supimos que de alguna manera había conseguido sacarlo.

 —Podrías venirte conmigo —me dijo mi madre el día que tenían que firmarse los papeles—. No te vendrá mal saber cómo se llevan estos asuntos; la mejor manera de entender estas cosas es verlas con tus propios ojos.

 Mi hermano ya había ido al valle con el primer autobús. Ahora que la finca era nuestra por completo, todo el tiempo que pasaba allí le parecía poco, por más que estuviera a punto de pasar a otras manos. Mi madre se había quedado muy pensativa, mirándolo correr por nuestra pequeña y miserable calle.

 También a mí me venía a la memoria continuamente la casa de maderas desgastadas en lo alto del campo soleado, y me encontré comparándola todo el rato con el horrible terreno trasero donde teníamos nuestra habitación y cocina. Conociendo lo que se veía desde las ventanas de la casita, comprendía ahora que en casa no teníamos nada que contemplar, aparte de los cubos de basura y de la gente hablando, gritando, tosiendo y escupiendo y siempre con prisas, llevando el mismo tipo de vida dura y vertiginosa que mi madre. Desde luego, el dinero de la venta cambiaría mucho su vida, de modo que no dije nada, y ella tampoco dijo mucho, aunque parecía discutir consigo misma.

 —Por supuesto que el sitio no significa nada: ninguno de nosotros procede de allá ni ha vivido en él —oía cómo mascullaba para sí mientras caminábamos.

 Nadie puede hacer nada con una finca —al margen de la cantidad de acres que tenga— si no tiene dinero. Naturalmente, mi madre necesitaba el dinero, así que me cuidé bien de decir en voz alta: «¿No sería bonito vivir allá durante un tiempo?». Yo adivinaba que mi hermano pensaba lo mismo, aunque nunca decía nada, pero lo vi leyendo una revista sobre aves de corral que debía de haber cogido de la barbería. De pequeño nunca jugó mucho; mi madre siempre decía que había dejado de jugar demasiado pronto. Pero a menudo traía un gato extraviado y le pedía si podía quedárselo y jugar con él, y lo acariciaba con una ternura que nunca le habíamos visto manifestar con otras cosas. Le gustaba caminar varias calles más allá hasta la casa de una mujer que tenía gallinas en el patio trasero, y se quedaba de pie durante horas contemplándolas a través de una estaca rota de la cerca, quizá porque había heredado algo de la sangre granjera del abuelo.

 Me estaba preguntando si mi madre estaría pensando las mismas cosas que yo, cuando llegamos al despacho del abogado. También estaba allí el doctor, muy bien vestido, y no se me pasó por alto la mirada de aprobación de mi madre a su camisa bien planchada. La habitación era marrón, cálida y confortable, con madera barnizada y piel por todas partes, y una ventana en lo alto de la pared por la que entraban los rayos del sol, como una especie de haz de luz con polvo en suspensión que se reflejaba en la esquina del gran escritorio.

 Creo que nunca podré olvidar aquella habitación, porque lo que sucedió allí cambió nuestras vidas de una forma que nunca hubiera soñado.

 Bueno, nos sentamos todos e intentamos escuchar lo que leía el abogado. Todo me sonaba muy extraño: entendía algunas palabras, como «acres». Y «pies» y «hectáreas», pero era como estar con Piernas Inquietas de nuevo. Oía hablar de cientos y miles de dólares y parecía un poco como en la escuela. Empecé a pensar en vestidos que me gustarían y en el peinado que me haría, mientras el abogado seguía pasando las páginas. Me rendí y ya no intenté comprender cosas como «el título de propiedad», «finca con gravámenes o libre de ellos», así que en su lugar pensé en unas botas altas y un abrigo negro con solapas blancas, que creo que era de piel con un sombrerito redondo que hacía juego.

 Todos estaban muy ocupados escribiendo sus nombres uno detrás de otro en diferentes papeles.

 —Aquí —decía el abogado, que se llamaba Rusk— y aquí —decía señalando con su blanco dedo para que mi madre supiera dónde poner su nombre.

