sábado, 1 de abril de 2017

Angela Carter – Los amoríos de Lady Purple

A los pocos días de nacer, su madre la envolvió en una manta raída y la abandonó en el portal de la casa de un próspero mercader, cuya mujer era estéril. Aquellos respetables burgueses iban a convertirse en las primeras víctimas de la sirena. Le prodigaban toda clase de atenciones que el amor y el dinero pueden ofrecer y, sin embargo, criaron una flor que, aunque perfumada, era carnívora. A los doce años sedujo a su padre adoptivo. Completamente loco por ella, le confió la llave de la caja fuerte donde guardaba todo su dinero, y ella le robó hasta el último céntimo.

Después de empaquetar su botín en una cesta de ropa junto con los vestidos y joyas que su padre le había regalado, asesinó a su primer amante y a su esposa, su madre adoptiva, clavándoles en el estómago un cuchillo de cocina que se usaba para cortar pescado. Luego prendió fuego a la casa para ocultar las huellas de su crimen. Aniquiló su propia infancia en el incendio que destruyó su primer hogar, y, saltando de la pira de su crimen como un ave fénix corrupta, volvió a florecer en los barrios de placer, donde fue contratada por la dueña del burdel más importante.

En los barrios de placer, la vida transcurría por entero con luz artificial, pues el mediodía de aquellas calles abarrotadas llegaba con lo que constituía la soñolienta medianoche para aquellos que vivían fuera de aquel mundo invertido, siniestro, abominable, que funcionaba únicamente para satisfacer los caprichos de los sentidos. El deseo más rebuscado que se le pudiera ocurrir a la mente humana en su perversa ingenuidad, hallaba allí amplia gratificación, entre el vestíbulo de espejos, las cabinas de flagelación, los cabarets de copulaciones que desafiaban la naturaleza y las ambiguas veladas de mujeres— hombres y hombres de sexo femenino. La carne era la especialidad de todas y cada una de aquellas casas y la servían humeante, con todos los aderezos imaginables. Las marionetas del profesor interpretaban estas maniobras tácticas fría y mecánicamente, como soldados de juguete en una fingida batalla carnal.

A lo largo de las calles, las mujeres en venta, las maniquíes del deseo, eran exhibidas en jaulas de mimbre para que los potenciales clientes pudieran inspeccionarlas a placer mientras paseaban. Estas exaltadas prostitutas estaban sentadas inmóviles como ídolos. Sobre sus rasgos reales habían pintado abstracciones simbólicas de los diversos aspectos de atractivo, y la fantástica elaboración de sus vestidos dejaba entrever que cubrían un tipo de piel distinta. Los tacones de corcho de sus zapatos eran tan altos que no podían caminar sino sólo bambolearse, y las bandas de su cintura estaban hechas de un brocado tan rígido que los movimientos de los brazos eran limitados y cortos, de modo que presentaban actitudes de incomodidad física que, a pesar de moverse con energía, derivaban, al menos en parte, de la falta de destreza manual del ayudante sordo, porque su aprendiz todavía no había llegado al nivel de oficial. Sin embargo, los ademanes de estas cortesanas eran tan estilizados como si respondieran a un mecanismo de relojería. Aun así, aunque de un modo fortuito, todo salía tan bien que parecía que cada una de ellas estaba tan absolutamente delimitada como una figura de retórica, reducida por la rigurosa disciplina de su vocación a la inefable esencia del concepto de mujer, una abstracción metafísica de la hembra que, mediando el pago de una determinada tarifa, podía quedar al instante relegada al olvido, dulce o terrible según la naturaleza de los talentos de aquélla.

Los talentos de lady Purple lindaban con lo inefable. Vestida de cuero y con botas, antes de cumplir quince años se había convertido en la reina del látigo. Posteriormente, se licenció en los misterios de la cámara de tortura, en la que estudió con ahínco toda clase de ingeniosos artilugios mecánicos. Empleaba un complicado conjunto de embudo, humillación, jeringa, empulgueras, desprecio y angustia espiritual; para sus amantes este severo trato era como su pan y vino y un beso de su cruel boca era el sacramento del sufrimiento.

