miércoles, 5 de abril de 2017

Almudena Grandes – Mozart, y Brahms y Corelli

–Esto es lo único glorioso, lo único heroico, lo único digno que hemos hecho los españoles en toda la puta historia, fijaos en lo que os digo, lo único, esto y la defensa de Madrid, punto final. Todo lo demás, una basura. Acordaos bien cuando os enseñen política en el instituto ese al que vais.

–Adolfo…

–¿Qué?

–Que nosotros no damos política –y Miguel, que le había conocido antes que los demás y era quien tenía más confianza con él, se echaba a reír–. Eso es de tu época, macho…

–¡De mi época, de mi época! –y por un instante, Adolfo dejaba de mirar a Fernanda para volcar sobre nosotros el azul purísimo de sus ojos–. ¿Qué pasa, que no os enseñan la Constitución a vosotros?

–Sí, eso sí –a Miguel no le quedaba más remedio que admitirlo–. Pero no es lo mismo.

–¿Qué no es lo mismo? Hala, vete, chaval, que a cualquier cosa la llaman Constitución después de la del 31, ¡no te jode!

Adolfo, que tenía la edad de mi padre, unos cuarenta y muchos, quizás cincuenta y pocos años, era el único hombre que venía andando a la Casa de Campo para ver a la reina. El único, porque Basi, un viejecillo inofensivo que andaba tan encorvado como si siempre estuviera buscando algo que se le acabara de caer al suelo, no era un hombre para ellas, y nosotros tampoco, la verdad. Ramón había cumplido diecisiete años en enero, pero Miguel y yo seguíamos teniendo dieciséis y ni siquiera nos dejaban entrar en todos los bares. Menos mal que en la loma donde Adolfo había instalado su observatorio, nadie, ni siquiera la policía municipal, que solía venir de visita un par de veces al día, parecía interesado en pedirnos el carnet, o el horario de esas clases que nos fumábamos para ir a ver a la reina.

–¡Fernanda, guapa!

Adolfo chillaba con todas sus fuerzas y ella, después de abrir la puerta, a punto de entrar en el coche del que nunca sería su último cliente, levantaba la cabeza, nos buscaba con los ojos y sonreía.

–¡Qué buena estás, Fernanda, cojones, pero qué buena estás, joder!

Eso le decía, y se quedaba corto, porque la reina era mucho más que una tía buena, aunque yo tampoco podría explicar muy bien qué era exactamente. Sólo sé que el día que la vi, sentí lo mismo que la primera vez que escuché con atención, con oído de músico y no de pasajero de ascensor, Las cuatro estaciones de Vivaldi, la misma mezcla de alegría y de asombro y de placer y de inquietud y de soledad y de envidia y de espanto que me inspiró esa música perfecta. Porque Fernanda también era perfecta, y más que eso. Fernanda era música.

–¿Qué, Tomasín? –cuando Miguel me dio un codazo, conseguí por fin cerrar la boca–. ¿Qué me dices?

Ellos habían empezado a hacer pellas antes que yo, a finales del primer trimestre, pero nunca me habían querido contar adonde iban. No era la primera vez que me mantenían al margen de sus planes. Ramón y él son mis mejores amigos, pero yo no me parezco a ellos. Yo soy gordo, y bastante feo, y llevo gafas, y tengo casi acabada la carrera de solfeo, y estudio armonía, y toco el violín, y suelo estar entre los primeros de la clase. Soy también el único que sé que todo lo bueno que hago, o sea, lo de estudiar tanto, y ser tan formal y tan buen chico, se debe más que nada a la mala suerte que tengo. Si yo fuera guapo, como Miguel, o alto y delgado, como Ramón, estoy casi seguro de que haría más pellas y estudiaría menos, pero eso no lo sabe nadie más, sólo yo. Lo de la música es distinto.

–¡Pero di algo, Tomás, joder!

Mi profesora de violín, que estudió solfeo con el mismo maestro que mi abuelo y fue la profesora de mi padre mucho antes de que yo naciera, me dijo una vez, después de hacerme jurar que no se lo contaría nunca a nadie, que estaba convencida de que yo soy el primer músico con verdadero talento de toda mi familia. Sin embargo, a veces me interrumpe cuando no llevo ni cinco minutos tocando. No la estás sintiendo, Tomás, me dice entonces, no comprendes lo que tocas, no interpretas, estás deletreando la partitura igual que un niño pequeño, la p con la a pa… Concéntrate o vete a casa, porque así no vamos a ninguna parte. Cuando se enfada mucho, me dice que acabaré tocando pasodobles en Las Ventas, como mi abuelo, o romanzas de zarzuela en el quiosco del Retiro los domingos por la mañana, como mi padre. A mí me da tanta rabia escuchar eso, que cierro los ojos e intento desesperadamente pensar en las armonías del silencio, recuperar imágenes, sensaciones, colores mudos que logran empujarme a través de las notas, como si los acordes fueran caballos y yo pudiera cabalgarlos, en lugar de correr detrás de ellos con la lengua fuera. Entonces, a veces consigo olvidarme de mis dedos, de la obligación del arco, del peso de la caja, de la presión de la madera contra mi barbilla, y la música fluye a través de mí para convertirme en su instrumento, porque mi garganta, mi boca, mi pecho, vibran como las cuerdas de un violín genial, más sabio que el que sostengo entre las manos sin sentirlo, y mis ojos miopes ven formas y colores deslumbrantes más allá de la cortina de sus párpados cerrados, y mi cuerpo es ligero, esbelto, hermoso, y no lo cambiaría por ningún otro mientras, en alguna parte, Mozart, y Brahms, y Corelli, me bendicen con la nostalgia de mi edad, y de mi vida. Entonces sí, entonces sé que cuando termine de tocar, doña Paula tendrá los ojos húmedos, y cabeceará un instante antes de murmurar, tú tienes talento, Tomás, bendito seas, tienes mucho talento…

En esos momentos, desde que la conocí, siempre pienso en Fernanda.

–Es… –sabía que se iban a reír de mí, siempre se ríen, pero por más que lo intenté, no encontré nada más vulgar que decir–. Es como la música.

Y mientras mis amigos se reían, aquel señor que estaba sentado en un banco, fumando tranquilamente, como si nada de lo que sucedía aquella mañana en la Casa de Campo tuviera que ver con él, se levantó de pronto, se acercó a mí y me dio la mano.

–Tú sí que lo has entendido, chaval –dijo entonces–. Tú lo has entendido.

