martes, 4 de abril de 2017

Alphonse Daudet - La última clase

Esa mañana me había atrasado más de la cuenta para ir a la escuela y tenía miedo de que se me regañara, tanto más cuento el señor Hamel nos había dicho que nos interrogaría sobre los participios, y yo no sabía palabra de ello. Por un momento tuve la idea de faltar a clase y de largarme a vagar por los campos.

¡El tiempo estaba tan cálido y tan claro!

Se oía silbar a los mirlos en los linderos del bosque, y en el prado Rippert, detrás del aserradero, a los prusianos que hacían ejercicios; pero tuve el valor de resistir y corrí rápidamente hacia la escuela.

Al pasar frente a la alcaldía vi que había gente parada cerca de la rejilla donde se colocaban los carteles. Desde hacía dos años, sólo habíamos tenido malas noticias sobre batallas perdidas. Requisiciones, órdenes de la comandancia; y yo pensaba, sin detenerme. “¿Qué será ahora?”. Entonces, cuando atravesaba corriendo la plaza, el herrero Wachter, que estaba ahí con su aprendiz y se disponía a leer el cartel, me gritó:

– ¡No te apures tanto, chico; siempre llegarás demasiado pronto a la escuela!

Creí que se burlaba de mí y entré sin aliento en la salita del señor Hamel. Generalmente, al comenzar la clase producíase un gran bullicio que se oía hasta la calle; un abrir y cerrar de pupitres, las lecciones que repetíamos en voz alta, todos al unísono, tapándonos las orejas para aprender mejor, y la gruesa regla del maestro que golpeaba sobre las mesas:

– ¡Un poco de silencio!

Yo contaba con este barullo para alcanzar mi banco sin ser visto; pero justamente ese día todo estaba tranquilo, como una mañana de domingo: Por la ventana abierta, veía a mis camaradas alineados ya en sus sitios y al señor Hamel que pasaba y repasaba con la terrible regla de fierro bajo el brazo. Había que abrir la puerta y entrar, en medio de esa gran calma. ¡Calculad si yo no estaría abochornado y si no tendría miedo! Y bien, no. El señor Hamel me miró sin encolerizarse y me dijo muy suavemente:

– Ve presto a tu sitio, mi pequeño Frantz; íbamos a comenzar sin ti.

Pasé por encima del pupitre y me senté, a continuación, en mi banco. Sólo entonces, un poco repuesto de mi temor, observé que el maestro llevaba su levita verde, su fina chorrera plisada y su casquete de seda negra, que sólo se ponía los días de inspección o de distribución de premios. Además, la clase entera tenía algo de extraordinario y solemne. Sin embargo, lo que más me sorprendió fue ver en el fondo de la sala, en los bancos que por lo común permanecían vacíos, aldeanos silenciosos como nosotros: al viejo Hauser con su tricornio, al antiguo alcalde, al antiguo factor y también a otras personas más. Toda esa gente parecía triste; y Hauser había llevado un viejo abecedario comido en los bordes, que mantenía abierto sobre las rodillas, con sus grandes anteojos fijos a través de las páginas.

Mientras me asombraba de todo esto, el señor Hamel habíase ubicado en su cátedra, y con la misma voz dulce y grave con que me había recibido, nos dijo:

– Hijos míos, es la última vez que os haré clases. Ha llegado orden de Berlín de no enseñar más que el alemán en las escuelas de Alsacia y Lorena… El nuevo maestro estará aquí mañana. Hoy es vuestra última lección de francés. Os suplico estéis bien atentos.

Estas palabras me trastornaron. ¡Ah, los miserables! Era eso lo que decían los carteles de la Alcaldía.

¡Mi última lección de francés!… ¡Y yo que sabía apenas escribir! ¡No lo aprendería nunca, pues! ¡Tendría que quedar en eso! ¡Cuánto me dolían ahora el tiempo perdido, las faltas a clases para salir a buscar nidos y zambullirse en el Saar! Los libros, que recién me habían parecido tan fastidiosos, tan duros de llevar mi gramática, mi historia sagrada -, antojábanseme viejos amigos, de los que con mucha pena me tendría que separar. Eran como el señor Hamel. El pensamiento de que iba a marcharse, de que no lo volvería a ver más, me hacía olvidar los castigos y los reglazos. ¡Pobre hombre!

