viernes, 4 de agosto de 2017

Álvaro Mutis - Intermedio en Niza

Los imperiales han acampado en las afueras de la ciudad. El césar Carlos V se retira después de haber intentado privar a su rival, Francisco I, de las hermosas tierras de Provenza. El emperador está en su tienda, a la caída de la tarde, y despacha algunos asuntos con los enviados que han llegado de tierras alemanas con noticias sobre la sorda conspiración de los electores protestantes. Los emisarios teutones salen con la impresión de no haber sido escuchados con todo el interés que el asunto demandaba. El césar tiene su espíritu en otra parte. Piensa en esa pequeña fortaleza de Muey en donde cincuenta arcabuceros resisten denodadamente el asedio de los imperiales. No quiere dejar tras de sí ni la más leve señal de resisten­cia. Buena parte de sus ejércitos deben pasar por allí en la retirada. Envió a dos de sus más probados y cercanos caballeros para terminar con el sitio: don Francisco de Borja, marqués de Lombay, futuro duque de Gandía, que subirá a los altares como uno de los más preclaros santos de la Iglesia, y Garcilaso de la Vega, espejo de caballeros, que ha escrito ya algunos de los poemas más hermosos de la lengua de Castilla. La preocupación de Carlos V va en aumento. Dejan sobre su mesa de campaña despachos que llegan de Portugal y de Flandes. Ni siquiera se acerca para hojearlos. Medita con melancolía, esa melancolía que le viene de su sangre portuguesa, en el triste destino de quien dispone de las vidas ajenas y nada puede hacer para que el dictado de sus afectos desvíe la fatal trayectoria que le impone su destino de monarca. Tiene treinta y seis años y ya la vida ha comenzado a pesarle. A su lucidez sin sosiego aúna un alma de caballero andante, soñador de quimeras inasibles. El sol de otoño deja sobre las telas y los paños con las insignias imperiales un halo cobrizo y tibio que les da un aire intemporal y señero. Una mano en la empuñadura de la espada y la otra acariciando distraídamente el Toisón de Oro que perteneció a su abuelo el Temerario, Carlos de Europa se pierde en la ansiedad de sus dudas y en el aciago laberinto de sus certezas. Hay un ruido de pasos, un tintineo de armas y el césar mira fijamente al marqués de Lombay que se acerca con las ropas manchadas de sangre y en el rostro un gesto de dolor insondable. Informa sobre lo sucedido: Muey cayó, finalmente, pero en sus muros dejó la vida Garcilaso de la Vega, quien expiró en brazos del marqués sin haber recobrado el conocimiento. Varios caballeros se acercan a escuchar el relato. Carlos permanece en una extraña rigidez, en una inmovilidad de bestia acosada. Su labio inferior tiembla ligeramente. Por fin, alza la mano derecha; se la lleva a la frente, luego al hombro izquierdo, luego al derecho y la deja un instante sobre el corazón. Los presentes imitan el gesto del monarca. Carlos pronuncia con su voz en tonos bajos, que tratan de disimular la emoción, estas palabras de cristiano y de amigo: «Dios guarde a su vera tan buen caballero». Cumplido adiós para el más alto poeta de España.
FIN
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