Pronto su éxito le permitió establecerse por su cuenta. Cuando llegó a la cumbre de su fama, su más mínima fantasía podía llegar a costarle a un hombre todo su patrimonio, y, tan pronto como lo despojaba de toda su fortuna, esperanzas y sueños, lo abandonaba, pues no conocía los remordimientos; o tal vez lo encerraba en su armario y lo obligaba a ver cómo se llevaba a la cama, por lo general tan costosa, a un mendigo que había encontrado casualmente por la calle, sin cobrarle nada a cambio. Por ser frígida, no era una sustancia maleable sobre la que pudieran ejecutarse los deseos; no era una verdadera prostituta, pues era el objeto con el que los hombres se prostituían a sí mismos. Ella, la única consumadora del deseo, hacía proliferar malévolas fantasías a su alrededor y utilizaba a sus amantes como el lienzo en el que ella realizaba íntimas obras maestras de destrucción. La piel de las personas que estaban cerca de ella se derretía con la electricidad que de ella emanaba.

Pronto, ya fuera para sacárselos de encima o simplemente por placer, se dedicó a asesinar a sus amantes. Extrajo el fémur de la pierna de un político que había envenenado y lo llevó a un artesano para que le tallara una flauta. Convencía a los amantes que gozaban de su favor para que le tocasen música con dicho instrumento, y, con la gracia más ligera y serpentina, bailaba para ellos al son de aquella música sobrenatural. En ese momento, la niña muda dejaba el samisén y cogía un tubo de bambú con el que emitía extrañas cadencias, y, aunque no era ni mucho menos el clímax de la obra, esta danza constituía la cumbre de la interpretación del profesor, pues la misteriosa pavana evolucionaba como en olas de oscuridad y, mientras taconeaba, bailaba y giraba sobre sí, lady Purple se convertía en la mismísima imagen del irresistible diablo.

Castigaba a los hombres como la peste, a la vez veneno y terrible iluminación, y era tan contagiosa como aquélla. Todos sus amantes acababan presentando este estado: iban vestidos con harapos, pegados entre sí con la supuración de sus llagas, y en sus ojos un horrendo vacío, como si de un soplo les hubieran apagado el cerebro al igual que una vela. En fantasmagórico desfile de espectros, rodaban por el escenario, mostrando a su paso horrores medievales: aquí un brazo se desencajaba, salía volando y desaparecía de la vista devorado por las moscas, y allá una nariz avanzaba suspendida en el aire tras una forma demacrada sin nariz que caminaba tambaleándose.

Así se interrumpió la carrera pirotécnica de lady Purple, que terminó como si realmente hubiera sido una demostración de fuegos artificiales, es decir, en cenizas, desolación y silencio. Se hizo más fantasmal que aquellos a los que había infectado. Por fin Circe se convirtió en cerdo y, consumida hasta la médula por sus propias llamas, deambuló por las calles como una sombra reseca. La desgracia la destruyó. Los que un día la habían adulado, la echaron con piedras y blasfemias; no le quedó más que recuperar desperdicios en la orilla del mar, donde recogía cabellos de las personas ahogadas para venderlos a los fabricantes de pelucas, quienes satisfacían las necesidades de cortesanas más afortunadas, por menos diabólicas.

Ahora, sus galas, sus joyas de pasta y su enorme tocado de cabello negro estaban colgados en su camerino y no llevaba más que unos cochambrosos harapos de burda arpillera para la escena final de su desesperado declive, en la que, como atroz ninfómana, practicaba increíbles necrofilias con los cadáveres hinchados que el mar escupía con desprecio a sus pies, pues su fría rapacidad se había vuelto por completo mecánica y seguía repitiendo sus anteriores acciones aunque ella fuese totalmente distinta. Renegó de su humanidad. No era más que madera y cabello. Se convirtió en una mera marioneta, la propia réplica de sí misma, la imagen muerta, pero en movimiento, de la desvergonzada Venus oriental.