Para honrar su última clase, se había puesto sus flamantes ropas domingueras, y ahora yo comprendía por qué esos viejos de la aldea habían venido a sentarse en el extremo de la sala. Esto parecía decir que ellos lamentaban no haber venido más a menudo a esta escuela. Era, también, como una forma de agradecerle sus cuarenta años de buenos servicios, y que si se marchaba, era para cumplir sus deberes con la patria…

Hallábame sumido en estas reflexiones cuando oí citar mi nombre. Me tocaba el turno de recitar. ¡Qué no hubiera dado por decir de corrido esa famosa regla de los participios, muy alto, muy claro, sin una falta! Sin embargo, me embrollé en las primeras palabras y permanecí de pie, balanceándome en mi banco, embarazado, sin atreverme a levantar cabeza. Oí al señor Hamel que me hablaba:

– No te regañaré, mi pequeño Frantz; debes sentirte bien castigado…, esa es la verdad. Todos los días nos dijimos:” ¡Bah, tengo mucho tiempo! Estudiaré mañana”… Y ya ven lo que sucede… ¡Ah, la gran desgracia de nuestra Alsacia ha sido el dejar siempre su instrucción para mañana! Ahora esas gentes tienen derecho a decirnos: ¡Cómo! ¡Pretendéis ser franceses y no sabéis ni hablar ni escribir vuestra lengua! En todo esto, mi pobre Frantz, no eres solamente tú el culpable. Todos tenemos una buena porción de reproches que hacernos.

“Vuestros padres no se han cuidado un ápice de veros instruidos. Consideran mejor enviarnos a trabajar la tierra o en la hilanderías para tener algunos centavos más…Yo mismo, ¿no tengo nada que reprocharme? ¿Es que no os he hecho regar a menudo mi jardín en vez de haceros estudiar? Y cuando quería ir a pescar truchas, ¿me fastidiaba el que tuviera que daros asueto..?

Entonces, pasando de una cosa a otra, el señor Hamel se puso a hablarnos de la lengua francesa, diciendo que era la más hermosa del mundo, la más clara, la más sólida: que debíamos conservarla y no olvidarla jamás; porque cuando un pueblo cae en esclavitud, mientras conserva su lengua, es como si tuviese las llaves de su prisión… Luego tomó una gramática y nos leyó nuestra lección. Yo estaba asombrado de ver cómo comprendía. Todo lo que decía me parecía fácil, fácil. Creo, además, que nunca había escuchado bien y que él nunca había puesto tanta paciencia en sus explicaciones. Hubiérase dicho que, antes de irse, el pobre hombre quería transmitirnos todo su saber, hacérnoslo entrar en la mente de un solo golpe.

Terminada la lección, se pasó a la escritura. Para ese día, el señor Hamel nos había preparado dos ejemplos completamente nuevos, respecto de los cuales había escrito, en bonita letra redonda: Francia, Alsacia, Francia, Alsacia. Esto semejaba dos banderitas que flotaban alrededor de la clase, flameando en una varilla sobre nuestros pupitres.

¡Había que ver cómo se aplicaba cada cual y qué silencio reinaba! Oíase sólo el rasgueo de las plumas en el papel. En un momento, entraron dos abejorros; pero nadie se fijó en ellos, ni siquiera los más pequeñuelos, quienes estaban dedicados a trabajar sus palotes con tal corazón y tal conciencia, como si esto, asimismo, fuese francés… Sobre el techo de la escuela, los pichones arrullaban en tono bajo, y yo me decía al oírlos:

“¿También se les obligará a ellos cantar en alemán?”

De tiempo en tiempo, cuando alzaba los ojos por encima de mi página, veía al señor Hamel inmóvil en su asiento y contemplando los objetos que lo rodeaban, como si quisiera llevarse en la mirada ese diminuto rincón escolar… ¡Acordaos que desde hacía cuarenta años él había permanecido en ese mismo sitio, el patio al frente y la clase siempre igual! Solamente el banco y los pupitres estaban pulidos, frotados por el uso; los nogales del patio habían crecido, y el lúpulo que él había plantado enguirnaldaba ahora la ventana hasta el tejado. ¡Qué pena debía de ser para ese pobre hombre abandonar todas esas cosas y sentir que su hermana iba y venía en la habitación de arriba, atareada en cerrar sus maletas, pues debían partir al día siguiente, alejarse del lugar para siempre!

Sin embargo, tuvo el valor de hacernos la clase hasta el fin. Después de la escritura, tuvimos lección de historia; en seguida, los pequeños cantaron todos en conjunto el BA BE BI BO BU. En el fondo de la sala, el viejo Hauser habíase puesto los anteojos y, sosteniendo el abecedario con ambas manos, repetía a su vez las letras. Se veía que se aplicaba también, su voz temblaba de emoción, y era tan divertido oírlo, que todos teníamos ganas de reír y de llorar. ¡Ah, no me olvidaré jamás de esa última clase!…

De pronto, el reloj de la iglesia anunció al mediodía, y luego el ángelus. En ese mismo momento, las trompetas de los prusianos que regresaban de los ejercicios estallaron bajo nuestras ventanas. El señor Hamel se incorporó, sumamente pálido. Nunca me había parecido tan alto.

Amigos míos- dijo-, amigos míos, yo…, yo…

Pero algo lo ahogaba. No podía terminar la frase.

Entonces se volvió hacia el pizarrón, cogió un trozo de tiza y, apoyándolo con todas sus fuerzas, escribió, tan grande como pudo:

“¡VIVA FRANCIA!”

Después, permaneció ahí, la cabeza afirmada en el muro, sin hablar, haciéndonos señas con la mano:

– Se terminó…, marchaos.

FIN

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