Luego me dijo que se llamaba Adolfo, y que podía estar bien seguro de que lo único heroico, glorioso, y hasta digno, que habían hecho mis antepasados, aparte de defender Madrid durante tres años de las garras del fascismo, había sido mezclarse en América con mujeres de todas las razas y todos los colores, hasta producir criaturas de una belleza sobrehumana, tan admirables, tan deseables, tan hermosas como la reina, que, por cierto, se llamaba Fernanda y era colombiana.

–No hay nada más clasista que un pobre. Es muy triste, pero es así. Os lo digo yo, y si no, fijaos en éstas. Nos ven aquí todas la mañanas y ni siquiera nos miran. ¿Y por qué? Pues porque somos pobres. Porque no venimos en coche. Porque se piensan que con nosotros no tienen nada que rascar. Y ya veis, ni los buenos días. Aquí, la única simpática es Fernanda. ¿Y por qué? Pues porque ella es la más rica. La reina. La que elige. La que más dinero gana. Desde luego, hay que joderse…

–Pero tú podrías acostarte con ellas –le dijo un día Miguel, que era hijo de una de sus compañeras de trabajo y que por eso venía a nuestro instituto aunque no viviera en el Batán, como Ramón y como yo–. Con la que quisieras. Tú tienes tu sueldo de Prado del Rey, cobras todos los meses una pasta. Nosotros no, pero tú…

–¿Yo? –Adolfo le miró con los ojos muy abiertos, una expresión de escándalo en los labios, la calva reluciente–. ¿Yo, que soy un mártir de la lucha sindical? ¿Voy a contribuir yo a la explotación de estas desgraciadas, que nadan con la mierda hasta el cuello en el último estercolero del capitalismo? Pero ¿qué dices, chaval? ¿Tú estás tonto o qué?

–Bueno, yo creía… –pero Miguel ya se había puesto colorado, y no atinaba a juntar más de tres palabras con sentido–. Perdona, pero… Yo pensaba que… Tú venías… Ya sabes.

–Sí, ya sé. Pero el que no sabe nada eres tú –y entonces se puso de pie, se acercó a nosotros, le pasó a Miguel un brazo por el hombro y se señaló el pecho con el índice de la otra mano–. Mira, Miguelito, yo soy un esteta, ¿lo entiendes? Tengo el mal de la belleza, estoy enamorado de la belleza, no puedo remediarlo. Por eso vengo a verlas. Porque ellas sí son la raza superior, la única que conozco. Esa piel, esos ojos, esos cuerpos que tienen, pues… Pero si ya lo ves, si lo estás viendo. ¿Dónde podría encontrar yo algo semejante, a ver, dónde?

En aquel momento, alguna puso en marcha un aparato de música y media docena de chicas se arremolinaron a su alrededor para bailar una canción de Juan Luis Guerra, moviendo al compás sus piernas desnudas, relucientes, sobre los veinte centímetros de sus tacones.

–¿Lo entiendes ahora? –Adolfo seguía hablando con Miguel, pero mi amigo no se atrevía a contestarle–. ¿Lo entiendes? ¡Qué vas a entender! Si con el único que debería tratarme yo es con Tomás, que es un artista…

Yo, la verdad, hasta aquel día pensaba lo mismo que los demás, y sin embargo comprendí muy bien lo que Adolfo quería decir. Porque con las otras no me pasaba. A las otras las miraba como si fueran mujeres de verdad, y por eso cuando las veía andar, moverse, enseñarle las tetas a los conductores de esos coches que circulaban tan despacio, acariciarse los muslos cuando paraban a su lado, pues me daba cuenta de que me ponían un huevo, y me acordaba de que yo nunca me he enrollado con una tía, y de que daría cualquier cosa por hacérmelo con alguna, hasta con las más feas, porque también las había feas, chicas que a lo mejor tenían un cuerpo de la hostia, pero la nariz demasiado grande o los dientes salidos para fuera, y al revés, chicas muy guapas de cara con las piernas torcidas, y hasta eso me daba igual. Pero con Fernanda me pasaba algo diferente, algo especial, difícil de explicar. Yo la veía andar, moverse, quebrar a los coches con la cintura, y la música fluía a través de mí. La reina iba siempre vestida de blanco, desnuda de blanco, igual que una novia, un chaquetón de piel sintética abierto de par en par y un corsé muy pequeño cubriendo apenas la zona del cuerpo que en verano se dejaban al aire las chicas de mi instituto, y su piel era lisa y mullida, brillante y tersa, suave como un delirio de dibujante de comics, caliente hasta a distancia, y del color exacto del relleno de trufa de los bombones más caros, esos bombones de chocolate con leche que se funden en la lengua muy despacio y perviven en el paladar durante horas. Era una mujer alta, esbelta y sin embargo redonda, maciza, y sus piernas larguísimas, sus pechos elásticos, las trencitas adornadas con cuentas también blancas, entre las que repartía su pelo negro, le daban cierto aire de fiera salvaje, un oscuro y lujosísimo peligro que afilaba su barbilla para difuminarse después, muy sutilmente, en el óvalo de una cara redonda y dulce, de labios gruesos y ojos inmensos, rasgados, como una Virgen María radiante, americana y mulata. Y entonces, Vivaldi empezaba a sonar dentro de mi cabeza..

–¡Fernanda, guapa!

Adolfo chillaba y ella sonreía, y la gloria de Antonio Vivaldi la envolvía en una nube vaporosa y crujiente, pura música, más que música, una emoción difícil de explicar mientras la reina caminaba, se paraba, se exhibía, escogía a sus clientes, y las cuatro estaciones se fundían en el único y supremo acorde de su cuerpo para que yo me sintiera más pequeño, más solo que nunca, y enfermo de su belleza. Entonces, ante la mujer más hermosa que me había sido dado contemplar jamás, no me acordaba de mi nombre, ni de mi historia, ni de mi cuerpo gordo y torpe, ni de que nunca me había enrollado con ninguna chica. Entonces, la música fluía a través de mí, y yo también, durante un instante, era pura música. Eso no se lo conté a mis amigos, mientras jugábamos a puntuar a las chicas de cero a veinte y a Fernanda le dábamos un ciento cincuenta, pero quizás fuera un rasgo de familia, porque la verdad es que, aunque fuera por motivos muy distintos, Nancy tampoco fue nunca para mí como las demás.

Ni siquiera Adolfo sabía que Fernanda tuviera una hermana. Lo descubrió al mismo tiempo que yo, aquella mañana en la que Basi, el jubilado que andaba siempre entre las chicas, haciéndoles recados y favores por el simple placer de estar con ellas, subió hasta la loma para sentarse con nosotros, sin querer atender a las voces que le reclamaban, ¡papi, baje!, una mezcolanza de llamadas y acentos diferentes, ¡sea buenecito y vaya a comprarme un bocadillo, por favor!, donde se mezclaba la dulzura del tú de las dominicanas, ¡pero baja de veldá, mi amor, que estoy hambriiieeenta!, con el usted irreverente y chistoso de las colombianas, ¡Basi!, usted va a ser bueno y va a ir a comprarme mi comidica, ¿sí?, y los diminutivos de las ecuatorianas con la gracia sonriente de las brasileñas, hasta que los gritos se multiplicaron de tal manera que fue ya imposible distinguir los acentos.