 De pronto mi madre se inclinó hacia adelante.

 —Estoy un poco mareada —murmuró.

 ¡Oh, cómo me asusté! Le di un codazo.

 —¡No te desmayes aquí delante de ellos! —dije, tremendamente turbada.

 El señor Rusk pidió un vaso de agua a la secretaria.

 —Gracias, querida —dijo mi madre y sorbió el agua.

 Yo estaba algo asustada, porque la verdad es que nunca había visto a mi madre beber agua fría de un trago de aquella manera.

 —¿Está mejor ahora? —dijo el doctor Harvey, propietario de tanto dinero y ahora dueño del precioso valle, mirando a mi madre con amabilidad.

 Era un verdadero caballero y además atento, por lo que se veía.

 —Verá usted —dijo mi madre de pronto, y la nariz se le sonrojó intensamente como cuando está llena de vino o enfadada con mi hermano o, como sucedió en este caso, cuando se le ocurre una idea—. Mire —le dijo al doctor—. Papá deseó ardientemente vivir en aquella casa y estar en el valle. Durante toda su vida no deseó otra cosa que tener su propia granja. Lo llevaba en la sangre y lo era todo para él, pero nunca pudo ver su deseo satisfecho. Y usted, que también ha esperado tanto tiempo el valle —continuó—, comprenderá, amando la tierra como usted la ama, cómo me siento ahora. Siento —dijo—, siento que si pudiera estar en el valle y vivir en la casa y plantar ahí una cosecha y estar allí sólo hasta que madure, siento que papá, tu abuelo —se volvió hacia mí—, siento que descansaría mejor en su último reposo.

 Se quedaron mirando a mi madre y ella les devolvió la mirada.

 El doctor sonrió con cordialidad.

 —Bueno —dijo.

 Oh, era un hombre generoso, y acababa de pagar a mi madre toda la cantidad que ella había pedido.

 —No veo nada malo en ello —agregó.

 —No consta en el contrato —dijo el señor Rusk bastante contrariado, pero el doctor hizo un gesto con la mano para apaciguar la indignación del viejo Rusk.

 —Es un acuerdo entre caballeros. —Y se acercó a mi madre y lo sellaron con un apretón de manos.

 —Ésta es la mejor manera —dijo mi madre, sonriendo desde debajo de su gastado sombrero marrón.

 Luego el abogado y el doctor tuvieron una pequeña discusión y por fin el abogado aceptó añadir por escrito que podíamos vivir en la casa y quedarnos en el valle hasta que madurase una última cosecha. De modo que firmaron el acuerdo.

 —Mis mejores deseos para su cosecha —dijo el doctor, saliendo de detrás del escritorio y estrechando de nuevo la mano de mi madre.

 —Gracias —dijo ella.

 —Ya está todo arreglado y firmado —dijo mi madre a mi hermano por la noche.
 Los pocos días de trabajo en el campo parecían haberlo cambiado. Tenía un aspecto fuerte y estaba bronceado y, por una vez en su vida, tenía una ligera expresión en los ojos. Normalmente nunca revelaba nada de sí mismo mediante una mirada o una palabra, excepto para ser desagradable. Mi madre lo disculpaba siempre diciendo que este mundo no estaba hecho para él, y que su mal carácter provenía de no poder explicarse esto a sí mismo ni a nadie, y que, como no podía explicárselo, tampoco sabía qué hacer. A mí me pareció ver algo de tristeza en sus ojos, aun cuando habíamos hecho un gasto extra para la cena y teníamos jamón y helado de vainilla.

 Ella le contó que podríamos quedarnos allá por una última cosecha.

 —Entonces, pintaré la casa.

 —¡Buena idea! —dijo mi madre—. Compraremos la pintura, pero no hay necesidad de precipitarse: podemos tomarnos nuestro tiempo para ir haciendo las cosas. Necesitaremos alguna clase de vehículo.

 —No tienes permiso de conducir —le dije a mi hermano.

