miércoles, 9 de agosto de 2017

Anaïs Nin – Lilith

Lilith era sexualmente fría y pese a sus fingi­mientos su marido lo sospechaba. Tal situación dio lugar al siguiente incidente.

Lilith nunca tomaba azúcar, por no engordar, y empleaba un sucedáneo: unas minúsculas pildo­ras blancas que siempre llevaba en el bolso. Un día se quedó sin ellas y pidió a su marido que se las comprara de regreso a casa. Le compró un tubito como el que le había pedido, y se echó dos pildoras en el café después de cenar.

Estaban sentados juntos, y él la miraba con una expresión de madura tolerancia, que a menudo adop­taba frente a sus explosiones nerviosas, a sus crisis de egoísmo, de autorreproches o de pánico. A todo su dramático comportamiento, el marido respondía con inalterable buen humor y con paciencia. Ella rabiaba sola, se enfadaba sola y sola soportaba gran­des trastornos emocionales en los que su esposo no tomaba parte.

Posiblemente, ésas eran otras tantas manifesta­ciones de la tensión que faltaba entre ellos en el ámbito sexual. El marido rechazaba todos los pri­marios y violentos desafíos y hostilidades de Lilith; se negaba a entrar en su terreno emocional y a responder a su necesidad de celos, temores y ba­tallas.

Tal vez si hubiera aceptado sus desafíos y jugado los juegos que a ella le agradaban, Lilith hubiera acusado con mayor impacto físico la presencia de su marido. Pero éste no conocía los preludios del deseo sensual ni los estimulantes que ciertas natu­ralezas salvajes precisan, y así, en lugar de respon­derle en cuanto veía que se le ponían los pelos de punta, el rostro más vivido, los ojos relampaguean­tes y el cuerpo electrizado, inquieto como el de un caballo de carreras, se replegaba tras aquel muro de comprensión objetiva, tras aquella amable burla y aceptación, como quien observa un animal en el zoo y sonríe a sus cabriolas, pero no se siente afectado por su estado de ánimo. Era esto lo que de­jaba a Lilith completamente aislada, igual que un animal salvaje en un desierto inhóspito.
Cuando le daba un acceso de furia y su tempera­tura aumentaba, el marido se esfumaba. Era como una especie de cielo suave que la mirase desde la altura, esperando que la tormenta pasara por sí sola. Si él hubiera aparecido al otro extremo de aquel desierto, como si fuera otro animal salvaje, y se hubiera enfrentado a ella con la misma tensión electrizante de pelo, piel y ojos, si hubiera aparecido con el mismo cuerpo salvaje, pisando fuerte y es­perando el menor pretexto para saltar, abrazarla con furia, sentir la calidez y la fuerza de su opo­nente, ambos hubieran podido rodar juntos, y las mordeduras habrían podido ser otras, el ataque se habría transformado en abrazo y los tirones de pelo habrían acabado por unir sus bocas, sus dientes, sus lenguas. Llevados por la furia, sus genitales ha­brían entrado en contacto, encendiendo chispas, y ambos cuerpos se hubieran penetrado mutuamente como final de tan formidable tensión.

Aquella noche, él se sentó con su expresión ha­bitual en los ojos; ella, sentada bajo la lámpara, pintaba algún objeto con furia como si una vez pin­tado fuera a devorarlo.
–¿Sabes? No era azúcar lo que te compré y tomaste después de cenar –dijo el marido–. Era yohimbina, un producto que le vuelve a uno apasio­nado.

Lilith se quedó pasmada.

–¿Y me has dado eso?

–Sí. Quería ver cómo te ponía. Pensé que po­dría resultar muy agradable para los dos.

–¡Oh, Billy, vaya truco que me has gastado! i Y yo que prometí a Mabel que iríamos al cine juntas! No puedo defraudarla; ha estado encerrada en casa una semana. Imagina que eso empieza a hacerme efecto en el cine.

–Está bien; si se lo prometiste debes ir, pero te estaré esperando.

Así, en un estado febril y de alta tensión, Lilith fue a buscar a Mabel. No se atrevió a confesarle lo que le había hecho su marido. Recordaba todas las historias que había oído acerca de la yohimbina. En el siglo XVIII, en Francia, los hombres hacían uso abundante de ella. Rememoró la anécdota de cierto aristócrata que, a la edad de cuarenta años, cansado ya de su asiduidad en hacer el amor a todas las mujeres atractivas de su tiempo, se enamo­ró tan violentamente de una joven bailarina de veinte años, que se pasó tres días enteros con sus noches copulando, con la ayuda de la yohimbina. Lilith trató de imaginar qué clase de experiencia sería ésa, cómo se sentiría cuando tuviera que correr a casa y confesarle su deseo a su marido.