–¡Pero, bueno, Basi! –le dijo por fin Adolfo–. ¿Quiere bajar de una vez? ¿No ve que están muertas de hambre?

–Es que Fernanda no ha vuelto –dijo él solamente.

–¿Y qué? –insistió Adolfo–. A lo mejor no vuelve en todo el día. No sería la primera vez.

–Ya… Pero si Fernanda no viene, Nancy se va a quedar sin comer, porque… Hoy no ha hecho nada, y yo estoy sin blanca. A ver, ya estamos a veintisiete, y con lo que cobro… Esta mañana le he tenido que pedir a mi hija dinero para un metrobus, no le digo más.

Así nos enteramos de que Fernanda tenía una hermana, una chica fea y sin gracia, mayor que ella, y de que en realidad trabajaba para las dos.

–Si no, ¿de qué iba a seguir estando ella aquí, pasando frío y calor, y a la intemperie? –añadió el viejo–. A ver, ¿de qué? Si ella podría estar donde quisiera, con quien quisiera y como quisiera. Lo hace por Nancy, para no dejarla sola, para que no le pase nada, para que no se quede sin comer.

–Ya… Y a las demás les da lo mismo, ¿no?

Y mientras el viejo se encogía de hombros, Adolfo sacó un billete de diez euros de su cartera y se lo dio, tome, dijo, pero que no se acostumbre, y cuando Basi empezó a bajar por la loma, repitió que no hay nada más clasista, nada más insolidario ni más egoísta que un pobre, y que cómo cojones se puede hacer así una revolución, para contestarse enseguida a sí mismo que de ninguna manera, claro, que no se puede, y que así nos luce el pelo.

–Yo soy un mártir de la lucha sindical, os lo tengo dicho. A mí me echaron de Radiotelevisión Española hace once años por dar caña en el Comité de Empresa, más claro, agua. Me despidieron de la noche a la mañana, sin darme explicaciones, pero yo fui a Magistratura y acabé ganando, por supuesto que sí. El juez sentenció que el despido había sido improcedente y, aparte de la indemnización, condenó a la empresa a readmitirme en el mismo puesto y con la misma categoría que tenía cuando me echaron. Ellos dijeron que acataban la sentencia, pero no la han cumplido. Me pagan el sueldo que me corresponde, eso sí, pero me tienen en un despacho, sin hacer nada, rodeado de administrativos. Y yo soy productor de programas, no secretaria.

–Por eso no va a trabajar –nos explicó Miguel a Ramón y a mí, que aquel día por fin nos habíamos atrevido a preguntar a Adolfo cómo es que tenía todas las mañanas libres para pasearse por la Casa de Campo.

–¡Eh, eh, eh! –intervino el aludido–. Un momento. Claro que voy a trabajar. Yo ficho todas las mañanas, ocupo mi puesto, me tomo un café con tu madre y con sus compañeras, que son todas un encanto y me miman una barbaridad, luego vuelvo a mi mesa y cuando llevo ya una hora sin hacer absolutamente nada excepto leerme dos periódicos, les digo que me voy a dar una vuelta y me vengo aquí. A las tres menos diez, como muy tarde, vuelvo a ocupar mi puesto, pregunto si alguien se ha interesado por mí, me contestan que no y, a la hora de salir, vuelvo a fichar y me voy a mi casa.

–Total –resumió Ramón–, que no le das un palo al agua.

–Ésa es una manera de verlo –aceptó Adolfo–, pero yo prefiero considerarme en rebeldía permanente contra el terrorismo empresarial, que no es lo mismo, chaval, que no es lo mismo. ¿O sí, Tomás? A ver, artista, tú que eres el único que me entiende, ¿qué opinas?

Yo le di la razón muy deprisa y me desentendí de la conversación, porque acababa de localizar a Nancy apoyada en un árbol, con los brazos cruzados y ese body tan feo de color carne que llevaba siempre. Era la última mañana lectiva del mes de marzo, y hacía más de dos semanas que no me escapaba con mis amigos, pero ya habíamos hecho todos los exámenes del segundo trimestre y en general me habían salido bien. No iba a suspender ninguna asignatura y doña Paula tampoco se había quejado de la competencia desleal del instituto, porque había practicado todas las noches. Ella no sabe que cuando voy muy apurado y tengo que renunciar al violín, el que más lo siente soy yo, y que por eso no me ha quedado más remedio que aprender a organizarme. Aquella vez tuve que sacrificar mis visitas a la Casa de Campo, pero no pude dejar de pensar en la reina. Tampoco en su hermana.

–¡Fernanda, guapa!

Cuando se marchó en un Alfa Romeo rojo que ya conocíamos de vista, llevándose la luz, la alegría de Vivaldi y mi zozobra, Nancy salió a la carretera y levantó el brazo como si pretendiera detenerla, pero no lo logró y se quedó quieta, paralizada en medio del asfalto, hasta que el sonido de una bocina la espabiló. Entonces volvió a su árbol andando muy despacio, con la mirada baja y los brazos cruzados, para adoptar la posición en la que permanecería durante más de una hora, como si hubiera renunciado a parar esos coches que nunca frenaban al pasar por su lado. Mientras vigilábamos los pasos de Ramón, que ya se atrevía a pasearse por la acera y se dejaba tomar el pelo por las chicas muy a gusto, yo miraba a Nancy. Adolfo también. Por eso, fui el único que entendió lo que dijo cuando Miguel se cansó de repetir que un día lo iba a hacer, que él también lo iba a hacer, que lo iba a hacer, que por sus muertos nos juraba que, un día de éstos, iba, y lo hacía.

–No, si cuando yo digo que soy un mártir de la clase trabajadora… Ésta me vuelve a costar a mí hoy diez euros, y sin tocarla siquiera, lo que yo te diga…

–No –contesté sin volverme a mirarle, y empecé a bajar por la loma.

No me vio llegar. Ni siquiera me miró hasta que me tuvo delante. Entonces levantó la cabeza como si le pesara, me miró de arriba abajo con desgana y, cuando sus ojos llegaron a la altura de los míos, frunció los labios en un mohín impreciso, que no me consintió adivinar si se estaba burlando de mí o de sí misma.