Al cabo el profesor empezó a acusar los efectos de su avanzada edad y de los viajes. A veces se lamentaba en ruidoso silencio a su sobrino de dolores, males, rampas, tirones y ahogos. Empezó a renquear un poco y dejó al chico todo el trabajo pesado de montar y desmontar el espectáculo. Sin embargo, la mímica de la danza de lady Purple se hacía aún más extraordinaria con el paso de los años, como si la energía del profesor, canalizada durante tanto tiempo hacia aquel propósito, se refinase cada vez más y se redujese finalmente a una esencia única, purificada, concentrada, que transmitía por entero a la marioneta; y la mente del profesor alcanzó una condición semejante a la del espadachín Zen, cuya espada es su alma, de tal modo que ni la espada ni el espadachín tienen sentido sin la presencia del otro. Estos espadachines, armados, se dirigían a sus víctimas como autómatas, en un estado de perfecta vaciedad, ignorando ya toda distinción entre su propio ser y el arma. El maestro y la marioneta habían alcanzado este estadio.

La edad no podía afectar a lady Purple, pues, como nunca había aspirado a la mortalidad, la trascendía sin esfuerzo y, aunque cualquier hombre menos consciente del arte necesario para hacerle levantar tan sólo su mano izquierda podría haberse amargado viendo cómo ella desafiaba al paso del tiempo, el profesor no tenía preocupaciones de este tipo. La milagrosa inhumanidad de la marioneta hacía que su amistad estuviera libre de lo antropomórfico, incluso en la noche de la fiesta de Todos los Santos, en la que, según dicen los montañeses, los muertos celebran bailes de máscaras en los cementerios mientras el diablo toca el violín para ellos.

Cuando el poco selecto público hubo recibido su porción de sensaciones equivalente a un kopec, salió a la feria, que todavía rugía de vitalidad como un tigre juguetón. La niña expósita guardó el samisén y barrió la caseta mientras el sobrino preparaba el escenario para la sesión matinal del día siguiente. Entonces el profesor advirtió que a lady Purple se le había descosido una costura de la burda túnica que llevaba en el último acto. Charlando consigo mismo enojado, la desvistió y la dejó balanceándose aquí y allá, colgando de sus cuerdas. Luego se sentó en un taburete de madera del teatro y enhebró la aguja como una buena ama de casa. La tarea era más difícil de lo que parecía al principio, pues el tejido estaba también desgarrado y necesitaba un buen zurcido, por lo que dijo a sus ayudantes que se fueran juntos a la pensión y lo dejaran terminar el trabajo solo.

Una pequeña lámpara de aceite que colgaba de un clavo junto al escenario proyectaba una luz insuficiente, pero tranquila. La blanca marioneta resplandecía a intervalos, a través de las neblinas que desde la noche exterior se colaban en el teatro por entre todas las grietas y agujeros del encerado y ahora empezaban a envolverla en sus cortinajes de gasa como queriendo cubrirla con decencia o para hacerla más seductora al trasluz. La neblina suavizaba un poco la sonrisa pintada, y su cabeza colgaba de lado. En el último acto, llevaba una peluca negra de cabello suelto, cuyos mechones le colgaban a la altura de sus caderas blandamente tapizadas, y las puntas de su cabello contrastaban con la pizarra blanca que había tras ella al son de sus arbitrarios movimientos, produciendo uno de esos efectos ópticos fluctuantes que nos hacen cuestionar la veracidad de nuestra visión. Como solía hacer cuando estaba a solas con ella, el profesor le habló en su idioma nativo, recitando con precipitación intimidades intrascendentes, sobre el tiempo, su reumatismo, sobre la insipidez y el precio excesivo del pan negro y burdo de la región, mientras las brisas hacían de la marioneta su compañera de baile en un vals triste apenas perceptible y la niebla se espesaba por minutos, haciéndose más pálida y más viscosa.