Sentada en la obscuridad del cine, no podía mirar la pantalla. En su cabeza había un caos. Se sentó envarada, en el borde de la butaca, tratando de sentir los efectos de la droga. De repente, al percatarse de que estaba sentada con las piernas muy separadas y la falda por encima de las rodillas se puso rígida.

Pensó que ésa era una manifestación de su fiebre sexual ya creciente. Trató de recordar si alguna vez se había sentado en semejante postura en el cine. Le pareció que estar con las piernas abiertas era la postura más obscena jamás imaginada, y se dio cuenta de que la persona que ocupaba la bu­taca de delante, situada a un nivel mucho más bajo, habría podido mirar bajo su falda y regalarse con el espectáculo de sus bragas recién estrenadas y sus ligas también nuevas, compradas aquel mismo día. Todo parecía conspirar para aquella noche de orgía. Su intuición debía haberlo previsto todo: se había comprado unas bragas con finas puntillas y unas ligas de color coral obscuro, que quedaban muy bien en sus finas piernas de bailarina.

Molesta, juntó las piernas. Pensó que si aquel salvaje deseo sexual la invadía en ese preciso mo­mento, no sabría qué hacer. ¿Se levantaría brusca­mente, pretextaría una jaqueca y se marcharía? ¿O se volvería hacia Mabel? Mabel siempre la había adorado. ¿Se atrevería a volverse hacia Mabel y aca­riciarla? Había oído hablar de mujeres que se aca­riciaban en el cine. Una amiga suya estaba sentada así en la obscuridad de una sala, y su compañera le había desabrochado la falda, había deslizado una mano hacia su sexo y la había acariciado largo tiem­po, hasta provocarle el orgasmo. ¡Cuan a menudo esa amiga había repetido el placer de permanecer sentada con tranquilidad, controlando la parte su­perior del cuerpo, tiesa y quieta, mientras una mano la acariciaba en la obscuridad, secreta, len­ta y misteriosamente! ¿Era eso lo que le iba a su­ceder a Lilith ahora? Nunca había acariciado a una mujer. A veces había pensado lo maravilloso que sería –la redondez del trasero, la suavidad del vien­tre, esa piel particularmente fina entre las piernas–, y probó a acariciarse ella misma, en la cama, a obscuras, imaginando qué sensación produciría tocar a una mujer. A menudo se había acariciado los pe­chos imaginando que eran los de otra.

En ese momento cerró los ojos y rememoró el cuerpo de Mabel en traje de baño; Mabel, sus senos redondos, a punto de escapar del bañador, sus la­bios gruesos, su boca sonriente. ¡Qué hermoso se­ría! Pero sus piernas no guardaban todavía el calor capaz de hacerle perder el control y tender su mano hacia Mabel. Las pildoras no habían hecho aún su efecto. Estaba fría, incluso incómoda, entre las pier­nas; había allí tirantez y tensión. No podía relajarse. Si tocaba ahora a Mabel, no podría ejecutar segui­damente un gesto atrevido. ¿Llevaba Mabel la falda abrochada a un lado? ¿Le gustaría ser acariciada? Lilith se sentía cada vez más inquieta. Cada vez que se olvidaba de sí misma, sus piernas se abrían de nuevo, adoptando aquella posición que le parecía tan obscena y tan provocativa como los gestos de las bailarinas balinesas, que separaban una y otra vez los muslos del sexo, dejándolo desprotegido.

La película terminó. Lilith condujo su coche en silencio por las calles obscuras. Los faros iluminaron otro automóvil aparcado a un lado y proyectaron su luz sobre una pareja que se estaba acariciando, pero no de la manera sentimental acostumbrada. La mujer estaba sentada sobre las rodillas del hom­bre, dándole la espalda, y él se mantenía rígido, con todo el cuerpo en la postura de quien persigue el climax sexual. Se hallaba en un estado tal que no pudo detenerse cuando las luces cayeron sobre él. Se mantuvo tieso, para percibir mejor a la mujer, que se movía como una persona medio desvanecida de placer.

Lilith suspiró ante aquella visión, y Mabel dijo:

–Desde luego les hemos pillado en el mejor mo­mento.