–¿Y usted qué quiere, niño? –me preguntó de todas formas.

Hasta aquel momento estaba tranquilo. Cuando fui a buscarla tenía muy claro lo que iba a hacer, y por qué lo hacía. Sin embargo, mientras me miraba con los brazos cruzados y esa sonrisita tan antipática, esperando una respuesta que yo no era capaz de articular, me puse tan nervioso que empecé a temblar sin darme cuenta. Supongo que me impresionó mucho que fuera tan fea, no sólo en comparación con su hermana, sino en general. Nancy no se parecía a Fernanda ni siquiera en el color de la piel, porque la suya también era oscura, pero mate, sin los destellos acaramelados que envolvían a la reina en papel de celofán cuando reflejaba el sol del mediodía. Nancy, para empezar, ni siquiera era mulata. Tenía los labios finos, metidos hacia dentro, y rasgos afilados, más bien indios, pero no mansos, ni dulces, como los de otras chicas de por allí. Era más baja que yo y estaba muy delgada, y peor que eso, parecía desinflada aunque aquella vez no me fijé mucho en su cuerpo porque mientras miraba a todas partes buscando algo que decir, vi de repente sus pechos pequeños, caídos, marcados por dos hileras divergentes de rayas blancas, y me dieron tanta pena que comprendí que nunca podría decirle la verdad, que yo también soy feo, y gordo, y llevo gafas, y que por eso sabía que su destino era injusto, y que le costaba trabajo levantarse por las mañanas.

–Toma –le dije por fin y a cambio, sacando un envoltorio de plástico transparente de mi mochila–. Yo no tengo hambre. Si lo quieres… –ella cogió el bocadillo, lo miró con curiosidad y me sonrió–. Es de jamón. De jamón serrano. Lo ha hecho mi madre. Ella unta primero el pan con un tomate, y así está más bueno.

–¿Y no me va a invitar siquiera a una cocacola? –ronroneó con un acento mucho más suave, casi mimoso, mientras alargaba la otra mano para acariciarme la cara con unos dedos de uñas larguísimas.

–No…, co… co… cocacola no tengo… –dije, y creí que me iba a morir–. Pero tengo aquí un zumo, creo…

–¿Y de qué es?

–Pu…es, no sé… –reconocí, mientras rebuscaba en la mochila con dedos frenéticos, hasta que di con él–. De… de pina. De pina y melocotón.

–Es rico –no había dejado de acariciarme la cara cuando sus dedos se detuvieron de pronto justo debajo de mi mandíbula, a la izquierda de mi barbilla–. ¿Y esto qué es, qué es lo que tiene usted acá, niño?

–Es una rozadura. Una especie de callo. Del violín, ¿sabes?, de sujetarlo –e incliné la cabeza hacia la izquierda, como si lo tuviera sobre el hombro–. Se coloca así, ¿ves?

–¿Usted toca el violín? –asentí con la cabeza–. ¿Tan joven? –volví a asentir–. Mira, un músico, qué bueno…

Guardó en su bolso el bocadillo y el zumo, y se acercó a mí. Al cogerme del brazo se pegó completamente a mi cuerpo, y entonces comprendí que ninguno de los dos habíamos entendido nada.

–¿Y qué más me va a dar usted, bizcocho? ¿Qué le gusta? Vamos ahora, ¿quiere?, prefiero comer luego.

–No, yo… –dije, parándome en seco–. Yo no… No voy, no… Yo, vamos, o sea, que… Yo te he dado el bocadillo, ¿no?, pero, vamos, no por nada, o sea que… Sí, para que te lo comas, pero yo… Bueno, que me tengo que ir.

Salí corriendo y no paré hasta llegar arriba. Mis amigos se me quedaron mirando con la boca abierta, como si todavía no fueran capaces de creer lo que acababan de ver con sus propios ojos. Adolfo, en cambio, me pasó un brazo por el hombro y me recomendó que cuando acabara de estudiar y empezara a tocar en una orquesta, procurara llevarme bien con todo el mundo y no me metiera en líos. Y los sindicatos ni olerlos, añadió al final, porque hay que ver, hijo mío, menuda carrera llevas…

–Si yo no te censuro, Ramón, no te censuro. Yo soy muy comprensivo con las flaquezas humanas porque tengo una pila de ellas, flaquezas para dar y regalar, como si las cultivara en una maceta, ya te digo… Yo, vive y deja vivir, amén, y que cada uno se arrepienta por su cuenta, que llorar en público siempre ha sido de muy mal gusto. Fíjate, ni siquiera te voy a reprochar que hayas contribuido alegremente y sin darte cuenta a la injusticia y a la explotación, a la miseria de los oprimidos y a la opulencia de esos hijos de la gran puta que vienen por aquí a controlar metidos en su coche, con la calefacción encendida en invierno y el aire acondicionado a tope en verano.

–Eso no tiene nada que ver –Ramón le interrumpió en un tono brusco, desafiante, y me di cuenta de que estaba muy enfadado con Adolfo porque en vez de cantar su hazaña y pedir detalles, como nosotros, se había quedado mirándole con cara de pena al verlo aparecer.

–¿Que no tiene que ver, que no tiene que ver? –Adolfo frunció los labios en una mueca burlona antes de seguir hablando, como si quisiera dar a mi amigo una oportunidad de ahorrarse explicaciones, pero Ramón no quiso mirarle–. ¡Hala, vete, chaval, no va a tener que ver! Todo tiene que ver, ¿me oyes?, todo. Tú te tiras un mes currando los fines de semana como un gilipollas y ella el dinero ni lo huele, ¿te enteras?, ni lo huele. Más te habría valido comprarle un buen regalo a tu novia, que, por cierto, y por lo que vi aquella tarde que nos encontramos por la Gran Vía, tiene un polvo mejor que el que has echado. Y que conste que yo no te censuro, ¿eh?, no te censuro. Ahora que, ya puestos, podías haber escogido a una que estuviera buena, por lo menos…

–Iliana está muy buena.

–¿Que está qué…? ¡Vamos, no me jodas! –Adolfo se reía–. Si parece un llavero, enana y cabezona. Lo que tiene es que no da miedo, eso sí, eso te lo reconozco, pero buena, buena… Mira, para tía buena, la cuñada de aquí, el príncipe consorte, y por cierto, Tomás… ¿qué hora es?