El anciano terminó su remiendo. Se levantó y, con un par de crujidos de sus viejos huesos, fue a colocar con todo cuidado la miserable prenda en el colgador de su camerino, al lado de la resplandeciente falda de color púrpura salpicada de peonías rosadas y con una faja de color carmín que lucía en aquella danza fascinante. Estaba a punto de colocarla desnuda en su maleta en forma de ataúd y llevársela a su habitación helada cuando se detuvo. Le invadió el infantil deseo de volver a verla aquella noche una vez más con todas sus galas. Descolgó su vestido y lo llevó hasta donde ella yacía a merced de nadie más que del viento. Mientras la vestía le murmuraba como si fuese una niña pequeña pues la vulnerable flaccidez de sus brazos y piernas hacían de ella una niña de un metro ochenta y dos.

—Por aquí, por aquí, bonita mía; este brazo aquí, ¡muy bien! No pasa nada…

Luego cogió su peluca penitencial y chasqueó la lengua al ver lo irremediablemente calva que era sin ella. Los brazos le crujieron bajo el peso del inmenso moño y se tuvo que estirar hasta ponerse de puntillas para colocársela, porque, al ser tan grande, era más alta que él. Tras lo cual, concluyó el ritual de su atuendo y ella volvió a estar completa.

Una vez vestida y ataviada, pareció que su seca madera hubiera hecho brotar de repente toda una primavera de flores para deleite único del anciano. Podría haber servido como modelo de la más bella mujer, la imagen de mujer que tan sólo el recuerdo y la imaginación pueden elaborar, pues la luz de la lámpara caía sobre ella con demasiada suavidad como para mantener la arrogancia de su expresión y con tanta dulzura que sus largas uñas parecían tan inofensivas como diez pétalos caídos. El profesor tenía una peculiar costumbre: solía dar siempre a su muñeca un beso de buenas noches.

Los niños besan a sus juguetes cuando suponen que se van a dormir, aunque, por muy niños que sean, saben que sus ojos no están hechos para cerrarse, así que serán siempre una Bella Durmiente que ningún beso llegará a despertar. Hay quien, atenazado por una feroz soledad, puede besar el rostro que ve delante de él en el espejo a falta de otro rostro al que besar. Ambos besos son del mismo tipo: son las caricias más conmovedoras, porque son demasiado humildes y demasiado desesperadas como para desear o buscar una respuesta.

No obstante, a pesar de la triste humildad del profesor, bajo sus labios ajados y marchitos se abrió una carne cálida, húmeda y palpitante.

La madera durmiente se había despertado. Sus dientes de perlas chocaron contra los suyos con el sonido del címbalo y su aliento cálido y fragante sopló en torno a él como una fuerte brisa mediterránea. Por su rostro repentinamente vivo pasó toda una gama de expresiones, como si en un instante estuviera recorriendo a gran velocidad todo el repertorio de sentimientos humanos, experimentando, en un lapso interminable de tiempo, todas las escalas de emoción, como si de música se tratase. Haciendo un ruido de vides aplastadas, sus brazos se enrollaron en torno al delicado aparato de piel y huesos del profesor con la insistente presión de una realidad mucho más viva que la carne de éste, reseca por el tiempo. Su beso surgía del oscuro país en donde el deseo habita y es objetivado. Ella había logrado entrar en el mundo por una misteriosa grieta practicada en la metafísica de éste, y, mientras lo besaba, aspiraba el aire de sus pulmones de tal forma que su seno empezó a agitarse con él.

Así, sin ayuda de nadie, empezó su siguiente actuación con una improvisación aparente que en realidad no era más que una variación sobre el mismo tema. Hundió sus dientes en la garganta del profesor y lo vació. Éste no tuvo tiempo de emitir ningún lamento. Una vez vaciado, se le escurrió de los brazos, desplomándose a sus pies con un seco susurro, como de un montón de hojas secas lanzadas al viento, y se quedó tendido en el entarimado, tan vacío, inútil y carente de significado como su propio chal arrebujado.