Y se echó a reír. Así que Mabel conocía ese cli­max del que Lilith nada sabía. Lilith quiso pregun­tarle: «¿Cómo es?» Pero pronto lo sabría. Pronto podría satisfacer todos esos deseos habitualmente experimentados sólo en sus fantasías, en las largas ensoñaciones que llenaban sus horas cuando estaba sola en casa. Se sentaba a pintar y pensaba: «Ahora entra un hombre del que estoy muy enamorada. Entra en la habitación y dice: "Déjame que te des­nude." Mi marido nunca me desnuda. Se desnuda él, se mete en la cama, y si me desea me pide que apague la luz. Pero este hombre vendrá y me des­nudará despacio, prenda por prenda. Eso me dará mucho tiempo para sentirlo, para notar sus manos sobre mí. Antes que nada, desatará mi cinturón y me acariciará la cintura con las dos manos. "¡Qué hermosa cintura tienes –me dirá–, qué flexible, qué gentil!" Luego me desabotonará la blusa con mucha lentitud, y yo sentiré sus manos desabro­chando cada botón y tocándome poco a poco los pechos, hasta que salgan fuera de la blusa, y él se quede prendado de ellos y me succione los pezones como un niño, haciéndome un poco de daño con los dientes, y yo sentiré que todo mi cuerpo se estre­mece, que mis nervios se relajan, que me derrito. El se impacientará con la falda, y la rasgará un poco, de tanto que me deseará. No apagará la luz. Permanecerá mirándome con deseo, admirándome, adorándome, calentándome el cuerpo con las ma­nos, esperando a que esté completamente excitada, en todos los rincones de mi piel.»

¿La estaba afectando la yohimbina? No, estaba lánguida, y su fantasía empezaba a actuar de nue­vo, una y otra vez, pero eso era todo. Sin embargo, la visión de la pareja en el automóvil y su estado de éxtasis era algo que deseaba conocer.

Cuando llegó a casa, su marido estaba leyendo. La miró y le sonrió maliciosamente. Ella no quería confesar que no se sentía excitada en absoluto. Es­taba muy decepcionada de sí misma. ¿Qué clase de mujer fría era, que nada podía afectarla, ni tan si­quiera lo que había dado fuerzas a un caballero del siglo XVIII para hacer el amor tres días y tres noches sin parar? ¡Qué monstruo era! Nadie debía saberlo, ni su marido. Se reiría de ella y acabaría buscándose otra mujer más sensible.

Así que empezó a quitarse la ropa ante él, yendo de un lado a otro medio desnuda y cepillándose el cabello frente al espejo. Normalmente, nunca hacía eso. No quería que él la deseara; eso no la compla­cía. El amor era una cosa que había que hacer con rapidez, para que él gozara. Para ella era un sacri­ficio. No participaba de la excitación ni del goce de él, que le resultaban repulsivos. Se sentía como una furcia sin sentimiento que a cambio del amor y la devoción de su marido le arrojaba su cuerpo vacío e insensible. La abrumaba estar tan muerta dentro de su cuerpo.

Pero cuando al cabo se deslizó en la cama, su marido le dijo:

–Me parece que la yohimbina no te ha afectado mucho. Tengo sueño. Despiértame si...

Lilith trató de dormir, pero seguía esperando que la invadiera un deseo salvaje. Al cabo de una hora, se levantó y fue al cuarto de baño. Tomó el tubito y se tragó unas diez pildoras, pensando: «Ahora funcionará.» Y aguardó. Durante la noche, el marido pasó a su cama, pero ella tenía el sexo tan poco dispuesto que no se le humedecía lo más mínimo y tuvo que lubricarle el pene con saliva.

A la mañana siguiente se levantó llorando. Su marido la interrogó, y ella le confesó la verdad. El se echó a reír.

–¡Pero Lilith! Era una broma. No era yohimbina. Te gasté una broma.

Desde aquel momento, sin embargo Lilith se ob­sesionó con la idea de que debía haber formas de excitarse artificialmente. Probó todos los métodos de que oyó hablar. Se bebió tazones de chocolate con gran cantidad de vainilla. Comió cebollas. El alcohol no la afectó en la misma medida que a otras personas, porque se mantenía siempre en guardia. No podía olvidarse de sí misma.

Oyó hablar de unas bolitas que se usaban como afrodisíaco en la India. Pero ¿cómo conseguirlas?

¿Dónde pedirlas? Las hindúes se las insertaban en la vagina. Estaban hechas de algún tipo de goma suave, con una superficie fina, semejante a la piel. Al ser introducidas en el sexo, se amoldaban a la forma de éste y se movían a la vez que la mujer, adaptándose sensiblemente a todos los movimien­tos de los músculos y provocando una excitación mucho más intensa que la del pene o del dedo. A Lilith le hubiera gustado encontrar una bola de ésas y llevarla dentro día y noche.

FIN

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