A mí no me molestaba que me llamara así, ni que se metiera conmigo, porque nos habíamos hecho muy amigos, y además, aunque no pudiera explicar muy bien por qué, tenía la sensación de que los dos estábamos en el mismo bando. Por eso, aquel día, a las dos menos cuarto de la tarde, bajé la cuesta sonriendo y de buen humor. No es que Ramón no me diera envidia. Me la daba, sí. La verdad es que yo también pensaba que Iliana, una venezolana guapa de cara, bajita y redondita, que a mí me parecía mucho más una muñeca que un llavero, estaba muy buena, aunque Adolfo también tenía su parte de razón, porque Débora, la novia de mi amigo, estaba buenísima. Así que, entre unas cosas y otras, Ramón siempre me había dado envidia, pero lo mío era distinto. Yo invitaba a Nancy a comer casi todos los días, porque cuando iba a clase, me escapaba en el recreo para llevarle el bocadillo y el zumo que mi madre me había metido en la mochila después del desayuno, y si no podía, iba a verla a las tres, cuando salía del instituto. La invitaba a comer y no sabía muy bien por qué lo hacía, pero sabía que me gustaba hacerlo, y sentarme a su lado mientras comía.

–Yo no me llamo Nancy, ¿sabe, niño? –ésa fue la primera confidencia que me hizo, sin venir a cuento, un día cualquiera–. A mí me pusieron María Rosario.

–¿Y por qué te cambiaste el nombre?

–Pues… no sé. Nancy es un nombre gringo, suena lo más de bien. Está lindo, ¿sí?

Entonces escuchamos a Adolfo.

–¡Fernanda, guapa!

Nancy comentó aquel grito con uno de sus mohines, a medio camino esta vez entre el escándalo y el desprecio, y volvió a mirarme después, como si ninguno de los dos hubiera escuchado nada.

–¿Y tu hermana? –me atreví a preguntar yo, sin embargo–. ¿Cómo se llama?

–Pues Fernanda –se me quedó mirando y se echó a reír–. ¿Qué problema?

Fernanda, que con esa cara y ese cuerpo podía llamarse como le diera la gana, era nueve años más joven que Nancy, que acababa de cumplir treinta.

–Mi mamá se separó de mi papá y se metió con un paisa medio morocho, un pendejo bien bello, alto, grandullón… Ese pelao es el papá de Fernanda.

Nancy hablaba poco y tenía muy mal genio. Por eso yo prefería escuchar, esperar a que ella tuviera ganas de conversación y contestar a sus preguntas en lugar de atreverme a hacer las mías. Así aprendí algunas cosas de ella, aparte de que no le gustaba hablar de su hermana.

–Yo estoy acá por mi doctorcito –murmuraba de vez en cuando como un estribillo, un lema, una letanía–, sólo por él, para cuando él regrese, para que me encuentre.
El doctorcito era un dentista –odontólogo, decía ella siempre– que durante algunos meses había venido a buscarla dos veces a la semana y que había desaparecido después sin dejar rastro. Nancy estaba convencida de que estaba enfermo o fuera de Madrid, porque nadie había vuelto a verle por la Casa de Campo, como solía ocurrir con los clientes fijos –esos hijueputas que se mudan para donde las africanas– que se cansaban de una chica y cambiaban de zona durante una temporada para volver después a las andadas. Estaba convencida también de que antes o después volvería a buscarla y se la llevaría a vivir con él, lejos de todo aquello. Esa esperanza la sostenía en los días buenos, cuando tenía ganas de hablar, y de reírse, y de bailar con las demás, y la aplastaba en los días malos, cuando parecía una planta mustia y carnívora al mismo tiempo. Entonces se comía el bocadillo sin mirarme, sin sonreírme siquiera, sin darme las gracias. A mí no me importaba, porque soy gordo, y feo, y llevo gafas, pero hasta yo, virgen y todo, sabía que el doctorcito no iba a volver nunca.

–¿Y usted por qué no se trae un día el violín, niño? –me decía cuando estaba de buen humor–. Nos podía dar un conciertito…

–Es que lo que yo toco –sí, sí, sí, se oía a lo lejos, este amor es tan profundo, que tú eres mi consentida y que lo sepa todo el mundo– no os iba a gustar…

Y sin embargo, aquella primavera me atreví por primera vez a enfrentarme por mi cuenta con una partitura de las difíciles, y lo hice por Nancy, o quizás por su hermana, porque fue Fernanda quien me reconoció aquella tarde de mayo en la que descubrí dónde vivían. Había salido de la boca de metro de Antón Martín un poco antes de las siete, como todas las tardes. Iba a casa de doña Paula, pero cuando bajaba por Santa Isabel me pareció distinguir a lo lejos una cascada de trencitas negras adornadas con cuentas blancas que se desviaban hacia la derecha a la altura de Salitre, y las seguí a una distancia prudente, tranquilizadora, sin intención de alcanzarlas. En la esquina con Argumosa, Fernanda se volvió, me sonrió, señaló el estuche que llevaba en la mano derecha y, levantando sus brazos en el aire, imitó los ademanes de un violinista. Yo asentí con la cabeza, pero no me atreví a acercarme a ella. Nancy, que escogía algo que de lejos me parecieron manzanas en la frutería de la esquina, no llegó a volverse. Su hermana tampoco le dijo que yo estaba allí.

Llegué a clase de violín veinte minutos tarde, resoplando como un condenado después de subir corriendo dos cuestas y una escalera, pero aunque doña Paula se enfadó conmigo –no es por el retraso, me dijo, sino por tu actitud, porque a veces tengo la impresión de que mi mejor alumno no se toma mi trabajo en serio–, Mozart, y Brahms, y Corelli, me dirigieron una mirada comprensiva, hasta solidaria, desde sus respectivos marcos, en los grabados que adornan la pared del salón. Doña Paula no sabe que, en realidad, yo toco para ellos, pero si se lo contara no le parecería mal, porque los tres han sido los hombres de su vida desde que heredó sus retratos al morir su abuelo, siendo casi una niña. Y aquella tarde estaban de mi parte, de parte de Fernanda. Por eso, no sólo me ayudaron a contentar a mi profesora, sino que me inspiraron para que, al volver a casa, buscara una de las obras favoritas de mamá –una madre estupenda, una melómana exquisita y una violonchelista mediocre–en la estantería de los discos compactos. Mientras la escuchaba, me dije que nunca sería capaz, y luego que quizás sí, y más tarde otra vez que no, y por fin que lo iba a intentar de todas formas. Pero no se lo conté a nadie, ni siquiera a Nancy.

Tampoco a Adolfo, que un par de días después, mientras Fernanda, ya sin abrigo, la piel sudorosa, reluciente, se paseaba bajo el sol del mediodía, cambió su grito habitual por otro distinto, más desgarrado pero igual de auténtico.

–¡Viva Colombia!