 En cualquier otro momento me hubiera enviado bien lejos de un golpe por haberle dicho aquello.

 —Me examinaré —dijo tranquilamente.

 —No hay prisa —dijo mi madre.

 —Pero una cosecha no dura mucho.

 —Dura lo suficiente —dijo mi madre.

 Por la noche estuvo estudiando catálogos que había recogido en el camino de vuelta a casa, y escribió una carta que salió a echar ella misma.

 Mi madre sentía dejar a la gente de South Heights de aquella manera, pero después del acuerdo entre caballeros todo parecía haber cambiado y tenía un poco de prisa. Su cerebro ya estaba tramando.

 —Cuando cambie el tiempo invitaremos a todos los de nuestra calle a una barbacoa —dijo—. Podrían venir en el autobús de las once y caminar hasta las dehesas del fondo. Será como probar un poco de placer, algo diferente. No hay nada como un cambio para la gente aunque sea sólo un día; es tan bueno como unas vacaciones.

 La primera noche en la casita fue muy tranquila.

 —Espero que nos acostumbremos a esto —dijo mi madre.

 Yo tenía la intención de despertarme y disfrutar de la salida del sol por entre la maleza, pero me dormí y me lo perdí.

 Poquito a poco mi madre fue adquiriendo cosas. Oh, era fantástico salir a gastar; escoger cosas nuevas como una tetera y unas sillas de madera que mi madre quiso comprar porque eran muy sencillas.

 Y luego llegaron sus plantas. El carretero bajó las cajas, unas especies de cestitas de madera con agarraderas, y las fue colocando en el borde del pórtico. Estaban envueltas en arpillera, cada una etiquetada con nuestro nombre, y dentro de ellas había un montón de plantitas diminutas, cientos de ellas. Cuando se marchó el carretero mi hermano tomó uno de los pequeños recipientes de plástico; nunca lo había visto hacer nada con tanta delicadeza.

 —¿Qué son?

 —Nuestra cosecha. La última cosecha.

 —Sí, ya lo sé, pero ¿qué son?

 —¿Éstos? Son un bosque de eucaliptos —dijo mi madre.

 La miramos.

 —Pero esto tardará años y años en crecer.

 —Lo sé —dijo.

 Parecía indiferente, pero por la forma en que se le estaba poniendo roja la nariz supe que estaba tan encantada como nosotros con los diminutos arbolitos. Naturalmente, ella había tenido la idea, pero a nosotros nos sacudió —me refiero a la sorpresa—, y tuvimos que reponernos.

 —Pero, ¿y el doctor Harvey?

 Podía imaginarlo, pálido y paciente en su coche en medio de la solitaria carretera que atraviesa este valle, mirando con nostalgia su casa y sus campos y sus dehesas y sus laderas de maleza y arbustos.

 —Bueno, no hay nada en el acuerdo de caballeros que le impida venir a su finca cuando lo desee y hacernos una visita —dijo mi madre—. Empezaremos a plantar mañana —añadió—. Elegiremos los mejores lugares y los limpiaremos de maleza y de hierbas muertas a medida que avancemos. Tengo instrucciones completas de cómo se hace. —Echó un vistazo a su reloj nuevo. —Se está haciendo tarde, voy a comprar patatas fritas —dijo—. Supongo que desde aquí voy a tener que recorrer kilómetros para encontrarlas. —Nos siguió hasta el interior de la casa para coger el bolso. —Podréis hacer vuestros estudios por correspondencia —prosiguió—. ¡Hasta yo podría hacer algún curso! —Estaba oscureciendo aprisa—. Encended un buen fuego —dijo.


 La oímos bajar en coche por el camino y, al tomar la carretera, nos llegó un chirriar de marchas. Mi hermano hizo una mueca, pues no podía soportar que se maltratase a las máquinas, pero estuvo de acuerdo conmigo en que probablemente ella no había podido evitarlo, ya que hacía tiempo que no se sentaba frente a un volante.

FIN

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