Ella tiró con impaciencia de las cuerdas que la ataban y éstas salieron en manojos de su cabeza, brazos y piernas. Se las arrancó de las yemas de los dedos, y estiró sus manos largas y blancas, flexionándolas una y otra vez. Por primera vez durante años, y quizá para siempre, cerró su boca manchada de sangre con un sentimiento de alivio, pues todavía le dolían las mejillas de la sonrisa que había tallado su creador en el material que había sido su primer rostro. Pateó el suelo con sus elegantes pies, para hacer que su nueva sangre circulase mejor.

Su pelo se desenredó y se desplegó, liberándose de la prisión de peinetas, cuerdas y laca, para echar raíces en su cuero cabelludo, como hierba cortada que salta del montón donde yace y regresa a la tierra. Al principio se estremeció de placer al sentir frío, pues se dio cuenta de que estaba teniendo una sensación física; pero luego, ya fuese porque recordó o porque creyó recordar que la sensación de frío no era agradable, se arrodilló y, dando un tirón al chal del anciano, se envolvió en él cuidadosamente. Cada uno de sus movimientos estaba impregnado de una maravillosa fluidez de reptil. Ahora la neblina del exterior parecía abalanzarse sobre la caseta como la marea, y romper contra ella en blancas olas, lo que hacía que ella pareciese un barroco mascarón de proa, único superviviente de un naufragio, arrastrado hasta la orilla por la marea.

Pero, renovada o renacida, volviendo a la vida o empezando a vivir, despertando de un sueño o integrándose en una forma de fantasía generada en su cráneo de madera por la mera repetición invariable de las mismas acciones tantas y tantas veces, el cerebro que yacía bajo el floreciente cabello contenía tan sólo una ligerísima idea de las posibilidades que se le abrían. Todo lo que se había infiltrado en la madera era la noción de que podía interpretar las formas de vida, no tanto gracias a la habilidad de otro, sino a su propio deseo de hacerlo, y no estaba preparada para comprender la compleja circularidad de la lógica que la inspiraba pues no había sido más que una marioneta. Pero, aun no pudiendo percibirlo, no podía sustraerse a la paradoja tautológica en la que estaba atrapada; ¿acaso había parodiado la vida, o era ella, ahora viva, la que parodiaría su propia interpretación de marioneta? Aunque ahora era claramente una mujer, joven y extravagantemente bella, la leprosa blancura de su rostro le daba el aspecto de un cadáver animado sólo por una voluntad diabólica.

Con deliberación, desenganchó la lámpara de la pared tirándola al suelo. Al instante se extendió un charco de aceite por los tablones del escenario. Saltó una pequeña llama en medio del carburante y empezó de inmediato a consumir las cortinas. Recorrió el pasillo entre los bancos hasta llegar a la taquilla de billetes. El escenario era ya un infierno y el cadáver del profesor saltaba aquí y allá en aquel incómodo lecho de fuego. Pero ella no miró atrás cuando consiguió escabullirse y salir a la feria, aunque pronto el teatro se quemó también como un farolillo chino víctima de su propia vela.

Se había hecho tan tarde que los espectáculos secundarios, los puestos de galletas de jengibre y las casetas de bebidas alcohólicas estaban cerrados con llave y con las persianas bajadas, y sólo la luna, medio oculta por una fila de nubes, daba una luz escasa y sucia, que manchaba y deformaba las endebles fachadas de cartón, de modo que el lugar, desierto y cubierto de vómitos —rechazos de la juerga tendidos a nuestros pies—, ofrecía un espectáculo verdaderamente desolador.

Caminó con rapidez pasando por los silenciosos cruces, acompañada sólo por las neblinas fluctuantes, en dirección al centro, encaminándose como una paloma mensajera, por pura necesidad lógica, hacia el único burdel de la ciudad.

FIN

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