Ella se quedó mirándolo más tiempo que otras veces y hasta movió la mano en el aire para saludarle, como me había saludado a mí cuando nos vimos en Lavapiés. Tú hazme caso, Tomás, que se note que eres el más listo, me dijo entonces. Si alguna vez caes en la tentación de perder el honor, la dignidad y la conciencia, que alguna vez caerás, porque para eso estás en una edad malísima, que sea con ésta. Con ésta, que es la que vale. Con ésta, aunque dé miedo. Con ésta, que es la reina, y con dos cojones. Ni un paso atrás.

–¡Fernanda, guapa!

Ella nos miró, nos sonrió, y se metió en un BMW verde oscuro que últimamente se alternaba con el Alfa Romeo rojo al que ya estábamos acostumbrados. Adolfo esperó a que una sonrisa bobalicona se evaporara de sus labios antes de seguir hablando.

–¿Por dónde íbamos? ¡Ah, sí, ya me acuerdo! Pues eso, que por mí, que el alcalde las eche de aquí y que cierre la Casa de Campo si quiere. Lo voy a sentir por Fernanda, eso sí, aunque en alguna parte seguirá estando, bueno, ella y todas las demás, porque si los fachas se creen que van a quedarse en casa, van dados. Estoy por acercarme un día a los del aire acondicionado y hacerles alguna sugerencia. Que las desplieguen en el patio de la catedral de la Almudena, por ejemplo, a ver si mejoran ese pedazo de bodrio y, de paso, la mierda explota de una puta vez en la cara de los que la fabrican. ¿A que estaría bien? Adornarían mucho el edificio, desde luego. Ahora, que de lo que sí me voy a alegrar es de perderos de vista a vosotros, porque desde que os habéis hecho unos hombrecitos no hay quien os aguante, guapos…

–Otro sermón no, Adolfo –Miguel, que imitaba en el espejo los gestos de Sean Penn, frunció las comisuras de los labios en una mueca turbia y asqueada–, otro sermón no, por favor.

–No, no… Si yo no os sermoneo, si allá vosotros, ¿o no, Tomás?

–Tomás, como le des la razón te meto una hostia.

–¡Oye, Ramón, no te pases! –protesté yo–. De todas formas, Adolfo tiene razón en una cosa. Esto cada día es más aburrido. Sobre todo desde que nos han dado las vacaciones, y en vez de pellas lo que hacemos aquí es perder el tiempo.

–¡Lo perderás tú, no te jode! –terció Miguel, rescatando una antigua vitalidad de su hosca apatía de chico malo–. Ramón y yo nos lo pasamos bastante mejor que antes, ¿sabes?

–¡Joder, qué mayores sois, qué miedo me dais! –Alfonso volvió a la carga–. Pagando por follar con diecisiete años, qué hazaña, qué prodigio, ¿pero qué digo prodigio?, unos héroes es lo que sois… Anda, Tomás, saca el violín y toca un poco.

–No, no merece la pena. Con lo alta que han puesto la música –maaayoonesa, Nancy bailaba sola alrededor de su árbol, tú me bates como haciendo mayonesa, y nunca la había visto tan contenta, todo lo que había tomado se me subió pronto a la cabeza–, no me ibais a oír.

Había pasado más de una semana desde la tarde en la que me atreví a preguntarle a doña Paula si querría escuchar una pieza en la que había estado trabajando últimamente, para que me respondiera con una mirada más que suspicaz, casi tenebrosa. Ella sabe que yo nunca le pediría al genio de la lámpara maravillosa que me convirtiera en el mejor violinista del mundo. Ella sabe que yo quiero ser compositor, aunque no sea el mejor, aunque sea sólo bueno. Nunca hemos hablado de eso, pero yo sé que mi maestra sintió de joven lo mismo que yo siento ahora, y que por eso me dice siempre que espere, que no me precipite, que una carrera se consolida poco a poco, que la prisa malogra al mejor músico y acaba mandándolo de una patada al palco de Las Ventas, o al quiosco del Retiro. Esa tarde no quise darle la oportunidad de machacarme con su amenaza favorita, sin embargo, y antes de empezar a tocar, la advertí que estuviera tranquila, que lo que iba a escuchar no era mío. Entonces sonrió y se reclinó en su butaca, y aunque su paciencia no me pareció menos temible que su suspicacia, yo miré a Mozart, miré a Brahms, miré a Corelli y cerré los ojos. Luego pensé en Fernanda, y la música fluyó a través de mí.

–¡Qué gusto de verle, niño! –Nancy me sonrió y me besó en las mejillas–. ¿Hoy tampoco se ha traído usted el violín?

–No, no… –y moví el brazo hacia atrás para señalar el loro que sonaba a todo volumen–. Con eso no me atrevo.

Nancy se echó a reír, y me rodeó el cuello con los brazos como si quisiera bailar conmigo. Aquella tarde, cuando terminé de tocar y abrí los ojos, doña Paula también se reía, porque la expresión de su cara era demasiado intensa, demasiado alegre, demasiado feliz como para confundirla con una simple sonrisa. Tanto que al principio me asusté. Luego, cuando empezó a hablar, lo hizo chillando, pero ya creí distinguir una nota de entusiasmo en su voz. ¡Eso es Shostakovich!, gritó, y los ojos le brillaban, ¡las Suites de jazz! Sí, logré responder por fin, bueno, en realidad, son sólo algunos temas que…, vale, lo he arreglado yo y ya sé que las transiciones son una chapuza, ¿no?, pero… ¿Le ha gustado? Entonces se levantó en dos tiempos, aferrándose a los brazos de la butaca para desplazarse hasta el borde primero, impulsándose después con sus propios brazos para ponerse por fin de pie. ¿Que si me ha gustado? Ladeó la cabeza y se me quedó mirando con los ojos entornados, sus labios curvados en una sonrisa auténtica, contenida y dulce, como si supiera que así yo podría mirarla a través del tiempo, a través de los años y de las arrugas, de las partituras amarillentas como el cansancio de su piel vieja y opaca, una joven estudiante de violín cuya ambición también sabía viajar más deprisa que sus dedos. Bendito seas, Tomás, me dijo. Claro que me ha gustado. Me has quitado cincuenta años de encima de un plumazo… Cuando llegó hasta mí, me besó en la frente, y yo me di cuenta de que me iba a poner colorado, porque doña Paula estaba tan emocionada, tan agradecida como si acabara de hacerle un regalo, y yo nunca me atrevería a contarle la verdad, que llevaba más de dos meses trabajando como un loco, que desde que me habían dado las vacaciones no había descansado ni un momento, que acababa de darme cuenta de que tanto esfuerzo había merecido la pena, pero que no lo había hecho por mí, ni por ella, ni siquiera por amor a Shostakovich –aquella obra tan clásica y tan moderna, tan popular y tan brillante, tan llena de intuición, de inteligencia, de ritmo, de alegría, de astucia, de colores–, sino para impresionar a dos putas colombianas de la Casa de Campo, una tan guapa que era pura música, la otra tan fea que era como yo. Escúchame, Tomás, me dijo doña Paula aquella tarde, yo no he llegado pero tú vas a llegar. Te lo estoy diciendo muy en serio. Tú tienes talento, hijo, tienes muchísimo talento… Cuando me di cuenta de que me había puesto colorado del todo, busqué el consuelo de la pared del fondo, y sentí que Brahms me miraba.

