jueves, 6 de abril de 2017

Alfred de Musset – Gamiani, dos noches de pasión

Gamiani:
Por ese lado no temáis, querida Fanny. a vuestra madre le he avisado y sabe que pasáis aquí la noche. Os doy posada.

Fanny:
¡Sois demasiado bondadosa! Os voy a molestar.

Gamiani:
Mejor diríais que vais a ocasionarme un gran placer. Esta es una aventura inesperada, que me divierte… Y no consiento que durmáis sola en otra alcoba. Aquí nos quedaremos las dos.

Fanny:
¿Por qué? Voy a perturbar vuestro sueño.

Gamiani:
No andéis con ceremonias… ¡Vaya! Seamos como dos amiguitas, como dos colegialas. Un beso lleno de dulzura selló el tierno desahogo.


-Dejadme que os ayude a desnudaros ¬siguió Gamiani-. Mi doncella se acostó ya; podemos prescindir de sus servicios… ¡Estáis prodigiosamente formada! ¡Es divino ese cuerpo!

Fanny:
¿Lo encontráis bien?

Gamiani:
¡Lo encuentro delicioso!

Fanny:
Es que sois muy amable.

Gamiani:
¡Oh! ¡Portentoso! ¡Qué blancura! ¡Os tengo envidia!

Fanny:
Pues en eso hacéis mal, porque vos sois más blanca.

Gamiani:
¡No lo creáis, niñita!… Quitaos toda la ropa, como yo. ¡Qué timidez! ¡Ni que estuvierais ante un hombre!… ¡Así! Miraos en ese espejo… En el juicio de París os hubierais llevado la manzana. ¡Cómo sonríe viéndose tan hermosa! ¡Merecéis un beso en la frente… otro en las mejillas… otro en los labios! ¡Todo, todo, todo es celestial en vos!


La ardiente boca de la condesa se paseaba lasciva por el cuerpo de Fanny. Confusa y temblorosa, Fanny, sin resistir, no sabía lo que aquello significaba.

Hacían una pareja deliciosa de voluptuosidad, de gracia, de lúbrico abandono y tímido pudor. Podría decirse que había caído un ángel en los brazos de una bacante ebria.

¡Cuánta belleza entregada a mis ojos! ¡Qué espectáculo aquel para sacudir y aguijar el deseo en mis sentidos!

Fanny:
Pero ¿qué hacéis? ¡Dejadme, señora; os lo suplico!

Gamiani:
¡No, Fanny mía, niña mía, vida mía, delirio mío! ¡Eres demasiado hermosa! ¡Ya lo ves: te amo! ¡Te amo, te adoro, enloquezco por ti!


En vano pretendía defenderse la joven. Los besos ahogaban sus gritos. Inútil era toda resistencia. La condesa, cogiéndola, abrazándola, con el ciego arrebato del deseo, la llevó al lecho y la tendió sobre él como una presa que iba a devorar.

Fanny:
¿Qué os pasa? ¡Dios mío, Dios mío! ¡Señora! ¡Esto es horrible!… ¡Voy a gritar!… ¡Dejadme! ¡Me asustáis!

Besos más quemantes aún, más apreta¬dos, respondían a su voz. Los brazos la enlazaban con más fuerza, y los dos cuerpos parecían uno solo.

Gamiani:
¡Fanny, entrégate a mí, date a mí toda entera, en cuerpo y alma! ¡Toma mi vida! ¡Tómala! ¡Esto sí que es gozar!… ¡Cómo tiemblas, nenilla!… ¡Oh, por fin, cedes!

Fanny:
¡No! ¡Hacéis mal… hacéis mal! ¡Me estáis matando! ¡Siento que me muero!

Gamiani:
¡Sí; aprieta bien tu cuerpo contra el mío! ¡Apriétalo, mi amor! ¡Aprieta más; más fuerte! ¡Qué hermosa estás en el placer!… ¡Embustera! ¡Si gozas, si te gusta!

Mis ojos vieron un extraño espectáculo. La condesa, con la mirada llameante, sueltos y enmarañados los cabellos, sofocada y loca, se crispaba, ondulaba, se retorcía sobre su víctima, cuya mórbida carne se exaltaba a su vez. Las dos mujeres se enlazaban y oprimían fuertemente; se devolvían sacudidas y empujes, y sus suspiros y sus gritos los apagaba un estallar de besos. Temblaba y crujía el lecho bajo la delirante exaltación de la condesa, cuando Fanny, agotada, anonadada, dejó al fin caer sus brazos y se quedó inmóvil y pálida como una hermosa muerta.

Jadeaba la condesa. La pasión la excitaba y no la hartaba. Frenética, furiosa, se lanzó en medio de la alcoba, rodó sobre un tapiz y allí se enardecía con posturas lascivas, rabiosamente lúbricas, y pretendía provocar con sus dedos el paroxismo del placer…


No pude más. Al cabo, esta visión trastornó mi cabeza.


La indignación y el asco me habían dominado un instante: pensé surgir de pronto ante la viciosa mujer y echar sobre ella el peso de mi desprecio. Pero la carne venció a la razón. Triunfaron los sentidos, poderosos, soberbios, anhelantes.

Y me lancé, desnudo, sobre la hermosa Fanny, fuera de mí, rojo como la grana, feroz como una bestia, apenas si ella había tenido tiempo de darse cuenta de este nuevo ataque, cuando ya, triunfador, sentía su cuerpo flexible y delicado agitarse y temblar bajo mi cuerpo, bajo mi vigorosa acometida.

Nuestras lenguas se cruzaban ardientes, aceradas.

FIN
Pintura de Gustave Courbet

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