–Estás muy contenta, ¿no? –le pregunté a Nancy aquel sofocante mediodía de julio, mientras ya no estaba tan seguro de que la idea que habíamos tenido Brahms y yo fuera tan buena. Era el tercer día que cargaba con el violín hasta la Casa de Campo, y el tercer día que le pedía a Adolfo que me lo guardara mientras iba a verla. Pensar que las Suites de Shostakovich quizás pudieran llegar a gustarle no había sido tampoco una buena idea.

–¡Figúrese, niño! –me contestó, y yo esperé, porque ya estaba acostumbrado a su forma de hablar y sabía que le gustaba colocar las exclamaciones antes de las noticias que las inspiraban–. ¿A que no sabe con quién se encontró Daisy ayer por la tarde, y en la mismísima Puerta del Sol? Pues con mi doctorcito. Y me mandó recuerdos, ¿sabe?

Siguió hablando como si la hubieran dado cuerda, que si ella ya sabía que su doctorcito no podía desaparecerse así, sin más, que ahora estaba segura de que iba a volver, que en cualquier momento iba a ver su coche doblando la curva, que ya era hora de que las cosas empezaran a salirle bien… Yo la oía sin llegar a escucharla, porque una voz interior y sin embargo ajena, cómplice e irónica a la vez, repetía al mismo ritmo una cantinela muy distinta, cállate, Tomás, no seas gilipollas, cállate, Tomás, no seas gilipollas, cállate, Tomás… Debía de ser Mozart, que siempre me ha parecido el más espabilado de los tres, y sin embargo, y a pesar de eso, no le hice caso.

–Verás, Nancy, es que yo, el otro día tuve una idea… –ella seguía bailando de perfil, prestándome aún menos atención de la que me había merecido antes, la cabeza vuelta hacia la carretera, los ojos fijos en el camino por el que no llegaba, por el que nunca iba a llegar, un Audi blanco con un dentista dentro–. Mi profesora de violín…, doña Paula. Bueno, pues es una señora muy mayor. Tiene setenta y tres años, creo. Está muy bien de la cabeza, ¿sabes?, y es simpática, divertida, pero le cuesta trabajo moverse, porque está muy gorda y con la edad, y eso… Muchas veces me ha dicho que necesitaría a alguien que le ayudara, pero que le da miedo meter a una desconocida en casa, y que no sabe… –Nancy se paró en seco, giró sobre sus talones para mirarme y sus ojos me dieron miedo–. Vive en la calle Santa Isabel, al lado de tu casa. No haría falta que te quedaras a dormir allí. Yo ya la he hablado de ti. Se me ocurrió el otro día, en clase. No tendrías mucho trabajo, ella…

–¡Miren al pendejito santurrón! –me interrumpió entonces, furiosa, a grito pelado–. ¡Ya me buscó un trabajito de sirvienta!

–No, no es eso, Nancy, no es eso… –¿no te había dicho yo que te callaras, gilipollas?, deja en paz al chico, un piadoso Corelli intercedió por mí, él va de buena fe, tenía que intentarlo, ¿no?–. Yo sólo había pensado…

–¿Qué? –estaba muy cerca de mí, con su pelo estropajoso, y su body color carne, y sus labios invisibles, y sus pechos descolgados, y los brazos en jarras, y una lengua verdosa, afilada y dañina como la lengua de las serpientes–. ¿Que no valgo para nada, que no soy como mi hermana? Pendejo, güevón, marica, que eso es lo que es usted, un marica, que sólo vale para estar ahí parado, mirándome. ¡Ay! Váyase, y deje de hijueputiarme la vida, que estoy esperando a mi doctorcito y usted no es más que un gordo de mierda.

No me moví. Nancy tampoco. Los dos estuvimos así un buen rato, inmóviles, callados, mirándonos como dos pistoleros que tratan de adivinar quién será el primero en apretar el gatillo.

–Sí –admití, antes de que ella encontrara algo más que decir–. Pero yo toco el violín.

La loma me pareció más áspera, más empinada, más dura de subir que nunca. Cuando llegué arriba, Adolfo estaba de pie, con mi violín en las manos. ¿Qué le has hecho, que está llorando?, me preguntó, y yo moví una mano en el aire y no dije nada. Esto se acaba, Tomás, me dijo entonces, las eche el alcalde o no, esto ya se ha jodido. Aprovecha porque nos quedan dos semanas. Después de las vacaciones, se acabó, yo por lo menos ya no vuelvo. Ahora, que te voy a echar de menos, artista, eso sí… Yo acariciaba el estuche de piel castaña, desgastada y sedosa, que antes fue de mi padre, y antes de mi abuelo, y durante un instante me sentí tan perdido, tan arruinado, que tuve la tentación de abrirlo y empezar a tocar. ¿Tú sabes quién era Shostakovich, Adolfo?, pregunté a cambio. ¿Yo?, y me miró con los ojos muy abiertos, una interrogación de azul purísimo, ni puta idea. Pero con ese nombre sería ruso, y si es ruso, casi seguro que me cae bien… Yo también te voy a echar mucho de menos, Adolfo, le dije cuando acabé de reírme, yo también.

–Pero, vamos a ver, joder, a vosotros ¿qué más os da? Si os folláis a lo que os ponen delante, si no tenéis ni puta idea de mujeres…

–¡Coño, Adolfo, qué pesado te estás poniendo! –Ramón discutía con él mientras Miguel esperaba una ocasión para intervenir.

–Pues sí, porque ayer, hablando con éste –éste era yo–, me di cuenta de que esto se acaba, de que ya no tiene gracia, por lo menos para mí, porque cada día me da más pereza venir, y me aburro más, y me marcho antes.

–¿Y por qué no te la follas tú?

–Porque yo no puedo, Miguelito, ya lo sabes. Os lo he dicho un montón de veces. Yo tengo principios, conciencia, dignidad, pero vosotros, que no sabéis lo que es eso… Y además, ¿para qué sirve follar? ¡Pues para contarlo! Eso está claro. ¿O es que no os sabéis la historia de Dominguín con Ava Gardner?

Entonces, la reina echó a andar muy despacio hacia nosotros, con su cara de Virgen María, y sus pechos de bombón de chocolate con leche, y su corsé blanco de novia desnuda, y sus piernas como látigos de seda, y su piel dibujada, delicada, imposible, que no podía ser la de una mujer auténtica.

–La verdad es que es la hostia… –murmuré bajito, sólo para mí.

–Pues claro que es la hostia –Adolfo, que me había oído, asentía con la cabeza–. ¿Y os la vais a perder, gilipollas? –Miguel y Ramón no se atrevieron a decir nada, aunque miraban a la reina como los demás, porque a ella le bastaba mover las caderas para hipnotizarnos, y ninguno sabía resistirse a su poder–. ¡Fernanda, guapa!

Aquella vez no se paró, no nos buscó con los ojos ni premió nuestro fervor con una sonrisa. Siguió andando en nuestra dirección, balanceándose lentamente sobre los tacones, hasta que llegó al borde de la loma, y se me quedó mirando.

–¡Tomasito! –gritó entonces–. Venga usted acá conmigo un momentico, ¿sí?

Yo me quedé quieto, congelado, sin pestañear, sin atreverme a respirar siquiera, como si sus palabras acabaran de convertirme en una piedra muy satisfecha de serlo.

–¡Pero vete con ella, imbécil! –Adolfo me dio en el hombro un golpe que mis músculos no llegaron a acusar, de puro atónitos–. ¿A qué esperas?

No recuerdo haber sido capaz de ponerme de pie, pero debí de hacerlo, porque recuerdo en cambio que tropecé dos veces al bajar la loma, y que la segunda estuve a punto de caerme. No escuché a nadie reírse, sin embargo. Cuando llegué a su lado, la reina sonrió para mí solo, una sonrisa privada, escogida, floreciente, se colgó de mi brazo y cruzó la carretera para llevarme por un camino de tierra, estrecho y descuidado, por el que habíamos visto a veces perderse a algunas chicas, nunca a ella.

–¡Está usted temblando, niño! –me dijo cuando nadie más podía escucharnos.

–Sí –admití, porque era verdad. Estaba temblando.

Me llevó a una especie de chiringuito abandonado, un merendero situado lejos de la carretera que debía de llevar años cerrado. Cuando llegamos, se apartó un poco de mí para mirarme de frente, y yo me atreví por fin a mirarla despacio, de arriba abajo, y comprobé que era mucho más guapa de cerca que de lejos, tan guapa que los ojos me dolían al mirarla. Entonces me acercó una mano a la cara y me sujetó la barbilla con el pulgar.

–Levante un poco la cabeza –me pidió–, así…

Quería ver mi callo, la rozadura del violín, tocarlo con los dedos. Yo la dejé hacer, y si no me desmayé fue porque en aquel momento se me ocurrió pensar que a lo mejor a todas las mujeres les pasaba algo parecido, que a lo mejor, al final, el violín iba a acabar sirviéndome para ligar.

–¿Le duele? –negué con la cabeza–. ¿Y si aprieto un poco? –lo hizo y volví a negar–. Mi hermana dice que es marica –entonces, después de acariciar mi barbilla por última vez, se quedó mirándome con los brazos quietos, paralelos al cuerpo–. ¿Es usted marica, niño?

–No –y no añadí nada más, como si aquel monosílabo fuera la última palabra que tuviera fuerzas para pronunciar en mi vida.

–Ya… Nancy no anda muy bien del coconut, ¿sabe? –y se llevó el índice a la cabeza para darse unos golpecitos–. Por eso no le quiere. Y debería quererle. Yo se lo dije, ayer, que lo que hace usted por ella es muy lindo. A mí me parece lindo. Usted es de los buenos, Tomasito…

Cogió mis manos por las muñecas y se las puso encima de los pechos, y durante un instante, mis dedos tocaron terciopelo, tocaron algodón, tocaron suavidad, tocaron el peligro y el miedo, el placer y la dulzura, tocaron la realidad, y un cielo que era de carne, de piel auténtica, y ardieron en un fuego templado que quemaba para huir deprisa, buscando el consuelo familiar de los bolsillos. Cuando me atreví a mirarla otra vez, en mi mano derecha había seis monedas, siete euros con veinticinco céntimos, todo lo que tenía.

–Guárdese eso, chambón… –Fernanda se reía–. ¿Ha traído usted bocadillo?

–Sí… –y lo busqué en la mochila–. Es… de pollo asado… con lechuga… y mayonesa…

–¡Qué rico! El que más le gusta a mi hermana… Démelo –lo cogió y se lo metió en el bolso. Luego se pegó a mí, me quitó las gafas y las guardó en el bolsillo de mi camisa–. ¡Ay, pero no me tenga miedo, niño! Si es muy fácil… Yo le ayudo, ¿sí? ¿O es que no quiere?

–Sí, sí… Sí –y entonces me acordé de Nancy, y de que con ella nunca había querido, y de que me iba a odiar cuando se enterara, y de que el mundo era injusto como una mierda, y de que yo también era gordo, y feo, y llevaba gafas, pero ni siquiera así tenía la culpa de que ella no se pareciera a su hermana–. Claro que quiero.

Fernanda era música. Pura música. Por eso Vivaldi la amaba, por eso la amó en mí, y la primavera deshizo suavemente el hielo del invierno, y el verano fue caluroso, feroz, el otoño breve pero apacible. El tema de la vendimia sonaba todavía en mis oídos cuando me separé de ella, al borde de la carretera, y al llegar arriba, ni siquiera Ramón se atrevió a interrumpirlo. Miguel y él me miraban con una indiferencia fingida, casi dolida, pero en la cara de Adolfo había una expresión distinta, juvenil y melancólica. Quizás por eso, cuando me senté a su lado, sentí un inexplicable amago de tristeza, una misteriosa tentación de llanto que nacía del vértigo de mi propia euforia.

–Toma –Adolfo me tendió una petaca llena de coñac que nunca le había visto, que ni siquiera sabía que llevara encima–. Bebe. Y no me cuentes nada, Tomás… No me cuentes nada, nunca.

Cuando un Mercedes plateado se detuvo a su lado, Fernanda se inclinó para hablar con el conductor, se incorporó otra vez, abrió la puerta, sonrió. Y mientras fruncía los labios para enviarme un beso a través del aire, supe que Mozart, y Brahms, y Corelli, me miraban desde el cielo con los ojos llenos de lágrimas y más nostalgia que nunca de mi edad, y de mi vida.

Nancy estaba apoyada en su árbol, sola y furiosa. Ella también me miraba, pero no tuve valor para sostenerle la mirada.

FIN

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